Atento a Erian Peña Pupo
Erian Peña Pupo (Holguín, 1992) es poeta, narrador y periodista. En este último oficio se desempeña en medios editoriales y de prensa oral (televisión y radio), y acumula ya en su juventud y obra surgente un cúmulo de premios que lo distinguen en los tres oficios. Como poeta, ha publicado un cuaderno lírico: Puertas para huir de la casa (Ediciones Santiago, 2015). Este conjunto lírico creo que nace, seguro involuntariamente por parte de su autor, desde dos impulsos poderosos: «Últimos días de una casa, de Dulce María Loynaz, y el Macondo de Cien años de soledad, novela que, como sabemos, inicialmente se quiso llamar La casa. ¿Por qué? Erian Peña Pupo levanta su voz ante una casa, un hogar, que se va perdiendo, o que el poeta ve alejarse con el tiempo, cambiar, transmutarse, con lo cual se advierte una diluida carga elegíaca en la voz inicial de un poeta que, sin dudas, se halla en etapa de formación y agarre definitivo de su voz.
Muy bien afirma el prologuista, el poeta Norge Espinosa, que: «La casa es, como suele suceder en los primeros textos, ese mundo que contiene otros mundos y desde el cual se avizora un paisaje mayor, al que se quiere escapar, en pos de algo que ya este otro mundo contiene». El poeta pareciera aplicar a la casa, la abuela, los otros familiares, aquel verso de Lezama Lima: «Deseoso es el que huye de su madre». Y el deseo es apertura veinteañera hacia la vida. ¿Qué es la vida?: la suya llena de promesas. Quizás por ello Erian usa tantas veces en voz de pasado el término «tiempo»,observando cómo se deshizo, cómo se deshace, cómo busca trascender: «la familia sigue obstinada / tratando de guarecerse del tiempo y los cambios / como si la luz se pudiera apresar entre / las paredes agujereadas / sin que escape ningún fragmento…» De cualquier modo, el poeta no ha salido del todo del ámbito familiar, ese es el mundo referencial de su primer cuaderno lírico.
La casa es además una atalaya, desde la que observa al cercano mundo en torno: la identidad del país en el símbolo que es la bandera nacional; el vecino que muere de esfuerzo y vida dura; y también ella es la distancia, otra de las palabras esenciales del libro de Erian. En su mirada, las dimensiones externas juegan con los objetos del hogar, de modo que el poeta vive una dimensión de feroz lucha entre lo externo (vital) y lo interno (íntimo), lo propio de la realidad fuera de la casa y el interior de la vida familiar, de la particularidad doméstica. Esto se ve muy bien en este fragmento que dimensiona los objetos del hogar: «no te mereces el veneno que ahora fluye entre las / tazas / en la azucarera / en las cucharillas que llevan el azúcar a la taza / blanca / este café no es para nada como el tuyo / sobre el hogar derruido por el tiempo…» Visto desde tal ángulo, Puertas para huir de la casa ofrece una dimensión centrífuga, obra del que quiere escapar, pero que dentro de ese impulso se muestra un fuerte sentimiento de cariño, amor para ese «ayer» hogareño que la poesía ve en disolución.
No me gusta separar la poesía en etapas «juvenil» y «madura», como se ha hecho en numerosos estudios de la obra de Rainer Maria Rilke, pero es evidente que tal juego temporal existe cuando el poeta se esfuerza por romper con su inmediatez y quiere hacer de su vida una búsqueda más problemática, menos protegida por un techo filial. El jovencito holguinero que Erian Peña Pupo es avanza hacia una consumación que no debe presionar por apuros de ediciones, de premios como sirenas homéricas. Es mejor que vaya en calma expresiva frente al fragor de su propia existencia. La poesía puede ser una carrera con obstáculos, pero toda vida lo es también, y no hay que apurarse tanto por vivir.
He podido conocer un nuevo libro, inédito ahora mismo, de Erian Peña Pupo, aunque no se debe escribir de lo que aun no existe como libro editado. Me parece que en Noches de Esmirna el joven poeta quiere inventarse el mundo y para ello recurre a la antigua Roma; forja un alter ego llamado Livio y apela a la sentencia como manera de expresión lírica. Con este libro entra de lleno en un anhelo de ofrecer sentencias, que ya va siendo típico de la promoción nacida sobre todo entre 1985 y 1995, según he podido leer en poemarios iniciales de casi todos estos poetas. Así, leemos: «el cuerpo del poemario depende de quien escribe el poema», o esta otra donde aparece el «personaje» central del texto, unidad poemática dividida en partes numeradas en romanos: «Livio: / no espantes a los muertos. / Ellos serán / –algún día– / tus fieles compañeros». E incluso cuando sentencia con interés de poética: «el poema nace cuando / lejos del poeta / la metáfora se corporiza / y permanece».
El poeta Erian Peña Pupo está en fase de crecimiento, quizás no ha encontrado aun algo que, sin embargo, aparece bien en sus dos poemarios: el deseo de concisión, esencial en poesía. Su huella, si sigue con ese bello impulso expresivo, puede ser honda, lo cual se puede advertir desde ahora, en plenitud de la promesa.
Esperemos que estos versos de Puertas para huir de la casa sean sobre todo retóricos: «el tiempo vuelve a ser nada / todo es inútil y no creo en segundas oportunidades / sobre la tierra», buen remanente de la lectura garciamarqueña. El poeta no agotará jamás, ni difunto, las oportunidades de la poesía, aunque ella cante sobre la soledad.
Editado por Yaremis Pérez Dueñas
