Todos queremos ser asesinados por Angelina Jolie
Della Moore-Der es el típico personaje que se ajusta a la piel de Angelina Jolie. De ahí que, en mi película mental, imaginara los labios de Angie, los tacones, las largas piernas de Angie, su cóccix, su médula espinal, su pintalabios rojo sangre, quizás algo diluido por el efecto imán de su lengua. Con Della Moore-Der, la autora se disfraza de contemplador, de un típico muchacho, del chico next door, algo desamparado, medio bebido, ansioso de sexo, con ganas de llegar al piso alto del hotel. Y es curiosa esta expectativa, aunque se ampare en un sencillo juego de palabras (adviértase la pronunciación del apellido de Della, de la Della encarnada por Angie): ese Moore-Der que nada aporta, pues el recurso fue empleado en la famosa inscripción de El resplandor, de Stephen King. Aquel REDRUM que quizás recuerden por el libro (algunos), por la versión cinematográfica (casi todos).
Pese a la obviedad, algo que bien podría dejarse de lado, pues al fin y al cabo es solo el miembro lleno de lepra que podría revelar —vender— el final, ha de observarse a este cuento en su condición de macabro testimonio fílmico. Material para a horror movie. Palimpsesto (incesto) literario del Stephen: homenaje.
El tema vuelve a redundar en el encuentro entre dos desconocidos, una cita de solo una noche, el evento desprevenido donde dos átomos se encuentran: la Della-Jolie y el chico guapo y algo tonto que se ha pasado la noche sin saber dónde girar la cabeza. Sobre esta base de la casualidad, sobre este material tantas veces hollado en la literatura, el teatro y el cine (ya sabemos, su fundamento es el típico chico conoce a chica), se construye el material dramático de este relato. Su vuelta de tuerca podría ser —no aseguro que lo sea—, el escenario sórdido que se va construyendo sobre diálogos intrascendentes, en una lenta acumulación de sentido que el espectador aguarda… porque el lector es inteligente, porque el lector advierte de inmediato que no estamos en presencia de una crónica doméstica y espera algo más.
Ese algo más es el testimonio del sobreviviente de una catástrofe, de un juego de escondidas, de cierta cazadora de insectos que por momentos muestra sus tantos rostros: la chica guapa, la Jolie, Kali, el avatar de la Muerte, lo demoniaco. Queda un profundo terreno para que el lector construya los espacios en blanco que han ido quedando luego del desastre. En este intento breve, en este no saber, en la incertidumbre, radica el éxito que puede conferírsele al final de este relato.
Porque si bien nos encanta Angie y su pintalabios rojo, es cierto que la narrativa se expande demasiado, busca profundidades que nunca alcanza, pretende extender el espacio de una noche donde poco relevante sucede al espacio textual. La proliferación de diálogos innecesarios y de una narrativa sin mucha trascendencia, podría haber sido sintetizada en beneficio de cuartillas más sólidas, con rebordes de otras búsquedas, en la concentración del material textual, dramático, de impulso sorpresa.
No obstante sus fallos, es este un cuento que se lee con facilidad, que tiene la capacidad mimética de recoger las claves de cierto hálito cinematográfico y conjugarlas con algunos toques de naturalidad, neutralidad y dosificación. No es el texto perfecto. No es la película perfecta. Pero sin dudas sería taquillera porque la Jolie está ahí, y es un personaje curioso (como justamente debe ser) que arrolla con todos los escenarios a su alrededor, que suprime al parternaire hasta convertirlo en lo que es: una ficha más en un juego sangriento de tronos. Pero no, no es este el trono obvio, ni la obvia supervivencia.
Lo que sí es cierto, para mí innegable, es que la Jolie en mi película mental llevaba demasiado rojo en la boca y que pude contar cada centímetro de sus piernas.
Marzo del 2018.
Janelle Pumariega Santana (1994). Graduada de Licenciatura en Periodismo. Desde 2013 hasta el presente ha realizado y publicado trabajos periodísticos en diversos medios tales como Juventud Rebelde, Radio Taíno, Radio Rebelde, Prensa Latina, Tele Rebelde y Granma. En 2015 cursó el Taller de Guion de Radio y Televisión de la Sociedad Cultural José Martí, del cual se graduó con Diploma de Oro. Ese mismo año realizó el documental audiovisual Mujeres en Desarrollo, acerca del proyecto homónimo de su facultad que brinda a mujeres emprendedoras capacitación en cuanto a temas relacionados con la comunicación, la publicidad y el marketing. Actualmente se encuentra realizando el Servicio Social como periodista en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana.
Della Moore-Der
Lost in the prescription
She’s got something else in mind…
Check into the hotel Bella Muerte
My Chemical Romance-The Jetset Life Is Gonna Kill You
Arthur Norman estaba sentado en el recibidor del hotel Aston hacía media hora. Eran alrededor de las ocho. Esperaba a sus amigos quienes habían prometido estar allí a las siete para unas cuantas partidas de billar y póquer y las charlas de siempre en el exquisito Pristen Bar. La locación se encontraba bastante concurrida: muchos se arremolinaban en torno al telediario que recién comenzaba; otros compartían licores y gratas conversaciones, similares a la que aguardaba Arthur entonces; otros tantos miraban por los ventanales de vidrio su fragmento de cielo correspondiente. Salían y entraban, se dirigían a los bares y restaurantes, al salón de juegos.
Arthur fumaba y permanecía, en apariencia, apacible; mas, la espera ya había comenzado a desesperarle. Llevaba uno de sus tantos trajes negros, los cuales eran todos diferentes y su madre se empeñaba en afirmar que eran todos iguales. El pelo le terminaba con las puntas sobre los hombros; la corbata iba anudada inmaculadamente bajo la nuez de Adán, sujetando el muy bien planchado cuello de su camisa.
Su mirada zigzagueaba entre el reloj de pulsera y el portón dorado de entrada del Aston. Mientras más pasaban los segundos, mayor se hacía su deseo de irse a la habitación y esperar a ser llamado cuando a aquellos cuatro locos se les ocurriera aparecer, pero el hecho de tener que levantarse, dirigirse al ascensor, llegar hasta el décimo piso, etcétera, lo desmotivaba. Quizás más tarde, si sus amigos demoraban más, lo haría; quizás más tarde.
Y en efecto, siguieron demorando, y Arthur se levantó, solo que no se dirigió hacia el ascensor para subir a la habitación como lo había previsto, sino que empezó a dar vueltas como un zombi por el recibidor del hotel. Sabía que tal actitud podía impacientar a muchos, pero para un joven de veintiséis años con una gran fortuna como él, lo que pensaran los demás, lo que sintieran los demás, era como una molécula de agua en el océano.
Sacó otro cigarrillo y lo llevó a su boca. En el telediario daban el reporte meteorológico y pudo escuchar: “…Mañana soleada …escasas lluvias en la tarde…”. Hurgó en uno de sus bolsillos y extrajo el encendedor. El portón dorado se abrió. Arthur lanzó una mirada hacia allí, ansiando que fueran los chicos, de una vez y por todas. Pero no.
La joven entró, silenciosa. No llevaba equipajes ni compañía. Arthur se estremeció al verla. Ella estaba sola, él estaba solo también. Comenzó a agradecerle al destino el hecho de que sus amigos se retrasaran. Guardó el cigarrillo y el encendedor. Se dirigió a su encuentro. Pero a solo tres pasos se detuvo y se dio la vuelta.
Ella lo notó, mas no dijo nada y siguió su camino hasta la recepción para inscribirse.
Arthur se maldijo. Nunca, nunca antes se había comportado tan cobarde, tan no, cobarde. Cuando se lanzaba nada era capaz de frenarlo, pues se autoconsideraba irresistible. Pensó en que, tal vez, el novio de la joven estaría afuera con todo el equipaje. La posibilidad real de conquistarla se le volvió nula. Y, aunque no hubiera novio alguno allá afuera, quizás estuviera adentro, esperándola. Probablemente ya estaba hospedada allí, diablos, ¿cómo no había pensado en eso? Es lo que cualquiera deduciría. Pero ella iba a inscribirse. No necesariamente. Pudiera ser que fuera a solicitar alguna información, a reclamar algo, ¡la llave! Pero iba a inscribirse. Arthur Norman se recordó a sí mismo que era Arthur Norman, y que cualquier pretexto le serviría para acercarse a la carpeta, incluso, el propio silencio. Y por supuesto, siendo Arthur Norman, capturaría la atención de la joven en menos de tres segundos.
Se encaminó hacia la carpeta con paso firme, adoptando su típica mirada provocativa. Una vez allí esperó que la joven, quien empezaba a mirarle ya con el rabillo del ojo, terminara el proceso.
–Su nombre, por favor –había pedido la recepcionista.
–Della Moore-Der –había dicho ella sin más. La recepcionista, enarcando una ceja, escribió sobre el libro de huéspedes.
–Identificación.
La joven abrió el pequeño bolso de terciopelo negro que llevaba consigo y sacó su tarjeta de identidad.
–Aquí tiene.
Arthur no le quitaba la vista de encima. Jamás en su vida había observado a una chica con tanta clase, tan lejana a la imagen vulgar de las chicas comunes.
–Solo me quedaré esta noche.
–De acuerdo. La 543 es suya.
–Muchas gracias –concluyó la joven mientras tomaba la llave de la habitación y su tarjeta.
–Buenas noches. Disfrute la estancia.
Arthur se apresuró en salir tras ella.
–Hola –le dijo finalmente. La chica se detuvo. Le clavó la mirada –de un azul penetrante –durante unos segundos que a Arthur se le antojaron deliciosos.
–Hola –respondió al fin.
–Te he estado…
–Observado desde que llegué. Sí, me di cuenta.
Por primera vez en mucho tiempo Arthur tenía que admitir que estaba nervioso.
–Me preguntaba si prefieres la ayuda del botones o la de alguien que de seguro estará mucho más complacido en indicarte el camino hacia la 543 –le dijo.
Ella sonrió. No mucho, solo un poco. Era linda, definitivamente.
–Quizás elija la segunda opción.
–Entonces, vamos, tomemos el ascensor. ¿No llevas equipaje?
–Llevo conmigo todo lo que necesito.
–Y… ¿eres de muy lejos?
–Soy de tan lejos que no llegarás nunca a imaginarte. Y tú…
–Oh, perdón, ¡qué descortés he sido! Mi nombre es Arthur. –Besó su mano.
–Mi nombre es Della, pero creo que ya lo sabes.
–Tengo el mayor de los placeres en conocerte, Della.
La puerta del elevador se abrió. Él la invitó a pasar. Ella le dio las gracias.
–Es una lástima que solo te quedes esta noche. Me hubiese gustado pasar más tiempo contigo –le confesó Arthur.
–¿Y quién dice que no pasarás más tiempo conmigo? La noche aún es joven.
–Entonces, ¿puedo invitarte a un trago, o quizás a una buena cena?
–Muero de hambre y de soledad, así que tu cena y tu compañía son las mejores ofertas que puedo recibir.
–¿Dentro de media hora en el Saidy Restaurant?
–No sé cómo llegar. Mejor, esperas a que vea la habitación y bajamos juntos. No traigo equipaje, así que no demoraré en instalarme.
El ascensor abrió nuevamente sus puertas. La 543 se encontraba al final del corredor. Entraron en ella. Era gigante, como todas las habitaciones del Aston. Della observó desde la ventana:
–Esta vista te hace sentir la reina de la ciudad.
Arthur se le acercó y contempló el movimiento de los autos, todos con sus luces cegadoras; el resto de los grandes edificios, que ninguno sobrepasaba en altura el monstruo en donde se encontraban. Observó mucho más allá de la urbanidad abrumadora y la noche comenzó a antojársele diferente, más mística. De repente se sintió fuera de sitio, turbado. La luna llena le sorprendió como un grito de “Buuhh” de alguien que intenta asustar. La luna llena, que escapaba a una enredadera de tallos negros que la apresaban, se reflejó en el rostro de Della.
–Me gustaría ser la Luna –dijo ella en tono soñador. –Y tener el control de todas las noches del planeta, de todos esos secretos oscuros que expiran con el amanecer, de todos los acertijos que el día es incapaz de descifrar. Ser la Luna es lo máximo excepto por una cosa: depende del Sol.
El silencio fue la única respuesta de Arthur.
–¿Sabes cuánta sangre se oculta bajo el velo de la noche? –prosiguió ella su discurso. –Hay sangre, sangre escondida por todos lados. Sangre arrastrándose paredes abajo, sangre goteando de los techos, sangre brotando de fuentes de aguas claras, sangre bajo la tierra, sangre hasta en los cielos, sangre detrás de las puertas aguardando la llegada de un salvador tardío, sangre que jamás será encontrada, pues la noche juega muy bien a las escondidas. Y aún nos preguntamos, ¿por qué somos tan infelices?
Arthur estaba inmóvil. Casi transparente. ¿Temiendo? Quizás. ¿Admirándola? Un poco demasiado más allá de la razón.
–Te preguntarás a qué viene todo esto. Es una cita de un libro que estoy escribiendo. La memoricé y quise comprobar qué tal sonaba –explicó ella, sonriendo.
–Así que eres escritora.
Arthur se calificaba internamente de tonto por haberse asustado.
–Sí, así es. Ese es mi tercer trabajo. Novela, mi tercera novela, quiero decir. ¿Qué te ha parecido el fragmento?
–Totalmente… digamos que… sugestivo. Impresionante. ¡Real!
–Es una lástima que no traiga conmigo uno de mis ejemplares ya editados. Te lo obsequiaría autografiado.
–El mejor obsequio es tu presencia –concluyó Arthur, la tomó de las manos y le propuso bajar a cenar.
Arthur y Della cenaban en una de las mesas cercanas al piano que hacía esquina, silenciado por la ausencia de un pianista y el murmullo de los comensales. Enormes cortinas rojas y doradas, a juego con las butacas y los manteles, colgaban de la pared; las lámparas pendían del techo como gigantes arañas fosforescentes; los cuadros, todos enmarcados y acristalados reflejaban paisajes de todos los tipos: urbanos, campestres, de cabaret, eclesiásticos, reales…. Los meseros vestían trajes marrones, y, con extendidas sonrisas, actuaban como los dueños de la destreza al verter las bebidas en las copas y servir los pedidos. Un tono picaresco era característica perenne en el Saidy Restaurant, como de comedia musical de mediados del siglo XX.
–Mis amigos habían previsto pasar por aquí un rato para charlar y jugar cartas y billar, ya sabes, lo típico, pero no sé qué les ha ocurrido –comentaba Arthur. –Acostumbran a dejar plantado a cualquiera siempre que les salga un plan mejor. Y nunca, nunca avisan.
–Quizás lleguen más tarde.
–Y quizás no. Francamente, prefiero estar a solas contigo. –Pausa breve. – Ahora, háblame más de ti.
–No, qué va, de mí ya hemos hablado bastante. Es tu turno. ¿A qué te dedicas?
–Puede decirse que llevo un negocio, pero realmente, no lo hago. Solo ayudo a mi padre, que es el verdadero dueño. Ya tendré tiempo de ocuparme yo al cien por ciento cuando lo herede todo.
–¿Puedo saber de qué se trata ese negocio?
–Tiendas. Donde hay todo lo que no puedes imaginar.
–¿En serio?
–Tienes que haber visitado al menos alguna. En esta ciudad hay cinco.
–Créeme, no he ido a ninguna tienda en esta ciudad.
–O sea que puedo tener el placer de ser quien primero te invite a una. Si aceptas, claro.
–¡Cuánto me gustaría! Pero recuerda: me quedaré solamente esta noche.
Arthur iba a abrir la boca, pero Della no le dejó ni pronunciar una sílaba:
–Me gustaría que no preguntaras por qué no me puedo quedar. Hay razones que no deben ser reveladas y si no preguntas es mucho mejor.
–De acuerdo. Centrémonos en el hoy.
Y así lo hicieron. Charlaron durante toda la cena. Rieron a carcajadas disimuladas y bebieron más de la cuenta. Después Arthur invitó a Della al bar. Allí jugaron a las cartas y al billar. Cada movimiento de ella lo dejaba sin razón. Era una chica atrevida, valiente, con una personalidad tan definida como los contornos de las torres góticas; era, además una excelente jugadora de brisca.
Alrededor de las doce Della le propuso irse hacia la habitación. Había dicho que le hubiese gustado quedarse jugando allí abajo toda la madrugada, pero que quedaban unos problemillas pendientes allá arriba. Así que retornaron a la 534.
–Aguarda unos minutos, no tardo –dijo Della y se encerró en el baño. Arthur estaba totalmente seguro de lo que sucedería una vez saliera. Rezó por que no demorara tanto, estaba ansioso por probar sus labios, por hacer suyo su cuerpo, por estrecharla contra su pecho, por ver ambas siluetas juntas dibujando sombras eróticas sobre la pared, al menos por una noche.
La recordaría por siempre, aunque quizás con el tiempo se casara y tuviera hijos; aunque lograra entender de una vez y por todas lo que es amar; aunque llegara a sentir motivaciones muy distintas a las de aquel presente, la recordaría por siempre, y más aún, cuando el amor comenzara a fracturarse para dejar al descubierto una podrida costumbre, la recordaría siempre. Della salió finalmente del cuarto de baño. Se había despojado de toda su vestimenta negra. De toda. Lo único que la cubría era su propia piel. Arthur sintió un vapor intenso recorrerle la espalda.
–Apaga la luz –dictó ella. Él obedeció al instante. Della se acercó y le besó.
Sin lugar a donde escapar, sin sitio oculto en donde refugiarse, se vieron atrapados en medio de una violenta ráfaga humana, de intercambio de alientos, de olores, de respiraciones. La noche era más que un manto de estrellas lunáticas; la noche era la madre del amor que justo entonces estaban haciendo. La noche también era la madre del horror, de la traición, de la venganza, de la tristeza, del miedo… de la sangre. La noche también era la madre de la sangre. Y ya más bien la madrugada, aunque la noche no expira sino con la salida del sol.
Y salió el sol, levemente. Un sol de rayos confusos, descoloridos; un sol con olor a lluvia y a desacierto. Sus hilos dorados enfilaron a través del ventanal de la 534 y arrancaron a Arthur súbitamente del sueño.
Procuró encontrar a Della al otro lado de la cama para regalarle un ansiado Buenos Días y escucharla hablar en la mañana. Con una gran sonrisa en los labios se dio la vuelta. Un ánimo optimista le había hecho creer que ella cambiaría de parecer y se quedaría, al menos, un día más. Pero… ¿en qué estaba pensando?
–Hasta pronto, Della Moore-Der –dijo en voz alta a la soledad. Ella se había marchado mientras él la soñaba. Y solo había dejado un revoltijo de sábanas haciéndole compañía. Arthur buscó con afán alguna nota, una mínima señal que le hiciera abrigar pequeñas esperanzas. Nada. El reloj marcaba las siete y tres, indiferente.
Entonces vio la gota, roja, seca, sobre la almohada de Della. El impulso de salir corriendo hacia su habitación no fue más que un pensamiento banal. Saltó de la cama. Andaba sin ropas y descalzo. El espejo le revelaba la presencia de otras gotas más en forma de línea curva, sobre el piso. Dio la vuelta. Se agachó. Las miró de cerca, bien de cerca. Sangre. A las mujeres les ocurre, es algo totalmente normal por lo que un hombre no debe alarmarse.
Más sangre.
La fila de gotas rojas iba más allá de la sala de estar. Pasaba por debajo de la puerta y quizás se extendiera por todo el pasillo.
Arthur se apresuró en vestirse y salió de la habitación.
Ya no eran simples gotas pequeñas. Lo que inundaba el pasillo eran charcos de sangre sobre la alfombra del suelo; grandes manchones, como pintura de aceite, en las paredes; cruces de sangre enormes en la entrada de cada una de las habitaciones.
Arthur tocó desesperadamente en todas, pero nadie le contestó. Y cada vez que el silencio retumbaba como respuesta a sus inútiles golpes, estos se volvían más potentes. Gritaba, en vano. Corría, de un lado a otro, en vano. Le daba miedo subir al ascensor y bajar hasta su habitación; temía, también, tomar las escaleras.
No supo qué hacer. Dio vueltas y vueltas alrededor de sí mismo. Hasta que se detuvo a observar un letrero en la esquina de una de las paredes del corredor, un letrero similar a las firmas que dejan los pintores en sus cuadros como constancia de su autoría. ¿Qué decía el letrero?
DELLA MOORE-DER, escrito con sangre.
En tan solo un parpadeo Arthur rememoró el “fragmento del libro de Della”: Hay sangre, sangre escondida por todos lados. Sangre arrastrándose paredes abajo, sangre goteando de los techos, sangre brotando de fuentes de aguas claras, sangre bajo la tierra, sangre hasta en los cielos, sangre detrás de las puertas aguardando la llegada de un salvador tardío, sangre que jamás será encontrada, pues la noche juega muy bien a las escondidas. Y aún nos preguntamos, ¿por qué somos tan infelices?
En el telediario de la noche se dio la desgarradora noticia de la masacre masiva en el Aston. De los diez sobrevivientes solo uno quedó ileso, sin un rasguño siquiera, con pleno uso de sus facultades mentales: Arthur Norman.
–Pasé la noche encerrado en la habitación, durmiendo. Cuando desperté encontré la catástrofe –había declarado. Y había sido arrestado. No tenían a otro a quien culpar.
Sin embargo, en el juicio le dieron la libertad.
El caso expiró con los años. Y el nombre de Della Moore-Der jamás fue encontrado. Ni en el libro de inscripciones, ni en las paredes de los pasillos, ni en la boca de Arthur Norman, quien aprendió muy bien con ella a jugar a las escondidas.
