Palabras (¿a destiempo?) sobre palabras
Recientemente se conmemoraron los 55 años del discurso conocido como “Palabras a los intelectuales”. En consecuencia, se desarrolló una especie de diálogo nacional, donde intervinieron varios intelectuales y se involucraron la mayoría de los medios de difusión. También muchos espacios de intercambio oral tuvieron sus sesiones de debate en torno a los principales contenidos del documento.
A tomar parte en el intercambio –tarde, pero supongo que no a destiempo– me impulsa una especie de conciencia cívica, pues pese a que lo considero un texto iluminador, no me parece productivo esgrimirlo casi como único documento de política cultural, como tampoco me satisfacen las devaluaciones de quienes lo someten a lecturas reduccionistas ceñidas solo a una frase.
Para mí queda claro que cuando Fidel dijo “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”, la Revolución exhibía sus mejores luces reivindicatorias, estaba en una posición en la que veníamos, en todos los sentidos, de menos a más. El entonces joven poder revolucionario proclamaba su derecho a existir y defenderse porque representaba (entonces en su momento más alto) la consagración de los ideales de todo el pueblo. Proponía una mediación eficaz, pero no pasiva, al ofrecerse como mecenas para el florecimiento de la cultura y el arte. Y lo hacía desde un llamado salomónico a abandonar temores (latentes o ya obvios) que la presentaban como enemiga de la libertad de expresión.
Entre aquel momento y el día de hoy no han faltado acontecimientos y enfoques de diverso tipo que, si bien no desdibujan las principales esencias del discurso, han incorporado nuevas maneras de entender la relación entre el liderazgo político y los intelectuales.
Cuando en nuestro país se habla de política cultural, la mayoría tiende a pensar en algún documento legal, programático o directivo institucional, que a modo de reglamento haya establecido qué se puede y qué no se puede hacer en materia de creación y promoción de la cultura. Creo que es un error, una manera muy plana de entender el asunto. A veces percibo que se le da categoría de política cultural a su dinámica ejecutiva, no a lo conceptual profundo.
Podríamos entender por política cultural los consensos de un pacto entre las instancias políticas y de gobierno y los factores culturales activos. Sus correctos enunciados cobran volumen conceptual y fáctico en un complejo entramado donde confluyen las expresiones artísticas, los procesos reflexivos, las prioridades, estrategias de desarrollo y, más allá de ello, una identidad donde cobra sentido la inversión social. Se trata de un devenir que ocurre con las instituciones como mediadoras o moderadoras del diálogo. Estas últimas, como sí responden a una disciplina administrativa, reciben todo tipo de indicaciones que luego deben instrumentar con las herramientas a su alcance.
Pero esas mismas indicaciones no son otra cosa que sutiles variables que, en trayectoria pendular, se mueven en la misma dirección que el cambiante contexto. El ya mencionado “Palabras a los intelectuales”, de 1961, concreta una reflexión fundacional sobre cómo aspiraba la revolución recién triunfante que fluyeran la cultura y sus expresiones específicas en el país recién liberado. “La cigarra y la hormiga” (Abel Prieto, 1997) expande esas posibilidades y resitúa el papel del intelectual como ente polémico y cuestionador, actitud que lo mantiene “dentro de la Revolución” sin importar que su discurso no sea laudatorio, sino analítico y, sobre todo, con un lenguaje artístico riguroso. La falaz dicotomía obrero-artista que se había expresado con virulenta furia en algunos medios masivos fue conjurada, con notable agudeza, por ese texto.
No existe ningún documento llamado “Política cultural de la revolución”, pues si nos atuviéramos a lo que expresa la Constitución de que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución” nos quedaríamos entrampados en aquel pronunciamiento, que no es el único, de “Palabras a los intelectuales”. Y a decir verdad, la vida ha ido más lejos. Sobre todo porque hemos visto amplificarse, en muchas hectáreas políticas, la extensión de lo que identificamos “dentro de la Revolución”.
De la misma manera que existieron las tesis de I Congreso de Educación y Cultura, de 1971, también como expresión de un momento de agudización de las contradicciones entre un grupo importante de intelectuales y la dirección de la Revolución, otro grupo valioso de documentos programáticos y procederes, emanados también de las instancias de poder, las fueron dejando sin capacidad operativa. Un intenso diálogo crítico sobre los errores de aquellas tesis se dio a lo largo de toda la década de los ochenta, algo más atenuado en la siguiente, y cobró nueva e inesperada fuerza en 2007 cuando la llamada “guerra de los emails”. Hoy constituyen expresión de un momento de errónea polarización en las apreciaciones sobre lo que debía ser la política cultural de la Revolución. Y la praxis evidenció cómo la sabiduría ganó la mano, tras dolorosos traumas. La propia “guerra de los emails”, más los diálogos que le sucedieron, demostraron lo inviable de un regreso a aquellos desencuentros.
No caben dudas de que, una vez vencido el “Quinquenio Gris” (me acojo al término acuñado), en la aplicación de la política cultural han influido, en distintos momentos, algunos pronunciamientos como el ya mencionado “La cigarra y la hormiga”, asimismo Cambiar las reglas del juego, de Armando Hart; y también cobraron nuevas connotaciones los razonamientos previos de Ernesto Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba. Pero sobre todo, las saludables idas y venidas se advierten en una intensa actividad pública, expresada en numerosos foros, la mayor parte de las veces con enfoque polémico. Esos debates donde política y cultura exploran los posibles códigos comunes se han vivido con mayor frecuencia en congresos, publicaciones, espacios de reflexión, como los promovidos por el Centro Teórico-Cultural Criterios, con Desiderio Navarro como líder, o por los concurridos “Últimos jueves”, de la revista Temas, gracias a la gestión de Rafael Hernández.
Aunque en los años más recientes los pronunciamientos de los intelectuales han perdido peso específico en el discurso global del país, yo prefiero atribuirle al fenómeno el carácter de posposición. Por suerte, parece que la alta dirección política tiene claro cuál es el papel de los agentes culturales, solo que las prioridades económicas, pragmáticas en su médula, le han escamoteado fuerza a todo lo referente a la esfera simbólica. Lo más lamentable sería que estuviéramos asistiendo a una subvaloración del aporte que la cultura pudiera aportar a esa cosecha. Ojalá que no.
No creo necesaria la existencia de un documento que pretenda encerrar la política cultural en un fólder único. Esta tiene que ser un cuerpo vivo que evolucione en la misma medida en que lo haga la sociedad. Creo que solo en la dialéctica de discusión mencionada se puede perfilar bien el pacto. Claro, los medios masivos –los únicos que generan estados de opinión atendibles y efectivos–, entrampados en pronunciamientos de reafirmación política, no contribuyen mucho a que los intercambios se den en toda su contradictoria riqueza y en la magnitud debida. Los pronunciamientos de los agentes culturales viven empadronados en las publicaciones especializadas, de corta tirada, y eso las hace influyentes solo en el sector, no en el gran público. Las competencias que enfrenta no solo son con quienes priorizan el discurso político (o despolitizado o economicista), sino también con influencias externas, que derivadas del crecimiento de lo audiovisual y lo virtual, desmontan día a día los complejos imaginarios que construimos durante décadas. Los escritores, artistas y pensadores de la cultura en una buena medida hablamos para nosotros mismos.
Una confusión frecuente es la de pensar que las secciones culturales de los medios masivos cubren la necesidad de expresión profunda demandada por la cultura para cumplir su papel en la estructuración del ideal humanista al que aspiramos. Los más altos momentos de diálogo que se dieron en nuestro país, donde se corregía el tiro periódicamente, se corresponden con un largo período, cuando en los Congresos de la Uneac, la AHS o la Upec, Fidel dialogaba directa y largamente con quienes tenían una incidencia decisiva en la vida cultural. En el último Congreso de la Uneac (2014) no aprecié ese espíritu, ni creo que se lograra un diálogo de esa hondura. Los pronunciamientos y debates tuvieron, por parte de un grupo considerable de delegados, un carácter más espurio y coyuntural, y la representación del liderazgo político no logró los incisivos y lúcidos diagnósticos y estrategias que vimos en los cónclaves anteriores a 2008.
Creo, por otra parte, que siempre sería útil publicar en medios de alto impacto los principales documentos articuladores de los debates que casi a diario se dan a lo largo del país. Ello aportaría muchas aristas desde donde se pueden observar, y proponer añadidos o supresiones a los procederes que luego acabamos llamando “política cultural”. Hablo de textos o intervenciones paradigmáticos, como los ya mencionados, más otros de la autoría de: Desiderio Navarro, Rafael Hernández, Graziella Pogolotti, Alfredo Guevara, Enrique Colina, Cintio Vitier, Eusebio Leal, Juan Antonio García Borrero, Arturo Arango, Víctor Fowler, y muchos otros.
Pero, insisto, sin los medios de comunicación masivos a su disposición, las numerosas publicaciones culturales se convierten en arena de lidia para una élite. Con el inicio del Período Especial, en 1990, la prensa plana recibió un golpe demoledor, por la falta de papel, y se redujeron la frecuencia y tirada de la mayoría de los periódicos; se perdió con ello toda una plataforma de discusión hasta entonces activa. Luego algunos periódicos recuperaron su tirada, lentamente, pero el elemento noticioso siguió primando sobre el reflexivo, y lamentablemente así es hasta los días de hoy. También llegaron las páginas virtuales, pero pocas se propusieron recuperar a aquellos analistas prematuramente pasados a retiro. La retribución a los colaboradores también limita la incorporación de esa figura, pues se rige por la obsoleta Resolución 157 de 1980, con tarifas que cuando más llegan a los 100 pesos para un ensayo, o 40 para una reseña, montos totalmente ridículos. Creo firmemente que esas páginas debían dar espacio (adecuadamente retribuido) para el debate cultural de manera que nuestros más lúcidos pensadores se expresen sistemáticamente desde una plataforma pública de amplia receptividad.
Mi opinión es que los medios deben retomar prácticas abandonadas, hacerse más inclusivos, abandonar arcaicos prejuicios antintelectuales, reconsiderar los horarios para sus espacios más “culturales”, y también abrir más posibilidades para los foros de debate público. Y está claro que todo esto implica respetar los lenguajes específicos de cada medio.
Los mayores enemigos de los medios pudieran ser entonces: la rutina, el acomodamiento, la inopia crítica, el prejuicio (¿político?) contra los intelectuales. Su propia conformación estructural dentro del esquema de dirección que los subordina a instancias políticas y el papel de usuario que le asignan a la cultura impiden que veamos en estos medios, en el momento actual, agentes muy eficaces en el debate de una política cultural que se reconfigura dentro de la dinámica de cambios, de áspera naturaleza, que vivimos.
Sería necesario trabajar con los que intervienen directamente en la selección y elaboración de los contenidos en los medios. Tienen que ser más “culturales” sin dejar de ser lo que son. Deben, asimismo, desprenderse de los patrones imitativos de lo light, de la prioridad para el espectáculo, ganada por lo fashion, lo banal, pues aunque nos parezca que no, ya esos chupadores de sangre nos muerden el cuello, sobre todo en muchos espacios de la TV nacional (pero no solo ahí) que, para colmo, ocupan horarios estelares.
Los retos actuales para los medios y los artistas son los de resistir y vencer las numerosas amenazas que nos llegan, desde más allá de las fronteras y desde el cuarto de al lado: el de nuestros hijos. Casi podría decirse que pueden basarse en sobrevivir, pero nunca en no formular e implementar, en consonancia con la tradición nacional y universal, los postulados tácticos (siempre provisionales) de una política capaz de guiar nuestros esfuerzos por el camino del crecimiento humano, de donde nunca podremos excluir a la cultura.
Santa Clara, 6 de septiembre de 2016
Editado por: Nora Lelyen Fdez
