José Martí y la inmigración china en los Estados Unidos (3)

En 1885 Martí retoma en una de sus crónicas para el periódico argentino La Nación el problema social en California, en esta ocasión para relatar los hechos más crueles e insólitos cometidos contra los chinos; verdadero clímax del odio racial fomentado por el rancio problema del acceso a los empleos.
Los conflictos se sucedieron como consecuencia de una crisis económica en el sector ferrocarrilero que trajo aparejado despidos masivos en la compañía Union Pacific Railroad, con excepción de la barata y eficiente fuerza laboral china que por demás se mantuvo impasible frente a la huelga convocada por los obreros europeos. Estos últimos tenían el apoyo incondicional de los Caballeros del Trabajo.
La tensa situación provocó violentos ataques de irlandeses contra chinos que concluyeron con la matanza de ciento cincuenta asiáticos y el incendio de sus hogares. Así narra el cronista cubano la masacre acontecida en el oeste:
Al fin, un día ha llegado en que la mina humea. ¡Ya en otros muchos lugares ha humeado! En las entrañas de un pozo ha habido una contienda: cuatro chinos muertos.
Sus compañeros despavoridos, abandonan la labor e izan la bandera de alarma: todos los chinos se congregan en su caserío: la mina entera ha levantado el trabajo. Los mineros blancos llaman a los de las cercanías, y, armados de rifles, revólveres, hachas, cuchillos, marchan sobre el caserío chino, y le intiman que salga de la mina en una hora. Aquellos infelices, prontos a obedecer, apenas tienen tiempo de recoger sus ropas.
No han pasado unos minutos, los mineros blancos rompen a disparar sobre los chinos. Aterrados, salen dando alaridos de las casas hacia una inmediata colina, seguidos a balazos por los europeos. Caen muertos en el camino: siguen heridos. Arden detrás de ellos las casas, y de entre las llamas y humo corren de todas partes hacia la colina los chinos que aún quedaban en el caserío […] dan los blancos tras ellos. Pocos escapan. Por donde asoma uno lo cazan.
Mueren ciento cincuenta.
En la noche, los trabajadores blancos vuelven al caserío, y queman sus cincuenta casas.1
Difícilmente el lector halle pormenores como este en la historia oficial. La criminalidad del hecho y su impunidad prendieron de manera indeleble en el alma de José Martí. Pocos años después evocaría el triste suceso a propósito de los funerales del general masón Lin In Du.
Como verdadero trasfondo de este incidente advirtió Martí la franca violación de las leyes migratorias que restringían desde 1882 la entrada de chinos al país; las trastiendas de un lucrativo negocio que no había cesado porque algunos contratistas, en contubernio con empleados portuarios, mantenían clandestinamente el arribo masivo de los hombres del Celeste imperio. De ahí que la enorme masa migratoria china aumentara cada vez más, mientras continuaban reduciéndose considerablemente las posibilidades de trabajo y la adecuada remuneración para los trabajadores europeos, históricamente enemistados con ellos por estas causas. En este sentido se ha de resaltar la clarividencia del Apóstol para evaluar un fenómeno que por su naturaleza generaba serios prejuicios contra la presencia china, pero que tenía como razón de ser —y así lo refiere—la corruptibilidad del sistema capitalista norteamericano.
En esta misma crónica también brinda a sus lectores cierta percepción ontológica del hombre chino mediante una brevísima caracterización que trasluce cuánto se detuvo a valorar su comportamiento colectivo e individual, sobre todo su participación social dentro de los contextos norteamericanos donde estableció sus comunidades:
El chino no tiene mujer, vive de fruslerías, viste barato, trabaja recio; persiste en sus costumbres; pero no viola la ley del país; rara vez se defiende: nunca ataca: es avisado, y vence en la lucha, por su sobriedad y su agudeza, al trabajador europeo.
No es simpático; un pueblo sin mujeres no es simpático: un hombre, es estimable, no por lo que trabaja para sí, sino por lo que da de sí. El hombre casado inspira respeto. El que se ha resistido a ayudar a otra vida, desagrada. La mujer es la nobleza del hombre.2
Esa apreciación suya tiene en buena medida sus explicaciones en las propias particularidades de una emigración compuesta en su mayoría por fuerza de trabajo masculina. No obstante; aquilató las cualidades positivas en los chinos como el apego a su cultura, su conducta pacífica y respetuosa y, sobre todo, admiró cómo encarnaban uno de los valores humanos más importantes para él: la laboriosidad. En ese sentido su visión fue muy objetiva y esclarecedora, una especie de reivindicación de la dura imagen social que ensombrecía la vida de estos hombres en el muy anhelado modelo de país para muchos latinoamericanos.
Pero tal vez el punto más notable de su crónica se aprecia en el desamparo social que los acompaña. Son asesinados ciento cincuenta, quemadas sus viviendas y la justicia no se esmera en capturar a los criminales. Además, paradójicamente son repudiados por la mayor alianza obrera del país:
En libertad están, conferenciando con los empleados del Unión Pacific, los mineros blancos, que exigen a la compañía la absoluta determinación, a que ella se niega, de no emplear chinos en las minas. Los pozos de carbón están desiertos y los Caballeros del Trabajo anuncian que ampararán con todo su poder a los mineros blancos del Unión Pacific y le exigirán en su nombre que atienda a su demanda.
O no hay carbón en el ferrocarril, o salen de él los chinos.
Y crece, cree a ojos vistas, injusta en esto, justa las más de las veces, la sociedad de los Caballeros del Trabajo— “The Knihts of Labor” les llaman en inglés.3
Esta crónica martiana corrobora la pervivencia de una arraigada problemática dentro de las asociaciones obreras norteamericanas que es precisamente la exclusión de los chinos, un asunto que desde 1872 fue acordado por el Sindicato Obrero Nacional. Martí percibió en 1885 el injusto proceder de los Caballeros del Trabajo como una evidencia más del odio irracional contra ellos, aun cuando expresa su simpatía por esta importantísima asociación obrera que no sólo tenía gran poder de convocatoria para amparar a los obreros de las injustas medidas del capitalista y agrupaba a hombres y mujeres sin distinción de nacionalidad o raza.
En ese sentido su texto es exponente de una caracterización profunda de la sociedad norteamericana, de sus injusticias, desigualdades sociales y logros en materia de lucha obrera; vertida en su crónica para la consideración de los lectores latinoamericanos.