Sabores poéticos del sitio natal
La poesía para mí sabía a hierba, de la que nace en el valle, a golpe de sol y agua, porque la primera vez que saboreé, con conciencia, un color, este coincidía con el del patio de la casa natal. Eran mis inicios. Pero no solo el patio, casi todo era verde en el muy periférico pueblo de Zulueta. Mucho después, al leer en Vallejo: Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos/ pura yema infantil innumerable, madre, supe que el sabor de los panes simples, horneados por las manos de la progenitora, también le imprimen un sabor a la poesía. Textos así categorizan como versos a la harina, el fuego, la sal, la levadura.
Pero la tristeza también es un sabor poético, igual que el desamparo. El propio Vallejo, en la elegía “A mi hermano Miguel” se lamenta: Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa/ donde nos haces una falta sin fondo. Y nos enteramos de otro sabor: el de las oscuridades crónicas. Toda composición poética es, a su modo, una elegía, pues las pérdidas, en la línea de la vida, superan a las ganancias. Las frustraciones rebasan a las epifanías. La vida puede ser más dolorosa que la muerte.
Es lugar común pensar que los sitios natales constituyen, para todos los poetas, paraísos perdidos; que se erigen cántaros donde verter la nostalgia, porque en ellos el pasado no fue tal, sino el punto donde el futuro, en toda su extensión, era posible.
Como dije al inicio, halado por el sugestivo fluir de don Antonio Machado, a veces parafraseo con deleite los primeros cuatro versos de su “Retrato”: Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/ y un huerto claro donde madura el limonero;/ mi juventud veinte años en tierras de Castilla;/ mi historia algunos casos que recordar no quiero… Aunque, claro, cambio las locaciones, de manera que donde dice “Sevilla” pongo “Zulueta”, y donde dice “Castilla” pongo “Las Villas”, aunque eche a perder la rima y, con ello, el poema.
Hoy me pregunto, ¿todos los que sirven a la poesía sienten por el sitio natal la misma devoción? Parece que la mayoría sí, y que tal tópico constituye una de las ganancias permanentes del romanticismo, con el cual, aunque nos pese, nos solazaremos mucho tiempo todavía. Pero no todo es luz y gloria.
La “Elegía camagüeyana” de Nicolás Guillén tiene pasajes donde el sitio natal es visto casi como holocausto para ajustar cuentas con los sueños y sumergirse en la devastadora realidad. El sabor del regreso, cuando los códigos vitales de iniciación ya se sustituyeron por otras degustaciones no menos vigorosas, puede ser agridulce: mezcla de sobrecogimiento y renuncia, de identificación y extrañamiento, de soberbia o jolgorio. Uno de los momentos más sobresalientes de la citada elegía de Guillén lo testifica:
Aquí estoy ¡oh tierra mía!
en tus calles empedradas,
donde de niño, en bandadas
con otros niños, corría.
¡Puñal de melancolía
este que me va a matar,
pues si alcancé a regresar,
me siento, desde que vine,
como en la sala de un cine,
viendo mi vida pasar!
El que un poeta tan importante como León Felipe, en un poema no menos trascendente como “¡Qué lástima!” lanzara lo que es casi una diatriba: ¡Qué lástima/ que yo no tenga comarca,/ patria chica, tierra provinciana!/ Debí nacer en la entraña/ de la estepa castellana/ y fui a nacer en un pueblo/ del que no recuerdo nada… me obligó asimismo a aceptar que el sitio natal puede ser, también, algo sin significación emotiva. Y no por ello quienes así sienten son menos poetas, menos nobles, o desmemoriados. Acaso pudieran ser, sencillamente, personas más selectivas a la hora de agradecer y retribuirle luces a los recuerdos.
En una conversación sobre el tema con mi editora de Cubaliteraria, le comenté el asunto como posible tema para un artículo, para lo cual me serviría, además de mis impresiones, de lo que lograra recopilar con otros intelectuales y amigos. Su respuesta, en son de broma, la asumí como reto: “Ya veremos qué dice Chichito (Antonio Rodríguez Salvador) de Taguasco”.
En consecuencia con lo anterior, tras un sondeo mínimo, en el cual efectivamente solicité a algunos amigos y colegas que me comunicaran, cuando más en tres oraciones, el significado íntimo que el sitio natal tiene para cada uno de ellos, logré un grupo de aporías que, a mi entender, suman jugosos sabores al tema. No todos cumplieron con lo de las tres oraciones, pero me parece interesante que la mayor parte de los requeridos respondiera, y que lo expresaran de tan diversos, lúcidos y bellos modos. Con todos quedo en deuda, y les agradezco. Sus razonamientos le dan a este texto un volumen mucho más denso de lo que yo, en solitario, hubiera podido lograr.
Algunos se expresan en el tono de Machado, otros en el de Vallejo, León Felipe o Guillén, pero una buena parte de mis encuestados mezclan intenciones y matices. Los lectores tienen el derecho a ubicar a cada poeta en el universo que le parezca más adecuado.
Como un gesto galante con mi editora, comienzo con lo que me dijo Antonio Rodríguez Salvador, alias Chichito (Taguasco, 1960), quien es autor de varios libros de poesía y narrativa. Asegura este que: “El libro más leído en Taguasco es la Biblia y después quizá Las mil y una noches. Así la tierra natal es un mundo al que uno da forma de barrio”.
Pero tal como predijo Nora Lelyen Fernández, junto con esa reflexión, me entró la delirante décima:
Taguasco se fue de mano
con el mundo a caminar
y después de mucho andar
volvió a Taguasco temprano.
Se fue, tedioso de llano,
con Mahoma a la montaña,
y por coincidencia extraña,
cuando Colón llegó a Cuba,
con su columbia yoruba
Taguasco estaba en España.
Uno de los primeros en responder fue José Antonio Fulgueiras (Sagua la Grande, 1952), importante escritor y periodista villaclareño, e inesperadamente para mí, prefirió también la gracia espineliana:
Recuerdo el sitio natal
cuando de gallina vieja
me tocaba la molleja
y del puerco el calcañal.
Por azúcar sorbí sal,
pues cerca del mar nací;
y a la casa en que viví
Dios le puso un mantel verde,
para que yo no me acuerde
del hambre que pasé allí.
Amador Hernández Hernández (Central Constancia, 1960), autor de notables libros de testimonio, mordió y sopló la herida, para que doliera menos, aunque el matiz escatológico (tan frecuente en las referencias a lugares recónditos) nos impide escapar por completo de lo peyorativo. Esta fue su consideración: “El hecho de haber nacido en un batey azucarero me dio la posibilidad de saber que del culo del mundo puede emanar un sabroso aroma a melao, y el orgullo de no sentir vergüenza por no ser un connotado citadino, pues la bondad proletaria es su mejor mérito”.
La escritora e investigadora Cira Romero (Santa Clara, 1946) fue amable con su ciudad natal. La trató con ternura, pero la dejó posada en el recuerdo: “Nací y viví en Santa Clara hasta los 24 años. Cada vez que vuelvo recorro sus calles para ver una vez más las casas donde viví, mi escuela de siempre, la iglesia de la Pastora… Confieso que solo el recuerdo me mantiene atada a ella”.
El poeta, narrador, periodista y crítico de arte Frank Padrón Nodarse (Pinar del Río, 1958) también se autodescubre en el sitio de sus orígenes, e igualmente confiesa lo invisible del lazo que a él lo une, pese a la solidez de su naturaleza. Por eso su respuesta fue: “Nací en Pinar del Río, pueblo ahora aburrido y sin vida, pero siempre me ata una nostalgia de los buenos momentos que pasé allí, de modo que en ferias del libro u otros eventos aprovecho y la visito; aún mi madre vive allí, pero como es ella quien viene a visitarme con frecuencia, no voy demasiado. Llevo más tiempo de vida en la capital que en él, pues a los 18 años, en 1976, me trasladé definitivamente para acá. Pero allí cultivé amistades infantiles y juveniles, algunas de las cuales aún veo donde quiera que estén, y han sido para siempre; también me relacioné con personas que entonces eran mayores, de la esfera cultural y educativa; sus enseñanzas contribuyeron a mi formación, lo cual es algo que también me ata a mi tierra natal”.
Luis Álvarez Álvarez (Camagüey, 1950) ha logrado desde su terruño una copiosa, rigurosa, y notable obra. Residir en una ciudad de provincia, pese a su menor densidad institucional cuando se le compara con La Habana, no ha significado en su caso desventaja. Su razonamiento resultó muy aportador para quienes permanecemos en estos cotos: “Mi antecesor, Vasco Porcallo de Figueroa, fundó Puerto Príncipe. Esta ciudad, a pesar de sus cambios, contiene mis raíces familiares y un legado cultural; juntos forman un enigma que siempre será parte de mí”.
Otro pinareño, el poeta, ensayista, investigador y editor Juan Nicolás Padrón (San Luis, 1950) me expresó sin resquemores: “Mi sitio natal fue una casualidad, un lugar que lloré al verlo ahora, y al que no iré jamás; quizás por ello soy un desarraigado de él, aunque muy arraigado al que escogí: La Habana”.
Roberto Manzano (Ciego de Ávila, 1949), uno de los más notables poetas de la sumergida generación que debió emerger en los setenta, vive en La Habana desde hace años, pero es también uno de los bardos cubanos (no solo decimista) más apegado a los espacios rurales. Tal devoción lo ha llevado a concebir una buena parte de su obra al amparo de los códigos de lo que han dado en llamar “poesía de la tierra”. Su visión del sitio natal no puede ser más inefable: “Mi sitio natal es mi matria íntima. Incluso en mi adolescencia y primera juventud, época de la vida en que los individuos se muestran deseosos de escapar de sus orígenes, para mí el escenario donde se desarrolló mi estirpe personal sobre la tierra era sagrado. Aún lo sigue siendo. Como ese escenario ya no existe como yo lo viví, lo sostengo firmemente en el recuerdo, y ansío convertirlo siempre en materia de creación y desenvolvimiento del espíritu”.
El párrafo que me envía el poeta, narrador, traductor y editor Manuel García Verdecia (Holguín, 1953) tiene la deliciosa ambigüedad de lo sublime: “Un pobre lugar donde fui rico, por lo que tuvo que poner mi fantasía y donde empezó mi largo, arduo e inagotable empeño a lo Robinson por acrecentar su isla interior”.
Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950), narrador con una vasta obra ampliamente leída y reconocida, con la misma devoción de Manzano declaró: “Para mí el sitio natal es un espacio sagrado, es dónde está la primera memoria, la crisálida no comprometida de la imaginación, el lugar que nos acoge en los sueños. Él es tan grande en nosotros que ocupa el lugar del tiempo y puede llegar a ser lo más importante de toda nuestra vida”.
El poeta y narrador Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962) ve en su ciudad natal un lugar donde el espíritu y la cotidianeidad le reportan facilidades: “Del lugar de donde es uno se conocen los olores, las luces y las oscuridades, los espacios más inadvertidos. Reposan nuestros muertos y están los conocidos al alcance de la vista. Uno no tiene que preguntar casi nada, ni direcciones, ni la ruta de guagua, ni la parada donde debemos bajarnos. Hay poco de qué admirarse y muy poco que descubrir, pero lo que vemos está relacionado casi siempre con nuestros afectos”.
Jorge Luis Mederos Betancor, alias Veleta (Santa Clara, 1963), siempre raro, me pasó esta confesión del sitio natal, donde conoció a su primer amor: “Bueno, pues mi recuerdo más vívido de Las Minas (el barrio donde nací) es una especie de ritual que establecimos Pipirito, Jorge el Bobo y yo: cada tarde al salir de la escuela íbamos a bañarnos al río Pancho, pero antes refrescábamos la caminata bajo una enorme mata de caimito que crecía allí, cerca de la cual amarraban una chiva que se llamaba Pepa... nunca voy a olvidarme de Pepa”.
La evocación que hace el gran trovador y poeta Lázaro García (Cienfuegos, 1947) tiene, a mi juicio, el encanto melódico que caracteriza a toda su creación: “Es cierto que el sitio donde se nace, o al menos donde se asoma a nuestros ojos el color de la vida, pudo ser bello o feo, pero sin dudas es el lugar donde la nostalgia toca en lo blando de nuestras historias, y será por siempre, para bien o para mal, el repaso obligado de nuestros asombros e ingenuidades ante lo que nos depara la crudeza del futuro, es, a mi juicio, como el primer matasellos que te marca el alma hacia tu destino definitivo”.
Otro importante trovador, Roberto Novo (Cienfuegos, 1962) me remitió una visión, poco idílica, aunque siempre amorosa, de su patria chica: “Para mí, y para mi hermano, es decir, para Los Novo, que tanto le hemos escrito y cantado a Cienfuegos (ciudad donde nacimos), esta ciudad es una especie de canción grande; algo que ya tiene lo suficiente como para que le perdonemos las cosas malas y le anunciemos a pulmón lleno, por todas partes, las buenas, mientras seguimos amaneciendo, día tras día, con la esperanza de que nos confirmen que los cuatro o cinco hijos, e hijas, de puta que tanto joden y destruyen, ya se marcharon”.
Geovannys Manso Sendán (Vueltas, 1974), narrador y poeta, me comentó: “¿Qué decir de la Granja Cañera Jutiero, en Vueltas? Las zafras lo alborotaban todo, hasta el polvo. Cazaba tomeguines del pinar y ganaba «chapas», cuando las bolas (ahora canicas) escaseaban. Tuve un trompo de aluminio: invencible y me decían El loquito de Marilín, porque no había «problema» que yo no escenificara. Allí lo aprendí todo, hasta que un día mi madre, recién divorciada de mi padrastro, me dijo: «Recoge tu guante de pelotero, que nos mudamos para Vueltas» y allí quedó el polvo, que aún hoy sigue siendo el mismo: intenso y pegajoso, como una canción de Sindo Garay…”
La caracterización que me envió mi amiga Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), es, como ella y su narrativa, despojada de falsos adornos, sus elogios y críticas van siempre a la esencia, aunque tampoco pudo sustraerse a lo reverente: “La expresión «sitio natal» me resulta tan fea como «suelo patrio», pero no voy a ponerme exquisita. Nací en El Vedado, vivo en El Vedado, y quiero morirme en la misma casa donde habito, y desde la cual escribo desde hace más de dos décadas. Contrario a lo que muchos piensan (y por lo cual he sostenido encarnizadas discusiones), no es ni la sombra de lo aristócrata y elitista que fue. Mi casa, construida en 1926, está rodeada de la misma pintoresca fauna animal y vegetal de cualquier otro barrio de Cuba. De lo que transcurre a mi alrededor, se nutren mis escritos. Si abandonara mi entorno, dejaría de narrar, estoy segura de eso. Por todo lo anterior, proclamo no solo la felicidad que me causa ser vedadense, sino la deuda infinita que contraje el día que nací en esta localidad estropeada, venida a menos, arbolada y parqueada, que conserva, eso sí, un antiguo aire de refinamiento”.
El prolífico y muy reconocido escritor Luis Cabrera Delgado (Jarahueca, 1945), afirma de su pueblecillo, empotrado en vía ferroviaria Santa Clara-Nuevitas: “Jarahueca es un sitio mágico producto de la unión de los espíritus de los siboneyes, cuyos perdidos huesos reposan debajo de sus casas; también es la energía del petróleo de su subsuelo y la mística de los laboriosos isleños inmigrantes que la poblaron. Los trenes de mi infancia la poseían diez o doce veces al día y le derramaban fecundos fluidos de pasajeros y mercancía; culta y pretenciosa, hoy languidece en los estertores de su pasado”.
Y el último de mis entrevistados, el prestigioso poeta, ensayista y profesor universitario Guillermo Rodríguez Rivera (Santiago de Cuba, 1943), cerró con broche de oro mi breve indagación: “Santiago de Cuba es el lugar de mi niñez feliz. El lugar del que me mudaron mis padres siguiendo a sus otros hijos. Allí me había enamorado por primera vez. Allí volví para aprender a ser el profesor que fui. Allí me ensayé en escribir. Ahora, si vuelvo allí, casi no conozco a nadie”.
De la misma manera en que algunos de mis colegas y amigos se acogieron a la bondad de la décima para referirse al sitio natal, cierro este ejercicio lúdico con una que, en muy buena medida –junto al poema de Antonio Machado que antes cité– representa el modo en que el paraje donde nací mueve mi sensibilidad. Fue escrita por el más grande decimista cubano del siglo xx: Jesús Orta Ruíz, El Indio Naborí (Guanabacoa 1922-El Vedado, 2005):
Blanco caminito abierto
entre la crecida malva,
de ti salí con el alba
hacia un horizonte incierto.
En mi andar he descubierto
más de una avenida hermosa
con pino, laurel y rosa;
pero nunca me sentí
tan del aire como en ti
detrás de una mariposa,
Santa Clara, 19 de septiembre de 2016
Editado por: Nora Lelyen Fdez
