Invierno de París
Querido Carlos Esquivel Guerra:
Atrevido es todo empeño que nos catapulte a la poesía, a ese mar que afianza una memoria universal. Así llevo varios años de viajes incontinentes, de exploraciones a través de la imagen, y así también se lo he intentado mostrar al amigo Poudon, que me escribe también como usted. Agradezco esa bella dedicatoria en la primera página de su poemario Perros ladrándole a Dios.1
Un acto atrevido pudiera ser este de invocar a Dios para fisgonear en sus aposentos, desde la décima. Pero preciso y vital es el mensaje como plegaria que nos habla de una existencia. Un acto de ingenuidad sería viajar a través de los matices espinelianos para realizar esta propuesta. Pero renovador es el aliento de estas páginas que indagan alrededor del ser la fragilidad de su existencia. Los senderos se nos hacen retóricos, pero reflexivos ante una mística que nos cautiva siempre. Se renueva así la décima como apuesta para continuar el drama pujante de constantes aseveraciones. Como si todo fuera cierto, el autor se atreve a buscar un animalejo doméstico para enfatizar lo minimalista del acto. Una especie de divertimento que puja en el ser reconocido:
Porque alguien debe salvarlo
Señor si guardas la oveja
Entre el hijo de su reja
Y el tributo de no hallarlo.
Esa súplica nos afianza lo humano y nos permite un convencimiento real de cada historia, vista desde cada décima como si fueran parcelas, fragmentos de diversos destinos.
Quien se aleja no sucede
Al regreso de uno mismo
Esperar tarda un abismo
Sobre la luz que no cede
Quien se marca nunca puede
La distancia que pregona
Irse es volver porque abona
El paso un sucio destino
El que se fue nunca vino
A los pies de su persona.
Quizás, es una muestra de lo que el lector puede encontrar en estas páginas, aunque usted, mi querido poeta Carlos Esquivel, conozca de cielos y países. En su poemario hay mil razones más para justificar la búsqueda entre las estaciones de un ser divino que siempre nos acompañará.
Suyo,
Rainer María Rilke.
1Premio Concurso Cucalambé, 1998. Editorial Sanlope, Las Tunas, 1999.
