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Historia de un Ernesto, que fue Teté, y ahora es conocido como el Che
 

Caridad Tamayo Fernández, 14 de diciembre de 2016

Creo que la mayoría de los que nacimos en Cuba bajo el peso, o la responsabilidad, de la conocida frase “¡Seremos como el Che!”, teníamos escasa noción de lo que tal propósito y tal nombre significaban. Aún hoy, a pesar de que colgamos almanaques y afiches con su figura, de que usamos camisetas y coreamos canciones con su nombre, de que nos tatuamos su silueta en la piel, es muy probable que desconozcamos buena parte de las acciones que lo agigantaron y lo convirtieron en un mito.

¿Cuántos de nosotros conocemos a profundidad la personalidad histórica y humana de Ernesto Guevara? ¿Cuántos no hemos repetido mecánicamente lo que nos han contado sobre él en clases o aniversarios? ¿Cuántos nos hemos dispuesto a escudriñar en bibliotecas y archivos, a localizar a sus contemporáneos, a perseguir cuanto material inédito o publicado fuera posible, para ir más allá de lo que nos ha mostrado algún documental o alguna película, e incluso de lo que narraban los libros escritos por el propio Guevara sobre sus experiencias juveniles y luego guerrilleras en Cuba, el Congo y Bolivia? ¿Cuántos hemos tenido, además del interés, esa posibilidad? Quizás sólo unos pocos.

Es por esa intuida limitación del conocimiento que sobre el Che tienen las generaciones nacidas a partir de los años finales de la década del sesenta, y la necesidad de que la comprendan mejor quienes hoy comienzan a repetir tímidamente aquella frase, que celebro la publicación en Cuba de un libro como Ernesto Guevara, también conocido como el Che, de Paco Ignacio Taibo II, por el Fondo Editorial Casa de las Américas. Un libro complejo desde el punto de vista literario, extenso, físicamente pesado y difícil de manejar, pero en extremo cautivante, necesario, útil e ilustrativo de cuánto se ha publicado en Cuba y en el extranjero sobre el Che, y cuánto desconocemos aún sobre él.

¿Qué hace de este un libro notable en el contexto de los ya publicados, tanto por sus compañeros, como por los estudiosos de su vida y su obra, e incluso, los escritos por el propio Guevara? ¿Por qué publicarlo en Cuba después de haber sido editado 48 veces en español, descontando las ediciones en otras lenguas? ¿Por qué ahora?

Este no es un libro más sobre el Che. Tampoco es un libro más de corte histórico-biográfico. Es una obra literaria magnífica, que narra hechos concretos, escritos con la maestría de quien ha logrado dominar la transformación del dato histórico preciso en narración testimonial desenfadada, que por momentos roza lo ensayístico, o lo poético. Todo ello entrecruzado con la voz del propio personaje protagónico, o de aquellos que lo conocieron, quienes le suman otras esencias. Los títulos de los capítulos, por sí solos, son una nuestra fehaciente de lo que digo, mucho más lo son pasajes como los que siguen pertenecientes al capítulo 17 (en el libro las citas de textos del Che aparecen siempre en letra cursiva):

"Al día siguiente la menguada columna del Che se ponía en marcha para liquidar los brotes de bandolerismo que se habían iniciado en otras partes de la Sierra Maestra, en el vacío de poder que quedaba ante la retirada del Ejército y la guardia rural. La vanguardia de Camilo va por delante.

En la marcha Enrique Acevedo observa: «Hay un detalle que me motiva en el Che. Tiene durante varias jornadas una mascota. Es un ratón blanco que viaja en su mochila. En los descansos lo saca y lo coloca sobre su hombro. Es un bicho manso que sube a la gorra y le juguetea. Yo lo miro algo estupefacto. Lo tengo como un tipo súper duro y de pronto me sorprende con esos detalles tan humanos. Eso me lleva a pensar que solo veo en él al jefe inflexible. Me gustaría un día conocerlo un poco más».

[…]

Antes de una semana volverá a entrar en combate cuando la columna de Sánchez Mosquera inicie la ascensión hacia El Hombrito por la zona de Santa Ana. Las minas no explotan y las emboscadas de contención son desbordadas. Con todo el dolor de su corazón y antes de que queden las otras patrullas aisladas por el avance de los soldados, da la orden de abandonar El Hombrito y montar una nueva emboscada en un pequeño montículo que sobresale en la línea de la Maestra llamado Altos de Conrado. Allí estuvimos pacientemente esperando, durante tres días, haciendo guardias constantes las 24 horas. Las noches eran muy frías y húmedas a aquellas alturas y en aquella época del año, realmente, ni teníamos la preparación necesaria ni el hábito de pasarnos toda la noche en posición de combate a la intemperie.

A pesar de las recomendaciones de Fidel, el Che se coloca en la primera posición de la emboscada (la moral de la gente estaba bastante decaída como resultado del ajetreo infructuoso a que fue sometida y consideré necesaria mi presencia en la primera línea de fuego). Finalmente, el 8 de diciembre el Ejército avanza, sometido a la guerra sicológica de la guerrilla. Oíamos los gritos de la tropa en una discusión muy violenta en la cual se alcanzó a escuchar con toda nitidez, por mí personalmente, pues estaba atisbando desde la orilla del paredón, el grito de alguien que mandaba, al parecer un oficial y que decía: «Usted va delante por mis cojones», mientras el soldado, o quien fuera, respondía airadamente que no. La discusión cesó y la tropa se puso en movimiento.

La emboscada está diseñada para que sea Camilo el que abra el fuego a bocajarro y el resto de las fuerzas de la guerrilla tienen la orden de esperar bajo cubierto hasta que se oigan los primeros disparos. Pero el Che está desesperado, demasiadas veces en estos últimos meses las cosas no han salido como se planeaban, de manera que: Atisbando, contra la orden que yo mismo había dado, pude apreciar ese momento tenso antes del combate en que el primer soldado apareció mirando desconfiado a uno y otro lado y fue avanzando lentamente. De verdad, todo allí olía a emboscada, era un espectáculo extraño al paisaje; el Peladero con un pequeño manantial que corría constantemente, en medio de la exuberancia del bosque que nos rodeaba. Los árboles, algunos tumbados y otros en pie, muertos por la candela, daban una impresión tétrica. Escondí la cabeza esperando el comienzo del combate, sonó un disparo y enseguida se generalizó el fuego. Después me enteré que no había sido Camilo el que tiró, Ibrahim, nervioso por la espera, disparó antes de tiempo y en pocos instantes se había generalizado el tiroteo.

De pronto sentí la desagradable sensación, un poco como de quemadura o de la carne dormida, señal de un balazo en el pie izquierdo que no estaba protegido por el tronco. Acababa de disparar con mi fusil, simultáneamente con la herida oí el estrépito de gente que avanzaba rápidamente sobre mí, partiendo ramas, como a paso de carga [...]. Revolviéndome como pude, con desesperada celeridad, llegué a empuñar la pistola en el mismo momento en que aparecía uno de los combatientes nuestros de nombre Cantinflas. Sobre la angustia pasada y el dolor de la herida, se interponía de pronto el pobre Cantinflas, diciéndome que se retiraba porque su fusil estaba encasquillado. Lo tomé violentamente de las manos mientras se agachaba a mi lado y examiné su Garand, solamente tenía el clip levemente ladeado y eso lo había trabado. Se lo arreglé con un diagnóstico que cortaba como una navaja: «Usted lo que es, es un pendejo». Cantinflas, Oñate de apellido, tomó el fusil y se incorporó, dejando el refugio del tronco, para vaciar su peine de Garand en demostración de valentía. Sin embargo, no pudo hacerlo completo porque una bala le penetró por el brazo izquierdo saliéndole por el omóplato, después de cubrir una curiosa trayectoria. Ya éramos dos los heridos en el mismo lugar y era difícil retirarse bajo el fuego, había que dejarse deslizar sobre los troncos de la tumba y después caminar bajo ellos, heridos como estábamos y sin saber del resto de la gente. Poco a poco lo hicimos, pero Cantinflas se fue desmayando y yo, que a pesar del dolor, podía moverme mejor, llegué hasta donde estaban los demás para pedir ayuda.

[…]

Han pasado cuatro meses y medio desde que lo han nombrado comandante, y el Che se siente fracasado. Ha dirigido unas cuantas escaramuzas exitosas, cuyos resultados iniciales no ha podido explotar, ha tenido que replegarse varias veces, ha tenido que ceder su querida base de El Hombrito; tiene choques continuos con la dirección del Movimiento en el llano y ha desoído los consejos de Fidel arriesgándose demasiado, por lo que ahora está herido. Esta sensación explica por qué se queda a cargo de un destacamento y le devuelve a Fidel el mando directo de la parte más importante de su columna con Ramiro Valdés. Y quizá sea pronto para que pueda evaluar los dos grandes éxitos que ha tenido en estos meses: ha creado una amplísima red campesina que tiene por él verdadera adoración y respeto y ha logrado en torno a él un aura mágica. El Che es el justo, el igualitario, el que no pide a nadie que haga lo que él no hace.

Estos dos elementos valdrán mucho más de lo que parece. Y Fidel, en lugar de relevarlo del mando de la columna 4, se dará cuenta de ellos".

Son estas páginas, lecturas y reflexiones respetuosas, en primer lugar, sobre la vida y la personalidad del Ernesto Guevara intrépido, romántico, irreverente, revolucionario, junto al Che Guevara guerrillero-Comandante, ministro, combatiente-internacionalista, mito. Y en segundo lugar, sobre el proceso revolucionario cubano, sus líderes, y su historia en los tiempos del Che. La distancia crítica (desde esa posición de respeto y evidente admiración) que le permitió a su autor, Paco Ignacio Taibo II –historiador y narrador de reconocida trayectoria–, el rastreo, análisis y valoración de la figura del Che en cada uno de los espacios en que tuvo protagonismo, y el rescate -con la justeza que se merece- del ser imperfecto y extraordinario que fue, son dos de los méritos de este libro. El contraste que ha podido establecer entre datos sacados de fuentes diversas, a favor y en contra de su figura; la revisión in extenso de documentos legales, entrevistas, películas, epistolarios y bibliografías de todo tipo y procedencia, registrados al final del volumen, y de manera puntual en las notas colocadas al final de cada capítulo, como un sello de veracidad y seriedad irrefutables; sus opiniones abiertas y sinceras sobre una u otra controversia a propósito de la biografía del Che, o sobre una u otra posición relacionada con algún momento o decisión tomada durante el proceso revolucionario cubano, aumentan su validez y pertinencia al propiciar el diálogo con generaciones diversas.

Cercanos al aniversario 50 de la muerte del Che se impone publicar un libro como este, que le rinde tributo de la mejor manera que podría hacerse: rescatando su figura de las vanas apariencias que crea la popularización de un mito, contraponiéndola a las ponzoñosas imágenes que crean los opositores de su legado, salvándola de los manidos y encumbrados esquemas que cultivan quienes, aun con las mejores intenciones, lo reducen a una frase repetida mecánicamente.

Como dice el propio Taibo, “el fantasma del Che –como un viajero fronterizo sin visas ni pasaportes– está atrapado a mitad de un puente generacional, entre unos jóvenes que saben muy poco de él, pero que lo intuyen como el gran comandante y abuelo rojo de la utopía, y la generación de los 60 […], cuyos supervivientes entienden que el Che sigue siendo el heraldo de una revolución latinoamericana que por más que parezca imposible, continúa siendo absolutamente necesaria”. Y es para todos ellos este libro; para quienes tuvieron la fortuna de compartir con él un trozo de historia y para quienes lo conocen poco o nada. Para valorar su marca en la Historia y el aporte de esas otras “pequeñas historias, las historias personales, sean o no significativas”, porque como decía el Che “son problemas particulares y se discuten de tal manera que no se hacen públicas y no hay ocasión de estudiarlos cuando se analiza la historia de la revolución”.

Tal como ha querido su autor, este sustancioso libro se lee como sucesos que ocurren mientras se narran, no hay manera de no ubicarse en esa América Latina de los años 50 y 60, porque él ha logrado hacer una narración que transita con exquisita fluidez de la cita textual de sus fuentes a lo narrativo complementario con gran maestría. La voz del narrador y del Che, o la de sus testimoniantes, se confunden de tal manera que en ocasiones se haría difícil distinguir quién narra qué, de no existir una diferenciación tipográfica entre un texto y otro. Más que una biografía es este un compendio histórico-narrativo-testimonial de un período, cuyo eje central es uno de los hombres más influyentes del siglo xx a nivel mundial.
 

El Che limpio y honesto; revolucionario consecuente; estricto hasta parecer injusto, en primera instancia, consigo mismo; de enorme sentido ético y humano; líder indiscutible de hombres valientes y consagrados a la causa revolucionaria como él; amigo y compañero sin límites; legendario en lo inusitado de su vida toda; aventurero empecinado; vagabundo guerrillero salvador de gentes; romántico conquistador de sueños, términos estos satanizados en su tiempo, es el que nos trae Paco Ignacio Taibo desde la memoria oral y escrita, para que lo re-conozcamos, lo admiremos y sigamos mitificándolo, a voluntad, desde su dimensión total, única. “Recuperar al Che hoy” –apunta Taibo- “es recuperar palabras como estas, recuperarlas en sus sentidos originales. Romántico: aquel que acaricia las ideas amorosamente, las ideas más allá de su viabilidad. Vagabundo: aquel que concibe el mundo como un escenario de viaje permanente en el que hay que apoltronarse y detenerse. Aventurero: aquel que concibe la vida como una aventura cuyas consecuencias resultan incalculables. Y junto a ellas palabras como utópico (aquel que cultiva el amor por la utopía), informal (aquel que prescinde y está en contra de las formas), irreverente (aquel que no hace reverencias ante ninguna forma de poder), igualitario (aquel que practica la igualdad en el reparto de los bienes y las miserias), imprudente (aquel cuyo lenguaje y cuyos actos no miden consecuencias y que ha perdido el conservador sentido de la prudencia)”.

Publicar este libro en Cuba ahora es un desafío, y es una provocación a nuevas observaciones y nuevos aportes, es fortalecer la energía de los jóvenes que, como el Che, sueñan con una América Latina y un mundo mejor, más justo y más humano; es hacer de la historia, tal como entendemos muchos, algo vivo.

Tomado de La Ventana

Editado por Heidy Bolaños

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