Los premios UNEAC: una tradición con más de medio siglo
La presentación este lunes de los libros galardonados con el premio UNEAC 2015 en los géneros de literatura infanto-juvenil (Asteroide B-612, de José Manuel Espino) y cuento (Las dispersiones, de Raúl Flores Iriarte) fue el escenario para que el escritor Francisco López Sacha sintetizara la evolución de un certamen que sobrepasa el medio siglo de existencia.
"Me gustaría pensar este momento como un acto de recordación al premio más antiguo de la literatura cubana, que tuvo su carácter fundacional con la premiación de la novela Vivir en Candonga, de Ezequiel Vieta, en el año 1965, y de allá hasta la fecha ha servido de referente para apreciar la calidad de una literatura nacional que ha traspasado sus fronteras", dijo Sacha.
Recordó en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC que el certamen vivió momentos de tensión como los del año 1968 con la premiación de los libros Fuera del juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, donde la incomprensión y las posturas radicales no permitieron ver valores estéticos donde realmente existían.
En su itinerario Sacha evocó el año 1993 como el más aciago para el concurso que dejó de convocarse por la crudeza del Periodo Especial al cancelar las oportunidades de las poligráficas para sobrevivir y continuar imprimiendo libros.
Hubo que esperar hasta el 1995 para que los premios UNEAC renacieran con la premiación del poemario Páramos, de Reina María Rodríguez, y la novela Vientos de cuaresmas, de Leonardo Padura Fuentes, ambos autores galardonados con el Premio Nacional de Literatura.
Los libros premiados tienen el respaldo de un sello editorial que garantiza una calidad extraordinaria, además del prestigio que significa publicar en él, subrayó Sacha al referirse a Ediciones Unión, "una editorial que ha acompañado por años la tradición hermosa y sostenida de estos premios".
El también expresidente de la Asociación de Escritores llamó la atención sobre la presencia cada vez más fuerte de jóvenes autores que ganan el permio aportando novedosas perspectivas de escritura, con una apreciación y un sentido de la literatura que abren derroteros sugestivos y revitalizan el campo literario nacional. En este sentido calificó a Raúl Flores Iriarte (La Habana, 1977) como un autor audaz, con una mirada personal del entorno urbano llena de riesgos estilísticos sorprendentes. Al referirse a José Manuel Espino (Colón, 1966) lo definió como uno de los grandes autores de la literatura infanto-juvenil que ha sabido sobreponerse al fatalismo geográfico y ofrecer una escritura perseguida por infantes de todo el país.
