Una vuelta a la métrica I
¿Quién pondría en dudas la importancia histórica de la métrica hispánica? Un autor o lector puede negarse a utilizarla o, incluso, admitir la extraña inclinación de no leer textos estructurados a partir de ella. Hasta podría mirarse sobre el hombro como artefacto museable, lo cual no es. Pero sería imposible que se niegue el enorme papel que la bien reguladora métrica ha tenido sobre la poesía de lengua española durante varios siglos. Y si alguien decide leer a los clásicos del barroco o del modernismo, sería una lástima que no conociera los mecanismos de tecné de su poesía escrita, porque se perdería una parte sustancial del júbilo creativo de esos poetas.
Un poco de brevísima historia nos situaría en el siglo XV, cuando en la mitad del curso secular comenzaron a aparecer los cancioneros, que recogían un siglo de poetas reconocidos o de la poesía popular anónima que se cultivaba en España, en lo fundamental mediante un predominante verso octosílabo y a modo de canciones (de ahí debe venir el apelativo de cancionero). Este es el siglo de gran crisol, el que recoge las tradiciones ya formadas en diversas regiones peninsulares y de numerosas procedencias y que van desde el rico zéjel a la canción de amigo, entre muchas y variadísimas formas estróficas o semiestróficas.
El siglo XVI trajo nuevos bríos y complejidades, cuando en su segunda década aparecieron dos poetas cimeros: Garcilaso de la Vega y Juan Boscán, quienes iniciaron la llamada etapa del «período italianizante», una verdadera revolución lírica, que trajo a la lengua el endecasílabo y el soneto, si bien antes muy discretamente cultivados. Este verso y esta estructura encontraron con ellos y, en ese siglo, su carta de triunfo de naturalización idiomática. Es incomparable la complejidad métrica del XVI con su antecedente, pues de pronto el octosílabo dejó de ser único o principal medio expresivo de la lírica y los poetas se abrieron incluso al alejandrino. Es el siglo del Renacimiento español, muy visible en poesía, que dio paso en sus finales al comienzo del barroco y del gran siglo XVII, llamado Siglo de Oro, al cual Mirta Aguirre y otros autores pluralizaron tomándolo a partir de la segunda mitad del XVI (comienzo de la vida creativa de Lope de Vega, hasta la muerte de sor Juana Inés de la Cruz al final del XVII. Durante los Siglos de Oro aparecieron las primeras métricas, confundidas en sus orígenes con pensamiento filológico (gramatical y lingüístico), pero no cabe duda de que es en este lapso cuando nace una versología hispánica (estudios del verso, que comprende la métrica) y cuando se complejiza en sumo grado la composición lírica, la tecné y su valor estilístico.
El siglo XVIII no fue amable con la innovación, negó algunos de los grandes logros del barroco, en tanto que la expansión de la décima espinela la fue convirtiendo en una variante estrófica ya usual en la tradición oral, puente intercultural de la lengua. La etapa llamada neoclásica, sin embargo, usó el soneto de manera constante, mientras que otras estrofas, como las octavas, se apoderaron de muchos orbes poéticos durante el romanticismo. Esto duró hasta entrado el el XIX, pero de pronto la métrica hispánica se abrió a la innovación y a nueva complejidad a través del modernismo. Un gran poeta, Rubén Darío, llegó a preciosismos maravillosos en sus juegos formales. Algunos de los poetas de esta gran corriente y escuela literaria abrieron sus poéticas hacia el versolibrismo, o al menos hacia un verso semilibre que iba a tener su impulso central en el siglo XX.
La métrica del XIX consolidó los grandes logros desde el barroco y añadió belleza y brillo al uso versal en el idioma. El verso libre comenzó a dominar tras las vanguardias, tras las influencias francesas e inglesas, pero sobre todo, como lo entendemos en los inicios del siglo XXI, se ha de decantar hacia una línea conversacional, a veces prosista, en que la idea de verso quedó expuesta a la línea versal, a la razón tipográfica. Pero el siglo XX fue rico para la métrica. Y sobre todo para el desarrollo de tipologías de gran éxito, como la Métrica española de Tomás Navarro Tomás, surgida a finales de la década de 1940 y que tuvo una gran aceptación hasta que, entre los años sesenta y setenta, comenzaron a surgir críticas sobre su sistema, la más contundente provino de Praga, desarrollada por el gran versólogo Oldřich Bĕlič.
Los usos métricos no se han detenido, si bien han predominado dos metros esenciales: el octosílabo, sobre todo en la poesía popular, y el endecasílabo, por medio del soneto y de la poesía escrita en el área lingüística hispanohablante. En ello ha sido esencial la gran tradición idiomática en el uso del soneto y de la décima en diferentes variantes, con la espinela como reina indudable. Hay que decir que cierta zaga de la obra de Vicente Aleixandre trajo una gran perdurabilidad al heptasílabo y el alejandrino, tan usuales en la obra de Justo Jorge Padrón y otros poetas nacidos tras 1940. Otros versos fueron menos afortunados, como la reimplantación del eneasílabo por parte de Gabriela Mistral, o del decasílabo en la etapa postmodernista. A la existencia de los metros que llamamos «clásicos» ha contribuido esa estrofa común en casi toda América Latina: la décima, en especial su variante espinela. Se ha hecho y se precisan nuevos estudios sobre la estructura y el arraigo de esta estrofa ya no solo en la lengua española, aunque por influencia de este idioma. Y al goce de diferentes endecasílabos y alejandrinos ha contribuido la enorme sobrevivencia del soneto, que tiene a estos dos metros como esenciales en su conformación.
Como hecho evolutivo, la métrica suele volver por sus fueros. Nacen nuevas tipología, debido a los cambios que se manifiestan al surgir estructuras, o variar las usuales en la tradición, o incluso por el hecho de alejarse de la «vieja métrica» en busca de nuevos resortes expresivos para la poesía. Si hoy se tiene en poco uso el ritmo que ofrece la colocación exacta de los acentos rítmicos, sería muy arriesgado pensar que esto es algo definitivo, sin vuelta al pasado, porque las formas se readaptan y se readoptan según las necesidades de las épocas. La poesía sigue siendo una de las esferas de la creatividad humana más dada al cambio constante, debido a los diferentes espíritus de épocas, a la sensibilidad colectiva e individual y de la experimentación constante.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
