La Habana de los poetas
Muy antigua es la tradición de escribir poemas a las damas y muchas más razones existen si esta se encuentra próxima a cumplir cinco siglos, lo cual hace de ella una gema patrimonial.
La Habana que nos ocupa puede preciarse de la gran cantidad de insignes poetas que le han dedicado sus versos. La enumeración completa, o casi completa, trascendería los límites que CubaLiteraria puede ofrecer a un artículo. De todos modos, nos atrevemos a ofrecerle una muestra.
Empecemos por el sitio fundacional, donde se alza una ceiba y se erigió El Templete, en 1828, para conmemorar dicho acto. Se trata de un soneto y su autor es Agustín Acosta:
“El Templete”
Oro solar la paz del viejo templo dora;
hoscas sombras de antaño invaden la cornisa,
y evócase en el tedio fastuoso de la hora
la sencillez remota de la primera misa.
Aquí se alzó gallarda la ceiba primitiva,
que esta columna histórica simboliza y reemplaza.
Bajo el ramaje próvido la heroica comitiva
plantó los transatlánticos pendones de la raza.
Esto tiene una antigua grandeza de aventura;
cuenta de locos éxodos, de oceánica locura
de carabelas frágiles y de un viejo león.
Y a través de las olas nos llega con el viento,
eterno e implacable como un remordimiento,
el ruido de la injusta cadena de Colón.
A pocos cientos de metros del anterior, una construcción del siglo XVIII resume el estilo de una época y llega a nuestros días con la sólida prestancia de las edificaciones retadoras del presente. Es la Catedral de La Habana, y el poema, también un soneto, lo escribió Salvador García Agüero, más recordado por su oratoria y ensayística, aunque nada desatendible en su condición de versificador.
“La Catedral”
Evocación de tiempos coloniales
la plazuela es un lienzo que se ajusta
en la moldura secular y adusta
de rígidas fachadas y portales.
La Catedral, sin arcos ojivales,
yergue al fondo su mole gris y augusta
luciendo en su arrugada faz vetusta
un lunar de polícromos cristales.
De los costados, como un par de brazos,
destaca la rudeza de sus trazos,
austera y atrevida, cada torre.
Y mientras en la azul melancolía
la Catedral se esfuma, se diría
que un estremecimiento la recorre.
Uno de los símbolos de la ciudad, y uno de sus guardianes insomnes, es el Morro. ¿Qué no habrá visto el Morro con su linterna? Da la bienvenida al visitante y lo despide, acoge a quien lo recorre, inspira a los poetas. Uno de ellos, José Manuel Carbonell, le dedica otro soneto en que se resalta su condición de prisión donde tantos cubanos patriotas sufrieron los atropellos de la metrópoli:
“El Morro”
Como gigante heráclida de piedra
que el colérico mar lame y mordaza,
evocando el martirio de una raza
del viejo Morro la visión arredra.
Sus paredones húmedos desmedra
el Tiempo, fulminando su amenaza,
y en los vetustos muros desenlaza
su cabellera la ondulante yedra.
Al abrir los sombríos calabozos,
como aves asustadas, los sollozos
dicen de sus ausentes moradores,
y al bajar los oscuros subterráneos
surca el recuerdo piélagos de cráneos
y el aire pueblan besos y clamores...
La Alameda de Paula, larga y blanca, a la vera del mar, fue desde el siglo xix uno de los lugares preferidos por los habaneros para disfrutar de la brisa, exhibir sus trajes las damas pudientes, y los carruajes los caballeros poseedores de esclavos. Hoy ha sufrido una remodelación que nos la entrega en armoniosa conjunción de modernidad y añeja elegancia. En sus “Lienzos marinos”, Federico de Ibarzábal le dedica un poema (sí, nuevamente un soneto) que tiene algo de postal del ayer con el aroma de la nostalgia de los tiempos ya idos.
Esta gris alameda, abandonada y sola,
tiene la gracia antigua y el sabor colonial;
una reminiscencia de la vida española
junto a los edificios de corte conventual.
¡Alameda de Paula! Blando rumor de ola;
brisas entre los álamos, dulzura espiritual;
sordo ruido de carros que, en la calleja, viola
el solemne silencio de la tarde glacial.
Junto al muelle desierto, pacífico y mojado,
la Alameda de Paula duerme en un sosegado
sueño, su vieja vida de perpetua inacción.
Como esas viejecitas que tuvieron amores,
y que hilan sus recuerdos desde los corredores,
sin un deslumbramiento, sin una sensación.
Y como la ciudad tiene igualmente sus sonidos, ninguno otro mejor que el tradicional cañonazo de las nueve, ceremonia en que historia y lirismo se entremezclan para hacerse parte de nuestro día a día cuando las sombras ya caen sobre la ciudad. Es de Oscar Hurtado y el fragmento pertenece a un extenso poema:
Son las nueve y sereno de la noche.
Sorpresivo bangán del cañonazo.
Las felices parejas de danzantes
en sus trajes derraman la cerveza.
Baila, baila y disfruta de la vida
en el parque de enfrente a La Cabaña.
Aunque no se trata de un poema, cerramos estos apuntes dedicados a la ciudad con un apunte de uno de sus hijos más ilustres, Alejo Carpentier, cuyo comentario sobre un elemento identitario de la capital lo apreciamos mejor cuando la recorremos a pie:
La Habana es ciudad que posee columnas en número tal que ninguna población del continente, en eso, podría aventajarla. Pero también tendríamos que hacer un inmenso recuento de rejas, un inacabable catálogo de los hierros, para definir del todo los barroquismos siempre implícitos, presentes, en la urbe cubana.
Editado por: Nora Lelyen Fernández
