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Un día en la vida de un viejo poeta

Ricardo Riverón Rojas, 03 de noviembre de 2017

El viejo poeta, como casi todo anciano, se levanta al amanecer y, después de preparar y tomar su café, comienza a rumiar ideas, que probablemente intente trasmutar en versos. Siente el cansancio del día anterior, cuando estuvo liado en trámites notariales relacionados con intereses de sus hijos, que se fueron a vivir a otros países, convencidos de que la poesía no es un oficio, sino un lujo. Piensa en la vida volumétrica, llena de plenitudes que no provienen del consumo, y siente una mezcla de pena y alegría por sus hijos, que votaron por rodearse de cosas necesarias y vacías.

Teclea y borra. Reescribe y corrige. Se percata de que son las 10:31 a.m. y solo ha escrito 107 palabras, ninguna de las cuales clasifica como verso. El viejo poeta se gana la vida escribiendo artículos y crónicas, y también con algunas actividades de comunicación oral de su obra, todo retribuido en montos risibles. Pero el viejo poeta, como es viejo y conocido –acaba de cumplir 68– recibe mejores tarifas para algunos de sus escritos y actividades.

Deja el texto periodístico en que trabaja, después de 178 palabras, y va al cajero electrónico; verifica que el día anterior le depositaron los 270 pesos de la jubilación. Trabajó treinta y ocho años en instituciones estatales, pero se jubiló por lo que llaman "la ley vieja". De haber trabajado otros cinco años, la jubilación sumaría 58 pesos más. Como también le descuentan los 59 con que amortiza, desde hace diez años, la deuda por el refrigerador Haier de la "Batalla de ideas" sabe que cuando termine con ese crédito, el próximo diciembre, obtendrá lo que le hubiera correspondido de haberse jubilado por la nueva ley, y hasta le sobrará un peso; entonces concluye que valió la pena no regalarle a la golosa burocracia cinco años de su tercera edad.

La mayor insuficiencia en la vida del viejo poeta pudieran ser los ingresos, pero no es así. Tampoco eso de las retribuciones simbólicas es un problema nuevo, ni solamente suyo. Con lo que gana consigue subsistir, mejor que peor. Sabe que no le sucede igual a otros poetas como él, viejos o jóvenes, de ahí que nunca deje de denunciar la injusticia.

Consulta los datos del Anuario 2016 de la Oficina Nacional de Estadística y verifica los siguientes: de los 18 sectores relacionados en la tabla que reporta el salario medio mensual, el sector de la cultura (junto con el del deporte) ocupa el lugar 17, pues mientras el del país es de 740 pesos, el de estos es de 511, y solo superan al denominado "Otras actividades de servicios comunales, de asociaciones y personales" que reporta 503. El viejo poeta repasa su bitácora mental y no visualiza a ningún escritor que por las labores de edición y promoción, las más frecuentes, gane mucho más de 400 pesos, por lo que concluye que se trata de un subgrupo que gana por debajo de un salario medio que está un 31 % por debajo del de la mayoría de los trabajadores del país.

Existen los premios literarios, es cierto, cuyos montos y repertorio fueron cruelmente rebajados en 2010. Como es lógico, en todo concurso son más los que pierden que los que ganan, por lo tanto es normal que en determinado momento de su vida los escritores decidan no participar más. Hoy no son una opción para el viejo poeta. El criterio económico no lo impulsa, sobre todo porque le basta lo vivido, leído y escrito para saber que la actividad literaria no puede recompensarse como mismo se recompensa a un boxeador o a un saltador de altura. Sabe que concursar va siendo cada día más una actividad loable para quienes necesitan darse a conocer, más aún después de que en nuestro país se ampliaran notablemente las posibilidades de publicar sin necesidad de lidiar en una carrera donde los jueces son también parte, con su lista de favoritos y afines en la manga.

Existen también las publicaciones periódicas (digitales y de papel) gracias a las cuales el viejo poeta, como otros colegas, incrementan sus magros bolsillos. En 1980 fue puesta en vigor la Resolución 157, que retribuye la actividad periodística en montos que van desde los 40 pesos (para una crónica) y los 100 (para un ensayo), y pese a que dicho fósil legal fue bombardeado en los tres últimos congresos de la Uneac, a los que el viejo poeta asistió como delegado de su provincia, el documento mantiene su vigencia burlesca. Es cierto que se creó algo que llaman "excepcionalidad" para algunos autores (entre ellos el viejo poeta), algo que sube un tantico los montos y obliga a los editores a confeccionar un voluminoso expediente para cada texto, y luego tramitarlo ante el Centro Nacional de Derechos de Autor (Cenda) para hacerlo efectivo. El viejo poeta quisiera que esa excepcionalidad fuera normalidad, pero no ha escuchado ningún pronunciamiento coherente de alguien con poder para que tal sinsentido cambie, más bien escucha justificaciones para mantenerlo.

El viejo poeta no sufre muchas estrecheces por esos absurdos: ya dije que subsiste y hasta recibe tarifas especiales. Es un caso atípico porque apenas se jubiló, en 2010, le ofertaron un contrato de trabajo en una universidad mexicana (no como escritor sino como administrador de la imprenta) y ganó el equivalente a nueve vidas laborales, razón por la cual, después de deducir los gastos, al regresar en 2013 puedo poner ese dinero a rendirle intereses en el banco. No obstante, pese a la renuncia a usar ese peculio para el disfrute de su vejez a toda leche, como lo que desea es escribir, equilibra su ridícula jubilación con el equivalente a unos 1200 pesos mensuales, aunque le cuesta no ir a playas, hoteles de manilla, restaurantes. Él es feliz, solo con creer que podrá dedicarse a la poesía. El resto de la familia –sus hijos en la primera línea– no.

Como los 1200 pesos tampoco son suficientes, el viejo poeta no tiene tiempo para escribir poesía: la vida cubana se encarece a gran velocidad y debe buscar honorarios adicionales. Agradece que hay demanda de sus textos reflexivos, sus crónicas y entrevistas, y a ellos les dedica sus mejores horas, en pos de mejorar sus finanzas. Orienta un taller literario, por lo general lo involucran en jurados, tertulias, mesas redondas, conferencias, comparecencias radiales y televisivas (gratuitas estas últimas). Así logra subir su jubilación hasta más allá de los 2000 pesos mensuales. Adiós, poesía del alma. "Verso, o te condeno, o no me salvo yo". Con esa amarga paráfrasis caracteriza su periplo cotidiano.

Pero el viejo poeta se levanta temprano, ya lo dije antes. Le dedica la mañana a esos textos de pan ganar aspirando a que no sean solo eso (a algunos incluso los ha reclutado para libros, que le publican y pagan). Las tardes las dedica a la lectura; en las noches la poesía tiende tentáculos sobre sus fatigadas neuronas, e ilumina sus ansias. El arcano nocturno le dicta perfumes, murmullos, sensaciones. El viejo poeta recuerda su juventud, cuando solo las noches y los fines de semana estaban a su disposición y su energía era infinita. Trabajaba por ingresos muy inferiores, pero con más valor real. Escribía absorto en una torrencial inmadurez, solo por el placer de hacerlo, sin esperar pago alguno.

Es noche cerrada. Recuerda un verso de Borges que una vez glosó: "La noche es una fiesta larga y sola" y todas las amarguras de la sobrevivencia desaparecen en esa música que el alma le dicta a la razón. Repasa también, con deleite, unas décimas que en uno de esos arranques (¿románticos?) escribió, “El pan que me alimenta y el lecho en donde yago”:

Aspiro a sacar la cuenta,
pues sé que debo el rumor
de la mañana, el sabor
de este pan que me alimenta.
Como no es cara la renta,
dentro de mí, lento, vago
y a las montañas les pago
cegándome con el verde
mientras mi otro yo se pierde
en el lecho en donde yago.
Los recuerdos que atesoro
de un patio, mi torpe aliño,
me hacen regresar al niño
que ya no soy cuando lloro.
El gay-trinar que deploro,
como es nuevo, no es mi rol,
y es que debo al caracol
que adivine su sendero
como debo al limonero
que madure bajo el sol.
Pero al cabo, nada os debo
porque comparto el azul
y en mi anémico baúl
muy poca cosa me llevo.
Estrellas y lunas bebo,
pues son mi tema y mi asunto
y al beberlas me pregunto
qué invento para estar vivo
si debéisme cuanto escribo
desde la coma hasta el punto.
Cuando a mi trabajo acudo
invento flores: soy mago;
con ese dinero pago
el sueño donde me escudo.
No me importa quedar mudo
cuando canta el infinito:
de la tarde soy proscrito,
pues con el polen de octubre
tiño el traje que me cubre
 y esa es la mansión que habito.
Este soliloquio es plática
con la luz que salta adentro
de mí mismo, desde el centro
de cierta voz algo errática.
Ciega, sorda a la gramática,
enciende una hoguera fría
y le amansa el aura al día
con el monte como abrigo
cuando converso conmigo
sobre la filantropía.
Voy ligero de equipaje;
nada debo, pues pagué;
me llevo el verde, mi fe,
mis flores y un solo traje.
Cargo el rumor del oleaje
–pagaré con poesía–
y aunque la noche esté fría,
como del sol nadie es dueño,
no pienso entregar mi Sueño
para hablarle a Dios un día.

Apaga la lámpara y se recuesta, con Antonio Machado de ángel guardián rinde sus armas a la noche inmarcesible y honda.

(Santa Clara 30 de octubre de 2017 )

 
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