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La poesía de Félix Guerra

Roberto Manzano, 10 de abril de 2017

La poesía cubana actual, escrita por autores de muchas generaciones y tendencias expresivas,  es rica en cantidad y calidad artísticas. Una polifonía indudable, altamente personalizada, confirma el poderoso zócalo creador sobre el cual los cantores cubanos de hoy alzan su propia voz. Cada una de ellas posee un timbre singular, y una perspectiva individual de imaginación y entrega.

Hoy presentamos a los lectores una pequeña selección de la poesía de Félix Guerra, que posee una acusada originalidad expresiva. Acendrando en silencio una obra notable, perfilando sus búsquedas con minuciosidad y vehemencia, el poeta ha trabajado largamente su ofrecimiento humanístico, que el lector atento no dejará de apreciar en su justo valor, por la belleza y particularidad de sus composiciones.

Félix Guerra es un poeta que siente y reflexiona, y en sus versos hay siempre una vivísima representación perceptiva del mundo, pero también una alta elaboración mental de la realidad. Hay una compleja dialéctica entre la parte y el todo, y el todo integra y proporciona sentido a cada una de las partes, en una sabiduría holística: se funden la poética de los hallazgos y la poética de las atmósferas.

Al consumir cada uno de sus enunciados líricos el receptor siente la revelación del hallazgo, y a la vez queda intrigado por la posible dirección de la coherencia general. Los hallazgos corren en secuencia ecuestre, y la sorpresa domina la dinámica de la lectura. Pero la composición cierra y recircula los sentidos, y el receptor queda con una totalidad que funde lo racional y lo irracional.

Cada composición, más que un estado de ánimo, que también el poeta explota sabiamente, es una cosmovisión: el discurso ensimismado de alguien a quien le preocupa mucho qué puede suceder a cada yerba o cada gesto humano, pero que trata de someter a la lógica de la utopía más abierta la posible arquitectura del mundo, sólo posible en el respeto y la emancipación que otorga el espíritu.

Poesía de tal naturaleza debe leerse, para disfrutarse poliédricamente, con la natural fluidez de la lectura lírica, pero a la vez con el paladeo del que lee viendo con el ojo interior de la imaginación todo lo que los versículos representan, y en el orden o desorden que lo representan, para que surja de su contenido surrealismo la holografía viva del poema, como una sensación de humanidad incorporada.

                                                                                                                           ROBERTO MANZANO

                       
 

FÉLIX GUERRA (Esmeralda, Camagüey, 1938). Poeta, narrador, crítico, periodista. Parte de su obra en versos incluye los títulos El sueño del yaguar (1993), Prestamista de valores (España, 1997), La melodía del tambor (2000), Islas y otros continentes (2006). Ha escrito también Criaturas insólitas o desaparecidas, bestiario en coautoría con José Luis Posada (España, 1997/ Cuba, 2000), y Rama verde, criatura dorada, narrativa (2003), entre otros. Su trabajo periodístico abarca reportajes, artículos, ensayos, entrevistas, publicados en periódicos y revistas nacionales y extranjeras. Algunos de sus reportajes y libros de entrevistas son verdaderos clásicos del periodismo cubano. Ha desarrollado una encomiable labor en cuanto a la preservación de la naturaleza y el medio ambiente. Tiene en su haber ciclos de conferencias en universidades de Cuba, México, Nicaragua, Costa Rica y Rumanía sobre literatura cubana, ecología y humanismo. Los versos seleccionados pertenecen a su cuaderno Islas y otros continentes (Letras Cubanas, 2006).

 

CUERPO ISLA


La reducción, comienza no por los bordes
sino también por los bordes. Charlemos
de cualquier orilla.
Los bordes de una hoja son semejantes
a los bordes de una isla.
O de un continente. Rodeados
de abismos o caminos, en todas direcciones.
Pero en ese aspecto,
somos semejantes tanto a la isla como a las hojas.
O a los continentes.
También las ampliaciones se inician
por cualquier borde o límite.
La armonía viene de tus dedos al escribir,
de tu boca al pronunciar: Mayúscula se escribe
con Sol y Sol se escribe con mayúscula.
Una isla es otro panel solar y en particular
por sus archipiélagos de afanosas hojas
o pulgares de mares y plancton colindantes.
Los melones del verano son como uñas dentro
de la luz del sol. El océano de la clorofila queda
incluido y tiñe las vértebras de un color más
ventajoso y nítido.
La isla, por ejemplo, es quizás más isla
en verano que en invierno, en que ocurren
reducciones, y más en primavera que en invierno,
en que quizás ocurren reducciones.
El cabello matinal disfruta
la intemperie de la mañana,
con un sincronismo visible en los relojes. Las
reducciones en la taza de café engrosan
las papilas gustativas.
Cualquier aldea guardada en el recuerdo, ayuda
al individuo. Cualquier capital con relojes recuerda
a las golondrinas y los campanarios.
Algunos silencios guardan lo ignorado, otros
silencios callan lo sabido. Comprender
un continente, por ejemplo,
un frasco de agua de colonia, ayuda a vislumbrar
y evaluar otros continentes.
La exactitud es un virtuosismo inventado
por el péndulo. Quizás una sola ley o mandato une todo:
lo que flota sideral y lo que no puede ser
despegado del suelo.
El gaznate es un atolón vertiginoso
y se apodera del sabor, en tanto la instantánea
rapidez de la nariz da pronto
despacho a los aromas. Nadie escapa
al borde, incluso en ausencia del abismo.
Dice la leyenda. Mi cuerpo, todavía abrazado
al tuyo, es una isla que se desplaza.

 

PECES DE LAS ISLAS


Los peces nadan, en agua impresa. Vienen a comer
de manos isleñas. Peces insulares, nietos de peces
peninsulares o continentales. Cada continente
se deshilacha en otros territorios cercanos al sol. Cada
origen tiene precedente. Procedemos de
todoslos orígenes.
El pez es la cuna de nosotros. Somos, como
el pez, hijos de las aguas y del sol. Somos hermanos
de los peces y precursores de nosotros mismos.
Somos el origen, el océano y las criaturas
hermosas y terribles que habitan
la humedad. Somos una variedad enorme,
una infinitud multiplicada por la eternidad. Somos
el rostro último y el rostro antecesor.
Somos el escorpión que engendró a mi abuelo.
Y nuestros rostros están siendo ofrecidos
al tiempo venidero. Somos el rostro fijo
de la inmensidad.
Miro al agua asombrosa, al espejo natural,
herencia del último diluvio: veo al pez, profesor
en silencio, y veo mi propia puntiaguda nariz
hundida en los misterios.

 

INTOCADO PÁJARO


Las paredes no protegen del frío. El árbol tampoco,
pero además cayó derribado por el hacha sobre
losescalones. Cuando el silencio de la noche empieza,
el fuego con qué brillo me devora. El hongo
en la pared hoy es un caos ilegible,
manuscrito a agua. Deja el silencio
una impresión de altura o soledad. Todos salieron:
el camino borró las huellas,
el fango deshizo los caminos. Hasta
el perro salió de cacerías. Dentro, la silla reposa
de mis desvelos nocturnos.
Se hace noche la tarde.
Muerto como hombre (estoy) y como sol sereno.
El mantel tira de la mesa ávido de confidencias.
Rotos suenan los pasos de la escalera, pero
son solo gaviotas y minerales. Huecos como ojos,
lenguas como brazos: una flor emigra
escapando por las rendijas.
El trapo chilla contra la loza, el plato
se humedece. En lugar de apagarme,
me alimenta el vendaval. Cuando el gato entra
a reclamar lo suyo, le sirvo pechuga, vísceras
y hasta las alas del intocado pájaro del almuerzo.

 

REGRESA EL TIEMPO


La noche alimenta el día: perseguimos la luz
de las brumosas imágenes soñadas. El temor
es de mi propiedad, aunque es también la propiedad
social más extendida.
Los caballos rechinan en el establo.
La posibilidad de probar en seco, en ese taller
íntimo y donde todo es posible, ideas y proyectos
precursores, da mayor solidez
a la empresa humana, y la razón,
para no morir asfixiada, necesita una gran dosis
de sueños y alabanzas. El sueño descubre lo que
el ojo abierto no logra descubrir. Durante el sueño,
el párpado abre y rememora las vacas que llenaban
de leche los jarros de la infancia.
Creció el sol, redondo aquel día.
Si soñar no fuera imprescindible, tampoco
sería indispensable despertar del sueño.
En el corazón del sueño hay un jarro esmaltado
y un gato en su modorra.
Mis otros rostros bostezan con estos mismos
ojos y se abren a la mañana. Algo comprobé:
al amanecer la gente tiene más suelta la lengua,
más atigrados los instintos, más abiertas
las entendederas. Rebosan los caminos
de esperanzados cuerpos. Freud saluda agitando
el periódico matinal: guerras
y reconciliaciones en el papel.
Cualquier mañana es un buen día
si antes se soñaron con placer algunas sinrazones.
Miro y contemplo calles y avenidas:
es la casualidad de tener
una ciudad delante. La campana son recuerdos
repicando: ha regresado el tiempo, de nuevo es el otoño.
Soñé que estoy vivo y eso me da mayor
seguridad y júbilo. Más allá de la ciudad, fluye la bahía.
En las islas soñadas, soy más el poeta que otras veces.

 

ADEMÁS DE INFINITO


La orilla recorre al pez, lo circunvala: de proa
a cola. Se impulsa con su remo de olas. Al fondo
del animal se ven aletas anales, pero antes
gran cantidad de escamas en el largo recorrido
hacia las postrimerías. El contorno final
de un continente solo se deduce y nunca
es del todo fiel al contenido. Así explico ciertas luces
y manchas de mi propia persona. Y así
las inversiones y omisiones en los espejos.
¿Se dejan pasear el siluro o el atún,
confiados en que se trata solo de otro avatar
de la existencia? ¿El agua se les encima,
por costumbre, y ellos, por ley cotidiana, permiten
que otros continentes les obliguen a avanzar?
Las piedras del fondo rascan los escarpados vientres
y la cola del pez ondea risueña bajo la dulzura
líquida: es una paz mutua, un acuerdo de veras,
antiquísimo. La orilla se apura y recorre aletas
y escamas a sotavento.
El pez es casi infinito, además de finito, dicen
la experiencia crepuscular y el final de la tarde.
El siluro y el atún, y hasta la misma sardina,
leyenda mínima, son literalmente inabarcables.
Pero el tiempo inmenso lo acoge todo, inflando
las velas. La criatura masa se diluye y expande
lentamente en un agua densa y más clara.
El individuo asoma a las ventanas y cristales.
Y todavía se explora más allá, con la ayuda
de lupas del reflujo y la posición del sol.
Es medianoche: el crujido sigue al silencio
y luego el silencio hace olvidar antiguos
estruendos. He visto, o vuelto
a ver, un rostro semejante en las aguas.

 

CON MÁS OJO QUE MÁSCARA


Me deshago de la máscara y uso en directo
el propio rostro. Música y lluvia recomienzan: el sol
salta al monte y con un badajo de claridad toca
a mediodía. La madrugada antes no reveló
nada, salvo la antigua inocencia del Sol. Luz cruda,
luz viva. Pájaro que cruza hacia la próxima estación.
O entre los límites de la ventana: pisa la flor
y vuela hasta un costado del verano, tramando
sobrevivencias. Lleva tatuajes de hojas en la piel.
En callado tumulto regresan las golondrinas.
En el trayecto invirtieron hasta el cuello.
El laberinto es natural: tanto como una línea
recta deambulando en el espacio curvo. La virtud
natátil del cormorán se puede comprender:
semejante a Cristo, flota sobre las aguas.
La hospitalidad obliga a más invitaciones
de las que el huésped debe aceptar. La familia
aguarda en el mangle por los víveres y licores
del día. Paga un precio por el vuelo
de sus alas, remonta la luz
hacia antiguos follajes: confía, es el hogar,
su biotopo, el hábitat, y no presiente antifaces
ni fusiles. Hace muecas al vecino,
monadas a los hijos: bromea sobre
el tamaño de los gusanos del almuerzo.
El laberinto de la distancia lo cubre el ave
con solo mover el ala. Decrece la luna y luego
vuelve a ser enorme. No es abril lo que
hace cantar al petirrojo.
Disparo mi plegaria laica, le deseo buenas
digestiones durante siglos, y con ese marpacífico
de nostalgias le atizo en pleno rostro: rostro que vuela
a tales horas de la vida, con más ojo que máscara,
con más hambre que resentimientos.
¿Ves el bosque hundido en sus follajes? Soy
el cazador que arroja al fuego sus instintos,
autocrítica por demasiadas lanzas y piedras.
He roto lunas, pero hoy clavo flechas a mi propio ojo.

 

MEDIO MAMBO


Todo los que entraron antes al baile son
más bailadores que yo. O menos tímidos. O más
ansiosos de encontrar pareja. O más felices
y alegres que yo. Yo entro casi de último, a la hora
del cancán. El miedo escénico me deja sin calcañales.
El cojo Mayeta brilla en un solo pie y es más
danzarín que cualquiera. Medio mambo baila
con estruendos y regocijo. Entre muchos tragos,
me escojo un daiquirí, para ver si el baile fluye.
Trago de un solo trago. Luego
me escojo un Cuba Libre. El cojo se luce con
una verónica taurina y a continuación con un paso,
en retroceso, de medio chachachá.
Aquí se baila todo, como en Pangea. Vengan a ver
esta actuación. Ven y mira, pariente.
Me he quedado cielo o lelo, junto al tacón
de Ofelia. El poeta no baila, solo es hábil en ridículos.
Alguien pide bailar conmigo. Mayeta pasa
raudo a sotavento, con algo de brisa
en los movimientos. Salgo al ruedo más asustado
que el toro. Suena el mambo. El cojo baila
mediorockanrol. Suena un danzón. Suena
la trompeta de Armstrong. Salgo yo, el oso panda, a bailar
eldanzonete. Baila y vete. Ahora
el hombre del brazo de oro solfea en mi oreja.
No sé menear ni qué menear: ¿la cadera,
la cola, el hombro, la espuma? El pie se resiste
a cualquier melodía. No me danza la sangre,
el ritmo postergado. Soy el primero
en abandonar la arena, encabezo la lista
de aguafiestas. Mayeta se emplea a fondo
en otra media guaracha sin asideros.
Es melodía del Bárbaro del Ritmo.
Entretanto, yo salto al vacío por la ventana del comedor.

 

BRILLO VIGILANDO AL COSMOS


El borde que logro doblegar, borde
primigenio, insinúa la presencia perdurable
de otros bordes. Esta yerba
de jardín habla con la boca llena de otras yerbas
fantásticas que habitan en las lindes;
yerbas azules y yerbas rojas,
exclaman. Y yerbas monstruosas,
enormes, que son devoradas
por inverosímiles caballos, oí fabular en islas vecinas.
Cuando miro a otra isla, veo desde la isla
en que vivo. Cuando miro a Marte o la Luna,
observa el ojo del terrícola.
La verdad cotidiana de la patria inventa
mitos. Tan ignorados son que los intuye el gato.
El universo, abultado por la expansión, atribulado
por su adyacente y posterior existencia, prende
el ojo titilante sobre la noche.
La patria, la mía, la de otros, cada patria,
debe ser un brillo encandilando al cosmos.
La patria no me quita nada. Me da la intensidad
por el puño. La sed siempre fue sed: y nadie logra
aplacarla mejor que el agua.
Mi yerba nutre a los caballos y esa debe ser
la misión de la yerba en otras partes.

 

DURA SEGUNDOS


Cierta geografía de corceles, acrecienta el ímpetu
de hallar cabalgadura. ¿Mantengo sano el juicio?
¿Me empeño, debo empeñarme, en buscar horas
de jinete, desplazarme por abiertos valles y sabanas,
remontar escarpadas rocas, vadear el río
y percibir cómo el casco de bestia entrechoca
con las piedras del fondo?
Deseo liberar la camisa: sí. Ah. Caminar
a pecho descalzo bajo el sol,
y a paso simultáneo bajo el lunar de madrugada:
cuando es llena o al menguar. Presenciar
el detalle. Resulta imprescindible. Deseo ver
la barba en armonía con el otoño. ¿Cómo, ah? Ah,
como si la progresión cotidiana fuera fibra
del gran desplazamiento universal.
Se ve río inmemorial entre dos mares.
Una herida reciente entre puñales.
Un pájaro central entre dos alas.
Se ve furioso el aleteo que no logra despegar,
al tigre que no halla dónde disimular la cola. A la flor,
en el instante de entrar jadeando a la boca
del rumiante. Y tu hombro,
y otro, más otro, bajo mi palmada.
Dura segundos. Se acerca el ómnibus. A
continuación el vértigo, las ventanillas. Los ojos
se detienen sobre el movimiento. La mirada recorre
superficie de portales. En los cristales percibo
sombra y color. Del ómnibus: ráfaga de metales,
lengua de asfalto, brillos de otra latitud. Cruzo
extraviado y remoto.

 

EL TIEMPO Y EL ORO


La selva es vértigo de agua, puñados de rio, golpe
de nubes, ramas discurriendo en el tiempo. Lo que
se bebe a vaso o a cuenco o a mano entre
los dedos, le deja a esa estancia una humedad
apasionada y una sed de vida en la raíz.
En el bosque, los cuervos de la deforestación
le devoran ojos al mundo. Sin esa selva, el ciego
podrá gritar que Nadie lo cegó.
Un tigre y dos pumas, abatidos allí en la soledad
por varias sigilosas balas, no tienen repercusión
en la prensa ni consecuencias en la vida cotidiana.
Solo en los almacenes de plomo
se registran ligeros incrementos de monedas.
La flor: ese talento. La raíz: esa fuerza. El
tronco: esa paciencia. El follaje y la rama: esos
recursos que levantaron mamíferos del polvo. El
fruto: esa sobrevivencia que viene camino
a la boca. Todo. Catedral de vida, compendio verde,
se balancea en el abismo de los aserríos.
Almuerzos de ave, chuletas de papagayos
durante 400 años, y el apetito insaciable
de la Conquista. Todo en una sola historia
de plumas y dientes.
Debajo de los hermosos adoquines o debajo
del asfalto, duerme, durante siglos, la flor
de un antiguo jardín. Tal como Ofelia pernocta
entre lápidas escritas y las letras de una losa.
El árbol fue además el primer telescopio para
mirar a las estrellas. Ocurrió en un monte
de palomas o en un Palomar. Los primeros
planetas entrevistos fueron ráfagas blancas,
vertiginosos y fantasmales cometas emplumados.
El yaguar, dormido entre rocas, esperó
al hombre. Contaban del arca que recogía a
pasajeros en peligro. Pero el sueño del hombre no
era arca. Era un ojo dilatado. Por el estampido,
el yaguar comprendió además
que tampoco él era un pasajero.
La campana tañe, en los meses del año, y llama
a los feligreses. El metal contiguo al metal
son los cañones que vigilan la entrada a la bahía.
La extraña relación de otoño con los árboles,
da al traste con las hojas. Parecería guerra
en el tiempo. Pero no. Sin otoño los árboles no
experimentarían con crepúsculos o renovaciones.
Pero no. Sin árboles el otoño apenas
tendría albergue.
¿Los ojos con que duermo ahora, vienen
de aquellos ojos de bisontes barridos
por la oscuridad del viento? ¿La sábana que soporta
mis sueños, viene de aquella sabana florecida
donde dormí con anterioridad a mi infancia?
El agua es de la canilla o del grifo, de la pila o
la manguera. Viene de la represa por vía telefónica.
Del acueducto en un fax enemigo
de la sed. Pero. Se sabe de otras aguas que,
en tiempos inmemoriales, se acercaban de forma
prehistórica y brusca, cayendo simplemente
de las nubes.
El tiempo llegó rodeado por el oro. A cualquier
hora, día o noche, y la exactitud trae prisa y aristas
preciosas. Es el reloj, que hace más valioso cuanto
toca, incluyendo el espacio que recorre, incluyendo
el tiempo que se agota.

 

 

Editado por Mayte García

María Virginia y yo
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Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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