Editores en la memoria y el traductor como editor1
En 1977, recién graduada de Licenciatura en Lengua Alemana, fui destinada a trabajar en el Departamento de Traducciones de la Empresa Editoriales de Cultura y Ciencia, una de las fases por las que transitó el Instituto Cubano del Libro antes de llegar a su actual estructura y nombre. En el Departamento se agrupaba un equipo de especialistas a quienes correspondía realizar versiones desde varios idiomas, para cubrir las necesidades de las editoriales que hoy forman parte del ICL. El Departamento era en sus primeros años una pequeña Babel donde se traducía del inglés, el francés, el alemán, el italiano, el portugués, el ruso, el polaco y el checo, y tal vez de alguna otra lengua. Traductores de larga trayectoria en el oficio compartían su experiencia y sus conocimientos con los jóvenes que se iban sumando a un colectivo que, en su época dorada, llegó a reunir a más de 20 colaboradores. Una nota curiosa en el marco de este encuentro: algunos de los colegas que trabajaron como traductores en el Departamento se convirtieron después en editores a tiempo total o parcial, como Mary Cruz García, Carmen Suárez León, Natalia Labzóvskaya, Marcia Gasca y otros.
Durante mucho tiempo, la literatura infantil fue uno de los grandes campos de actividad del Departamento: una ventajosa política de coediciones con editoriales de los países socialistas beneficiaba, entre otros, al sello de Gente Nueva, y nuestras versiones de obras para niños y jóvenes cruzaban el Atlántico en cuartillas pautadas, mecanografiadas en viejas Underwood o Remington (la era digital aún estaba lejos), para regresar convertidas en coloridos libros. Entre los editores de Gente Nueva recuerdo con estimación, por su trabajo siempre atento y respetuoso, a Yolanda Borlado Vázquez.
Uno de los primeros encargos de traducción que recibí en el Departamento fue una compilación en alemán de escritos y cartas de Rosa Luxemburgo, cuya versión al español sería publicada por la Editorial Arte y Literatura en 1981 y reeditada en 1985, bajo el título Escritos sobre arte y literatura (valga la reiteración). La edición cubana estuvo al cuidado de Evaristo García Álvarez, español que vino a Cuba tras la guerra civil en su país, fue uno de los fundadores de nuestra Imprenta Nacional en 1959, y desarrolló una meritoria labor de edición de libros durante largos años.
No sabía yo en aquel entonces que un editor debe consultar con el traductor, como autor que es de una obra derivada, cualquier cambio que proponga en el texto traducido (lo que no siempre se cumple, y cuando no se cumple trae consecuencias negativas en mayor o menor medida). A pesar de mi juventud e inexperiencia, Evaristo analizó conmigo cada una de sus propuestas de cambios en varias sesiones de trabajo, de las que surgió una relación amistosa perdurable.
Los consejos de Evaristo me han acompañado a lo largo de mi carrera: con él aprendí que para lograr una buena traducción no sólo es importante el tan llevado, traído y discutido concepto de fidelidad al original, sino además escribir bien en la lengua de llegada; y que para escribir en buen español hace falta leer libros en español, preferiblemente a los clásicos de nuestras literaturas. También aprendí que el oficio del traductor, como el del escritor, requiere tenacidad y dedicación permanente, estudio y disciplina. Y cuando le di a leer mis poemas y le comenté que a veces me parecía inútil escribir para guardar los textos en una gaveta, me respondió: “No se desanime, hija, siga escribiendo y guardándolo todo, que usted ahora no sabe lo que traerá el mañana, y puede que algún día logre publicarlos.” Cuando algunos de aquellos poemas, junto a otros más recientes, aparecieron en mi Conversación con ángeles bajo el sello de la camagüeyana Editorial Ácana en 2005, hice constar en el libro mi agradecimiento a Evaristo, por haberme animado a seguir escribiendo contra viento y marea.
Quienes conocieron a aquel maestro de editores lo recordarán todavía, pero seguramente serán muchos más los que han tenido en las manos, aun sin reparar en su nombre, alguno de los títulos que él editó: Moll Flanders, de Daniel Defoe, La ruta de Don Quijote, de Azorín, La familia Guerak, del africano Elin Pelin… Esto me hace pensar en una característica común de editores y traductores: la “invisibilidad”, no de nuestra labor, sino de quienes la realizamos. Entre tantas personas que disfrutan de la lectura y de los libros, muchas no son capaces de imaginar cuánto esfuerzo requiere su creación. Tal vez haría falta que ese proceso creador se convirtiera en tema de algún curso televisivo, aunque fuera a grandes rasgos. Incluso en nuestro entorno de la cultura literaria, no pocas veces sucede que cuando se presenta un título, o se comenta sobre él en la prensa o los medios, ni siquiera se menciona al traductor o traductora, el editor o editora, sin cuyo empeño y dedicación el libro simplemente no existiría. Sin embargo, agradecer es algo muy sencillo, y honra tanto al que expresa el agradecimiento como al que lo recibe.
Mis experiencias de trabajo con editores, no sólo como traductora sino como autora, han sido en su mayoría positivas; así ocurrió con Beatriz Rodríguez Elías, quien realizó la edición del libro Las palabras son puentes, el cual reúne textos de mi autoría acerca de traducción y literatura alemana, y será presentado por la Editorial José Martí. También quisiera dedicar un recuerdo especial a Isabel Fernández López, quien editó la novela Buzo en la sombra, del escritor y artista austríaco André Heller, así como la trilogía narrativa formada por La extraña, La partida y Lejos, de Marie-Thérèse Kerschbaumer, novelista y poeta austríaca de raíces cubanas. Con Isabel compartí muchas horas de fructífero intercambio, revisando las siempre respetuosas y positivas observaciones y sugerencias que hizo a mis traducciones de aquellos textos, de especial complejidad.
No puedo dejar de referirme aquí a un editor que ha realizado un gran aporte a la divulgación de traducciones en Cuba: el poeta Álex Pausides, en su calidad de director de la Colección Sur, sello que ha publicado numerosas versiones al español de autores del ámbito germanoparlante, muchas de ellas a propuesta de los autores o de los traductores. El libro poemas, de Marie-Thérèse Kerschbaumer, fue el inicio de una larga lista entre cuyos títulos más recientes se cuentan las antologías Poesía alemana contra la guerra y Poesía y prosa del expresionismo alemán. En preparación por la Colección Sur se encuentra una selección de poesía en lengua alemana correspondiente al período entre las dos guerras mundiales, libro cuya presentación está prevista para el venidero Festival de Poesía, en mayo de este año.
Las antologías mencionadas, y otras como Poesía alemana contemporánea, publicada por Arte y Literatura, cuentan con selección, prólogo y notas del colega Francisco Díaz Solar. También yo he incursionado en el terreno de la edición: es el caso de la antología bilingüe publicada en Austria en 2014 por Edition Art Science bajo el título Mujer ante el paisaje: poemas de autoras austríacas vinculados a la naturaleza, con selección, traducción y prólogo míos. La misma editorial acaba de publicar un volumen de poemas del también austríaco Hans Raimund, igualmente seleccionados y traducidos por mí.
Así, los traductores proponemos a las editoriales la publicación de antologías poéticas o de otros géneros, compiladas por nosotros, que al ser aceptadas han dado lugar, por ejemplo, a ediciones cubanas de poesía de Heinrich Heine, Ernst Jandl, Friederike Mayröcker o Cecília Meireles, o al libro Tres poetas alemanes, que incluye poemas de Novalis, Heine y Else Lasker-Schüler.
Esta actividad del traductor no excluye la del editor, sino que la complementa y se deja completar por ella. Es importante que los traductores logremos por momentos ser editores de nuestras traducciones, lo que no obstaculiza, sino que promueve nuestra interacción con los editores profesionales.
Notas
1 Este texto fue leído por la autora en el Encuentro de Editores y Traductores durante la Feria del Libro Cuba 2016.
Editado por Heidy Bolaños
