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Prometheus II

Virgilio Lopez Lemus, 05 de septiembre de 2016

Los Prometeos literarios son muchos, desde la Teogonía de Hesíodo, que goza de la paternidad de muchos otros, hasta el Prometeo encadenado de Esquilo, del cual hay dos versiones de la poetisa inglesa Elizabeth Barret Browning. Percy B. Shelley donó en 1820 su Prometeo desencadenado, mientras su esposa Mary W. Shelley trabajaba El moderno Prometeo, que resultó ser nada menos que tan famoso como el primario: Frankestein. Para esta escritora, el ser revivido por el fuego (de los rayos, de la electricidad) se convierte en un Prometeo del trasplante de órganos de varios seres en solo uno. Curiosa y vigente idea.

Ha habido de todo en el ámbito de las letras prometeicas, como la adaptación teatral de la obra de Esquilo, creación de Robert Lowel, en 1969, y textos de Goethe, Kafka y de varios latinoamericanos. En los Fragmentos de una poética del fuego, Gaston Bachelard agarra la esencia del mito y la transfiere a un tipo de ensayo imaginativo, casi ficcional. El «bienhechor de los hombres» se ha asociado con las revoluciones de todos los tiempos, como el surgimiento del hogar en la remota historia humana o la soviética de Octubre, dos revoluciones bien diferentes. Lo que une a ambos sucesos es el fuego, el gran cambio que situó al género humano ante nuevos tiempos. El mito de Prometeo apela a la acción, al hombre activo, fecundador, capaz de cambiar su entorno, no siempre para bien.

Pero las versiones primigenias de Hesíodo y de Esquilo, tomadas de viejas leyendas arias, no colocan a Prometeo como ladrón de nada, el titán solo va a la fragua de Vulcano, enciende una tea y enseña a los hombres a utilizar la hoguera. El mito en ellos se parece más al del «ángel caído», motivo por el cual a veces a Prometeo se le ha relacionado con Lucifer, Satán. Ello tiene razón de ser, porque los titanes, entre ellos el que nos ocupa, fueron lanzados al Tártaro por haberse revelado contra el rey de los dioses. Prometeo sería uno de los «caídos», un genio del mal ante la religión oficial. El castigo a este titán que se alzó contra el poder establecido, además del encadenamiento, consistía en que una simbólica águila de día le comiese el hígado, mientras este se regeneraba de noche.

Buen dios resulta Prometeo para las enfermedades hepáticas. Allí y así estaría sujetado por cadenas, hasta que el gran Hércules, héroe entre los héroes, lo desencadenó. No se dice qué se hizo el águila, ya sin alimento. Y Hércules resultó también un héroe solar. En el mito todo bulle entre símbolos, alegoremas, poesía.

Las religiones solares tenían en el legendario titán una fuente de culto. Prometeo y Vulcano tuvieron similares destinos, ambos resultan importantes alegorías en el camino batallador humano para arrancar los secretos de la Naturaleza. Las naves cósmicas han de llevarse estos mitos a las otras estrellas. Las viejas leyendas suponían que el Sol yacía encadenado en la noche, y liberado en el día gracias al rayo celeste que rompe sus cadenas. Cuando el ser humano quiere explicar el misterio del mundo que no entiende, acude a la poesía. Entonces la alegoría se torna arquetipo.

Es muy hermoso el poema de Simone Weil llamado «Promethea», donde transforma el asunto épico en lírico, porque el titán es «un animal fiero de soledad», y una vez así definido, pasa al águila, feroz compañía para el solitario, la cual en verdad es, según Weil: «una angustia que sin cesar muerde su vientre». El «pecado» prometeico fue ayudar al hombre a salir de la barbarie, de modo que en este poema Prometeo se acerca a la concepción crística del «salvador», que se expresa como: «el hierro lo ata a la roca, la frente trema, / y en tanto está crucificado, en él / entra el dolor como una cuchilla». Mucho debe haber amado al ser humano para ofrecerle, dice Weil, «tan bella ofrenda», ante la cual «el duro metal mana por los cauces, / el hierro se pliega ardiente y al martillo cede». El poema signa a Prometeo como «el autor de los ritos y los templos […] de los signos y las lenguas», y aquel que ofreció a los hombres el poderoso instrumento de las matemáticas. O sea, el principio salvador se hace asimismo civilizador, los dones redimen y hacen progresar, el titán alegoriza al esfuerzo humano, porque la humanidad no ha sido solo receptiva ante él, aunque haya sido incapaz de liberar al héroe, hasta que en su seno nace un semimortal no menos heroico: el hombre, al cual finalmente libera.

El Prometeo de Ramón Pérez de Ayala tiene otro signo, también inclinado a la lírica, pues se refiere a un niño jorobado, contrahecho, suerte de Quasimodo que ha de pelear por su vida. Esta pelea solamente es la que lo acerca al mito.

Se ha relacionado también a Ernesto Che Guevara con la leyenda prometeica: el hombre ha salido de modo quijotesco en busca del bien para la especie humana, elige la batalla, el «fuego» que da el don de la epicidad, de modo que robar el fuego significa la pelea contra el poder, contra los poderosos explotadores de una parte, mayoritaria, de la humanidad;el héroe se lanza a las montañas en férrea pelea y allí es «encadenado», aunque su muerte se entiende como escalón hacia la redención. Ese valor redentor del esfuerzo del rebelde, es sin dudas prometeico. Su sacrificio colmó la areté de la contemporaneidad.

Hay muchos Prometeos y sus valores suelen ser épicos y también líricos, como ya vimos en el poema de Weil. La visión demoniaca lo admira como el ángel rebelde caído, Satanás el Maligno, cuyo «mal» consistió en enfrentarse al poder absoluto y, peor aun, alzarse contra él. Hay una mirada antitética del mito en la que el titán en verdad batalla contra las sombras, por lo que se yergue contra el señor de las tinieblas, y se admira como un anti Satán, y por ello es un servidor de la luz, del fuego, del «bien». En la batalla cósmica entre el bien y el mal, Prometeo puede estar en los dos bandos, según el punto de vista.

Otros paradigmas encierra el mito: él es el creador de una parte sustancial del universo: la inteligencia, la vida inteligente, civilizadora; asimismo, él muestra al expulsado, al desterrado, el fuerte sentido del exilio pero también de la peregrinación de la especie por el Planeta (y ha de fecundar la idea de visitar y poblar las estrellas), de modo que en Prometeo hay también una búsqueda, un derrotero hacia el paraíso, hacia el ideal. Ello implica al titán en el enfrentamiento al destino, que parece ser el del redentor.

Él es también el profeta, justamente de la profecía de la redención, el retiro de la sombras, de lo que ensombrece el camino del hombre hacia su dicha. Y las sombras entorpecen la mirada del ser sobre su imagen, solo en la luz esto puede ser realizado. Prometeo es una suerte de Narciso que busca la imagen en el fuego y no en el agua. Si Narciso mira hacia el logos, Prometeo lo hace hacia la praxis; se dividen las aguas entre pensadores y pragmáticos, entre la contemplación y los oficios. Pero el hombre necesita de los dos, de la poesía que contempla y enciende el espíritu y de la que hace ver la utilidad. Narciso no podría mirarse en las aguas sin el resplandor que implica la luz. Los mitos se complementan, no son antagónicos. La poesía de la praxis, de la epicidad, necesita de la cavilación, del ser capaz de soñar y ensoñar. No hay progreso sin ambas.
 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas

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