La ínsula de Ambrosio Fornet
En uno de sus últimas publicaciones, El alma de las cosas, Leonardo Padura hace referencia a la insistencia de Mario Vargas Llosa en los encuentros que han tenido, en saber si le llegan sus libros a Ambrosio Fornet, "Pocho" para los amigos, despachados desde cualquier lugar del mundo para su colega cubano. Una amistad nacida hace décadas, que el tiempo y las distancias no han borrado. Esa lealtad parece fomentarla Fornet en su vida con todo, para todos.
Como lector perenne Ambrosio Fornet deambula y recuenta en las callejuelas del tiempo buena parte del ámbito secreto de la literatura cubana. Asomarse a ese registro es privilegio de pocos y repensar todo ese haz de vidas, es tarea ardua que él podrá calibrar.
Al releerlo comprendo lo baladí y meritorio de tantos empeños literarios, esa paradoja cautivante, expuesta en la precariedad de tantos blasones, y la necesidad de esgrimir la "duda cartesiana" en esta hora "nueva" de Cuba. Memorias insulares, volumen de su autoría y del sello Extramuros, confirma lo que todos saben: Ambrosio Fornet abriga una cubanía a prueba de bombas.
Memorias insulares está estructurado en tres partes: Cartografías, Señas letradas y Desafíos. Estos capítulos engloban un total de nueve textos donde en apenas 111 páginas se no ofrece una invitación para replantearnos varios temas de medular significación.
La Habana como un Aleph, un orificio, un puzzle de hechos y de remembranzas. Fornet que no es habanero pero reside en la Habana por décadas, es invitado a hablar de esa ciudad que puede ser muchas ciudades. Evoca una urbe ya ida: mezcla recuerdos familiares y graciosas referencias. Quizá unos de los puntos de esplendor surge al reconocerse como un "palestino", término despectivo, graneado tres veces en el volumen:
"Un palestino en La Habana" (...), no sé cómo surgió esa denominación para designar aquí a los orientales, aunque imagino que los habaneros, que suelen ser muy instruidos, saben que venimos de tierras sagradas, de los santos lugares donde nació y se consolidó la Nación, y quisieron honrarnos llamándonos así. Yo lo agradezco, por la parte que me toca, pero debo aclarar que no necesitaba ese reconocimiento, como podrá suponer cualquiera que se sepa la letra del Himno Nacional.
Como examen de la colección de imágenes Cuba: Picturing Change, del fotógrafo E. Wright Ledbetter aparece "De este lado del Malecón", un análisis textual muy interesante que Ambrosio Fornet incluye y ofrece una muestra de su sagacidad interpretativa. Al comentar una de las imágenes nos dice:
Democracias políticas, de economía capitalista, existen en toda Latinoamérica, tanto en los países más pequeños (República Dominicana o El Salvador), como en los más grandes (México o Brasil). Una democracia social, de economía socialista, solo existe en Cuba. ¿Cuál de los dos regímenes es superior? Si la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo —el sistema que procura el bienestar de los más y estimula su participación crítica en los asuntos públicos— no se entiende cómo pueda llamarse democrático un país donde grandes sectores de la población, abandonados a su suerte, vivan acosados por el hambre, las enfermedades, el desempleo, la malnutrición y el analfabetismo. Eso nos lleva a concluir que sin justicia social no puede haber verdadera democracia, lo que no significa que nos dejemos arrastrar, autocomplacientes, por el razonamiento inverso, según el cual bastaría lograr la primera para garantizar la segunda. La experiencia de Cuba, siempre amenazada por enemigos poderosos —para entender su atmósfera política hay que imaginarla como una plaza sitiada— nos indica que tampoco puede haber democracia verda¬dera en un país donde el emigrante es considerado un desertor y el simple opositor un enemigo.2
Si se recorre el circuito editorial habanero, como nos propone el libro, de la mano de este editor de editores, se puede volver a oler el plomo y el golpe de máquinas en las planchas, el sopor y la infatigable humanidad de unos pocos —cubanos menos, la mayoría exiliados españoles que enrumbaron el oficio editorial hacia puerto tangible en una isla donde, afirmaba Fernando Ortiz, se padece la "incuria librera".3
De la mano de Fornet se percibe la urdimbre entre política y cultura en la microhistoria republicana y el esfuerzo de unos pocos adelantados como Ortiz que ante tanta zozobra anclan la cubanidad desde la cultura y construyen [con libros] un escudo de lo cubano pletórico de afluentes del ámbito negro, de enjundiosos estudios socioculturales y permeado por la tradición patriótica y cultural de la imberbe nación.
Fornet, bayamés honorable, nos propone en el volumen su texto leído en la Plaza del Himno el 20 de octubre de 2013, es decir: 145 años después de cantado el himno. Ojalá la salud lo acompañe porque sería reconfortante tenerlo este año, en el 150 aniversario, con su voz argentina hablándonos otra vez desde lo íntimo de la historia, desde el centro de la cubanidad raigal.
Cierra el volumen con un texto medular, "El dolorido sentir. Apuntes para una conversación con mis nietos", texto que nace a raíz de una interrogante hecha al autor sobre el tiempo de la transición y la posición desventajosa de "los viejos".
Es un texto que se debe leer y releer, buscarle un espacio en los diarios nacionales y exponerlo a picota pública para zarandearlo con lecturas y relecturas: no dejarlo solo en el espacio digital, que aún sigue siendo prohibitivo para el cubano de a pie.
Sería irresponsabilidad no hacerlo porque hay alarmas expuestas allí que desde la lozanía y el frescor del pensamiento de Ambrosio Fornet nos son muy imperiosas tener en cuenta si de verdad pretendemos construir, cada día, una Cuba más martiana.
1Ambrosio Fornet: Memorias insulares, Ediciones Extramuros, La Habana, 2017, p 9.
2Ibídem: p. 26.
3Ibídem: p. 70.
