Humor y medicina en las letras
En la literatura cubana tenemos varios ejemplos de que no existe mejor medicina que una cierta dosis de humor, y en esta ocasión hemos seleccionado diferentes autores para ejemplificar el aserto.
No nos llamemos a engaño: si la medicina es asunto muy serio, el humor no lo es menos. Pero confieso, como paciente que de vez en cuando soy, que un médico con buen humor se convierte en un profesional al cual nos acercamos con mayor intimidad.
Emilio Roig de Leuchsenring —Emilito para sus contemporáneos― historiador, abogado, publicista y autor costumbrista de los más importantes del siglo XX cubano, irrumpe en esta primera muestra con un asunto que nos retrotrae a lo que fue una moda hacia la tercera década del siglo pasado:
Fue la apendicitis la primera enfermedad de los tiempos modernos que se puso de moda. Desconocida casi y no popularizada hace años, o confundida con el vulgarísimo cólico miserere, ofreció al empezar a diagnosticarse aspectos verdaderamente terribles por las víctimas que producía, evolucionando en poca peligrosidad hasta llegar a alcanzar el mínimo de riesgo y convertirse en moda y acontecimiento social.
—Me he enterado que te vas a operar, chica, ¿de qué te operas? —se oye preguntar frecuentemente entre amigas y conocidas.
—De apendicitis— contesta la interpelada dándose importancia.
—Ay, qué bueno!— le replica envidiosa la otra, si no esta operada. —Te iremos a ver todos los días. Supongo que irán también Rodolfito, Chicho y Pepe. ¡Ya verás, chica, qué ratos tan agradables vamos a pasar!
Y así sucede. Tal es la fama de que goza la apendicitis y el entusiasmo social que despierta y orgullo que produce el ser uno operado de esa enfermedad tan simpática y tan chic, así como su complemento necesario, o sea, la estancia durante varios días en la clínica. (En “La moda de las operaciones o las operaciones de moda”).
En 2008, Ricardo Riverón Rojas publicó por Ediciones La Memoria un volumen titulado El ungüento de la Magdalena (humor en la medicina popular cubana), resultado de sus muchas investigaciones de campo (de campo de verdad, a campo traviesa cuando era necesario). El libro se lee con una sonrisa tras otra y tiene el don de hacernos reflexionar acerca de la sabiduría campesina. No siempre le sugerimos que haga la prueba con las recetas, pero al menos disfrútelas:
Llegué donde estaba el médico y le dije:
“Doctor, hace más o menos un mes que estoy comiendo como un caballo”. El médico pensó que yo comía mucho, pero el caso era que estaba a dieta de berro, y no comía más nada porque me había dicho Mundolo que es lo mejor que hay para el pechugón y la gargajera.
“Comerlo en cantidades industriales”, me dijo. Me recordó también el caso de Teodisto, un viejo que ya murió, medio tísico, que hizo ese remedio durante un tiempo. Uno oía a Teodisto, cuando se reía fuerte, y lo suyo parecía más un relincho que una carcajada. El médico se quedó espantado con aquello y me cambió el tratamiento. Además me mandó a comer de todo, mayoritariamente fibra.
En otra cuerda del humor médico se desarrolla esta anécdota entresacada del libro Humorplagio y otros vicios, de Carlos Fundora Hernández, que vio la luz en 2011 por Ediciones Liber. Es el suyo un humor que recurre a la suprarrealidad, pero con ello, vaya paradoja, recuerda al lector acerca de cuán importante es poner los pies en la realidad, que es la mejor prueba de cordura:
Desde que a Liberto le dio por estudiar psicología de forma autodidacta se volvió completamente extraño.
Empezó con la lectura de folletos sobre sadismo y masoquismo, y el análisis de los vídeos Psicosis y Ondas cerebrales, tres veces por semana. Un vecino le regaló una conferencia: Los yogas y su liberación de las limitaciones corporales. Y se obsesionó tanto con lo que allí decía que una mañana sus compañeros de trabajo tuvieron que utilizar un jamo para bajarlo del techo donde se encontraba levitando. A partir de este incidente, Liberto siempre andaba con un cinturón de plomo, regalo de sus colegas.
Y por último, en esta breve selección presentamos extractado (pese a ser muy breve), un relato de Francisco Garzón Céspedes recogido en su libro El humor de la manzana y otras historias disparatadas, publicado en Madrid en 2015:
…Fuerte presión rotatoria con sus pulgares en el punto de dolor del arco de cada ceja, por dentro y de abajo a arriba. Fuerte presión rotatoria del índice y pulgar en el triángulo donde se une en cada mano el índice y el pulgar de su pareja. Cierre la sesión con un beso en uno de los puntos de masaje. Masaje y beso contra dolor de cabeza. Y ya sin dolor de cabeza “todo” puede suceder. (En “Digitopuntura y beso”)
Ahora queda en sus manos procurarse su propia receta, teniendo siempre en cuenta la combinación ideal: una cucharada de medicina con una bocanada de humor.
Editado por Maytee García
