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José Martí y la inmigración china en los Estados Unidos (2)

Manuel Ramón Castro Hernández, 10 de febrero de 2018

El año 1882 da inicio a uno de los momentos más significativos y constantes del acercamiento martiano a la inmigración china en los Estados Unidos. Su mirada penetra en las esencias de un conflicto que aparentemente era solo racial, pero que tenía como sustrato una fuerte base económica.

Venían los chinos en busca de fortuna como mano de obra muy barata a emplearse en trabajos rudos como la extracción del carbón para las locomotoras, el tendido de vías férreas en la extensa geografía norteamericana, la carga de mercancías en los puertos, entre muchos más. Las condiciones de estos contratos no diferían tanto de la contratación de culíes llevada a cabo en la primera mitad del siglo XIX en algunas partes de América como Cuba y Perú, en el sentido de las duras jornadas de trabajo; aunque para ser justos, a pesar de la xenofobia sufrida por los chinos en tierras norteamericanas, algunos lograron prosperar y reorientar sus vidas asentándose en otras partes de América, gracias a los ahorros acumulados como resultado de una vida en extremo frugal.

Se trataba, por cierto, del negocio más lucrativo de la economía estadounidense por aquellos años. Las interioridades de esa maquinaria capitalista son explicadas en detalle por el historiador Ross Robertson en su Historia de la economía norteamericana. El crecimiento de la industria pesada, donde se hallaba un monopolio como el ferrocarril, necesitaba de brazos potentes y módicos, y de trabajadores semicapacitados para continuar su expansión. En este gran negocio se beneficiaban primeramente las compañías de vapores encargadas del traslado y las mineras y manufactureras que podían expandir sus operaciones sin elevar los costos en la mano de obra. El inmigrante significaba un aumento de clientela para la compra de productos minoristas, y con su llegada a suelo norteamericano, se agrandaba el negocio de casas-habitaciones.

El 31 de marzo de 1882 Martí aborda en crónica para La Opinión Nacional, de Venezuela, el tópico “San Francisco contra los chinos”, dando seguimiento al tema que había esbozado unos meses antes en su breve noticia del 31 de enero de 1882 para la “Sección Constante”. En esta ocasión se detuvo a detallar el nocivo impacto que a nivel social estaba generando el disímil flujo migratorio, a raíz de violentos sucesos ocurridos en el sureño estado norteamericano.

La cuestión del odio al chino se aviene con su intención de mostrar las difíciles condiciones de vida que en sentido general tienen los trabajadores en el Oeste, pero sobre todo, la belicosidad del trabajador europeo cuando al principio de su escrito señala: “De Europa viene a este país la sabia y el veneno. El trabajador que viene aquí ya odia. Si prospera, como su rencor era alimentado por su infortunio, acalla su rencor. Mas si medra penosamente, y mientras no medra, vierte en los que le cercan el odio que le llena”;  de ahí que Martí esgrime como una causa importante del conflicto entre los asalariados del sur, la exteriorización de esos arraigados componentes psicosociales. Por supuesto, en esas difíciles circunstancias de sobrevivencia fue el inmigrante chino un blanco directo de aquellos odios:

Allá a lo lejos la gran ciudad de San Francisco ha sido teatro de la más extraña lucha. De viejo viene siendo entre los chinos endebles y sumisos que hacen varias y buenas labores a ruin precio, y los inmigrantes europeos que han menester de trigo y de licores, y de telas costosas, y de familia, por lo que no pueden hacer a precio ruin las labores en que, en lo barato y en lo hábil, le aventaja el chino. Al fin, fue llevado al Congreso el problema arduo. Al fin el Congreso ha decidido que cese la inmigración china en San Francisco. Ya no podrán venir, como venían, a modo de rebaño, y a grandes millaradas, los hombrecillos de ojos almendrados, rostro huesudo y lampiño, y larga trenza.

Para abril de 1882 otra crónica suya sigue el curso del proceso. En ella reconoce la valiente actitud del presidente republicano Chester Arthur —antaño inspector de aduanas— quien se opone a firmar la propuesta inicial de su parlamento donde se solicitaba prohibir la entrada de chinos durante 20 años. También reveló Martí los resortes políticos que habían influido en reconsiderar tales condiciones dentro de las altas esferas políticas: el temor del gobierno a perder el voto de la numerosa e influyente inmigración irlandesa. Añade también el intelectual cubano cómo luego de fuertes debates el presidente cede por fin ante las presiones políticas y aprueba la exclusión de inmigrantes chinos por un periodo de diez años.

La ley aprobada por el gobierno norteamericano pasó a la historia con el nombre de Acta de exclusión y fue dada a conocer el 6 de mayo de 1882. Como era de esperar, trajo fuertes repercusiones en China donde a raíz de la decisión norteamericana se produjeron manifestaciones de repudio contra la presencia extranjera. Con esta ley se dio el primer paso en la fiscalización federal de la inmigración hacia los Estados Unidos. El cronista Martí, por su parte, ofreció a los lectores de La Opinión Nacional, de Caracas, —en apretada síntesis— las condiciones que imponía la nueva ley.

La confabulación entre los funcionarios políticos de San Francisco y los demandantes irlandeses violaba los principios elementales de la Constitución nacional, por ello el Apóstol se convierte en vocero crítico de las absurdas medidas desde su posición ética nada fortuita, mostrando cómo el odio al chino es un sentimiento que enmascara la intolerancia desde muchos ángulos y que la solución aportada por el Congreso entraba en francas contradicciones con los derechos de igualdad, al tomar partido por los más fuertes. Martí pone en conocimiento de sus lectores latinoamericanos la irracional situación del suroeste con el objetivo de desenmascarar ese “modelo de país”, supuestamente hospitalario, abierto a la comunión de todos los pueblos en nombre del derecho y la libertad; nación congratulada por quienes desconocen sus interioridades; espejismo quebrantado en esta ocasión por las maniobras políticas que determinan el fallo sobre la crisis californiana.

Con el Acta de exclusión los trabajadores nativos vieron materializada una vieja demanda, un triunfo, pues veían reducir significativamente sus empleos y su remuneración por la competencia; este último aspecto lo resalta el Apóstol en varios de sus escritos periodísticos.

Que se firmara esta ley en 1882 con el propósito de reducir la inmigración tuvo gran significado para los norteamericanos, como ya se subrayó, si se tiene en cuenta que ese año fue el de mayor afluencia migratoria en toda la década: 788. 922 personas en total ; también en el número específico de la emigración china que ascendió a 39. 579, con la singular particularidad que solo 116 eran mujeres ; situación muy propicia para el surgimiento de una crisis con tales magnitudes. Sin embargo, y de eso se percata rápidamente Martí, se estaba cometiendo un cúmulo de injusticias contra un pueblo laboriosísimo, pilar del impulso económico de los Estados Unidos.

Si bien se redujo el arribo legal de chinos a territorio norteamericano después del Acta de exclusión del 6 de mayo, la entrada clandestina se fomentó y con ella el sentimiento de rechazo hacia los chinos californianos. Sobre estos acontecimientos y sus nefastas consecuencias también escribe Martí.
 

 
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