Ese aire de luz sobre los hombros

La tarde fue de sol pero permitió caminar hasta la entrada de la casona de 19 y D, Centro Cultural Dulce María Loynaz, donde a las cuatro de la tarde tuvo lugar un encuentro inusitado: Lina de Feria leyó varios de sus poemas junto a un joven poeta llamado Lázaro Castillo.
Conducida por Basilia Papastamatíu, Aire de Luz, nombre del espacio, hizo resistir un poco el calor abrasador que existía fuera. A veces, este tipo de espacio, donde convergen dos generaciones diferentes, dos maneras de ver las mismas cosas, es posible que no cuaje. Es decir, que el supuesto diálogo intergeneracional no se realice, por lo que queda para el público asistente una especie de melancolía por, de alguna manera, el enfrentamiento. Pero, Lázaro Castillo permitió que la voz de Lina de Feria mitificara el espacio con tanta contundencia que, desde la humildad de la juventud, el diálogo significó provecho. La mediadora, la también poeta Basilia Papastamatíu, comenzó con un texto suyo sobre la visión que tiene acerca de la poética de Castillo. Sus palabras fueron aglutinadoras, cortantes, imposibles, precisas.
Los poemas que leyó Castillo fueron capaces de llenar la sala de silencio. A pesar de que se percibía que algunos textos dejaban como un último verso ajado por ese silencio que conjuraba mientras leía, producían una sobriedad y perfección tal, que el público no podía hacer otra cosa que reverenciarlos. Así, sus poemas dedicados a ciertos gitanos italianos, a una segunda madre, a la valentía del cuerpo, a la mirada desprovista (no desnuda) de delicadeza pero muy sutil, destellaban de pronto como un chispazo en los ojos. La sala junto con los allí reunidos eran, para Lázaro Castillo, parte de la poesía.
Luego, Lina de Feria intervino con lo que se sintió como un grito de guerra: “lo profundo no incluye precisamente lo solemne”. Su lectura fue respuesta a los poemas de Castillo. En cada una de las imágenes que regalaba ese “enfrentamiento” era sustancioso, procreador, enérgico. Lina destilaba grandeza y a él sorprendía (la sorprendía) con humildad. Para nada un “enfrentamiento” ciego, donde existen contendientes o competidores; en la poesía todos participan de una sola sustancia.
Un enfrentamiento entre poéticas asumidas en distintos puntos de la historia de la Isla. Un enfrentamiento por la poesía, por construir o delinear sus rutas, por armonizar en pos de imágenes y razones. El enfrentamiento entre Lázaro y Lina fue común a la búsqueda de sus signos.
Luego, Lina acentuó su batalla, cita entre Homero y el Eclesiastés, el misterio de la poesía. Habló de Roberto Manzano y de que la poesía es lo único que puede salvar del caos. Apeló a la desmemoria para conjurar otro lance. Y mientras que Lina habló o leyó o luchó por su espacio en la habitación, Castillo cerró los ojos. A él le interesa sentir la cadencia de lo musical en la imagen, verle la cara a las palabras de Lina, conocer a su enemiga, reaccionar frente a la palabra de unos poemas que eclosionaban en la palabra. Le interesaba derrocar a Lina, mientras que ella solo pudo construir cultura.
Como a Lina de Feria le sobran las metáforas, el ritmo se atreve a desmedirse, pero cuando llega el final, lo hace sin arrepentimiento. Lina es una finalista a la altura de Capablanca, que construía su juego en torno al final. Castillo, sin embargo, cuestiona la imagen con la música. Su melodía es su mejor arma. Y entre uno y otro forcejeaban por los aplausos de un público de lujo, con lujo, en el lujo de saberse atentos a una de las mejores muestras de poesía.
Lina vuelve: “con el tiempo los poemas son más canos”, “saltar hacia atrás la rayuela”, “yo solamente capto”, “la poesía es el jinete para crear el mito”, “en definitiva donde hay que ir es al pasado”. Con todos estos argumentos, a veces recordando la fuente (Roberto Manzano, Fina García-Marrúz), pasaron más de dos horas. ¡Dos horas de completa comunión!
Tomado del portal de la UNEAC
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
