La búsqueda de la metamorfosis
Desde hace un tiempo ya —no sabría definir si meses o años— la voz poética de Ketty Blanco ha comenzado a darse a conocer dentro de la polifonía de cantos jóvenes creativos de la Isla. Sus poemas duelen. Dan a conocer la corteza de ciertos sueños rotos. Tal vez su narrativa sea menos mencionada, aunque ostenta en su quehacer diversos premios y becas que ya la hacen merecedora de un nombre. Ketty Blanco no gusta de las historias fáciles, aunque es suya la simplicidad del verbo en su aspecto demiúrgico. Construye las atmósferas de su fabulación con mano tenue, caricia del abanico, en esos gestos que parecen ambiguos y menores, pero que remueven —telúricamente— la estructuración de las historias.
Bien complejo es simplificar la teatralidad de una poética como la de Ketty Blanco en solo unos párrafos de presentación, pero confío que el texto "Qué hice", muestra de lo más reciente de su producción, invite a la búsqueda de nuevas obras, de nuevos universos de posibilidades narrativas.
En "Qué hice", la autora apuesta por un joven narrador personaje, una niña colocada en el ambiente hostil de un mundo disfuncional, una madre olvidadiza y violenta: patético dragón (o cucaracha) que custodia esta suerte de castillo en las nubes de donde no hay escapatoria posible. Nuestra pequeña heroína tiene un breve leitmotiv: huir del universo constreñido que la define. ¿Pero cómo? ¿Quizás a través del cambio, de la transmutación de niveles de realidad, de un salto narrativo hacia otras posibilidades demiúrgicas? Escoja el lector el acápite que le pertenezca. Lance el lector una moneda al vacío, y luego defina qué superficie le pertenece: cara o cruz.
Ketty Blanco juega —con equilibrio protector, sin llegar a límites de catarsis que hubieran resultado innecesarios y excesivos para el cuento— con los márgenes de referentes de la literatura universal. Referentes que bien pueden pertenecer al universo de cuentos infantiles (¿quién ha olvidado a aquella Cucarachita Martina, tiernísima, a la espera de un pretendiente mientras se limpiaba las alas y las antenas?) o bien a una dimensión más sordida y profunda, donde Kafka y su Gregorio Samsa continúan siendo ejes de distensión. En todo caso, la cucaracha no es aquí un animal simbólico aunque continúa siendo el eje hacia una transición dramática: convertirse en insecto o ser humano, esa es la cuestión. La cucaracha en su dimensión de criatura de metamorfosis sirve como pretexto para la fabulación del personaje, como escape, como válvula hacia otra realidad. El resto es solo silencio.
"Qué hice", en su brevedad, condensa la capacidad dual de los personajes en su condición de seres construidos para el bien y el mal, o tal vez para un estadío intermedio entre ambas condiciones. Con economía de recursos, con ese equilibrio que es uno de los rasgos más sutiles en la escritura de Ketty Blanco, se propone un cuento conmovedor, buena literatura, ala límpida de insecto en búsqueda de una metamorfosis: final feliz definitivo.
Ketty Blanco Zaldivar es poetisa y narradora. Licenciada en Ciencias de la Religión, por el ISECRE (La Habana, 2012) y miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Egresada del Curso Nacional de Técnicas Narrativas “Onelio Jorge Cardoso” (La Habana, 2005). Participó en el Primer Festival de Narradores Jóvenes (Ciudad de la Habana, 2008), y en el primer curso impartido por el Centro de Formación Literaria Hotel Kafka, de Madrid (Ciudad de la Habana, 2008). Ha obtenido, entre otros premios y reconocimientos: Primer Premio de Poesía en el Concurso Nacional “El Camello Rojo” (La Habana, 2006); Primer Premio de Poesía en el Concurso “Alfredo Torroella” (La Habana, 2009); Primer Premio en el Concurso Nacional de Poesía “Regino Pedroso” (La Habana, 2009); Primera Mención en Cuento, en el Concurso Nacional “Mangle Rojo” (Isla de la Juventud, 2009); Primer Premio en el Concurso Internacional de Minicuentos “El Dinosaurio” (La Habana, 2010); Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuento “Ernest Hemingway” (La Habana, 2010); Beca de Novela "Fronesis" (La Habana, 2015); finalista del Concurso Internacional "El Mejor Poema del Mundo" (España, 2016) y premio de Poesía "Portus Patris" (Puerto Padre, 2016). Obras suyas han sido publicadas en revistas y antologías en Cuba, España, Estados Unidos de América, México, Chile e Italia.
Qué hice
Ketty Blanco
Me entró al baño con no sé qué pretexto. Estaba oscuro y ella no prendió la luz. De pronto sentí golpes en la cabeza.
— ¡Descarada! Los brazos. ¡Mentirosa! El rostro. ¡Me tienes harta! Cállate o te doy más duro.
En medio de todo me pregunté por qué estaría pegándome esta vez. Cuando se cansó, salió y me dejó sollozando. Recuerdo las paredes ásperas y lo estrecho que me pareció el baño y la angustia creciendo como una gran ampolla dentro de mí. Al rato logré calmarme un poco, y la escuché riendo con la vecina. Entonces fui directo a las pastillas que ella guardaba en su bolso. Escogí de todos los colores, me las puse en el bolsillo y fui al refrigerador, llené un vaso con agua y me tomé unas cuantas. Quería dormir, dormir mucho.
Cuando me desperté, traté de moverme y comprobé con susto que no podía. No era la primera vez que me pasaba, el cuerpo paralizado y yo haciendo esfuerzos por abrir mis ojos completamente. Pero esta vez, tenía delante unas antenas enormes, y muchas patas que se movían locamente. El animal feo lanzó un graznido y a su lado corrió otro igual, pero más grande.
— ¿Tú no querías una hija? Pues ahí la tienes —dijo el primero, y echó a correr zigzagueante hasta desaparecer por un agujero.
El otro, haciendo gestos raros con la cara se me lanzó arriba. Yo chillé y el animal, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, se separó rápido.
— ¡A mamá no se le grita!, niña malcriada —me dijo.
Se zafó una de las antenas y comenzó a pegarme con fuerza en los muslos.
—A esta niña vamos a tener que educarla muy bien Y para que sepas, no vas a comer hoy.
Los golpes me estuvieron ardiendo hasta que lentamente me desvanecí. Unas sacudidas me trajeron de vuelta. Esta vez quería que fuera mi verdadera madre, pero no, volvía a aparecer el bicho.
— ¡Levántate, tienes que ensuciar la casa, o piensas que aquí vas a vivir durmiendo!
Miré la cama de alambres donde había estado. Restregué mis ojos para que se acostumbraran rápido al lugar. Tenía miedo que el bicho volviera a quitarse otra antena. Caminé sobre hollejos de toronja, cabos de cigarro, granos de arroz con moho, escupitajos. Ensuciar más la casa era difícil, pensé.
—Anda —dijo— haz lo que te ordené.
Ya no pude más y las lágrimas salieron. Cuando me vio llorando, el bicho entró en pánico.
— ¡El agua estropea la casa! —gritó—. ¡So cochina!...
Me cogió del pelo y me puso de rodillas sobre dos chapas de refresco viradas al revés, frente a un montón de comida vieja. Ante aquella basura, y con el calambre con dolor que me subía desde las rodillas por la columna vertebral, imaginé que era una agente de otro reino, una espía que había sido sorprendida en una misión. Yo estaba en ese lugar para evitar que sustituyeran la comida de nuestras cocinas por aquella asquerosidad que tenía delante. Querían obligarnos a comer los desperdicios y tomarnos fotos, grabar películas, para mostrar a los demás pueblos en qué nos habían convertido. Mi misión era ser famosa, reconocida como la niña que los había salvado a todos de la humillación. Quizás así mi madre se sentiría orgullosa y me querría. Pero había en mí otro deseo: quería ver a mi madre comiendo de aquella comida podrida. Por eso, tal vez, no sería famosa.
El animal se paseó frente a mí con una de sus antenas en la mano. El vómito me salió como una regadera, lo que al parecer, fue mi salvación. El bicho se colocó la antena en la cabeza, agarró lo que quedaba de una ciruela podrida y me la obsequió.
Le di una mordida, y el sabor agrio me provocó más náuseas. Las patas del bicho daban palmadas de alegría cada vez que, retorciéndome, me apretaba la barriga, hasta que vi salir algunas pastillas de colores, amontonadas sobre la espuma que salía de mi boca.
Reconocí a mi mamá en ese momento. La vi venir hacia donde yo estaba tirada sobre un charco pastoso. Corrió haciendo muecas, con los ojos muy abiertos. Me levantó y me abrazó. Yo me le resbalaba sonriente, tratando de extender el brazo hacia mi bolsillo para buscar más. Ya sabía qué hacer cuando quisiera zafarse una antena. No recordaba el sabor de tantas pastillas de colores.
