Sobre el Paraíso sopla un huracán: viaje a Moscú de Walter Benjamín (II)
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El viaje a Moscú fue un fracaso en lo personal.
Habría de completar el diario ya en Alemania; hoy es un enigma qué hubiera pasado de tener una mejor recepción sentimental en Moscú: imaginar una línea de vida así se deriva del azar, emana de una monumental proyección ucrónica, es construir un puzzle; y él es un autor raro, diverso, inabarcable que reúne la multiplicidad de identidades del ornitorrinco. Humberto Eco bien hubiera podido hacer alusión a ello en su conocido libro. Para Hannah Arendt:
Para describir su trabajo en forma adecuada y a él como autor dentro de nuestro usual marco de referencia, tendría que hacer varias declaraciones negativas, tales como: su erudición fue grande, pero no era un erudito; sus temas comprendían textos y su interpretación, pero no era un filólogo; no lo atraía mucho la religión pero sí la teología y el tipo de interpretación teológica por la que el texto en sí es sagrado, pero no era teólogo y no sentía un interés particular por la Biblia; era un escritor nato, pero su mayor ambición fue producir una obra que consistiera sólo en citas; fue el primer alemán que tradujo a Proust (junto con Franz Hessel) y St. John Perse, y antes de eso había traducido los Tableaux Parisiens de Baudelaire, pero no era traductor; revisó varios libros y escribió un número de ensayos sobre escritores vivos y muertos, pero no era crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y dejó un estudio sin terminar sobre el siglo xix francés, pero no era historiador, literario ni otro: trataré de demostrar que pensaba en forma poética, pero no era ni poeta ni filósofo.1
En las líneas iniciales del texto «Moscú», que fue fruto del compromiso contraído con la revista que sufragó una parte del viaje puede leerse: «Desde Moscú se aprende más rápido a ver Berlín que Moscú mismo»2. Esa oportunidad sobre él la brinda su diario moscovita. Gershom Scholem, su gran amigo, informa que se perdió otro diario: «Leí algunas de esas notas, que se han perdido, entre las que había un diario del viaje a París en compañía de Kurt Tuchler, en la Pascua de 1913»3, y en otro raro volumen: Historia de los libros perdidos de Giorgio Van Straten se nos habla de la misteriosa maleta negra de la cual no quiere separarse. Es la maleta que lleva a su último viaje. ¿Qué se perdió allí en materia bibliográfica?
Es 1940, esta vez huye del fascismo. Abandona desesperadamente Francia, deja algunos materiales al cuidado de George Bataille y parte otra vez para el viaje más incierto de su vida: Benjamín, obseso andariego, está agotado y recibe ayuda de algunos amigos para cruzar la frontera de España. Realizan un viaje de prueba para el cruce guiados por Lisa Fittko y decide pasar la noche en un pinar, sus compañeros de viaje regresan al amanecer para el cruce definitivo por Portbou. Allí, en ese pueblito se perdió el rastro de la maleta al suicidarse Benjamín con 31 pastillas de morfina destinadas a sus padecimientos cardiacos.
¿Qué habría en esa maleta que no quiso abandonar en el tortuoso viaje por las elevaciones? De la pérdida bibliográfica solo se puede conjeturar. Sobre la pérdida de Benjamín para la cultura nos dice George Steiner:
…Era tal la profundidad de su espíritu, su genio articulado de la tristeza, que este hombre único, en muchos aspectos —no nos engañemos— patético, este mendigo, derrotado, tan terriblemente derrotado ha venido a encarnar en su persona la inmensidad infinita de la pérdida y la desolación. La pérdida ninguno de nosotros puede concebirla, ninguno de nosotros puede empezar a concebir la pérdida de la Shoá, de algo que hubiera podido ser. Esto es lo que él representa. Con Kafka, antes de la medianoche, y con Paul Celan, después de la medianoche. Los tres. Walter Benjamín lleva sobre sus hombros encorvados la inconcebible carga de un mundo reducido a cenizas, de una civilización aniquilada, de una brutalidad y de una injusticia para siempre irreparables, totalmente irreparables. Lleva un testimonio inmemorial. El no querría, creo yo, que hiciéramos de otro modo.4
Catorce años antes Moscú le ofreció un marco referencial para calibrar la llamada nueva sociedad y lo visto no le agradó. Escrutó con la mirada profunda del viajero, del sociólogo y filósofo sin cátedra pero a la vez con la frescura del turista. Sus recorridos en la noche moscovita fueron de la mano de algunos de sus actores claves: directores o críticos teatrales y para el pago de esas entradas rebajó costos a través de subvenciones del VOKS5, institución dirigida en ese momento por Olga Kámeneva, hermana de Trotsky y futura víctima de las purgas estalinistas.
Se deleitó en su dedicación de coleccionista de libros y juguetes; solo ahorrando pudo satisfacer ese goce que fue permanente en su vida: allí en ese viaje creció su colección. Recorrió museos, parques e instituciones; debatió cuestiones sociales y calibró el entorno, valoró la filiación al partido comunista alemán y el saldo fue negativo. Los cantos de sirena de la nueva sociedad no lo convencieron.
Le vendrán años convulsos y de crecimiento personal. Su madurez intelectual es saetada por una Europa destrozada por imperantes regímenes despóticos. Su obra alcanzará una trascendencia que ni él mismo previó: reclamada por el ámbito filosófico y la crítica literaria su imagen se estatuye como referente indiscutible del intelectual del siglo xx.
Notas
1 Hannah Arendt: Hombres en tiempos de oscuridad, Editorial Gedisa S.A., Barcelona, España, 1990, pp. 141-142.
2 Benjamín Walter: Cuadros de pensamiento, Ediciones Imago Mundi, Uruguay, 2013, p. 26.
3 Gershom Scholem-Walter Benjamin: Historia de una amistad, p. 70.
4 George Steiner: Los logócratas, Fondo de Cultura Económica/Ediciones Siruela, Ciudad de México, 2007, pp. 46-47.
5 Sociedad de la URSS para las Relaciones Culturales con los Países Extranjeros.
