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Un asesino condenado a la inocencia

Ricardo Riverón Rojas, 31 de agosto de 2016

Cuando trabajábamos en la edición de Expediente del asesino, uno de los libros fundacionales de Ediciones Capiro (precisamente el segundo de su catálogo), el año 1991 comenzaba a reafirmar las noticias de lo terrible, llegadas el año precedente.

Frank Abel Dopico era un joven de 26 años y yo un hombre maduro, de 41. Juntos habíamos iniciado los trabajos de organización de la editorial. Contábamos solo con la intuición, y con la conciencia de que ese espacio cultural era imprescindible para el movimiento poético villaclareño, validado en lides y confrontaciones de diversa jerarquía.

El momento no podía ser peor: albores del Período Especial; pero a su vez, paradójicamente, también el de mejores oportunidades, porque la mentalidad descentralizadora se erigió política oficial para paliar la escasez de todo. Quedó establecido que las llamadas “soluciones locales” constituían la táctica idónea para la nueva situación, extremadamente restrictiva. Capiro fue una de las paradójicas realizaciones de esa política. Hoy, al cabo de más de 25 años de actividad editorial, afirmo sin pudor que el botín no fue pírrico.

Ya Dopico había recibido el enorme espaldarazo de su Premio David 1988 con El correo de la noche, lauro que llenó de júbilo a la entonces unida y solidaria comunidad de escritores residentes en nuestra provincia. Y la leyenda de aquel libro y de aquella poesía que portaba, ni sabíamos bien por qué, una tumultuosa gracia desacralizadora, se reafirmó al año siguiente, cuando recibió uno de los diez Premios de la Crítica que anualmente concede, desde 1982, el Instituto Cubano del Libro. Por primera vez lo ganaba un autor con su primer libro publicado.

Expediente del asesino no corrió con tanta suerte, pero tampoco se puede decir que le fuera mal, porque dos años después resultó finalista en el mismo certamen. Le tocó ser el segundo libro de Capiro, el segundo de Dopico, y debió erigirse umbral de muchas otras realizaciones del poeta, ya con los lectores a sus pies. Si la historia fue otra, no es culpa ni siquiera de quien, dotado para escribirlas, lo hizo en medida menos extensa que lo que la lógica nos hacía suponer.

Este poemario de Frank Abel se estructura sobre la base de un hilo conductor dispersamente unitario (primera paradoja): el poeta, subvirtiendo de manera irónica el sentido del término, deviene “asesino”, que en un final resulta más bien un extravagante salvador. En varios de sus textos se finge criminal para devolverle la vida a personajes y sucesos condenados por convenciones sociales. Asume así la culpa de todos ellos, y se autodestruye en una virtual ofrenda por la especie.

Libro escrito con una violencia que se toca las manos con la ternura, desmonta un mundo lleno de ficciones y falacias y coloca en su lugar otro mundo posible donde las verdades se reinventan sobre la base de un nuevo pacto comunicativo. El último poema del conjunto, “Habeas corpus”, concreta con  notables excelencias formales esta tesis.

En muchos versos del libro el poeta condena, luego salva y se autoinculpa, y gracias a esa ambivalencia reivindica actitudes desechadas por la recta moral al uso, entre otras la marginalidad lírica, que sale ilesa, digamos, entre otros, en “Somebody to love” o “Diana cazadora”. De esas aguas turbias llena de luces éticas extrae Dopico expresiones tan atrevidas como que “el comunismo será un estado erótico del hombre”.

Se pronuncia, con amargura, sobre la manipulación de símbolos políticos, o sobre la construcción de falaces espacios simbólicos que terminan resultando vacíos por la torpeza con que se instauran en la práctica social. De esa forma, en el poema “El parque de los buenos” (espacio urbano de Santa Clara donde, en urnas que parecían panteones fúnebres, se colocaban fotos de los obreros vanguardias) el sujeto lírico afirma que: “las fotos de los buenos, mueren despacio, ya están muertas”. Y a continuación, en el mismo texto se resemantiza, de manera festivamente sacrílega, el lugar como escenario para descargas de la bohemia poética trasnochadora en aquellos efervescentes últimos años del siglo pasado:

Tú no podrás apagar la luna en tu bostezo,
si quieres ven a mirar, ponte la máscara de persona
y asómate a nosotros
porque aún queda noche para todos
y el jerez
y la mano vieja del pirata.
Aún queda el oxígeno. El diamante sí que lo perdimos
bajo los toldos que cuidan la inocencia.


Esa actitud de derribar pedestales desgastados para erigir sobre sus ruinas auténticos homenajes se hace más visible en “Poema del fakir”:

(…) esconder la cabeza si me place
sin la ayuda de cuños y la banderita ingenua de la patria
y la bandera grande que es la patria,
esa en la cual no tiene límites mi pelo
y ante la cual el más puro yoísmo se arrodilla
y hasta el cielo mezclado se arrodilla,
mas nunca ante consignas fugaces y mediocres,
nunca ante el que echa sal en la cola del pájaro del alba.


Este sujeto lírico, en su discurso destructivo se vale de la ironía, del sarcasmo, pero sobre todo de la crueldad. La muerte lo arrasa todo, es presencia reiterada una y otra vez. Pero todo en este libro renace, o no muere, gracias a una actitud de ingenuidad lírica donde me atrevo a leer una apuesta por la concreción de las mejores esencias de lo humano. Por eso, mientras en “Habeas corpus” afirma: “No se lo vayas a decir nadie / pero también creo que el Hombre es un Error”, en “Miedo del asesino”, se pregunta: “¿Vendrán a avisarnos que lo humano mejora?”. Quien destruye lo hace para devolverle a los símbolos su pureza primigenia, para lavarles las suciedades retóricas de la propaganda y hacerlos renacer en una nueva dimensión. No por gusto a lo largo del volumen el protagonista poemático se las pasa avisando que cometerá homicidios, pero nunca se pasa del aviso. Y ni aún así escapa de la condena, que no es otra que la que vivimos todas las personas a quienes se nos dicta un manual de reglas que pretenden sustituir a la vida.

Con notable habilidad el poeta descarga sus mejores construcciones metafóricas en los pasajes constructivos, no en los agresivos, pues en estos se muestra más descarnado. Su estética lo conduce a un universo asociativo que si bien se puede leer desde la irracionalidad de las vanguardias, también se asocia, por isotopía, con un devenir social que también acusa una especie de realismo del absurdo, tal como sucedía en el devenir que se avizoraba a inicios de los años noventa, momento del cual el libro es fiel reflejo. En “Papeles de la comisaría” podemos leer:

…un hombre a medianoche tiene que andar armado
de modo que parezca oscuridad y furia
o un asunto primordial del corazón.
Pues algunos llevan sus oficios
escondidos en oficios de taxistas,
de estibadores, de borrachos con ojillos clericales,
de proletario humilde, de dirigente humilde,
de hambrientos para siempre
acechando a la fiera que amanece en sus uñas
de infelices convencidos con palabras
de que el hombre es infeliz quiera o no quiera.


Ya dije antes que esta poesía, en medio de la destrucción de paradigmas, reconstruye entrelíneas un mundo signado por la ternura, y en esa lectura doble es donde el poemario gana connotaciones y singularidades notables.

Se aprecian, como valores asumidos en este grupo de poemas, tanto la angustia de Vallejo como la torrencialidad de Neruda. En un momento en que la originalidad iba cediendo puesto a los reciclajes, a la simulación y al desdoblamiento, Frank Abel Dopico consigue desdoblarse y ser original, erigirse homicida que proyecta muertes sin matar a nadie, pero no se desdobla por mero regodeo lúdico, sino para construir un ente humano capaz de salvar, con la muerte de lo falso, al alma en fuga. Y lo consigue con un vigor metafórico que para nada nos sugiere un remake, pues su universo tropológico ostenta tanto vigor que se hace imposible reprocharle cualquier apareamiento oneroso. Sus textos cumplen aquella vieja condición que se le imponía a la metáfora: sorprender.

“Si fue mentira amar es mentira morir”. Ese solo verso de “Horas antes del juicio” quizás nos entregue una de las más importantes claves humanistas del libro: el poeta finge que mata para que el amor no fallezca en la mentira. Y en “Expulso al cura de mi celda” nos pone ante su confianza en el destino del ser humano. ¿Pudiéramos pedirle a un poemario escrito en aquellos años un mensaje más alentador que este?:

Es la edad del destrozo, los hombres ya no viven con los muertos.
Pero los hombres aún cantan, aún es ayer y mañana será
el ayer de los mañanas.


Una sutil veta humorística recorre todo el libro; me atrevo a afirmar que deudor de un histrionismo rayano con lo chaplinesco, actitud heredada de los grandes antipoetas. Rara cualidad de un libro que, pareciendo tan amargo, acaba divirtiéndonos. El poema “El asesino espera” es un buen ejemplo de ello:

Tengo un esmero personal por tocarte las tetas, Odalys,
no más allá de lo que quepa entre mis manos,
solo quiero ese montón de arena para quedarme ciego,
cumplir el plan de producción de mis manos, Odalys.


En abril de este año, después casi una década de agonía espiritual, Dopico se nos murió. Si sus libros posteriores, publicados o inéditos, igualan o superan a aquellos dos emblemáticos de sus inicios, solo lo sabrán nuestros sucesores. De momento, celebremos el acierto de la Editorial Capiro al reeditar como recién nacido, 24 años después de su debut, el que creo es uno de los textos poéticos más intensos y profundos de la lírica cubana de su momento –que aún es este.

Santa Clara 22 de agosto de 2016.


Editado por: Nora Lelyen Fdez

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