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Un lector de verdad es un inconforme

Josué Pérez, 31 de octubre de 2017

El pasado 20 de octubre se dieron a conocer los dos libros ganadores del Premio Puertas de Espejo que otorga la Biblioteca Nacional de Cuba y el Sistema de Bibliotecas Públicas a los libros más solicitados en el año 2016. En la categoría de literatura infantil el lauro fue para La dama del ocaso, de Enrique Pérez Díaz. Cubaliteraria conversa sobre el fomento de los hábitos de lectura con este destacado escritor, quien además de merecer por tercera vez el importante premio de los lectores de bibliotecas, es el director del Observatorio Cubano del Libro y la Lectura y coordinador por el Instituto Cubano del Libro del programa Nacional de la Lectura.

Existe una creciente atención en el mundo por los estudios de consumo de lectura. ¿A qué crees que se deba?

En el mundo se prioriza, cada vez con mayor atención, el tema del consumo, y la razón básica es que los grandes productores arriesgan mucho en su empresa y necesitan tener, al menos, ciertas evidencias de que sus productos –y el libro no deja de serlo, más en unos casos que en otros, por supuesto– sean aceptados por los públicos para los que presumiblemente trabajan. El conocer las demandas y la satisfacción de las mismas no es un capricho ni tampoco un simple fin altruista, sino una operación necesaria a la hora de evaluar los resultados de una colección, obra, o tendencia literaria que se imponga. Si no conocemos los índices de lectura, estaremos obviando una valiosísima información que nos permite establecer comparaciones, pronósticos, e incluso, políticas que actúen en consecuencia. De otra parte, estas investigaciones suelen discurrir como parte indisoluble del proceso editorial, es decir, son motor mismo del asunto y no un complemento. Hasta tal punto es interesante estudiar el consumo que existen observatorios que analizan incluso la ¡piratería! Lamentablemente estos estudios cuestan muchos recursos, sobre todo si se pretende tener un resultado de mayor fiabilidad en sus resultados.

El Instituto Cubano del Libro tiene un papel protagónico en la nueva campaña nacional de la lectura que se está fraguando. ¿Cuán necesario es hoy para Cuba actualizar esa “gran campaña única”, por así decirlo, que inició Raúl Ferrer?

No sé si el término “protagónico” sea el más adecuado. Yo diría que, aglutinador, para ser más exacto. Aunque el ICL es el encargado de trazar determinadas políticas editoriales no le corresponde (ni puede) protagonizar esta campaña. Más bien estamos tratando de convocar a aquellos especialistas con saberes suficientes (sobre todo cimentados en su práctica de años y en sus continuadas y efectivas voluntades de aportar al asunto) que puedan transmitir sus experiencias a los que en el futuro tomen este batón. En muchos países ya existe lo que se llama un Plan Nacional de Lectura, que a su vez engloba programas y campañas de trabajo. La voluntad de estos Planes Nacionales de Lectura es la de convocar a cuantos organismos estatales sobre todo –sin descartar iniciativas privadas– puedan aportar recursos y knowhow en el proyecto de hacer que las sociedades lean más y mejor, de manera creativa y se cree un potencial estratégico de promotores y acervos lectores. Aunque Raúl Ferrer no fue el primero, pues los expertos más antiguos atestiguan que desde los años 20 en Cuba (pionera siempre) existían programas de lectura, ya en los 60 desde la Biblioteca Nacional se hacían muchas actividades de animación lectora. Ferrer retoma esto en los 80 desde el Ministerio de Cultura, con gran apoyo estatal y su proverbial entusiasmo y entrega a todo lo que hacía. Es un digno ejemplo de forjador de voluntad e iniciativas.

Rescatar esta idea tiene especial importancia en el momento actual, sobre todo por la gran trivialización de contenidos que sufrimos en el presente. Hay demasiado mal gusto y ramplonería en lo que consumen muchas personas y la lectura puede ser una puerta que abra un horizonte diferente, más creativo y promisorio. No digo qué tipo de lectura pues hay muchos y cada cuál puede elegir el suyo. Pero todo buen lector, capaz de ejercitar su intelecto y desarrollarlo, puede evolucionar hacia límites insospechados y eso es lo que deben propiciar los planes, programas, políticas y campañas: que se abra un universo mayor para la gente que quiera leer, tratando de guiar sus demandas a la vez que las satisfaga, siempre en una curva ascendente ambos procesos.

Cuba fue uno de los primeros países en crear un observatorio del libro y la lectura, sin embargo, la consecución de esta idea ha tenido sus altas y bajas. ¿En qué momento se encuentra hoy; cuáles son sus objetivos más puntuales?

El Observatorio Cubano del Libro y la Lectura data del 2008. Como aseguras, ha tenido altas y bajas. Lo fundó Jacqueline Laguardia, una persona con experticia, diversidad en sus perfiles profesionales y visión estratégica, además, en un momento en que ya se tenía la noción de cuán necesario es tener una oficina, dirección o entidad que haga mediciones. Un observatorio puede tener muchos cometidos de otro tipo en mi concepto, no solo medir, sino informar, convocar a expertos a reflexionar sobre determinados temas, fisgonear en cuanto resquicio esté a su alcance para analizar la valía, no tanto de las políticas que pueden ser las mejores, sino sus modos de aplicación que ya vienen dependiendo de otros factores. A mí me ha tocado revivirlo desde mi propia alfabetización en el tema y con la voluntad de ir poniendo ladrillos para los que continúen, ladrillos que se apoyan en la edificación que, en su momento, crearon nuestros predecesores y que permitan mirar hacia otros temas. Un Observatorio que pueda funcionar bien, que cuente con medios, recursos e iniciativas puede ser un gran medidor de procesos culturales, comerciales y de consumo, y como pocas industrias, la del libro engloba una gran cantidad de ellos. Desde luego, no bastan los recursos, también se necesita educar a muchas personas en la utilidad de un instrumento semejante. No existe a veces voluntad de informar, de opinar, de mirarse por dentro para autodiagnosticarse y contra esto debe luchar un observatorio, cuya función básica es esa: observar y aconsejar en cuanto a políticas, tendencias, demandas o proyecciones estratégicas. En mis pocos meses, además de cierta obsolescencia en los medios, baja –por decirlo conservadoramente– longitud de banda, lo que más me ha chocado es el desconocimiento o poca valoración de algunas instituciones o personas de lo valioso que es rendir información. Los análisis salen de datos, estadísticas, encuestas y con eso trabaja un observatorio: mirando cuanto hacen o se proponen hacer los demás. Un observatorio en sí mismo poco genera si no encuentra voluntad de apoyo en quienes le tributen información y esto va desde un simple ciudadano encuestado hasta una entidad.

Hoy el mundo tiene un debate permanente sobre la transformación que las TICs están imponiendo a los soportes de lectura, la industria editorial y, sobre todo, a los lectores; sin embargo, en Cuba ese debate no pasa de especulaciones sin basamento científico. ¿Cuenta el Observatorio Cubano del Libro y la Lectura con los recursos tecnológicos necesarios para investigaciones sobre consumo digital?

Ya te anticipaba algo de tu pregunta en la anterior respuesta. Estamos conscientes de la utilidad de las TICs, pero todavía falta mucho en el país y en el Observatorio Cubano del Libro y la Lectura para alcanzar al menos un desarrollo discreto y eso obstaculiza el trabajo. No bastaría con que alguna vez el Observatorio cuente con los recursos tecnológicos óptimos para investigaciones sobre consumo digital o de la índole que fuere, si sus interlocutores no poseen los mismos recursos o canales de información y/o transmisión de datos. Se necesitan en el campo de las TICs muchos recursos, pero también carecemos de la “longitud de mente”, que significa desprejuicio, objetividad, apertura hacia el futuro, una visión descolonizadora de la información y, sobre todo, comprometida con lo más veraz, signifique esto lo que signifique. Las mediciones pueden arrojar resultados sorprendentes, pues cada muestra humana, por insignificante que parezca, porcentualmente hablando es capaz de brindarnos certezas de la humanidad entera. Por eso los observatorios pueden ser el mejor puente entre los gestores de contenidos y políticas y los miles, cientos o decenas de seres humanos que interactuarán con ellas.

El pasado 20 de octubre usted recibió por tercera vez el Premio Puertas de Espejo, en la categoría de literatura infantil y juvenil, que otorga la Biblioteca Nacional José Martí y el Sistema de Bibliotecas Públicas de Cuba. En esta ocasión fue con el libro La dama del ocaso. ¿Qué valor tiene para usted el premio, siempre inesperado, que otorga “el gran jurado” que son los lectores?

Yo escribo para mis personajes. Ellos me arrastran a su historia. No quiere decir que en ellos no vayan tiras de mi vida. El que algún tipo de público guste de mis libros siempre es una verdadera revelación y alegría para mí. No es algo que espero, aunque sí lo disfruto. Me fascina esa rara e incógnita relación que pueda establecerse entre público y autor, porque el público (y en especial ese para el que presumiblemente escribo según dicen) no tiene intereses creados. Valora mis obras, no a mí. Nada le importa, en general, quién yo sea, cómo piense, cuál es mi estética. Si a los niños o adolescentes les gusta una obra ya la asumen como suya. Es lo que ocurre. No me clasifican en generaciones. No piensan en un estilo. Ni en la persona humana o social que yo sea. Solo les ata el compromiso con la historia. Eso es lo bueno de ese tipo de premios que dan muchas personas y toman de base estadísticas de consumo o demanda insatisfecha. Los otros, son el reconocimiento de especialistas y permiten visualizarte en el mismo campo que te abre las puertas o no, y tienen más que ver con otras condicionantes.

Modesto Caballero, quien fuera el ganador del Puertas de Espejo en la categoría de literatura para adultos, decía en la ceremonia de premiación, refiriéndose al proceso de publicación y distribución de libros, que la tarea del escritor era escribirlos, algo que no deja de ser cierto; sin embargo, Enrique Pérez Díaz rompe cualquier esquema. Usted, además de haber publicado más de cien títulos, ha sido un promotor incansable en escuelas y actividades para niños, Presidente de la sección de Literatura Infantil de la UNEAC, Director durante 8 años de la Editorial Gente Nueva, Asesor de los Presidentes del Instituto Cubano del Libro, Coordinador por el ICL del Programa Nacional de la Lectura y Director del Observatorio. ¿Por qué Enrique Pérez Díaz no queda tranquilo al saldar las deudas con la llamada “maldita conciencia del escritor” y continúa insomne por el buen destino de los libros?

Ese activismo social tendría que ver con mi personalidad inquieta, curiosa y abierta a todo lo nuevo. Soy una jiribilla incansable como ha dicho Nelson Simón. Para otros, un buldócer de ideas. Muchos colegas me han acusado de ocuparme más de la obra colectiva que de la mía. No es cierto. Han ido paralelamente. Llego a la literatura desde mis lecturas y desde el periodismo, mi formación en buena medida fue autodidacta en esas lides. No impresioné a nadie cuando tenía 16 años y soy poco propenso a los cenáculos. La obra se hace escribiendo en casa, leyendo y trabajando como hormiga. Tampoco se me considera parte de generación, grupo, modalidad o tendencia alguna. Hay personas cuyas carreras se han hecho más reconocidas desde una postura adscribiéndose a tendencias, filiaciones, grupos. Nunca se me consideró un “joven escritor”, ni un “escritor conflictivo” o algo semejante. Mi postura es defender a la infancia, aunque no siento que escriba solo para ella. Por eso he imaginado mis historias sin querer ser como nadie ni tributar a modas o modos. No quiere decir que no tenga influencias, sobre todo de autores contemporáneos, algunos extranjeros premiados con el Andersen, uno de mis objetos de estudio. Creo que en la literatura cubana soy un eslabón perdido.

Los grandes líderes de la nación cubana fueron ávidos promotores de la lectura. Sin dudas, la lectura fundó en ellos valores morales imprescindibles, que han sido ejemplo para muchas generaciones. ¿Cuánto influyó en el niño que fue o es Enrique Pérez Díaz, tener líderes como Martí, Fidel y el Che?

Crecí en el mundo de los 60 que soñaron esos líderes. Recuerdo aquella época como la de muchos bustos de Martí que eran honrados en las escuelas primarias con flores y versos, cada amanecer, en mi caso, en una escuela junto al mar. El pensamiento martiano tiene mucho que ver con mi forma de ser, mi naturaleza, mis relaciones humanas. Martí es como un descubrimiento perenne. Las ideas renovadoras de Fidel, la fuerza telúrica suya para animar proyectos aparentemente imposibles, su don de ubicuidad, siempre han significado para mí algo contagioso, inimitable. A muchos podría sorprender que en medio de los avatares políticos de nuestra Isla, dedicara, sin embargo, tiempo a la Campaña de Alfabetización, la institucionalización de la lectura y de las ferias. Crecí en los días que apareció el Diario del Che en Bolivia. A la sazón tendría unos 9 o 10 años y esa obra llegó a mi casa como lectura familiar. Creo que hay mucho de estos líderes, aunados por el ansia de leer, saber y compartir, en cada cubano de mi generación. En mi caso, como escritor soy revolucionario rebelándome contra lo establecido, el dogma, la tradición asumida como un dogal y no una herencia. Muy temprano comprendí que no debía escribir como algunos predecesores sino defendiendo de verdad a los niños, con el acento martiano de no mentirles. Leyendo a Mirta Aguirre un día me convencí de cuánta mentira había en la literatura infantil y juvenil. Hoy veo con agrado que muchos siguieron mi camino con verdaderos logros en su obra, dinamizando un panorama creativo que alguna vez fue pobre, estereotipado, insincero y falso. Los niños no viven en un mundo feliz. Se es revolucionario luchando por sus derechos y alertándolos de que deben ser seres pensantes. Al menos, eso es lo que piensa ese niño que tú reconoces en mí, un niño que pocas veces pierde el entusiasmo o el asombro, pese a sus casi sesenta años.

Lo que hizo que la Revolución transformara al pueblo cubano en un pueblo mejor, no fueron sus triunfos militares ni políticos, sino la gran revolución cultural que es la Revolución en sí misma. Como expresión primera de esos esfuerzos podemos mencionar a la Campaña de Alfabetización, la creación de la Imprenta Nacional y la fundación de las editoriales que hoy conocemos. ¿Cuán necesario es para la Cuba de hoy, coordinar todas sus fuerzas en bien de reimpulsar el desarrollo de los hábitos de lectura, principalmente en los más jóvenes?

La lectura es la clave de muchos procesos humanos, pero es algo que requiere tiempo y dedicación, sacrificar otras cosas también necesarias. No soy de los fundamentalistas que no conciben que alguien no lea, aunque sí pienso que quien no lo haga se pierde mucho saber y divertimento acumulado en tantas páginas como guarda la historia de la literatura, de los libros. Yo vivo entre el debate de cuanto leo y cuanto escribo. Ambas prácticas llevan mucho tiempo. Para una sociedad es fundamental que existan lectores. Pues de la cultura que ellos adquieran nacerá el ciudadano del mañana. Los niños lectores de hoy en el futuro podrán ser políticos, médicos que salven vidas en cualquier parte del mundo, ingenieros cuya ciencia domeñe los universos desconocidos o, sencillamente, como pidió Martí: amigos sinceros, hombres de bien. Leer despierta emociones, sensibilidades y apremios espirituales que, cuanto más se desarrollan, pueden revelársenos como más imprescindibles. Ese es mi concepto de un lector, persona abierta, capaz de compartir lo poco que descubre en unas páginas con muchos otros, persona que devela –gracias a un libro– verdades sociales y humanas a veces no tan evidentes en la vida diaria. Un auténtico lector siempre busca algo nuevo. Crece con el desafío de esa página impresa. Un lector de verdad es un inconforme. Por eso mismo, yo me paso la vida leyendo.

 
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