Las rosas de acero no escatiman el tiempo
El dilema de la soledad y del paso del tiempo ha sido antológico en el ser humano y más aún la hibrys de los poetas. Isis, que no es virgen, se conjuga con Eros en la sublimación de la verdad que burla la mentira que es el mundo de las apariencias. Decía Sor Juana Inés que habría de poner bellezas en el entendimiento y no el entendimiento en las bellezas. Sin embargo, el rubor de la carne, las venas marcadas, la juventud que se exhala como esas rosas carnales que el galo Marcel Proust hizo latir en su prosa donde también el tiempo es dúctil y se conjuga con lo eterno, obligan a algunos espíritus a otros pensamientos.
A la sombra de los muchachos en flor, de Nelson Simón, el libro propuesto para hoy, fue Premio UNEAC 2000, publicado en el 2001 por Ediciones Unión, pero el tiempo no ha mermado sus valores, y constituye una de esas lecturas que no pasan de moda porque se baten con lo más intrínseco de los seres humanos. Es un juego lingüístico con el acápite de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Sin embargo, aunque guarda sus coincidencias, no debe confundirse con la obra de tan renombrado autor, ya que posee un sello muy único: el del poeta que mira hacia atrás, con riesgo de volverse estatua de sal y con la sabiduría de un epicúreo que goza los sentidos de lo bello y lo bueno que describían los griegos.
Nelson Simón (Pinar del Río, 1965) ha publicado libros de poesía como Ciudad de nadie, 1992; El peso de la isla, 1993; Con la misma levedad de un náufrago, 1995; y Criatura de isla, 1996. Es autor de libros de literatura infantil como Brujas, hechizos y otros disparates, 1999, y En el cofre del pirata, 1998, por el que recibió el Premio La rosa Blanca.
El libro que comentamos tiene como esencia la nostalgia, como indica el acertado exergo de Luis Martínez de Merlo. Se respira el hálito marítimo del paso de los años, los bríos de la juventud llena de sueños, donde todo (incluso la inmortalidad) parece posible. Semejan un marcar de las horas los poemas a veces, señalados por números. Es la búsqueda a ese atrás al que el autor no desea renunciar, esa esperanza que no cree perdida. Remite al encierro de los días y horas agravado por la máscara social, por la condición de ínsula donde lo cotidiano rima con mediocre y sólo la belleza realizada, el cuerpo del amado, puede ser un hito en medio del dolor y el hartazgo, de la frustración y el miedo.
Este es el último día que resignado entierro
en el estéril suelo de una isla
a la que quedo atado para siempre.
Cuerdas, ataduras, se señalan como símbolos de una tortura semiplácida, por conocida real, mucho más tangible que la falacidad esgrimida por muchos. No se debe pasar por alto la palabra «entierro», ya que detrás del erotismo refrescante hay una profunda reflexión sobre la vejez y la muerte, el efímero paso por la vida que hace cada segundo cuente y cada acción deba ir cargada de la suficiente dosis de pasión. Esa frase del poema sencillamente titulado "Uno" se reafirma en las primeras líneas de "Dos": "Veinticuatro horas no bastarán para despedirme de todo lo que amo". El tiempo y el espacio convergen en una ciudad que es a veces asfalto y ladrillos y en otras edificio carnal, ciudad vertida en el cuerpo del amante, ya que el autor hace una descripción minuciosa de diversas partes del cuerpo, llamadas a exaltar el erotismo desde un palimpsesto corporal, anatómico, casi médico, donde detrás del cuerpo se oculta el alma, detrás el evidente acto sexual está la búsqueda del otro.
Apenas quedará sitio para los recuerdos,
—palabras nacaradas como perlas, brazos de madreselvas
apretados contra el muro de tu carne, la seda blanca y tibia
que empapa tus labios, calles, noches infinitas,
heridas costas bajo la gasa de tus versos.
Es de notar la simbiosis metafórica entre verbo y piel, ciudad y cuerpo, algo que parece corroer por dentro, transparentar el hueso, avivar el corazón. Un poco escatológico más allá:
—serás linterna sobre las olas— mientras te traga el mar
y la nostalgia, cristales que morderás
hasta sangrar tu boca y el estómago.
Dejo neorromanticismo descriptivo, que ocurre al detallar las venas, el falo, la sangre y vísceras del amante que se convierte en amado cuando se disfruta hasta el paroxismo conjugado con el tiempo y los recuerdos, el marco de una época, el regusto materializado de un instante. Es allí donde Proust y Simón se dan la mano, al evocar la memoria emotiva, que en el caso del autor cubano es memoria sensitiva, ya que podemos olerla, tocarla, saborearla, gracias a la pléyade de tropos que utiliza el autor en un cuadro lírico de un detallismo impresionista, aunque con un ritmo más rápido y movido como exige el lector de estos tiempos.
"Nunca antes los días pasaron con más prisa", dice el poeta en "Cinco", haciendo eco de la relatividad de Einstein. En la juventud el tiempo vuela, la vejez, que nada espera, tiene elasticidad en el pasar de las horas, pese a que son menos. El cuerpo es ínsula.
No se debe pasar por alto cierta atmósfera onírica, aunque se trate de la evocación de una realidad palpable y no de un sueño. Sin embargo, muchas experiencias reales son pasadas por el tapiz de la fantasía, sobre todo cuando la evoca el recuerdo, reiterativas, observadas con lupa, transformadas en la imaginación. "Este es tu sueño, ha dicho como si extendiera / una mullida alfombra ante mis pies".
Otras veces el deleite es el sustituto ante las frustraciones de la vida diaria. "Yo no tenía nada, sólo promesas y un amante (…)". Ante un camino que está en el inicio, cargado de sueños, muchas veces irrealizables o incompletos, queda soñar y evadirse mediante el cuerpo, la concreción tántrica de lo universal pensado. Evasión del ósculo y la penetración, para atrapar todo aquello que se torna inasible. En ocasiones meditativo y salvaje, con una entrega que no conoce límites: "…mi corazón y mi cerebro te pertenecen". Es una actitud de guerra en reposo, de júbilo contra la tristeza.
Es de observar además la paridad de sonetos y versos libres en un lenguaje lírico, a veces coloquial, donde la mixtura no crea disparidad. No por gusto se hace mención a la música del cuerpo, ya que dicho libro es un concierto con diversos acordes, muy bien distribuidos, de manera que ninguna nota suena en falso. Así como las dos partes del libro, "Itinerario del olvido" y "Aullidos y amantes" se confraternizan en una unidad no sólo temática sino vocal.
Para el lector joven es un libro de indiscutible interés, también para aquellos que recuerdan su juventud y observan el paso del tiempo. En una atmósfera veraniega se puede sentir el calor, oler el mar. Sin embargo, detrás de la sonrisa hay una lágrima agazapada, ya lo dicen los últimos versos: "El fuego que me ha devorado / es el mismo que hoy sigue fascinándome". Sólo con la pasión vive el que sueña. Nelson Simón aboga en este libro, cuya lectura recomiendo, que cada instante se hace eterno con la poesía.
