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Regalo de Reyes, desde el corazón de Amelia

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli, 06 de enero de 2018

Es Día de Reyes. La Habana amaneció con bufanda y paraguas. Pero nada detuvo el regalo que Amelia Duarte de la Rosa tenía preparado para niños y adultos de Cuba y Haití.

Especialmente para el Haití que se rehúsa a dejarla ir, que le roba un buen recuerdo siempre. Es ese el Haití —dice— que le cambió su perspectiva de pensar el periodismo. Y le creemos, porque cuando el lector llega a la última línea de la página 136 nos encontramos con una reportera que ha clavado el recuerdo (y el sentimiento) en el horizonte de la otra isla que la hizo más Amelia.

 

Quizá esa isla sea para ella un tanto como su segundo apellido tatuándole una sonrisa en la memoria, y quizá le traiga flores a la redacción cultural de Granma de vez en vez. Porque sabe que el vórtice en el que vive un diario, con el sobresalto en el estómago por el cierre de una edición, no alcanza a hacerle olvidar lo vivido en la tierra de Toussaint-Louverture, de Peitón y Dessalines. En la de los contrastes que, para la escritora, no admiten analogía alguna.

La Calle de Madera cedió entonces el privilegio a la biblioteca Rubén Martínez Villena en el centro histórico habanero. Y Haití, despertar de la muerte hizo de la presentación la Crónica del Abrazo. El abrazo al Haití que desgarra y fascina en la pluma de la autora. El de los niños que le agradecen a Amelia, desde la distancia que un trozo de mar impone, por permitir que la sensibilidad le ganara a la inmediatez. Y el abrazo, de todos, a la periodista que convirtió cada página hojeada, durante este Sábado del Libro, en una elegía a la vida.

“Y no exagero si afirmo que el libro que presentamos hoy: Haití, despertar de la muerte, publicado por la Editora Política, es el más completo y el que mejor nos ilustra una nación que ha sido tratada de manera superficial en la prensa cubana, tal vez porque le faltaba esa relación de amor que Duarte de la Rosa establece con el objeto de sus crónicas y reportajes”. Insistió Marilyn Bobes, quien es Premio Iberoamericano Julio Cortázar y con un plausible trayecto como crítica, narradora, periodista, editora y poeta, así como columnista de nuestro Portal.

“En él (el libro), quiero decir, está el alma de un pequeño país que fue el primero en independizarse del yugo colonial  y fue después olvidado en esa gran hazaña, develada en la ficción por Alejo Carpentier y ahora actualizada por esta joven en la que periodismo y literatura confluyen para resumir el presente, el futuro y el pasado de uno de los países más empobrecidos del mundo”. Aplaudió, con prosa sincera, Marilyn.

Y recorrió Bobes “el Haití querido que la autora nos descifra con increíble agudeza, abarcando la historia, la cultura, los aportes de una ayuda cubana y el falso auxilio de otras organizaciones internacionales, a la vez que se desplaza por la geografía escudriñando con ojo perspicaz todo lo que puede contener de riqueza tangible e intangible. Involucrándose con los habitantes y el entorno en una amalgama más digna de una novela que de lo periodístico, pero decididamente atento a las pulsiones…”

La multipremiada periodista Marta Rojas, Premio Nacional de Periodismo "José Marti" Por la Obra de la Vida, repasó los valores de la autora y de esta obra —su primer libro escrito pero el segundo en ser publicado—  con la cercanía y el orgullo de quien la ha visto crecer en la misma redacción de Granma que ambas comparten. Y apostó por compartir las páginas aún por escribir que acompañaron, eso sí, cada palabra impresa de Amelia.

Subrayó Marta: “La historia romántica inescrita de este libro valioso y hermoso (…) Amelia nos la trae hoy en el vientre materno, en tanto fue allí, en Haití, donde conoció, en medio del avatar periodístico, a su esposo Roly. Así es: la obra tiene escondida una bella historia de amor que se gestó y maduró, y a lo mejor un día la conoceremos, cuando la autora de tan fuertes y también valiosas crónicas periodísticas sienta la necesidad de dar el salto de la escritura en caliente —o sea, el periodismo— a la literatura”.

“Volviendo al pulso de Amelia —observó la periodista del juicio del Moncada—, estoy persuadida de que sus crónicas son un fresco tan bello como profundo y emocionante. Además de un despertar de la muerte en los trágicos momentos en que escribió esas crónicas”.

“La combinación del drama con el folclore, de la política con la naturaleza, de la muerte con la vida. Las tradiciones mezcladas con la historia y con el presente. El presente siempre: incluso está nítido cuando se remonta a los fuertes de Petión o a La Citadelle…”, acota Rojas, Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro (2004) y Premio Alejo Carpentier de Novela (2006).

Ya en el prólogo, Marta había estampado la frase que, quizá, retrate mejor este ejemplar en pocas letras: el libro “es periodismo raigal, de la mejor factura”. Para cerrar también con el don del acierto, asegura: “(…) queda en la obra un hecho tan trascendental como hermoso: el par de niños guías, descalzos y en pantalones cortos, que conducen a la periodista hasta La Citadelle explicándole, ¡en perfecto español!, (….) la historia completa de esa edificación universal, otro hecho «real maravilloso» de Haití como muchos que aparecen en este compendio…”

De ahí que Marilyn suscribiera: “Los que dudan que el periodismo, cuando se ejerce como lo ha hecho Amelia Duarte en este volumen, puede ser una manifestación literaria, Haití, despertar de la muerte constituirá una agradable sorpresa. (…) Si este libro es un retrato, lo sería también el de esa maravilla que está en la realidad y a la que no han podido acceder aquellos que, a diferencia de Amelia, no poseen ese alto grado de sensibilidad que late en estas páginas memorables”.

Amelia Duarte, una Rosa para el país que no se acaba

Urgía entonces a Cubaliteraria el paréntesis con Amelia. Un paréntesis a dos voces: la de la autora hablándole a nuestros lectores y la de la cronista contando un país desde el libro.

Hay lágrimas y sonrisas atravesando este título.

Caminar por Puerto Príncipe es casi una odisea. La ciudad es agitada, a todas horas… Es un prototipo de urbe en extremo sonora (…) El contraste es considerablemente triste. Destrucción, muerte, cólera, pobreza, tragedia y hambre no permiten rostros felices. No obstante, bastan tan solo cuarenta y ocho horas en este país para sentir, en cualquier lugar, a Cuba presente.

Y es que mucha gente reconoce  a los cubanos, nos mira o saluda por agradecimiento. (…) La gratitud tiene buenas intenciones. (El don de la ubicuidad, 1ro. de diciembre de 2012)

Entonces Amelia cuenta la travesía del primer viaje y respira con el regreso.

Rememora el año 2011 en que el periódico Granma la enviara a Haití para cubrir informativamente la situación del país, sacudido por el terremoto primero y por una "nefasta epidemia de cólera" después. "Las noticias que siempre leía de ese país me parecían muy tristes y desalentadoras", acota.

En cambio, "un país maravilloso más allá de la pobreza" la sorprendió a su llegada. "Comencé a descubrir la belleza en las cosas cotidianas, que quizá por estar tan cercas pasan muchas veces desapercibidas". Y esa "visión esperanzadora" la llevó a cronicar cuanto vivía, cuanto veía a su paso. "Quería que los lectores vieran a través de mis palabras que Haití no es lo dicen los grandes medios de información. Es un país como otro cualquiera", remarca ella, con todas las cosas a favor y en contra que supone cualquier realidad, cualquier nación.

Molesta por el montaje y la "parafernalia mediática que se desata cuando hay una tragedia en Haití", se propuso mostrar sin distorsiones al país que desestimaban muchas veces los medios. Y repite Amelia, con lógica indignación, la pregunta: ¿Te has dado cuenta que si no hay ciclones, terremotos o epidemias nadie habla de los haitianos?"

Para su satisfacción, dice, todos los artículos y crónicas enviadas vieron las páginas impresas, desde un trozo de plana en el que el periódico se hacía más humano y se llamó Desde Haití.

Con la incertidumbre de ella rondeando los criterios de sus amigos sobre hacer con esas crónicas y artículos un libro, a su regreso a Cuba en 2012 asumió el riesgo y se divirtió en la aventura. "Regresé a Puerto Príncipe en 2014 y lo que vi en ese país me sorprendió y me alegró enormemente. Fue entonces, cuando tomé la decisión de presentar el libro". Y la Editora Política aceptó aquella visión del antes y el después del Haití que conoció la autora.

"Después de tres años, el libro acaba de ver la luz y eso me alegra muchísimo", sonríe Amelia a través del recuerdo. Y Haití, refuerza, se trastocó en muchas connotaciones para ella. Allí miró desde otro prisma el periodismo, empezó a escribir de una nueva manera, y descubrió la vida desde un ángulo diferente. "Una fuente inagotable de vida. Un país al que siempre se puede volver y ser feliz si se sabe apreciar la belleza de las pequeñas cosas. Haití, como mismo digo en el libro, no se acaba nunca”. Eso es Haití, ha dicho en más de una ocasión, con la misma fuerza.

Pero mientras hablamos, hay una vocecilla que nos susurra:

Tiene el cuerpo diminuto, los puños siempre cerrados y los pies descalzos. Nada es tan triste como su llanto constante y su incapacidad para sostener la cabeza. A veces sonríe y su cara redonda se ilumina. Es un acto reflejo, la parálisis cerebral espástica que sufre le impide reconocer la alegría. Daniel Pierre solo tiene un año y tres meses.

Religiosamente cada mañana su madre lo lleva en brazos a la sala de Fisioterapia del hospital La Renaissance, donde trabajan una doctora y cinco fisioterapeutas cubanos. Desde hace varios meses el pequeño recibe la rehabilitación de los técnicos para que, quizás algún día, pueda correr, sonreír, estudiar y ayudar a la familia como otros chicos. La invalidez le ha retardado también el habla, pero Daniel se comunica con la mirada. Sus grandes ojos negros dicen que es fuerte y que va a resistir el tratamiento aunque le duela.                                                                                    

(…) Me quedo observando el trabajo en la sala y veo a lo lejos, saliendo de entre la fila de pacientes, a la madre de Daniel. Solo logro verle los pies y, como en ráfaga de pensamiento, recuerdo los versos de la chilena Gabriela Mistral: «Piececitos de niño/ dos joyitas sufrientes/ ¡cómo pasan sin veros las gentes!» (Crónica para un niño que no usa zapatos, 9 de diciembre de 2012)

Leyendo a Amelia, escuchándola luego en primera persona, los nudos empezaron a hacer cadenas en mi garganta. Pero un nudo, más fuerte que todos, por alguna razón se quedó “En algún paraje del kilómetro cinco, entre Milot y la villa Choiseul, por donde los vehículos ya no pueden transitar”.

Es, en ese lugar de la geografía haitiana, donde Amelia se encuentra con los responsables del nudo destrozando mi garganta. Allí “viajeros de todo el mundo se congregan cada día para subir  —a pie o en caballo— el Pico Laferrière. En la cima, justo a 945 metros de altura, se erige la fortaleza militar más grande de América Latina, símbolo de la historia y la independencia haitiana”. Y allí, Amelia encontró a sus dos niños guías, “pequeños y flacos”, de doce y nueve años por cabecita, en ese orden: Philomene y Totó.

Ellos hablaban creole, francés, español e inglés. Les faltaban unas cuantas cosas (materiales), pero les sobraban las esenciales.

Me confesaron que querían ser médicos y con un poco de vergüenza también dijeron que les gustaba cantar. De modo que bajamos cantando, desafinados pero sonrientes. (…) Me despedí de ellos pidiéndoles que no dejaran de estudiar. Les di todo lo que tenía, y un beso en cada frente. Decidí no cargar con ningún souvenir, de ese viaje ya tengo el mejor recuerdo. Prefiero, como ahora, cerrar los ojos para mantenerlo vivo en mi memoria y esperar a que los pequeños no carguen con la estirpe condenada de quien ha nacido sin tener la oportunidad que se merece. (Los guías de La Citadelle, 12 de octubre de 2012)

Y yo me invento el tercer viaje de Amelia y organizo, lo más rápido que me deja mi cabeza, el reencuentro con Philomene y Totó. Le agradezco también a Roly, “el cuarto protagonista de esta historia” y el padre de una panzota que apenas deja firmar autógrafos a su mamá, por haberse anticipado en juntarla tiempo atrás con estos niños. Porque para ellos, de seguro, Amelia ha sido uno de los mejores regalos de cualquier Día de Reyes.

 

Fotos de la autora, de Amelia Duarte y Rolando Muñoz.


 

 
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