El ashé de la palabra
África, cuna humana, primera palpitación del árbol sagrado; España, tirante piel de toro, metal y arcilla en la voz; América prehispánica, remo en las islas, tucán amarillando y negreando la fronda: porciones de porciones, distancias que se aglutinan, tensiones que se funden en nuestra peleada sangre, distribuyéndose en proporciones acústicas y escultóricas.
La hidrografía de nuestro espíritu es un doloroso y hermoso delta, un tejido de caudales que resplandece bajo el sol: es un océano que arriba y un ejército de aguas telúricas que se despiden: somos una espuma turbulenta que sueña un arcoíris abriéndose en el cielo.
Como entrar en una pradera y no saber qué espiga debe ser tomada, por el oro y el perfume que satura la extensión: ocurre de igual modo cuando se entra en la poesía cubana que ha cantado, desde todos los pigmentos del alma, nuestra africanía profunda.
La producción poemática cubana resulta un estrellerío sin fin. Nunca sabe uno dónde se completa verdaderamente. Entra uno y escoge, y siempre deja afuera mucha luz, por muy bien que haya espigado. Mucho más si sólo se cuenta con un búcaro donde situar las espigas.
Se queda uno pensando: Y aquel poema, y aquel otro, y aquel otro... Y es con dolor como muestra lo que muestra, sabiendo mejor que nadie que lo ofrecido a contemplación y goce no es más que un ápice salteado del exuberante jardín que hemos erigido colectivamente.
Se pudiera pensar que la poesía hecha desde o sobre la identidad genésica africana, elaborada como un componente inalienable de nuestra sangre íntegra, es una vertiente, una lateralidad, una filiación estilística o temática o un momento estético o histórico tan solo.
Verlo así es reductor. Desdeñoso, por reductor. Injusto, por reductor. No se puede pensar la poesía cubana sin ese componente genésico. Y cada día será menos impensable, por los impulsos demográficos y las específicas tesituras que adquiere hoy nuestra sensibilidad social.
Así que aspiramos a que se disfruten las piezas presentadas, y se nos disculpe de antemano. Detrás de cada una de ellas hay otras muchas, y el lector leerá cada texto como quien contempla la leve semilla que tiene en la mano y adivina ya en el aire la sacra y portentosa ceiba.
JOSÉ MANUEL POVEDA
EL GRITO ABUELO
La ancestral tajona
propaga el pánico,
verbo que detona,
tambor vesánico;
alza la tocata de siniestro encanto,
y al golpear rabioso de la pedicabra
grita un monorritmo de fiebre y de espanto:
su única palabra.
Verbo del tumulto,
lóbrega diatriba,
del remoto insulto
sílaba exclusiva.
De los tiempos vino y a los tiempos vuela;
de puños salvajes a manos espurias,
carcajada en hipos, risa que se hiela,
cánticos de injurias.
La tajona inulta
propaga el pánico;
voz de turbamulta,
clamor vesánico.
Canto de la sombra, grito de la tierra,
que provoca el vértigo de la sobredanza,
redobla, convoca, trastorna y aterra,
subrepticio signo, eh! que nos alcanza
distante e ignoto,
y de entonces yerra y aterra y soterra
seco, solo, mudo, vano, negro, roto,
grito de la tierra,
lóbrega diatriba,
del dolor remoto
sílaba exclusiva.
JOSÉ ZACARÍAS TALLET
LA RUMBA
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó!
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bombó!
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó!
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bombó!
¡Cómo baila la rumba negra Tomasa!
¡Cómo baila la rumba José Encarnación!
Ella mueve una nalga, ella mueve la otra,
él se estira, se encoge, dispara la grupa,
el vientre dispara, se agacha, camina,
sobre el uno y el otro talón.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
Las ancas potentes de niña Tomasa
en torno de un eje invisible
como un reguilete rotan con furor
desafiando con rítmico, lúbrico disloque,
el salaz ataque de Che Encarnación:
muñeco de cuerda que rígido el cuerpo
hacia atrás el busto, en arco hacia'lante
abdomen y piernas, brazos encogidos,
a saltos iguales de la inquieta grupa
va en persecución.
¡Cambie'e'paso, Cheché, cambi'e'paso!
¡Cambie'e'paso, Cheché, cambi'e'paso!
¡Cambie'e'paso, Cheché, cambi'e'paso!
La negra Tomasa con lascivo gesto
hurta la cadera, alza la cabeza;
y en alto los brazos enlaza las manos,
y en ellas reposa la ebánica nuca
y procaz ofrece sus senos rotundos
que oscilando de diestra a siniestra
encandilan a Chepe Cachón.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
Frenético el negro se lanza al asalto
y el pañuelo de seda en las manos
se dispone a marcar a la negra Tomasa,
que lo reta insolente con un buen vacunao.
¡Ahora!, lanzando con rabia el fuetazo
aúlla el moreno. (Los ojos son ascuas, le falta la voz
y hay un diablo en el cuerpo de Che Encarnación).
La negra Tomasa esquiva el castigo
y en tono de mofa lanza un insultante
y estridente: ¡No!
Y valiente se vuelve y menea la grupa
ante el derrotado José Encarnación.
¡Zumba, mamá, la rumba y tambó!
¡Mabimba, mabomba, mabomba y bombó!
Repican los palos,
suena la maraca,
zumba la botija,
se rompe el bongó.
Hasta el suelo sobre un pie se baja
y da media vuelta José Encarnación.
Y niña Tomasa se desarticula
y hay olor a selva
y hay olor a grajo
y hay olor a hembra
y hay olor a macho
y hay olor a solar urbano
y olor a rústico barracón.
Y las dos cabezas son dos cocos secos
en que alguno con yeso escribiera,
arriba una diéreses, abajo un guión.
Y los dos cuerpos de los dos negros
son dos espejos de sudor.
Repican las claves,
suena la maraca,
zumba la botija,
se rompe el bongó.
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
¡Chaqui, chaqui, chaqui, charaqui!
Llega el paroxismo, tiemblan los danzantes
y el bembé le baja a Chepe Cachón;
y el bongó se rompe al volverse loco,
a niña Tomasa le baja el changó.
¡Piqui-tiqui-pan, piqui-tiqui-pan!
¡Piqui-tiqui-pan, piqui-tiqui-pan!
Al suelo se viene la niña Tomasa,
al suelo se viene José Encarnación;
y allí se revuelcan con mil contorsiones,
se les sube el santo, se rompió el bongó,
se acabó la rumba, con-con-co-mabó!
¡Pa-ca, pa-ca, pa-ca, pa-ca, pa-ca!
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
EMILIO BALLAGAS
ELEGÍA DE MARÍA BELÉN CHACÓN
María Belén, María Belén, María Belén.
María Belén Chacón, María Belén Chacón, María Belén Chacón,
con tus nalgas en vaivén,
de Camagüey a Santiago, de Santiago a Camagüey.
En el cielo de la rumba
ya nunca habrá de alumbrar
tu constelación de curvas.
¿Qué ladrido te mordió el vértice del pulmón?
María Belén Chacón, María Belén Chacón...
¿Qué ladrido te mordió el vértice del pulmón?
Ni fue ladrido ni uña,
ni fue uña ni fue daño.
¡La plancha, de madrugada, fue quien te quemó el pulmón!
María Belén Chacón, María Belén Chacón...
Y luego, por la mañana,
con la ropa, en la canasta, se llevaron tu sandunga,
tu sandunga y tu pulmón.
¡Que no baile nadie ahora!
¡Que no le arranque más pulgas el negro Andrés
a su tres!
Y los chinos, que arman tánganas adentro de las maracas,
hagan un poco de paz.
Besar la cruz de las claves.
(¡Líbranos de todo mal, Virgen de la Caridá!).
Ya no veré mis instintos
en los espejos redondos y alegres de tus dos nalgas.
Tu constelación de curvas
ya no alumbrará jamás el cielo de la sandunga.
María Belén Chacón, María Belén Chacón.
María Belén, María Belén:
con tus nalgas en vaivén,
de Camagüey a Santiago...,
de Santiago a Camagüey.
REGINO PEDROSO
HERMANO NEGRO
Negro, hermano negro,
tú estás en mí: ¡habla!
Negro, hermano negro,
yo estoy en ti: ¡canta!
Tu voz está en mi voz,
tu angustia está en mi voz,
tu sangre está en mi voz…
¡También yo soy tu raza!
¡Negro, hermano negro,
el más fuerte, el más triste,
el más lleno de cantos y lágrimas!
Tú tienes el canto,
porque la selva te dio en sus noches sus ritmos bárbaros;
tú tienes el llanto,
porque te dieron los grandes ríos caudal de lágrimas.
Negro, hermano negro;
más negro por dolor que por la raza.
Tú fuiste libre sobre la tierra,
como las bestias, como los árboles,
como tus ríos, como tus soles…
Fue carcajada bajo los cielos tu cara ancha.
Y luego, esclavo,
sentiste el látigo
encender tu carne de humana cólera,
y ardiendo en llanto
cantabas.
¡Negro, hermano negro!
¡Tan fuerte en el dolor que al llorar cantas!
Para sus goces
el rico hace en ti un juguete.
Y en París, y en New York, y en Madrid, y en La Habana,
igual que bibelots,
se fabrican negros de paja para la exportación;
hay hombres que te pagan con hambre la risa:
trafican con tu sudor,
comercian con tu dolor,
y tú ríes, te entregas y danzas.
¿Tú amaste alguna vez?
Ah, si tú amas, tu carne es bárbara.
¿Gritaste alguna vez?
Ah, si tú gritas, tu voz es bárbara.
¿Viviste alguna vez?
Ah, si tú vives, tu raza es bárbara.
¿Y es sólo por tu piel? ¿Es sólo por color?
No es sólo por color; es porque eres,
bajo el prejuicio de la raza,
hombre explotado.
Negro, hermano negro,
silencia un poco tus maracas.
Y aprende aquí,
y mira allí,
y escucha allá en Scottsboro, en Scottsboro,
entre un clamor de angustia esclava
ansias de hombre,
iras de hombre,
dolor y anhelo humanos de hombre sin raza.
Negro, hermano negro,
enluta un poco tu bongó.
¿No somos más que negros?
¿No somos más que jácara?
¿No somos más que rumba, lujurias negras y comparsas?
¿No somos más que mueca y color,
mueca y color?
Aprende aquí,
y escucha allí
y mira allá en Scottsboro, en Scottsboro,
bajo vestidos de piel negra
hombres que sangran.
Negro, hermano negro;
más hermano en el ansia que en la raza.
Negro en Haití, negro en Jamaica, negro en New York,
negro en La Habana
—dolor que en vitrinas negras vende la explotación―,
escucha allá en Scottsboro, en Scottsboro, en Scottsboro…
Da al mundo con tu angustia rebelde
tu humana voz…
¡y apaga un poco tus maracas!
NICOLÁS GUILLÉN
LLEGADA
¡Aquí estamos!
La palabra nos viene húmeda de los bosques,
y un sol enérgico nos amanece entre las venas.
El puño es fuerte
y tiene el remo.
En el ojo profundo duermen palmeras exorbitantes.
El grito se nos sale como una gota de oro virgen.
Nuestro pie,
duro y ancho,
aplasta el polvo en los caminos abandonados
y estrechos para nuestras filas.
Sabemos dónde nacen las aguas,
y las amamos porque empujaron nuestras canoas bajo los cielos rojos.
Nuestro canto
es como un músculo bajo la piel del alma,
nuestro sencillo canto.
Traemos el humo en la mañana,
y el fuego sobre la noche,
y el cuchillo, como un duro pedazo de luna,
apto para las pieles bárbaras;
traemos los caimanes en el fango,
y el arco que dispara nuestras ansias,
y el cinturón del trópico,
y el espíritu limpio.
Traemos
nuestro rasgo al perfil definitivo de América.
¡Eh, compañeros, aquí estamos!
La ciudad nos espera con sus palacios, tenues
como panales de abejas silvestres;
sus calles están secas como los ríos cuando no llueve en la montaña,
y sus casas nos miran con los ojos pávidos de las ventanas.
Los hombres antiguos nos darán leche y miel
y nos coronarán de hojas verdes.
¡Eh, compañeros, aquí estamos!
Bajo el sol
nuestra piel sudorosa reflejará los rostros húmedos de los vencidos,
y en la noche, mientras los astros ardan en la punta de nuestras llamas,
nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros.
BALADA DE LOS DOS ABUELOS
Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.
Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.
Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico,
las de mi blanco.
África de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos...
—¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro).
Aguaprieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos...
—¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco).
Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro.
—¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro).
Oh costas de cuello virgen,
engañadas de abalorios.
—¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco).
Oh puro sol repujado,
preso en el aro del Trópico;
oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos...
¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!
¿Sangre? Sangre. ¿Llanto? Llanto.
Venas y ojos entreabiertos,
y madrugadas vacías,
y atardeceres de ingenios,
y una gran voz, fuerte voz,
despedazando el silencio.
¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros!
Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.
Don Federico me grita,
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan,
y andan, andan.
Yo los junto.
—¡Federico!
¡Facundo! Los dos se abrazan.
Los dos suspiran. Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño
bajo las estrellas altas:
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan,
cantan... cantan... cantan...
ALBERTO RIERA
CRISTO NEGRO
(Romance criollo)
Era un Cristo del color
y no se entró por la puerta,
se filtró por la cobija
(cielo que nunca se cierra),
paraíso de ratones,
gloria de las palmas muertas.
—Yo te cantaré, mi niño,
cómo las espinas sueltas
me trajeron esperanza
de botella mensajera,
al estallar de las llamas
de una gran pasión secreta.
—Cristo me contó primero
(voces que a ti no te suenan)
cómo bajó de la cruz
perfumado por mis yerbas,
al conjuro de las tazas,
del pan detrás de la puerta.
—Yo te aseguro, niño,
cuando Cristo se me acerca
hay enemistad de amantes,
se divorcian las tijeras,
el Señor del Alambrito
trae amor y me lo deja.
—Un alambre largo, largo
desde el cielo hasta la tierra;
en el extremo hay un palo
para que por él descienda
el Cristo que es del color
que suelen tener mis penas.
—Penas que se van muy lejos
cuando es el Señor quien llega,
igual al buen cocimiento
de Palo Ramón que aumenta
al pecho de las paridas
la leche que al niño llena.
—Yo me siento estremecida
por Cristo negro en mi siesta.
Un remolino de olores,
¡caracol en la cazuela!
¡Ven, Cristo del Alambrito,
que yo conozco las yerbas!
—Ya se había muerto el alma
sobre la espalda deshecha,
mucho más muerta que un santo
al que ya nadie le reza.
Cristo vino enroscadito
como el miedo en una cueva.
—Y yo lo estaba esperando
entre el humo de las yerbas,
en su elevador de alambre
sobre un palo que atraviesa,
el extremo enroscadito
como el miedo en una cueva.
—Cristo apareció mirándome
y su mirada era negra.
El Señor llegó descalzo,
su piel también negra era.
Yo le dije que lo amaba
crucificado en mi siesta.
—Y como estaba dormida
amóme Cristo en las yerbas
del llano de Tumba Cuatro.
Esperando las estrellas
quedamos los dos en casa,
dejé mi santo a la puerta,
las chinas en una taza
y el pato de la limpieza.
Seguí soñando, soñando…
¡Me pinchó una espina negra!
Al fin yo tengo un amante,
¡se han unido las tijeras!
RAMÓN GUIRAO
BAILADORA DE RUMBA
Bailadora de guagancó,
piel negra,
tersura de bongó.
Agita la maraca de su risa
con los dedos de leche
de sus dientes.
Pañuelo rojo
—seda—,
bata blanca
—almidón—,
recorren el trayecto
de una cuerda
en un ritmo afrocubano
de
guitarra
clave
y cajón.
«¡Arriba, María Antonia,
alabao sea Dio!».
Las serpientes de sus brazos
van soltando las cuentas
de un collar de jabón.
MARCELINO AROZARENA
ENSAYANDO LA COMPARSA DEL MAJÁ
¡Encarnación!,
suelta el cajón que cansaste sacudiendo el bembé;
suelta esa marumba que te come el pie;
suéltala,
suéltala,
suéltala ya,
a ver cómo nos sale la comparsa del majá.
Afila tu pico de oro:
Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa.
Venga mi coro:
Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa,
saca la cabeza,
güélbela a sacá
q'aquí viene rebalando
la compadsa del majá...
¡Eh!,
saca el pie,
cual si tuvieras romatismo en la cintura
y te asustara un majá
—un majá de sabrosura que te muerde las caderas:
no las muevas,
no las muevas,
dentro de esas masas llevas la fiebre de mi canción.
¡Encarnación!
Yo voy detrás de tu cuerpo con movimiento oportuno:
si nos miran de frente a los dos,
parecemos uno;
si nos miran de lao,
—¡Oh!,
¡no nos miren de lao, por Dios!
Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa,
saca la cabeza,
güélbela a sacá
q'aquí viene rebalando
la compadsa del majá...
Tus hombros vienen y van
con el ritmo de las ancas:
arrancas,
mides el paso,
y cuando a mí te aproximas me vas haciendo bagazo.
—¡Prieta, tu sintura quema!
Y ella, sudando, rema,
rema que rema navegando sobre un pie.
Los cuerpos ya son veletas.
El rumor de tus chancletas
como rabo de cometas va dejando un rastro en eses.
Tumbando así, me pareces
un majá color de noches:
—Deja tu cuerpo sin broches
pa que no piedda e compá.
Vamo a be:
Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa.
Otra be:
Alaalá-a-lá,
alaalá-a-láaa,
saca la cabeza,
güélbela a sacá
q'aquí viene rebalá...
—¡Ah!,
no sigas bailando má.
DOMINGO ALFONSO
THE MAN FROM ÁFRICA
A la ciudad de Durban
Soy un hombre de Durban
Durante siglos mi estirpe
se arrastró muy cerca de estas tierras
entre el miedo en la sierpe y el valor en las lanzas
Mientras mi sangre era estremecida
por el estruendo de tambores
que aún hacen vibrar mis nervios
bajo esta oscura piel
—aunque de tales tiempos no conservo memoria
Amo estas imágenes
Millares de verdes agujas
taladrando una cúpula pintada de azul
(Mi espíritu vive en la llama de Cristo)
y las almas de Quevedo y Whitman están en la mía
Algo de la esencia de gentes
que conocí en lugares de Durban
me hizo unir con casi todas
Al caminar por la ciudad
Mis ojos resbalaron sobre transeúntes
como por encima de mi propia persona
Durban, Sudáfrica, septiembre 27 del 2005
GEORGINA HERRERA
EL BARRACÓN
(Ante las ruinas del Santa Amalia)
Sobre esos muros
húmedos aún, en las paredes
que la lluvia y el viento de hace tiempo
desgastaron e hicieron
a la vez, eternos, pongo mis manos.
A través de los dedos oigo
sonidos, maldiciones, pasos, juramentos
de los que en silencio
resistieron los colmillos del látigo en la carne.
Todo me llega del pasado, mientras
se alza el pensamiento; pido
a los sobrevivientes
de la interminable travesía
fuerza y memoria (esa
devoción para el recuerdo),
y el amor, mucho, todo el amor
con que regaron su impetuosa semilla, perpetuándola.
Así lo siento, lo recojo y lanzo
hacia todo lo que en el tiempo venga.
MIGUEL BARNET
ORIKI PARA BOLA DE NIEVE
Caballero de Olmedo,
juglar herido por la flecha de Ochosi, el cazador,
ven en tu trineo de yaguas
y enciende las calabazas
Dueño de la fragua y del colmillo del jabalí,
sumérgete en la espuma de las cinco palanganas de Ochún
Entra, con tus calderos de cobre,
al monte carulé,
apaga los grillos,
estruja las esponjas
que aquí estamos flautas, arcángeles,
péndulos silbantes
para oír cómo crujen tus viejos caracoles
Vamos, despréndete de los cascos,
salta estremecido del Puente a la Alameda
y déjanos tu capa de lagarto raída,
tu ronquera ancestral,
tu canto antiguo
Zumba la curiganga,
mi negro,
Zumba
Zumba la curiganga,
mi negro,
¡Zumba!
NANCY MOREJÓN
PERSONA
¿Cuál de estas mujeres soy yo?
¿O no soy yo la que está hablando
tras los barrotes de una ventana sin estilo
que da a la plenitud de todos estos siglos?
¿Acaso seré yo la mujer negra y alta
que corre y casi vuela
y alcanza records astronómicos,
con sus oscuras piernas celestiales
en su espiral de lunas?
¿En cuál músculo suyo se dibuja mi rostro,
clavado allí como un endecasílabo importado
de un país de nieve prohibida?
Estoy en la ventana
y cruza la mujer de Antonio;
«la vecinita de enfrente», de una calle sin formas;
«la madre —negra Paula Valdés—».
¿Quién es el señorito que sufraga
sus ropas y sus viandas
y los olores de vetiver ya desprendidos de su andar?
¿Qué permanece en mí de esa mujer?
¿Qué nos une a las dos? ¿Qué nos separa?
¿O seré yo la «vagabunda del alba»
que alquila taxis en la noche de los jaguares
como una garza tendida en el pavimento
después de haber sido cazada
y esquilmada
y revendida
por la Quinta de los Molinos
y los embarcaderos del puerto?
Ellas: ¿quiénes serán? ¿O soy yo misma?
¿Quiénes son éstas que se parecen tanto a mí,
no sólo por los colores de los cuerpos
sino por ese humo devastador
que exhala nuestra piel de res marcada
por un extraño fuego que no cesa?
¿Por qué soy yo? ¿Por qué son ellas?
¿Quién es esa mujer
que está en todas nosotras huyendo de nosotras,
huyendo de su enigma y de largo origen
con una incrédula plegaria entre los labios
o con un himno cantado
después de una batalla siempre renacida?
Todos mis huesos, ¿serán míos?
¿De quién serán todos mis huesos?
¿Me lo habrán comprado
en aquella plaza remota de Gorée?
¿Toda mi piel será la mía
o me han devuelto a cambio
los huesos y la piel de otra mujer
cuyo vientre ha marcado otro horizonte,
otro ser, otras criaturas, otro dios?
Estoy en la ventana.
Yo sé que hay alguien.
Yo sé que una mujer ostenta mis huesos y mi carne;
que me ha buscado en su gastado seno
y que me encuentra en la vicisitud y el extravío.
La noche está enterrada en nuestra piel.
La sabia noche recompone sus huesos y los míos.
Un pájaro del cielo ha trocado su luz en nuestros ojos.
ROGELIO MARTÍNEZ FURÉ
ARTE POÉTICO 1
¡Ago!
¡Agol’ona!
¡Dejen pasar a la Poesía!
¡Dejen que vuele!
La Poesía...
Rama quebrada del árbol milenario,
que reverdece a pesar de la herida.
La Poesía...
Nube que sueña con vencer al sol
en su carrera.
La Poesía...
Gota de rocío en telaraña,
póstumo vestigio del amanecer.
La Poesía...
Cerbatana de agua lunar que nos fulmina.
La Poesía...
Ronroneo de palomo mañanero que se escapa
de tus labios entreabiertos,
cuando la nuca te beso.
No hay jaula que atrape a la Poesía,
sin el ashé de la Palabra.
¡Ago!
¡Agol’ona!
¡Dejen pasar a la Poesía!
¡Dejen que vuele!
MARINO WILSON JAY
MÚSICA MUDA
A Brindis de Salas
Rómpenos los tímpanos
hoy que ciertamente puedes.
Brindamos el estruendo de tus lágrimas ambiguas
que ya no eres una cuerda arrancada por Europa.
Enemigo injusto del Bongó.
Ateo de Ochún.
No importa: fuiste de los nuestros.
Te amamos.
Quiebra tu pena.
Lavaremos tus harapos.
1971
EFRAÍN MORCIEGO
HAITIANO
Adorno del rincón, sauce apartado,
mínimo fósil
de quien sudó mañanas y trapiches,
escanciador de viandas,
negro puro.
Auténtico abejorro de paciencias,
tierno del animal,
arique y ébano.
Yarey perseverante,
mediodía.
Haitiano,
¿quién descolgó medallas de tu pecho,
por qué tu calma,
tu amor de oruga y miel
y bibijagua?
Humano ser,
inédito del habla,
cuánto fulgor en ti,
¿cómo probarlo?
ALBERTO SERRET
ORACIÓN A ELEGGUÁ
Ábreme la puerta, Baba,
pon delante de mí los múltiples caminos:
frente a mi pie, en mi pie, bajo mi pie.
Que el horizonte se abra
como una flor magnífica en mis manos,
y que siempre mis ojos puedan ver el tesoro
de mundos invisibles creados para aquel
que avanza sin recelo
en tu pie, con tu pie, bajo tu pie divino.
Ábreme la puerta, Baba,
y déjame pasar al hondo paraíso:
dame tu ala capaz de todos los orientes
y tu doble razón de pasado y futuro,
de día y noche, de infancia y vejez.
Quita todas las piedras, sopla a mis enemigos,
dispersa las intrigas que intenten detenerme.
Ábreme la puerta, Padre y Madre y Guardián, guerrero inmune,
eterno vencedor de las tantas batallas,
y llévame contigo a conquistar la luz:
en tu pie, con tu pie, junto a tu pie divino.
ELOY MACHADO, EL AMBIA
ANGELITA LA BARONESA
Angelita, hermana,
hachera de las mil noches
como su madre, la Caminanta.
Ágil en el vuelo, serena a paso de conga,
abridora al paso de la escalera
entre labio y nariz,
ausente la risa de cierta manera
en un milagro de su idiosincrasia,
guapa entre las uñas,
no selectiva entre el paisaje y la mano,
sostenedora de nubes cuerpo a cuerpo,
ojo de lluvia, flor
de infinita grandeza,
alegre en trono fatuo,
pobladora de palabras sin jactancia,
profunda en ceja y pestaña, mujer
de sílaba de sí, diente parejo,
tronco de árbol de sangre
el sol palideció en su sudor,
amistosa dedo a dedo, diáfana
como su voz y el café.
La vida la vio gatear, reír y llorar.
Luchó a brazo partido entre hombres y mujeres.
Vivió en el solar de su intelecto lo que pudo.
En el corazón de la crueldad sintió la masacre
capitalista, y en sus venas de pura pobreza.
También bailó un pasillo frente al tambor batá,
fundamento que amó.
Cantó
Togüetogüe
amarufina magüé
Mirada de vista larga, paso corto,
predispuesta calle a calle.
Su devoción moral: no tener penitencia mental
porque solía franquear montañas inaccesibles.
Creció entre árboles heridos.
Vio la luz entre pantanos.
Viladora de guaguas, prefacia en el andén
en boca de drilos.
Esplendorosa en el físico
conoció del amor a mansa paloma.
Los jardineros que tuvo no supieron podar en su jardín.
Nunca se jindó ante el infierno.
Pidió agua por seña y no vendió su amor,
no se aminoró.
Besó de chupeta y de rosqueta,
porque como mujer también amó locamente;
soñaba con claveles rojos.
En la favela de la filantropía vio morir el tiempo
con la espalda entre el fuego y el cigarro.
Montó joven el caballo del horizonte
y galopó hacia el puente de nubes nuevas.
Allí se alojó para siempre,
Angelita la Baronesa.
CARMEN GONZÁLEZ
LA ABUELA DE MI ABUELA LLEGÓ UNTADA CON SALIVA DE LÁTIGO...
La abuela de mi abuela llegó untada con saliva de látigo
hizo del trópico su hombre, le dio hijos.
Debajo de una ceiba, aquí árbol sagrado, regó sus bastardos
para que limpios fuesen, como lo haría su madre,
allá en eterna memoria de praderas.
A veces no sabía si el llanto nacía allá o aquí
ni por cuál vena tronaba el cantar frente al castigo,
no sé por cuál llega a mí su oración, ni cuándo
ni el lugar donde la siento cerca.
La abuela de mi abuela se unió a la tierra
en la que engendró a cada uno de sus bastardos
en diciembre de mil novecientos quince.
Má Francisca: siete sayas y ninguna mayoral
Má Francisca: siete rayos a la espalda del negro que te vendió
Má Francisca: siete los vientos en la ceiba, aquí árbol sagrado,
donde volaron mariposas en la versión de tu muerte.
Los nietos de tus nietos creemos en las marcas
que dejaste en la cara de la tierra; padre de tus hijos
muerte de tus bastardos; oración para expulsar el mal de látigo.
Los nietos, Má Francisca: siete sayas y ninguna mayoral,
estamos en deuda,
aquí y allá; ceiba, memoria, oración
cicatriz, tierra, ¡madre tierra!
DAVID LÓPEZ XIMENO
SACRIFICIO DEL EMBORI
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
Ha-é.
A-ya-la-lá.
Cuando el cuchillo,
de tunante fiebre irrumpe en la piel del embori,
se asfixian sus ojos, se quiebra la nuez palpitante del pecho
y un mar de punzadas convertido en rezo
clausura la noche
con sangre y argento.
Sangre velada en película agreste,
se cierran sus ojos,
se araña el cortejo discurso del viento.
Y cae el embori.
Se desploma un ángel cabrío
pidiendo
cubrirse con palios de bruma y silencio.
No sé ya quién miente
golpeando un redoble,
si en blanco y en negro
desciende violada su pasión de fiestas,
de carne
un quejido,
sin tregua con dolor clavado,
a la vez expira.
Y cae el embori.
Al suelo bordado en estiércol de lirios
se lanza.
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
A-la-nile-yala-yala-yala-ya-la-lá.
Ha-é.
A-ya-la-lá.
Un aguacero dinamita el cielo
meciendo su tortor
sobre los vitrales.
¡Arriba! Tú quieres jugar al presagio
llevando entre las manos el puñal postrado.
No digas matador,
que el talante de acero
precipitó la tarde.
No digas matador,
la embriaguez que apostaba
a tu lengua rondar.
Pues cae el embori,
se seca su vientre
cuando el suelo toca
su cabeza de ángel cabrío
en fractura.
Deja en su parche de sangre
la etérea alusión de disculpas.
Que ha muerto el embori,
ha sido violado su cetro
de ángel cabrío,
y llora desde la tierra.
