Prometheus III
En torno a la hoguera, los sonidos emitidos en la cacería comenzaban a ser «domésticos», prefiguraron palabras, surgió el lenguaje. El ejercicio superior del intelecto fue hablar racionalmente. En el «Prometeo» de Franz Kafka se «canta» a la batalla reflexiva del ser en una suerte de viñeta, breve ensayo contenido en La muralla china, que vale la pena citar in extenso, porque no es tan larga:
Sobre Prometeo informan cuatro leyendas: según la primera, por haber traicionado a los dioses ante los hombres, fue encadenado al Cáucaso, y los dioses enviaron águilas que le devoraban el hígado en perpetuo crecimiento.
Dice la segunda que, retrocediendo de dolor ante los picos despiadados de las aves de presa, Prometeo fue incrustándose cada vez más profundamente en la roca, hasta formar un todo con ella.
Según la tercera, en el decurso de los milenios se olvidó su traición, los dioses olvidaron, las águilas olvidaron, y él mismo olvidó.
Según la cuarta, se sintió cansancio de aquello que había perdido todo fundamento. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró, cansada.
Quedó la montaña de roca, inexplicable. La leyenda intenta explicar lo inexplicable. Como se origina en un motivo de verdad, debe finalizar nuevamente en lo inexplicable.
¿Qué es lo inexplicable? Si todo debe tener alguna explicación, ¿hay algo que puede conducir al absurdo, al no conocimiento? La montaña donde se hallaba encadenado Prometeo la explica geológicamente el Planeta mismo, que a su vez ha de explicarse en el sistema solar, que se explicará dentro de una galaxia, la que a su vez tendrá explicación en el universo que… El encadenamiento, la concatenación, es la raíz explicativa. Prometeo no está desenlazado de nada, todo fluye, todo y si algo hay inexplicable, sería el propio Universo enlazado a qué, ¿a los multiversos? Encadenado a qué. Lo inexplicable se hace universal desde el propio mito de Prometeo. He ahí lo absurdo que devela Kafka.
Cuando en el Prometeo liberado de Shelley Mercurio le pregunta a Prometeo: «¿No conoces el fin del mandato de Júpiter?», el titán responde: «Solo esto sé: que ha de terminar». Si como proponía Gustavo Adolfo Bécquer: «todo lo que tiene fin es breve», cada reino avanza hacia su fin. Pero Shelley relaciona a Prometeo con el Satán de Milton, puesto que ambos son castigados por desdeñar a la divinidad suprema. El alto poder tiene largos castigos para la rebelión, si ella no lo derrota. Sin embargo, Shelley atenúa mediante la palabra el cruel castigo físico, pues Mercurio, el enviado del gran dios para encadenar a Prometeo, lo llama «sabio, firme y bondadoso». Es terrible preguntarse que, si se batalla contra el supremo poder, ¿a qué conducen la sabiduría, la firmeza y la praxis de la bondad? Shelley termina por convertir el suplicio en un diálogo sobre la transitoriedad del tiempo.
Distinta es la versión de André Gide, pues su Prometeo mal encadenado, de 1899 (casi ochenta años después del de Shelley), trabaja con los alegoremas del mito, de modo que el ave es la conciencia y cada hombre debe tener un águila que se alimente de sus remordimientos, y la rebelión es necesaria para la emancipación de las reglas. Hay que recordar que en la antigüedad cada segmento del cuerpo humano alojaba un sentimiento, ¿el hígado, los remordimientos? Gide no deja de tener la mirada rebelde, romántica aun, sobre el encadenado.
Por otro camino se nos presenta el Prometeo y Epimeteo de Carl Spitteler, pues su poema alegórico marca otros intereses más cercanos a los gnósticos y al cristianismo, lo cual continúa en una obra inmediata superior, también en prosa, llamada Prometeo el paciente, donde la presencia diabólica (Behemoth) potencia las tinieblas que querrían posesionarse del mundo.
La larguísima «moda» del tema, si algo tan esencial puede ser dado a la posible frivolidad que implica la moda, se advierte desde la Oberttura 43 «Las criaturas de Prometeo», de 1780, de Ludwing van Beethoven o el Prometheus de 1773 de W. Goethe, donde el héroe no tiene que obedecer ala divinidad (al poder supremo) sino al Destino. Desde allí, el siglo XIX crece «contaminado» por el mito, que se extiende hasta la tragedia en tres actos de Gabriel Fauré, Prometeo, de 1900. Más de un siglo romántico en que la figura de Prometeo significa tantísimas cosas.
El famoso Robert Bridges, quien desarrolló la himnología inglesa, dejó su aporte de fe en Prometeo domador del fuego, de 1884, en donde el héroe lo es por su praxis y su batalla. El asunto llegó a las manos de Hugo von Hofmannsthal, amigo de Rainer Maria Rilke, con su Prometheus y Epimetheus, en el que sale a relucir el mito de Pandora, tan relacionado con el prometeico. Por su parte, Rilke no tocó el mito, porque en todo caso él fue un autor inclinado al de Narciso, que de muchas maneras se vincula con la saga prometeica.
Si se vuelve a la lejana antigüedad, se advertirá que las connotaciones prometeicas pueden ser variadísimas, visibles en el diálogo Prometeo de Luciano de Samotracia, donde el héroe distribuye con dolor la carne en un banquete de Zeus, para quedarse con la mejor parte, y luego crea a los hombres y les obsequia el fuego. La era clásica usó el mito de maneras muy diferentes, pero su mayor complejidad ha de surgir en el Renacimiento y el barroco, cuando el héroe se transformó en el rebelde indómito que magnificará el romanticismo. Calderón de la Barca había hallado al héroe viril en su comedia La estatua de Prometeo en 1669. Doscientos años después, en pleno romanticismo, el polaco Cyprian Kamil Norwid entregó su Promethidion (1851), donde aparece el amor como panacea universal y el arte como la forma más sagrada del trabajo.
El mito de Prometeo acompañará por siglo a la especie humana, cuando ella se enfrente a nuevos soles en el cosmos, otras serán las variantes de sus significados. Por ahora se ha acumulado un arsenal de versiones en letras, en pintura y en música. Miguel Ángel, Tiziano, Rubens, Ribera y Moreau tienen bellísimos Prometeos, mientras que Beethoven, Liszt, Saint-Saëns y varios otros han dado curso al mito en sinfonías o partes de ellas. La imaginación vuela en letras y no se detiene, por cada tiempo relativo aparecen nuevas imágenes prometeicas, de modo que aquel Pramathys del sánscrito, derivado de Pramantha, «el que obtiene el fuego por el frotamiento», ha derivado desde ese acto humano perdido en los milenios, en todo un rigor mitológico que sirve todavía, desde el fragor de la Ilíada al no menos intenso de El señor de los anillos.
Prometeo es de hecho un signo inagotable de la eterna poesía de la praxis y la creatividad.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
