Poetas de noviembre
[…] nada, salvo la imagen equívoca
de la Ciudad que amamos.
José Rolando Rivero
El penúltimo mes del calendario gregoriano nos regala un aniversario más del nacimiento de la otrora villa de San Cristóbal de La Habana. A la distancia de 498 años aún conserva el enigma propio de una dama de peculiar elegancia que persiste por los entresijos de la memoria, con sus mitos, leyendas y quimeras.
Considerada una ciudad sin par, ha sido motivo para la creación artística y literaria. En disímiles poemarios se recogen versos dedicados a La Habana quien a través de colores, resonancias, epítetos y adjetivos se eleva como un personaje más dentro del abanico temático de la lírica cubana.

En cada noviembre vive también el recuerdo de poetas cubanos como Julián del Casal y Jacinto Milanés. Contradictoriamente, en este mes nace el primero y el segundo dice adiós; sin embargo, ambos dedican más de un texto a exaltar la ciudad, ya sea por el canto de la angustia y el desgarramiento, o con la más dulce de las nostalgias.
En la obra de Julián del Casal, uno de los principales exponentes del Modernismo, sobresale cierto hastío frente a la naturaleza cubana: «Como vientre rajado sangra el ocaso, [...] / Alzan sus moles húmedas los arrecifes / Donde el chirrido agudo de las gaviotas, / Mezclado a los crujidos de los esquifes, / Agujere el aire de extrañas notas». En tal sentido, el crítico cubano Emilio de Armas considera que «la obra de Casal no fue un error de las musas ni un capricho del azar, sino una de las más angustiadas respuestas con la que la cultura cubana se ha enfrentado a la adversidad de la historia». Lo cierto es que La Habana colonial trasluce el verso casaliano, cual ensoñado cisne, vestido de nostalgia.
Pero si habláramos de un poeta eternamente asociado a su ciudad, es ineludible la presencia de José Jacinto Milanés y su siempre Matanzas. En su obra incorpora una atmósfera distintiva a su tierra, no solo por la simple cita de lugares sino por la minuciosa descripción que nos refiere de ella. En «La hora de la pesca» nos convida: «Hora es de entrar en el bote / Y de abandonar la orilla / Y de volar, compañeros, / A la alegre pesquería». En otros tantos de sus versos se nombra la ciudad sin revestimientos líricos, pues se hacen presentes los puentes, el agua que fluye cual calles y caminos, y el olor peculiar del espacio matancero a través de su humedad.
La ciudad como espacio maternal que da vida a cada uno de sus componentes es una preocupación en el propio ser humano y, por ende, adquiere vital importancia en tanto elemento dinámico y complejo. Es precisamente en la ciudad donde descansa el proyecto económico, político y social de la humanidad, así como su historia cultural, la cadena de significados y su orden simbólico. Dentro de ese orden conceptual el poeta, artífice de la palabra, logra inmortalizar el espacio citadino. Difícilmente una ciudad puede escapársele a la poesía: la huida no es fácil, como bien sentencia Kavafis: « La ciudad te seguirá donde quiera que vayas».
Foto: Víctor Ángel Fernández
