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La diplomacia de los Estados Unidos hacia Cuba en julio y agosto de 1957 (II)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 27 de diciembre de 2017

A fines de julio de 1957 se efectuó la visita del embajador norteamericano Earl Smith a Santiago de Cuba en una circunstancia dolorosa para el movimiento revolucionario. En vísperas de su salida desde La Habana se produjo el asesinato de Frank País y Raúl Pujols en la capital oriental. Smith supo de ese crimen la víspera de su salida a Santiago de Cuba pero temió por las posibles denuncias de los revolucionarios que alegarían que el gobierno los había matado para impedir el viaje y se decidió a partir.1(59)

En medio de la conmoción nacional por la muerte de Frank y Raúl se produjo la visita del embajador norteamericano el 31 de julio. En el Ayuntamiento Municipal santiaguero mientras Smith recibía las llaves de la ciudad, madres de mártires caídos en la lucha contra la dictadura desarrollaron una fuerte manifestación en el parque Céspedes. La protesta se acrecentó en cuanto el embajador y su esposa salieron del Ayuntamiento y como respuesta la policía batistiana reforzó la represión. Interrogado por los periodistas, Smith fue puesto entre la espada y la pared; pero adelantó una opinión que lo pudo comprometer ante la oposición pública nacional e internacional: “Considero desafortunado el hecho de que algunos habitantes de Santiago de Cuba hayan aprovechado mi presencia aquí para hacer una manifestación y protestar contra su propio gobierno”.2(60)

Posteriormente los propios periodistas insinuaron que su declaración podía ser interpretada en el sentido de que aprobaba el método con que se había reprimido la manifestación. Smith había recibido instrucciones del Departamento de Estado de hacer que cambiara el criterio prevaleciente en Cuba de que el embajador de los Estados Unidos intervenía a favor del gobierno cubano para perpetuar la dictadura de Batista. Se trataba tan solo de aparentar cambios, al menos para que no sufriese la imagen del Tío Sam en los medios de difusión internacionales. Por tanto debía inducir un criterio que no lo comprometiese con los atropellos de la policía de Batista: “Para mí es odiosa cualquier forma de acción policíaca excesiva. Lamento profundamente que mi presencia en Santiago de Cuba pueda haber sido la causa de manifestaciones públicas que provocaran las represalias de la policía”.3

Sin embargo, los parciales de Batista no podían admitir que el gobierno de Estados Unidos se lavase las manos mientras los abusos de la policía eran motivo de escándalo internacional, cuando menos argumentaron que Washington intervenía en los asuntos internos de Cuba. En carta del Ministro de Estado, Gonzalo Güell, al embajador cubano en Estados Unidos, Miguel Angel de la Campa, se advierte:

Estas declaraciones del embajador Smith por su naturaleza, oportunidad y por la fuente de donde dimanan, han sido interpretadas por importantes sectores de la nación como manifestaciones de interferencia con nuestra soberanía, y han producido la natural repulsa entre los elementos representativos de nuestra ciudadanía (...) provocándose con todo ello, una situación delicada y enojosa que el gobierno está considerando con todo cuidado.4

Además instruyó a Campa para que expresase al Departamento de Estado que las declaraciones de Smith “habían sido utilizada de manera torcida y aviesa por sectores insurreccionales y terroristas”. Por último, señalaba que esa situación había obligado al gobierno a suspender las garantías constitucionales para mantener el orden público.5

Mientras que en las esferas diplomáticas se debatía con fuerza en torno a la naturaleza de las declaraciones de Smith en Santiago de Cuba, el 2 de agosto en el Congreso de la República se pretendió erigir otro frente de batalla contra una posible injerencia extranjera que pudiera dañar los intereses de la casta político-militar batistiana. El senador Ernesto Rosell y Leyte-Vidal presentó un proyecto de resolución de repudio a la actuación de Smith:

Se declara conducta impropia de su representación diplomática la expresión de los comentarios, conceptos y juicios del embajador de los Estados Unidos de América, acreditado en nuestro país, S.E. Mr. Earl Smith que en fecha reciente aparecieron publicados en la prensa (...); y se rechazan por ser atentatorios a las buenas y tradicionales relaciones de mutuo respeto y amistad entre la nación americana y la República de Cuba.6

El proyecto de resolución también contenía una denuncia de la conducta de Smith al Congreso norteamericano como “agente perturbador” para que este desautorizara al embajador norteamericano en Cuba. El proyecto no llegó a ser aprobado pero era una muestra de que la dictadura estaba dispuesta a presionar a Smith desde todos los ángulos hasta que dejase visto que la política de neutralidad que pretendía aplicar no atentaba contra los cimientos de la dictadura.

Por su parte el embajador cubano en Washington, Miguel A. de la Campa, en entrevista con el Secretario de Asuntos Interamericanos llegó a plantear que “determinadas manifestaciones del embajador habían sido entendidas, interpretadas o retorcidas maliciosamente por los grupos oposicionistas de la ciudad provocando una huelga general local”.7

De modo que el motivo real de la huelga local, la indignación que provocó entre el pueblo el asesinato de Frank País y Raúl Pujols fue substituido por otro: las declaraciones del embajador Smith. Todo por obra y gracia del oportunismo político de la camarilla gobernante que pretendía hacer ver que solamente por medio de los comicios que Batista convocaba se podía llegar a una solución a la crisis política institucional. Finalmente Campa le comunicó a Güell que en general en el Departamento de Estado “los comentarios que hacían sobre la actitud del embajador no eran nada favorables al mismo”.8

El Ministro de Estado, Gonzalo Güell, esperó a que Smith terminase su recorrido y a su regreso a La Habana lo llamó para sostener una conversación. En esa oportunidad Güell se permitió acusar en forma muy velada al embajador norteamericano de inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba. Pero inteligentemente Smith reafirmó su adhesión al principio de no intervención al mismo tiempo que destacó las relaciones de amistad existentes entre las dos naciones.9

Cuando todo parecía indicar que se había zanjado esa diferencia entre Washington y La Habana, las declaraciones del Secretario de Estado, John Foster Dulles, valorando la actuación de Smith en Santiago de Cuba, avivó la disputa:

Leí la declaración y deseo decir que es una declaración que quizás desde un punto de vista estrictamente técnico no sea enteramente correcta. Pero fue una declaración humana (...). Su declaración fue muy equilibrada(...). Por una parte, lamentó que su visita hubiera sido aprovechada para hacer manifestaciones, y lamentó por la otra, que para someter a los manifestantes se hubiera recurrido a lo que, en su opinión eran brutalidades de la policía.10

Sorprendido el embajador cubano en Washington, Señor Campa. dirigió el 7 de agosto una enérgica carta al Secretario de Estado, protestando fuertemente:

El conocimiento que poseo, de la forma empleada por la policía (...) no responde, exactamente a la brutalidad policíaca, concepto acogido por Vuestra Excelencia al justificar la conducta del embajador y cuyos conceptos, por otra parte, deben hacer sido ya rectificados después de las explicaciones consiguientes aceptadas por la cancillería cubana.11

Smith, que ya había logrado un entendimiento con Güell, aunque en su libro reconoció que le satisfizo la defensa de Dulles, vio derrumbada su postura de diplomático imparcial ante los ojos tanto de la oposición como del gobierno. Ante la oposición porque de primer momento se había comprometido a colaborar con Batista y ante el gobierno por haber criticado la actuación de la policía en los hechos de Santiago de Cuba. Pero más que todo le pesaba que con el gobierno con que pretendían colaborar de cerca se había producido una seria diferencia diplomática. En la propia carta que citamos anteriormente Campa le expresó a Dulles:

Los desdeñosos comentarios hechos en torno a las declaraciones de Vuestra Excelencia ponen de nuevo, al gobierno cubano y naturalmente a mí, ahora, con la resurrección de aquel penoso incidente, en una posición de personal delicadeza que he sometido conforme a mi deber, al conocimiento del Señor Ministro de Estado de Cuba.12

Incluso el propio Campa sugirió que el gobierno norteamericano debía pedir excusas y redactar una nota significando que las declaraciones de su Secretario de Estado no habían querido lastimar con sus palabras a un gobierno amigo “frente a fuerzas o tendencias disociadoras o contrarias a su común civilización”.13

Después de haberse deteriorado hasta ese punto las relaciones entre Washington y La Habana, Smith se decidió a tomar la iniciativa y darle un vuelco a la situación existente. Le pidió a Güell una entrevista personal con Batista y logró que el dictador comprendiese en que se basaba realmente la “imparcialidad” de Washington, simplemente había que guardar las apariencias: “Le contesté diplomáticamente que la embajada había sido acusada de perpetuar su régimen y mis instrucciones eran las de conseguir que los cubanos pensaran en la embajada de los Estados Unidos sobre una base imparcial”.14

Todo quedó como una mentira compartida entre un dictador latinoamericano más y un embajador del imperio en el hemisferio occidental. Falacia con la cual pretendían aquietar las denuncias de la opinión pública en Cuba, Estados Unidos y el resto del mundo. Hasta el propio Smith se creyó la farsa: “Había cumplido mi primera misión de demostrar la posición imparcial de la embajada en los problemas políticos de Cuba”.15

A partir de ese momento se lograron superar las disparidades existentes y se restablecieron las satisfactorias relaciones entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Pero se comenzó a gestar una nueva estrategia diplomática dentro de los círculos de poder de Norteamérica hacia Cuba. El Departamento de Estado incrementó las presiones para que Batista restableciese las garantías constitucionales y bajo esas circunstancias se pudiese llegar a un arreglo pacífico entre la oposición tradicional y el gobierno que neutralizase a las organizaciones revolucionarias. El propio Batista, a instancias de Washington, debía introducir los cambios. El postulado básico de la nueva estrategia diplomática norteamericana era ofrecerle a Batista un apoyo general que incluyese la venta de armamentos con el propósito de que el dictador restableciera las garantías constitucionales y ofreciese un arreglo electoral. Pretendían que se consolidase una alternativa reformista al interior del propio régimen castrense. Entonces cumplieron con buena parte de las 18 demandas de armamentos de Batista, 11 se satisfacieron.16


Notas

1 Carta del 1ro de agosto de 1957. En: Archivo MINREX. Fondo: Cuba 1.2 (1941-1989).
2 Ibídem.
3 Ibídem.
4 Ibídem.
5 Ibídem.
6 Archivo Nacional de Cuba: Fondo Especial. Leg. 4, No. 195.
7 Archivo MINREX. Fondo: Estados Unidos. Leg. 66.
8 Ibídem.
9 Ibídem.
10 Earl E. T. Smith: El Cuarto Piso. La Moderna Poesía, Inc. Miami, Florida. Cultural Puertorriqueña, Inc. San Juan, Puerto Rico. Impreso por: Editora Carripio,  Santo Domingo, 1983, p 30.
11 Archivo MINREX. Fondo: Estados Unidos. Leg. 66.
12 Ibídem.
13Archivo MINREX. Fondo Cuba, 1.2 (1941-1989).
14 Earl Smith: Ob. cit., pp. 33-34.
15 Ibídem, p. 34.
16 Foreign Relations of the United States (FRUS), 1958-1960, volumen VI. United States Government Printing Office. Washington, 1991, pp. 5-6.

 
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