Líneas de continuidad en la ensayística caribeña de excelencia sobre el tema de la racialidad
Hace poco más de un año, concretamente en febrero de 2015, Casa de las Américas conmemoró los 130 años de la abolición de la esclavitud en Cuba, con el lanzamiento de su Programa de estudios sobre Afroamérica y lo puso bajo la dirección de la investigadora Zuleica Romay Guerra . Esta designación no era casual
Desde el texto de la convocatoria circulada para marcar la trascendencia de aquella iniciativa, Romay establece claramente las razones que sustentan la creación del Programa y la importancia de su misión.en los siguientes términos:
“Conmemorar el 130 aniversario de la abolición de la esclavitud en Cuba no solo expresa la voluntad de recordar un hecho de gran trascendencia histórica. También enuncia la disposición a identificar, en los latidos del presente, las huellas de relaciones sociales que marcaron profundamente la cultura y la psicología de los pueblos de América, sobre todo aquellos que, entre los siglos XVI y XIX, forjaron nacionalidades nutridas por la forzada diáspora africana. La historiografía de la esclavitud, oficio fundado por frailes y cronistas, estuvo a cargo casi siempre de personas ilustradas, descendientes más o menos legítimos de conquistadores, terratenientes, comerciantes y representantes del poder colonial. Es una historia que, como norma, dio por sentada la minusvalía de África, acuñó la inferioridad de sus procesos civilizatorios y negó a las víctimas del tráfico y la esclavitud el derecho a contar sus historias personales. Esa narrativa de los vencedores, prevaleciente durante tres siglos, ha sido refutada por nuevas lecturas de la copiosa documentación que sobre la trata, el comercio legal de africanos esclavizados y el funcionamiento de las colonias americanas, se preserva en archivos de Europa y las Américas. Tales lecturas, al complementar las valiosas interpretaciones sobre el legado cultural africano patente en las artes, los oficios, la literatura y la tradición oral de nuestros pueblos, contribuyen a fortalecer nuestra afroamericanidad. Somos participantes y testigos de la construcción de un conocimiento nuevo, que rastrea las contribuciones, resistencias y rebeldías de los esclavizados y sus descendientes. A compartir, comparar e integrar esos conocimientos, para comprender mejor.
Aunque mucho antes, en enero de 2013 , en el marco de la edición 53 del otorgamiento de sus Premios anuales, la Casa de las Américas anunció la obra que había merecido el galardón extraordinario de Estudios contemporáneos sobre la presencia negra en la América y el Caribe desde el año anterior. La autora premiada, Zuleica Romay, lo había titulado Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad1 y se trataba de una investigación de excelencia entre la no muy prolija producción ensayística de mujeres cubanas que en lo adelante, se convertiría en referencia obligada para todo el que quiera acercarse desde cualquier ángulo o nivel de competencia al tema de la racialidad y sus manifestaciones en esta parte del planeta. Meses después, concretamente en junio de aquel mismo año, toda la comunidad caribeña marcó de las formas más diversas, el centenario del nacimiento de una de sus personalidades cimeras: el martiniqueño Aimé Césaire, un autor que escribió sobre todo en su lengua de adopción – el francés- y a quien, me había acercado fundamentalmente a partir de mi profesión de traductora.2
¿Por qué relaciono a éstos dos autores antillanos a pesar de que no podemos decir que entre ellos haya una absoluta compatibilidad de ideas? Porque son dos pensamientos válidos en una región geográfica compartida que se acercan desde sus circunstancias concretas y específicas al problema de la discriminación racial partiendo de análisis y posturas que sin ser ciento por ciento coincidentes, nunca son divergentes porque tienen una base común.
Pero, ¿colonización y civilización pueden ir de la mano? Según Césaire “de la colonización a la civilización la distancia es infinita”;3 entonces, ¿cabría en el pensamiento racional del siglo XXI plantear para el Caribe neocolonial la viabilidad de la ecuación racismo=civilización? Mejor decir colonización=cosificación. El pensador martiniqueño abunda en su reflexión:
“Hace falta primero estudiar cómo la colonización trabaja para descivilizar al colonizador, para embrutecerle en el sentido recto de la palabra, para degradarle, para despertar en él instintos ocultos de codicia, de violencia, de odio racial, de relativismo moral (…) la colonización, repito, deshumaniza incluso hasta al más civilizado de los hombres; la acción colonial, la empresa colonial, la conquista colonial fundada sobre el desprecio y justificada por ese desprecio tiende inevitablemente a modificar a aquel que la emprende, a saber; al colonizador quien, para tranquilizar su conciencia, se acostumbra a ver en el otro a la bestia y se entrena para tratarlo como bestia, a la par que tiende objetivamente a auto-transformarse en bestia. Esa acción, ese efecto de retroalimentación de la colonización es importante señalarlo”.
Sobre la altea, algo nos cuenta a su vez Romay sobre los motivos de su selección en uno de los capítulos cuyo tema resulta más interesante para mí titulado: Raza e identidad.5Sin embargo, no parece haber reparado en que en griego la palabra althea significa verdad y en que el blanco no es de por sí un color, sino un producto del mestizaje puesto que es la suma de todos los colores.
“… En los territorios colonizados por el emergente capitalismo europeo, la presencia forzada del negro, víctima de lacerantes procesos de desarraigo y despersonalización, condicionó reconstrucciones culturales con afinidades y semejanzas fácilmente reconocibles en nuestros días. El modo de vida derivado del sistema esclavista impuesto justificó la exclusión social, legitimó la coartada del color y sistematizó conductas aprendidas en circunstancias políticas, económicas sociales y culturales, que matizaron, de forma parecida, los procesos de formación de ciertas nacionalidades americanas.6(…)
“En el Caribe, sobre todo, resulta común que negros con pelo ondulado, naríz perfilada, ojos rasgados o labios negros , enarbolen sus características fenotípicas como prueba de mestizaje e incluso como testimonio de una lejana blanquitud. De modo que la apropiación de lo mestizo como símbolo o esencia de lo nacional, aunque positiva en su papel de aglutinante social, también ha contribuido a estimular la persistencia en nuestra conciencia colectiva de clasificaciones raciales que, imperceptiblemente, reproducen estereotipos y representaciones racistas entre los no blancos” advierte Romay7“La acepción más común entonces del vocablo “raza” remiten de inmediato , a la herencia genética manifestada en el color de la piel, si bien la percepción sobre la inferioridad del “otro” surgió con las primeras sociedades clasistas”8“El racismo es una construcción sociocultural del capitalismo esencialmente histórica.” 9
Así lo describe por su parte también Césaire en el drama Y los perros se callaban que ciertamente merecería una puesta en los escenarios cubanos10del que traducimos un parlamento en boca de uno de sus personajes principales que no por gusto su autor nombra el Rebelde:
“Y nos vendían como animales, y nos contaban los dientes…y nos
toqueteaban las pelotas y nos examinaban si teniamos la piel
lustrosa o marchita y nos palpaban y pesaban y sopesaban y nos
ponían en nuestro cuello de bestia domada el collar de la
servidumbre y del apodo” 11
“La construcción del mestizaje como mito fundador en Iberoamérica,- recuerda por su parte Zuleica- fue permanentemente acompañada por la leyenda sobre el raigal efecto transformador de la educación, como si no existiesen férreos mecanismos de sujeción económica, política y cultural que, impuestos a la mayoría de la población, vedaban la ascención social, sobre todo de los más oscuros.(…) Hacia la segunda década del siglo XIX la Declaración de los Derechos del Hombre, pensada desde y para la blanca Europa –como señalaron Aimé Césaire y C.L.R. James-,12reconfiguró el horizonte de los preteridos de este mundo”.13
En el caso cubano, y también en el de la Martinica como en el resto de las antiguas colonias del Caribe, si bien los rasgos de la esclavitud tuvieron sus peculiaridades dadas por las diferencias que existieron en las formas en que concibieron y aplicaron las potencias coloniales respectivas –España en algunos casos como en el nuestro, Portugal en el caso de Brasil, Francia en el de Haití y el resto de las colonias francófonas antillanas e Inglaterra en la llamada mancomunidad británica,
“La nefasta herencia de la esclavitud , a la que se sumó más de medio siglo de subordinación , acumuló enormes desventajas económicas, sociales y culturales sobre las personas más oscuras. Se olvida a veces el antinómico legado psicológico del colonialismo, en virtud del cual nos acostumbramos a pensarnos como superiores/inferiores; bellos/feos;modernos/ incivilizados; configurados como estamos por los moldes del color”.14
En aquellas colonias por ejemplo, aún prevalece un sistema neocolonialista de gobierno en la medida en que esos paises mantienen un nivel bien elevado de dependencia de sus metrópolis al no haber alcanzado todavía,-en ningún plano del funcionamiento: social, jurídico, económico-productivo del territorio-15 siglos después de haberse proclamado la abolición de la esclavitud, la condición de países independientes en lugares donde además el negro demográficamente hablando es un componente mayoritario de la población. Pero, ¿qué justificación real tienen el resto de los países- mucho menos la Cuba de hoy- para al cabo de los cien años de independencia tratar de explicar todavía la discriminación racial porque la esclavitud del negro llegó hasta el siglo XIX? No es por azar que el investigador Roberto Zurbano, director del Fondo editorial Casa de las Américas y uno de los activistas más sensibles del tema de la racialidad en el país ha declarado en un texto medular:
“Combatir el racismo es una de las grandes tareas del siglo XXI. Este flagelo no surgió en un país en particular, sino en un contexto mundial en el que fueron involucradas varias naciones y culturas marcadas por el afán colonial de repartirse el mundo y establecer jerarquías económicas y políticas que hoy sobreviven. El racismo contemporáneo es también un fenómeno globalizado y la lucha contra este va más allá de cualquier frontera. Renunciar al debate internacional es reducir su impacto a viejos conceptos nacionalistas y no tener en cuenta el proceso de intercambio desigual generado por el turismo, las nuevas tecnologías de la información, las migraciones y las transnacionales de la cultura. Es un debate sobre la persistencia del racismo en Cuba, sobre los modos paternalistas y sofisticados con que ese tipo de humillación se reproduce o renueva y, especialmente, sobre cómo reconocerlos y enfrentarlos en un nuevo contexto(…)Si una izquierda conservadora dentro y fuera de Cuba considera que un negro cubano revolucionario no debe hacer críticas a la Revolución, no ha entendido el papel que han jugado los negros dentro de esta y tampoco qué es un verdadero proceso revolucionario. En la base, en el corazón, en el fondo y en las orillas de este proceso los negros hemos sido buena parte del sostén. Nos asiste tanto el derecho moral a criticarla como el deber de defenderla, porque es aún insuficiente lo que hemos logrado frente a lo que hemos hecho y merecemos. Renunciar a esa crítica es renunciar a mejorar la Revolución y sentirla más nuestra. (…) Cuba es un país que va cambiando y abriendo sus respuestas ante esta y otras problemáticas. No son los años setenta, ni los noventa, pues muchas ideas se debaten y publican; los problemas se abordan desde variados enfoques, a veces encontrados. Dogmas, extremismos, oportunismos y viejos esquemas no han desaparecido, pero hay un espacio –quizás pequeño aún– para la crítica, el disenso y el diálogo que vale la pena seguir construyendo. La sociedad civil cubana es menos frágil que hace diez años atrás; pueden reconocerse sus preocupaciones y debates en un espacio emergente y heterogéneo de personas, organizaciones y medios alternativos que abordan el presente y el futuro del país. (…) Esta lucha no se reduce a una guetificación de nuestros derechos, sino que busca el camino hacia la igualdad y la plenitud ciudadanas, aun incompletas. Otros tipos de activismos en Cuba tienen su espacio de legitimación, el de los negros aun está en formación. La política debe dialogar con las diversas realidades y grupos que configuran la nación. Nuestro grupo social tiene su propia historia, sus demandas específicas, sus propios incentivos y modos de participar en la construcción de una sociedad mejor”.16
Esa visión sesgada que aún hoy prevalece , y que estorba, subrepticia pero tenazmente, nuestro avanzado proceso de integración nacional , es resultado de nuestro devenir histórico.
Al final, los mitos raciales reelaborados desde el etnocentrismo europeo se impusieron, observa Romay,
“Porque colonizar es mucho más que apoderarse de la tierra, el agua, los minerales y los medios de vida ajenos. Colonizar es tomar posesión de los cuerpos y, sobre todo, de las mentes. El colonizado lo es, realmente, cuando ansía dejar de ser “él” para convertirse en” otro “, cuando de forma voluntaria asume y trasplanta los códigos culturales del colonizador. El colonizado es un esclavo espiritual aunque vaya con las manos libres; primero aprende a temer, luego a imitar y termina despreciándose a sí mismo, como colofón de un proceso de desposesión cultural magistralmente descrito por Edouard Glissant.17 Hacia la segunda década del siglo XIX la Declaración de los Derechos del Hombre, pensada desde y para la blanca Europa –como señalaron Aimé Césaire y C.L.R. James-,18 reconfiguró el horizonte de los preteridos de este mundo” 19
Aimé Césaire, con sus particulares enfoques no sólo lo denunció en su medular “Discurso contra el colonialismo” del que hemos reproducido algunos párrafos, , o en el importantísimo alegato sobre la negritud, un texto inédito en español y muy poco manejado en Cuba que he traducido para nuestros lectores en absoluta primicia y que se reproducirá íntegramente al final de este trabajo. También la poesía y el teatro del martiniqueño recogen ese sentir:
¿Escucha usted entre el vetiver el fuerte grito del sudor?
No he asesinado a mi angel. Delo por seguro.
en la hora de las quiebras fraudulentas, que alimentan niños
ocultos
y de sueños terrestres, está nuestro pájaro de clarinete
cocuyo ondulado en la frágil frente de los elefantes
y las amazonas del rey de Dahomey restauran con su pala
el paisaje venido a menos de los rascacielos de cristal despintado
de caminos privados, de dioses lluviosos, vertedero y herencia
de rosas revueltas
de las manos del crudo sol de las noches lacteadas
¿Pero Dios? ¿Cómo he podido olvidar a Dios? Quiero decir la Libertad. 20
No son pocos los criterios que este tema tan polémico y sustancial en la Cuba de hoy ha suscitado. Por su lucidez y concisión, me permito reproducir algunos párrafos de la ponencia presentada por el socio-politólogo cubano Aurelio Alonso, subdirector de la prestigiosa revista Casa de las América, quien hizo la presentación del libro de Zuleica en la Feria del Libro de La Habana dedicada a Africa:21
“En realidad nos encontramos ante el resultado de una de las investigaciones mas serias realizadas sobre el tema de la racialidad en el escenario cubano, al cabo de medio siglo de un accidentado proyecto socialista en el cual las discriminaciones por el color de la piel y por la diferencia de sexo (racismo y machismo) han sido consistentemente repudiadas por el discurso oficial dentro de un modelo basado en la igualdad social.
El ensayo comienza con una sección introductoria desprovista de formalismos, pues se dedica a constatar que, aunque reconozcamos la complejidad de los mecanismos de formación y reproducción social de los prejuicios raciales, así como la existencia de factores que estimulan su persistencia y mutación, tenemos que admitir que «la Revolución aún no ha erradicado el problema racial», lo cual genera en muchos de los cubanos una sorda frustración (Romay; 2012 : 20). Quiero subrayar con ello que la autora va al grano desde las primeras líneas, enunciando sin rodeos lo que sus resultados de investigación dejan comprobado, de manera suficiente y constructiva a la vez.
En consecuencia, lo que sigue a este enunciado es un minucioso esfuerzo de demostración que no escatima reconocimientos a la voluntad política, las acciones puntuales, los logros alcanzados y la diferencia abierta de cara al pasado, pero que identifica con claridad las insuficiencias, los vacíos e incluso los retrocesos a los que han forzado el peso de los lastres y los giros de las coyunturas. Al tiempo que nos ofrece referencias que alertan la posibilidad de complicación aún de la recurrencia del efecto discriminatorio que hoy observamos si no se le encuentra una forma eficaz de erradicación.
Personalmente considero que la discriminación constituye uno de los problemas, o anomalías sociales más difíciles de superar. Diría yo que solo superable, en cualquiera de sus manifestaciones, a partir de un patrón capaz de remontar la mirada sujeta a la estructura de clases antagónicas. En esto consiste, a mi juicio, la mirada específicamente socialista. Y no se refiere exclusivamente al color de la piel o al origen étnico, a pesar de que la discriminación racial tal vez constituya la expresión más grotesca de «percepción sobre la inferioridad del “otro”» (Romay, 2012: 37)
Sin embargo, « en el ámbito de las relaciones raciales la colonia siguió viviendo en la República» (198). Se restableció la discriminación al amparo del «mito de la igualdad racial» consagrada formalmente en la Constitución; «el mito absolutizador de la educación y la cultura como vías de ascensión social de negros y mestizos». El Derecho y la Constitución contribuyeron a ello. Mientras en la dura realidad la primera década republicana, que culminaría con la represión y la matanza de los independientes de color, dejó bien establecido su patrón discriminatorio.
La Revolución del 59, de inspiración martiana confesa y probada, canceló privilegios y al desmontar las estructuras de desigualdad impuestas por el capital abrió accesos prohibidos, facilitó una recromatización urbana eliminando barrios exclusivos, unió en la escuela a todos los cubanos sin distingo de clase, raza, sexo o religión, y proscribió discriminaciones. Pero todos estos pasos, que tuvieron un significado decisivo, fueron, por otra parte, asumidos superficialmente como signos de algo que había quedado resuelto, y no se estructuró un programa a largo plazo para dar continuidad a los análisis y las acciones sobre el problema racial que se habían emprendido. En consecuencia «se rearticuló el mito de la igualdad racial… asentado ahora en una vida colmada de ejemplos de equidad social y confraternidad de razas» (Romay, 2012: 77). Es, entonces, a la vuelta de medio siglo que «hombres y mujeres de todos los matices… nos vemos convocados a seguir la lucha hasta que el color de lo cubano nos haga indistinguibles, y entonces la realidad desplazará del todo al mito».
La realidad de cambio que afronta hoy nuestro pueblo no simplifica la ecuación sino que la complica; no hay que ceder a la tentación del triunfalismo. Por supuesto, la corrección de la injusticia histórica no puede lograrse con la inversión de la pirámide… «El proyecto de radical transformación que significa el socialismo no puede articularse en medio de la rutina social y el desmovilizador conformismo de los más… Por ello resulta imprescindible diseñar y ejecutar políticas encaminadas a renovar, intencional y focalizadamente, el entorno material y el universo de los grupos y estratos sociales más atrasados.» (Romay, 2012:252)
Tan amplio y diverso resulta el inventario temático que ha abarcado la autora, que resultaría imposible recorrer aquí todos los aspectos sustantivos manejados en la obra.. Pienso que debe ser, al fin, el reto de una lectura provechosa.
Quiero resaltar igualmente el dominio de alrededor de doscientas fuentes bibliográficas, todas relevantes, las cuales maneja con rigor en su discurso analítico. Su tesis central se sostiene sobre una carga probatoria difícil de cuestionar, y quizás donde la vemos expuesta con más precisión es en las proximidades del final, cuando subraya: «Aunque la Revolución Cubana demolió el racismo estructural de la vieja sociedad y el color de la piel perdió el papel ordenador de antaño, aún no terminamos de barrer todos los escombros (Romay, 2012: 267).
Recuerdo siempre cuando el Che Guevara decía al periodista francés Jean Daniel, que no bastaba asegurar el desarrollo económico para el socialismo, sino que lo esencial era eliminar la alienación. La discriminación racial, como otras discriminaciones, no puede tener espacio en la sociedad de justicia a la cual aspiramos” en atención al equilibrio eficaz entre el lenguaje literario y el científico logrado en el uso de la variedad cubana de la lengua español
Para mayor abundamiento sobre las líneas de continuidad de la labor de los investigadores cubanos sobre el tema de este artículo, señalo el premio a la segunda y más reciente obra de Zuleica Romay titulada Cepos de la memoria: impronta de la esclavitud en el imaginario social cubano (Ed.Matanzas, 2015), otorgado el 17 de octubre de 2016, por la Academia cubana de la Lengua en el marco de las jornadas por el Día de la Cultura cubana en atención al equilibrio eficaz entre el lenguaje literario y el científico logrado en el uso de la variedad cubana de la lengua española que tanto Reynaldo González, su presentador en el Aula Magna del Colegio universitario de San Gerónimo de la Habana, como su comentarista Marilyn Bobes, consideran que la equilibra el aspecto coloquial y los elementos problemáticos con el propósito de promover “una actitud reflexiva” y un “pensamiento crítico”.
Termino con mi traducción a español del llamado “Discurso sobre la negritud” de Aimé Césaire titulado Negritud, etnicidad y culturas afro en las Américas que fue pronunciado el jueves 26 de febrero de 1987 en ocasión de celebrarse la Primera Conferencia hemisférica de los pueblos negros de la diáspora, organizada por la Universidad de la Florida en la ciudad de Miami, Estados Unidos, en homenaje al autor martiniqueño. El texto integral en francés sobre la negritud se publicó conjuntamente con El discurso sobre el colonialismo en la edición de 2004 de Présence Africaine, pp 79-92, y ha sido mucho menos conocido y divulgado en comparación con éste último.
“Queridos amigos, Señoras, Señores,
Ustedes han decidido organizar en los trabajos de vuestro congreso lo que han llamado un homenaje a Aimé Césaire.
No sabría decirles cuán confuso me siento, y cuán agradecido estoy por este honor.
Doy gracias a los distintos oradores que han intervenido por todas las apreciaciones benévolas y amistosas que han tenido a bien dedicar a mi trabajo de escritor y al propio tiempo, de político. Pero, finalmente, si acepto con agradecimiento además este agasajo, es sobre todo porque he pensado que este homenaje trasciende mi persona, ya que a través de mí, a quienes honra es a diversos amigos, compañeros de lucha, a un país que es caribeño también, y quizás aún más, a toda una escuela de pensamiento militante, a toda una escuela de escritores, poetas, ensayistas que por más de 40 años, ha tenido como tema de su reflexión lo mismo que de sus trabajos, e incluso me atrevería a decir que como tema de su obsesión, una reflexión sobre la suerte del hombre negro en el mundo moderno, lo cual explica con creces la presencia entre nosotros de brillantes escritores que son, además, afro-americanos.
Al abordar el propio tema de esta conferencia, creo no lastimar a nadie si les digo que no todos los días me agrada evocar la palabra Negritud incluso si he sido yo, con la complicidad de algunos otros, quien contribuyó a inventarla y a lanzarla. Pero me he cuidado de no idolatrarla, y cuando les veo a todos reunidos aquí procedentes de países tan diversos, me confirma que corresponde a una realidad evidente y, en todo caso, a una necesidad en la cual es preciso creer profundamente.
¿Cuál es esa realidad? Se me dirá que es una realidad étnica.
Por supuesto, puesto que también la palabra ethnicity se ha pronunciado en el marco de este congreso. Pero hay que procurar que la palabra no nos desvíe. De hecho la Negritud no pertenece esencialmente al orden de lo biológico. Evidentemente, más allá de lo biológico inmediato, hace referencia a algo más profundo, muy exactamente a una suma de experiencias vividas que han acabado por definir y caracterizar una de las formas del destino de la humanidad como lo ha hecho la historia; a una de las formas históricas de la condición impuesta al hombre.
En efecto, basta con preguntarse sobre el común denominador que reúne, aquí en Miami, a los participantes de este congreso para percatarnos de lo que tienen en común, que no es por fuerza un color de la piel, sino el hecho de pertenecer
de una manera u otra a grupos humanos sometidos a una de las peores violencias de la historia, grupos que han sufrido y sufren todavía por ser marginados y oprimidos.
Todavía me acuerdo de mi estupor cuando por primera vez en Quebec, ví en un escaparate de una librería, un libro cuyo título de pronto me pareció asombroso . Se titulaba: “Nosotros los negros blancos de América” Por supuesto que me sonreí ante la exageración, pero me dije: “Bueno, este autor, aunque exagera, al menos entendió la Negritud”
Sí, constituimos en verdad una comunidad , pero una comunidad de un tipo bien particular, que se puede reconocer por lo que es, por lo que ha sido y en todo caso porque se ha constituido en comunidad: en primer lugar, una comunidad de opresión sufrida, una comunidad de exclusión impuesta, una comunidad de discriminación profunda. Por supuesto y dicho sea en su honor, en comunidad también de resistencia continua, de lucha tenaz por la libertad y de indomable esperanza.
A decir verdad, fue por todo eso que a nuestros ojos de jóvenes estudiantes (por entonces, Leopoldo Senghor, León Damas, yo mismo, después Alioune Diop, y nuestros compañeros de Presencia Africana) la palabra unas veces desacreditada, otras mancillada era a los ojos de los sobrevivientes del grupo todo aquello lo que recubría y recubre, de todas formas una palabra de uso y manejo difíciles: la palabra: Negritud.
La Negritud a mi modo de ver no es una metafísica.
La Negritud no es una concepción pretenciosa del universo.
Es una manera de vivir la historia en la historia: la historia de una comunidad cuya experiencia aparece, a decir verdad, singular con sus deportaciones de poblaciones, sus transferencias de hombres de un continente a otro, los recuerdos de lejanas creencias, sus vestigios de culturas asesinadas.
¿Cómo no creer que todo ello con su coherencia no constituye un patrimonio?
¿Hace falta más para fundar una identidad?
Los cromosomas me importan poco. Pero creo en los arquetipos.
Creo en el valor de todo lo que está insertado en la memoria colectiva de nuestros pueblos y hasta en el inconsciente colectivo.
No creo que lleguemos al mundo con el cerebro vacío igual que llegamos con las manos vacías. Creo en la virtud plasmatoria de las experiencias seculares acumuladas y de loo vivido vehiculado por las culturas.
Singularmente, y dicho sea de paso, nunca he podido hacerme a la idea de que los millares de hombres africanos que la trata negrera transportó antaño a las Américas pudo no tener otra importancia que la que podía medir su única fuerza animal- una fuerza animal análoga y no obligatoriamente superior a la del caballo o el buey –y que no fecundaron a las civilizaciones nacientes con un cierto número de valores esenciales pese a ser esas nuevas sociedades potencialmente portadoras de dichos valores.
Cabe decir entonces que la Negritud en primer grado puede definirse como toma de conciencia de la diferencia, como memoria, como fidelidad y con solidaridad.
Pero la Negritud no es solamente pasiva. No tiene que ver con el sufrir ni con el soportar.
No es ni un patetismo ni un dolorismo.
La negritud resulta de una actitud activa y ofensiva de la mente.
Es sobresalto, y sobresalto de dignidad.
Es rechazo, me refiero a rechazo de la opresión.
Es combate, es decir combate contra la desigualdad.
También es revuelta. Pero entonces, ustedes me dirán ¿revuelta contra qué? No olvido que este es un congreso cultural, y que es aquí en Miami donde he escogido decir esto. Creo que se puede decir, de una manera general, que históricamente, la Negritud ha sido una forma de revuelta en primer lugar contra el sistema mundial de la cultura tal como se fue constituyendo en el transcurso de los últimos siglos y que se caracteriza por un cierto número de prejuicios, de presupuestos que culminan en una jerarquía muy estricta. Dicho de otra manera, la Negritud ha sido una revuelta contra lo que voy a llamar el reduccionismo europeo.
Quiero hablar de ese sistema de pensamiento o más bien de la tendencia instintiva de una civilización eminente y prestigiosa en abusar de su prestigio hasta para hacer el vacío a su alrededor trayendo abusivamente la noción de universal, tan cara a Leopoldo Sédar Senghor, a sus propias dimensiones, quiero decir, en pensar en lo universal a partir de sus únicos postulados y a través de sus propias categorías. Tenemos y hemos visto de sobra las consecuencias que ello trae: cercenar al hombre de sí mismo, cortarle de sus raíces, separar al hombre del universo, apartarle de lo humano y aislarle, en definitiva en un orgullo suicidario cuando no en una forma racional y científica de la barbarie.
Pero, ustedes me dirán, una revuelta que no es otra cosa que revuelta no es más que un callejón histórico sin salida. Si la Negritud no ha sido un callejón sin salida es porque conducía a otra parte. ¿A dónde llevaba? Nos llevaba a nosotros mismos. Y de hecho lo hizo tras una larga frustración, ha sido la apropiación que hemos hecho de nuestro pasado y, a través de la poesía, a través del imaginario, de la novela, de las obras de arte, ha sido la fulguración intermitente de nuestro posible devenir.
Conmoción de los conceptos, seísmo cultural, todas las metáforas del aislamiento son aquí posibles. Pero lo esencial es que con ella iniciamos una empresa de rehabilitación de nuestros valores, de profundización de nuestro pasado, de nuestro propio re-enraizamiento en una historia, en una geografía y en una cultura, que integralmente se traduce no por un arraigo arcaizante al pasado, sino por una reactivación del pasado con miras a su propia trascendencia.
¿Nos dirán que eso es literatura?
¿Especulación intelectual?
Sin lugar a dudas. Pero ni la literatura, ni la especulación intelectual son inocentes ni inofensivas.
Y de hecho, cuando pienso en las independencias africanas de los años 1960,cuando pienso en ese impulso de fe y de esperanza que levantó en su época a todo un continente, es verdad, pienso en la Negritud, porque creo que la Negritud desempeñó su papel, y un papel puede ser capital, porque fue un papel de fermento o de catalizador.
Para no entender que esta reconquista de la propia Africa no resultó fácil, que el ejercicio de esa independencia nueva comportó no pocos avatares y, a veces, desilusiones, haría falta una ignorancia culpable de la historia de la humanidad, de la historia de la emergencia de las naciones en la misma Europa, en pleno siglo XIX, en Europa y en otros lugares, y que Africa, también, debía inevitablemente pagar su tributo al momento de la gran mutación.
Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que Africa volteó la página del colonialismo y al hacerlo, contribuyó a inaugurar una nueva era para toda la humanidad.
En cuanto al fenómeno norteamericano, no es ni menos extraordinario, ni menos significativo, incluso si aquí estamos hablando de colonialismo interno y de revolución silenciosa (la revolución silenciosa es la mejor forma de revolución). Efectivamente, cuando veo los formidables progresos alcanzados en el último período por nuestros hermanos afro-americanos, la cantidad de grandes ciudades administradas en Estados Unidos por alcaldes negros ; cuando percibo en todas partes: en las escuelas, en las universidades, el número siempre creciente de jóvenes y de hombres negros, cuando veo esta formidable avanzada -para emplear la expresión norteamericana: advancement of coloured people- no puedo dejar de pensar en la acción que llevó a cabo en este país Martín Luther King jr., vuestro héroe nacional, a quien , con justicia, la nación nortamericana ha dedicado un día para marcar su efemérides.
Pero en este congreso cultural, quiero añadir que también estoy pensando en otros, en particular, en esa pléyade, ya lejana, de escritores, ensayistas novelistas, poetas –que nos influyeron a Senghor y a mí- quienes, a raíz de la primera guerra mundial, constituyeron lo que se llamó el renacimiento negro: el Black Renaissance.
Hombres como: Langston Hughes,Claude Mc Kay, Countee Cullen, Sterling Brown, a quienes se suman hombres como Richard Wright, y suma y sigue… Porque que sepamos, o mejor dicho, que lo recordemos, fue aquí, en los Estados Unidos, entre vosotros, que nació la negritud norteamericana. Tenemos hacia esos hombres una deuda de gratitud que hay que recordar y que hay que proclamar.
Que conclusión sacar de todo ello, sino que en todo gran reajuste político, en cualquier acción para re-equilibrar una sociedad, en cualquier renovación de las costumbres morales, siempre hay un antecedente, que es el antecedente cultural.
Pero, se me dirá ¿en qué se convierte en todo ésto la famosa noción de ethnicity que ustedes han puesto en tan buen lugar a la hora de exponer motivos para este congreso y sobre la que se nos invita a meditar?
Por mi parte, diré que de buena gana la reemplazaria por otra palabra que más o menos le resulta sinónima, aunque despojada de las connotaciones por fuerza desagradables a fuer de equívocas que la palabra ethnicity suscita.
Yo no diría ethnicity, sino identity (identidad) y que designe lo que designa: lo que es fundamental, aquello sobre lo que todo lo demás se construye y puede construirse: el núcleo duro e irreductible; lo que da a un hombre, a una cultura, a una civilización su perfil propio, su estilo y su irreductible singularidad.
Y bien, henos aquí volviendo a nuestra idea. En efecto, y puesto que he hablado de un antecedente cultural , indispensable a cualquier despertar político y social, diría que ese mismo antecedente cultural, esa explosión cultural generadora del resto, tiene en sí misma un inicio; posee su propio antecedente que no es más que la explosión de una identidad por largo tiempo contrariada, a veces, negada, y finalmente liberada y que,al liberarse, se afirma en busca de reconocimiento.
La Negritud ha sido todo eso :búsqueda de nuestra identidad, afirmación de nuestro derecho a la diferencia, requerimiento de un reconocimiento a ese derecho
y al respeto para todos de nuestra personalidad comunitaria.
Se bien que esta noción de identidad está actualmente impugnada o combatida por aquellos que simulan ver en nuestra obsesión identitaria una especie de autocomplacencia aniquiladora y paralizante.
Por mi parte, no creo en nada de eso.
Estoy pensando en una identidad no arcaizante, autodevoradora, sino devoradora del mundo, es decir que se apodere de todo el presente para reevaluar mejor el pasado y aún mejor, para preparar el futuro. Porque si no, ¿de qué manera medir el camino recorrido si no se sabe de dónde se viene ni adónde se quiere ir? Hay que pensar en ello. Hemos batallado duramente Senghor y yo, contra la deculturación y contra la aculturación. Y bueno, estimo que volver la espalda a la identidad, significa reducirse a ella y entregarse sin defensa a una palabra que aún tiene su valor, es entregarse a la alienación.
Se puede renunciar al patrimonio.
Se puede renunciar a la herencia, es verdad.
¿Pero tenemos derecho a renunciar a la lucha?
Veo que hay algunos que se preguntan de vez en cuando sobre la Negritud. Pero, en realidad lo que importa hoy no es la Negritud. Lo que importa es el racismo; es el recrudecimiento del racismo en el mundo entero; son los focos de racismo lo que están resurgiendo por acá y por allá. Son en particular, las grandes llamaradas de Sudáfrica y del apartheid. De eso se trata. De eso es de lo que debemos preocuparnos. De suerte, que ¿ es éste para nosotros el momento de bajar la guardia y de abandonar las armas?
De hecho, para nosotros el momento actual es muy severo porque se nos ha planteado personal e individualmente una interrogante: o bien nos desembarazamos de un pasado como si fuera un fardo molesto y desagradable que sólo obstaculiza nuestra evolución, o lo asumimos virilmente, para convertirlo en punto de apoyo para continuar marchando hacia adelante.
Hay que optar.
Hay que escoger.
Esa opción da a este congreso –como me lo decía recientemente mi muy querido amigo, el doctor Aliker, (22) a quien quiero rendir homenaje aquí y quien ha insistido en acompañarme a Miami- esa opción ha hecho que este congreso tenga un sentido, ha hecho que este congreso adquiera un sentido.
Para nosotros, ya hay una opción.
Somos de aquellos que se niegan a olvidar.
Somos de aquellos que rechazamos la amnesia incluso como método.
No se trata ni de integrismo, ni de fundamentalismo y mucho menos de ombliguismo pueril.
Sencillamente somos del partido de la dignidad y del partido de la fidelidad. Diría entonces utilizando una jerga de la agricultura : amugranamiento, o sea: multiplicación por retoños sí; y acodadura, es decir: supresión, eliminación de raíces, quitando la parte del tronco de la planta que se queda en la tierra cuando se poda, no.
Me doy perfecta cuenta de que algunos, obcecados por el noble ideal de lo universal, rechazan todo lo que pueda aparecer sino como una presión o un ghetto, por lo menos como una limitante.
Por mi parte, no tengo ese concepto carcelario de la identidad.
Lo universal, sí. Pero hace ya bastante tiempo que Hegel nos mostró el camino: lo universal, pero no por negación por supuesto, sino como profundización de nuestra propia singularidad.
Mantener timón y proa en la identidad – les aseguro- no significa volverle la espalda al mundo ni hacer secesión de él, renegar del futuro, estancarse en una suerte de solipsismo comunitario o caer en el resentimiento.
Nuestro compromiso sólo adquiere un sentido si se trata por supuesto de un re-enraizamiento, pero también de una plenitud, de una trascendencia y de la conquista de una fraternidad nueva y más cabal” .
Notas
1 Véase Zuleica Romay Guerra, Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad. Fondo editorial Casa de las Américas, 2012. 309. p.
2 Por supuesto que este ejercicio no es del todo desinteresado, toda vez que a través de tan noble tarea quiero hacer hincapié en la dignidad de la profesión y en la importancia que tiene el conocimiento de las lenguas en la formación de nuestros investigadores.
3 Aimé Césaire. Discurso sobre el colonialismo Présence Africaine, eds. 1955 y 2004. p. 10. Todos los fragmentos de Césaire que aparecen en el texto en español son traducciones mías.
4 Op. cit. p 21.
5 Zuleica Romay Op. cit. p. 149.
6 Zuleica Romay, Op. cit. p. 22.
7 Zuleica Romay. Op. cit p. p. 66
8 Ibid. p. 37.
9 Ibid. p. 48.
10 Aimé Césaire. “Et les chiens se taisaient” En: Les armes miraculeuses. Poésie. Ed. Gallimard. Paris, 1970. pp. 73-156.
11 Aimé Césaire op. cit. p. 131
12 Aimé Césaire: Toussaint Louverture: La Revolución Francesa y el problema colonial , La Habana, Instituto del Libro, 1968.
13 Zuleica Romay Op cit. pp. 66-67.
14 Zuleica Romay. Op.cit. p.20
15 Así se les llama oficialmente todavía en su metrópoli para marcar la posesión amo-esclavo: DOMTOM (Territorios de Ultramar)
16 Roberto Zurbano. “Mañana será tarde” En La Polilla, reportaje de Sandra Alvarez, La Habana, 15 de abril de 2013.
17 Edouard Glissant. El discurso antillano. La Habana, Fondo editorial Casa de las Américas , 2010 trad. de Aura Marina Boadas, Amelia Hernández y Lourdes Arencibia Rodríguez.
18 Aimé Césaire: Toussaint Louverture: La Revolución Francesa y el problema colonial, La Habana, Instituto del Libro, 1968./ Toussaint Louverture: La Révolution française et le problème colonial. Présence Africaine, 1981, De las páginas 343 y 344 de la edición francesa , traducimos las palabras de Césaire: “Pero, dónde está la parte de Toussaint Louverture en todo ésto? Su parte está en todo el espacio que separa el pensamiento aislado de la realidad concreta; el derecho, de su actualización; la razón de su propia verdad. Contribución esencial; el traspaso a la mente , es Toussaint Louverture quien lo realiza. No cabe duda que el derecho se había decretado, pero faltaba aplicarlo a los pueblos. ¿Y a qué pueblos? ¿A los de Europa? ¿A todos los pueblos? ¿A los pueblos coloniales? El falso universalismo nos ha acostumbrado a tantos fuegos fátuos, los derechos humanos se han circunscrito tan a menudo a no ser sino los derechos del hombre europeo , que el asunto no es supérfluo.(…) Cuando Toussaint Louverture vino, fue para tomar al pie de la letra la declaración de los derechos humanos , fue para demostrar que la raza paria no existe; que no hay país marginal ; que no hay pueblo de excepción. Fue para encarnar y particularizar un principio; o sea, para vivificarlo. En la historia y la materia de derechos humanos fue, para los negros, operador e intercesor. ¡Eso le asigna su lugar, su verdadero lugar!”
19 Zuleica Romay Op cit. pp. 66-67.
20 Aimé Césaire. Les armes miraculeuses. Poésie/Gallimard, 1970. p. 13
21 Aurelio Alonso Tejada. “La racialidad cuestionada”. Ponencia pronunciada oralmente en el lanzamiento de Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad de Zuleica Romay Guerra. Feria del Libro de la Habana, Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, Habana, 18 de febrero de 2013. Versión inédita.
22- Nota de la traductora: Pierre Aliker, médico cirujano y destacado político nacido en Lamentin, Martinica en 1907, fue el primer vicepresidente fundador con Aimé Césaire del Partido progresista de Martinica y ferviente partidario de la autonomía de la isla. Césaire le dedicó su poema “Entrée des amazones” publicado en el Nº 6 de Tropiques en feb de 1943.
Editado por Heidy Bolaños
