La Avellaneda y Aurelia Castillo: dos voces en el tiempo (I)

En el año 1886 Aurelia Castillo de González obtuvo con su Biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y juicio crítico sobre sus obras el premio con accésit por la Colla de Sant Mus en los Juegos Florales. El texto se publicó poco después como libro y contó con dos ediciones. Más tarde, al compilar sus obras, Aurelia Castillo lo incluyó en las mismas en el volumen II que vio la luz en 1913. Era esta, sin lugar a dudas, la primera biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda hecha, no solo por una mujer, sino también por una conterránea suya. Así, de esta forma tan especial, se cruzaron las dos voces femeninas más importantes del siglo XIX cubano.
La autora de "Agua de tinajón" construye el texto biográfico no sobre un simple relato de la vida y obra de la Avellaneda. Aurelia Castillo considera esenciales la formación y la producción artística y literaria de la autora de Sab. Esa es una de las aristas esenciales del texto biográfico tanto como sus juicios críticos sobre las obras avellanedinas. La autora de las Fábulas admira y respeta a su coterránea, pero eso no impide, al contrario, que ponga de manifiesto cuando así lo considere, sus desacuerdos y objeciones sobre ciertas zonas de la obra de la autora de Saúl. Aurelia Castillo ejerció a lo largo de su vida una crítica literaria caracterizada no solo por su enorme cultura, sino también desde la ética y la educación.
Para Aurelia Castillo era especialmente cabal presentar el estado de la cultura en la Isla y, en especial, en el Puerto Príncipe donde emergieron los primeros textos e inquietudes literarias de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Tales juicios son de una importancia vital para poder comprender no solo a la figura biografiada, sino también la situación de los procesos culturales de la Isla en aquellos primeros años del siglo XIX. La biógrafa, conocedora de la región y de la cultura de su tierra, puede valorar con hondura y sin ambages el estado de las letras en lo que hoy se denomina un territorio colonial.
En una tarde del mes de abril de 1836, zarpaba del puerto de Nuevitas con rumbo al de Santiago de Cuba para seguir a España, un buque velero llevando a bordo a la señorita Gertrudis Gómez de Avellaneda. Habíase dado a conocer esta joven en Puerto Príncipe, ciudad de su nacimiento, por algunas representaciones dramáticas de aficionados en que tomara parte con éxito extraordinario, y por diversas poesías inéditas, o publicadas a caso en el único periódico que tenía entonces aquella localidad.
Tal penuria de papeles públicos, manifiesta bien claramente cuán débil era todavía en el antiguo Camagüey el movimiento literario, iniciado por fin en Cuba tras el profundo letargo intelectual, que tanto se prolonga en los países conquistados.
Las fuentes empleadas para la construcción de la biografía avellanedina denotan las lecturas de Aurelia Castillo. Así, cuando se acerca a la figura del P. Montes de Oca, uno de los primeros versificadores de la Isla, se hace evidente su conocimiento de la monumental Historia de las letras y la educación en Cuba, de Antonio Bachiller y Morales, obra en la que el autor se refiere a esta peculiar figura de las primeras letras de la Isla. Por lo demás, cuando se deja constancia del trayecto viajero de la Avellaneda hacia Europa es obvio que ha leído las cartas de viaje de la misma. ¿Las habrá consultado del puño y letra de la Tula como manuscrito conservado por la familia Gómez de Avellaneda en Puerto Príncipe? Quizás nunca se tenga la respuesta a tal interrogante, pero lo cierto es que esas cartas están presentes como referentes que se evidencian en la biografía. Como parte de esas cartas de viaje también está la “Autobiografía” de la Tula. Aurelia Castillo hizo evidente ese conocimiento cuando compiló las Obras de la autora de “Al partir”, al cumplirse el primer centenario de su natalicio. Ella ordenó esa papelería presumiblemente tal y como la recibió de la prima de la Avellaneda.
Existe una zona donde se advierte la absoluta coincidencia de pareceres entre una y otra escritora. Ese lugar en el que ambas coinciden es en relación con las ideas acerca de la mujer. Hay que dejar claro, una vez más, que ninguna de las dos fue feminista. Y, hay que decirlo, el feminismo ya en esos tiempos tenía figuras y movimientos de importancia que debieron ser conocidos por estas dos escritoras principeñas. Sería de valor recordar aquí que, una de las primeras mujeres considerada como iniciadora de estas ideas, fue la veneciana Christine de Pizan. Esta autora del siglo XIV al XV es citada por Simone de Beauvoir en su libro, El segundo sexo, como la primera mujer que utilizó la pluma en defensa de sus congéneres. La Pizan escribió un texto que llamó Ciudad de damas. Ese libro fue lo que hoy se llamaría una antología donde la autora reseñó la vida de mujeres ilustres. Resulta curioso que siglos después Gertrudis Gómez de Avellaneda hiciera algo parecido con los textos de su autoría que recogió bajo el título de La mujer.
Sin histerias, sin vacuas exaltaciones, la Avellaneda primero y Aurelia Castillo después, supieron advertir que el problema de la mujer iba más allá de la mujer misma porque no era pasar por alto las costumbres y valores morales en los que desarrollaban sus vidas las mujeres. Estos factores se encuentran bien abordados por la Tula en sus diversas piezas teatrales. Basta detenerse en “Las máscaras de Talía”, “Baltasar”, “La aventurera” o “La hija de las flores” para darse cuenta del tratamiento poliédrico que dio la autora a la figura femenina.
