Cuando la araña intenta no ser Ícaro
I
No es —y sí es— lugar común hablar de la trampa de la araña. Su red. Su tejido implacable en el que quedan atrapadas las víctimas, los colgajos de una historia. No es —y sí es— lugar común hablar de la viuda negra, puñal, veneno en mano, aguijón. Se requiere habilidad narrativa para aceptar esta realidad: no es venturosa. Se ha contado mucho ya sobre esta tierra pero el tema sigue ahí, y da vueltas sobre la cabeza de los escritores, como la metafórica araña que es —y no es— lugar común.
II
Los diálogos conservan algunos rasgos de naturalidad, de eso que hace que la ficción imite —y desglose— la capacidad humana de leer como si habláramos. Sin embargo, estos diálogos son invadidos aquí y allá por ciertas palabras que abren agujeros de sentido: ligera perturbación en el eco de la tela que nos recuerda lo ficcional, que rompe el pacto con esa realidad breve que fingimos creer. La red en la cueva de la araña es un texto que no adolece de cambios, que se muda temporalmente con la capacidad de un flashback creíble. Es esta una escritura joven. Mutable en su juventud. Predigo que encontrará otras fuentes. Otros fuertes. Otras atalayas para contemplarse. ¿Otros temas, tal vez? Predigo que abrirá otras puertas hacia la exploración del ego y del eros, puntos capitales —y apenas esbozados/embozados— en algunos momentos de circulación dramática de las ideas.
No vale el constreñimiento y algo en el plexo solar de esta autora lo sabe, pues su lucha es —se siente el pugilato— contra la restricción de sus propios márgenes, contra esa tela de araña de lo iniciático, contra el pulso de la inercia.
¿Pero eso es todo?
III
Un cuento no es un tratado de sociología o psicopatologías. ¿O sí? Tal vez. Un cuento puede ser todo eso y aún ser cuento. No se trata de dotar a los personajes de un pasado para lograr así un punto capital, un horcón, para lo creíble. No se trata de cimentar una biografía como quien va a colocar papeletas para un sí o un no. La autora parece entenderlo. Van chispazos por aquí y allá. Chispazos que no creo suficientes. Me corrijo: que siento en ocasiones forzados. Pero que sirven como impulso para ampliar la tela. Si no fuera así, ¿de qué tela hablaríamos?
No al lugar común.
IV
“Nada puede interferir mi equilibrio. El balance es un talento que se adquiere con la práctica (…)”, nos cuenta, con excelente tino, la narradora personaje de esta historia. Máxima que podría aplicarse al cuerpo de esta narración, a su apenas esbozado conflicto, a la vida extra e intratextual del relato. El balance y el equilibrio son objetivos de una madurez que se alcanza a veces a cortos pasos, sin carreras, cuidadosamente en la conservación de la energía literaria. No es la sumatoria de un elefante y otro elefante y un tercer elefante sobre la tela de la araña. El peso no es la importancia mayor. La acumulación no es la importancia mayor.
V
El título de este cuento, de alguna manera, es la anunciación de su final. Y no es la anunciación de un advenimiento divino, con ángeles, virgen, polvo de oro. Hay que permanecer alerta. Es obligación del narrador permanecer alerta ante lo obvio, pues la obviedad es el error que nos conduce a la redundancia. Una historia de violencia, una alerta sobre la araña cazadora, solo podría conducir al desenlace donde —alerta de spoiler— un Sujeto X asesina a un Sujeto Y, como si nada, como si luego fuera a la calle a tomarse una foto con su Samsung o a tomar café. Pero, ¿acaso una historia semejante solo podría llevarnos a este desenlace? ¿No existe otro camino? Evidentemente, sí. Es la salida a pie del laberinto. Sin alas. Sin Ícaro. Sin sol que derrite todo. Es el largo andar por el laberinto. Es el comparecer frente al Minotauro de la escritura. Balance y equilibrio.
No es de sorprender que este final me parezca obvio. Que dos líneas de texto conduzcan otras búsquedas hacia el camino de “una historia más”, igual a otras. Una vuelta de tuerca: cualquier otro final, habría sido —narrativamente— mucho más apreciado.
VI
La red en la cueva de la araña, confío, es el primer intento de una autora que construyó un escenario creíble pero cuyo pulso falló en el último acto.
No se trata de ser Shakespeare.
Se trata de no ser Ícaro.
Marzo de 2018.
Clara Lecuona Varela. (Santa Clara, 1971). Poeta, narradora y crítica literaria. Ha sido jurado en varios eventos internacionales y nacionales de poesía. Ha sido premiada en narrativa, poesía, décima y crítica literaria. Parte de su obra ha sido traducida al italiano, al inglés y al francés. Sus poesías se incluyen en una docena de antologías. Ha publicado: De la remota esperanza, Mecenas, 2000; Antología de la poesía cósmica y lírica de Clara Lecuona, FAH, México, 2002; Pretextos, Mecenas, 2003; Estancias, Mecenas, 2007; Fragmentaciones, Sed de Belleza, 2007; Lattes Capuccino, Editorial Oriente, 2011; Antología de la poesía lírica de Clara Lecuona, FAH, México, 2017; Del cotidiano vacío, Letras Cubanas, 2018. Miembro de honor de la AHS y de Poetas en defensa de la humanidad. Pertenece a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
La red en la cueva de la araña
Aceptamos la realidad, acaso porque
sabemos que nada es real.
Jorge Luis Borges.
Caminaba de un extremo al otro de la habitación, mientras yo intentaba maquillarme.
—Me prometiste que nunca te irías, por el amor de Dios.
No me digné a contestarle. Desde que le pago con silencios, le ha dado por conversar con el Altísimo: lo mentaba a toda hora. Primero opuso resistencia, pero no es fácil decir que no a Dios.
—Estás loca. Tómate una pastilla o algo —dije.
Continuaba desnuda luego de nuestra sesión de despedida.
—¡Cúbrete, vejestorio! —me molestaba ya hasta mirarla. Tendría que haberme negado desde el inicio, al final… ¿qué tiene ella de interesante? Aparte de la casa, el pasaporte y el dinero, claro.
Recuerdo el día que la conocí. Salí a buscar un fotógrafo, pero antes me detuve a tomar un café en la galería. Fue ella la que se sentó al lado mío y empezó a hablar de arte y luego de pintura. “Es pintora” —pensé. Luego supe era fotógrafa.
—Y tú, ¿qué haces?
—Escribo.
—¿Tienes algo que hacer ahora?
—La verdad es que no.
—En ese caso… ¿vamos a un lugar más tranquilo?
Su casa lucía limpia y recién remozada. Me sirvió una copa de whisky y encendió un incienso.
—¿Te excita esto? ¿Ir al piso de una desconocida?
—Supongo.
Aunque me gustan los hombres, soy una acaparadora de sensaciones. Vamos, que mis sentimientos y mis pensamientos andan por rumbos perpendiculares y me importa un bledo lo que sientan los demás. “Es lo que les pasa a las sociópatas” —diría mi psiquiatra, si tuviese alguno.
A pesar de mis tambaleantes prejuicios, no rechazo la idea de tener ahora mismo una amante. Claro que la ocasión nunca se había presentado hasta hoy. Ella me desnudó despacio, estudiando mi cuerpo. Sea lo que fuere lo que vio en mí, decidió no apresurarse, algo que mi virginidad en estos asuntos agradeció.
De alguna manera, presentí que para ello nos habíamos encontrado. Me acariciaba y yo miraba a la cámara, porque me excitaba que me sacaran fotos desnuda. Me daba igual que fuese un hombre, un fantasma o un alíen o un enano o el conejo de pascua. A mí me sirve cualquiera, tenga pinga o no.
Lo bueno es que fue una sesión de fotos increíble. Lo malo, que el momento pasó y viene ahora la parte incómoda, en que ella intenta que me aprenda su nombre y comparemos estilos de vida a ver si somos compatibles. Yo, con ganas de irme ya al carajo.
—¿Así que escribes? —su voz sonaba melosa. Tan pegajosa como la misma miel.
—Sí.
—¿Qué es lo que escribes?
—Cuentos.
—Deben ser buenos.
—Me acabas de conocer. No puedes saber si escribo bien o no.
—En ese caso, me das algo y ya lo leemos juntas.
No sé porque acepté. Pasaron días de mucho sexo y buen ocio. Luego fueron años compartiendo casa, fotos y más. No puedo negar que la lente constante me sirvió de musa y me animó a escribir como posesa. Hasta publiqué dos novelas. Luego me aburrí y comencé a preparar todo para largarme sin avisar.
Supongo que el Dios con que habla le aconsejará que mi partida es lo más apropiado. Sólo que no quiere escucharlo. Mucho menos a mí.
—No quiero que te vayas —murmura desde su desnudez. Apenas le oigo.
—¿Cómo dices?
Ella sube el tono cien decibeles.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Dios me lo ha dicho! ¡No te vayas!
Pasa del grito al llanto, estrujándose las manos y agitándose entre sollozos. Nunca me ha sentado bien tanto drama. Soy más de comedia.
—Ya me aburrí de este juego, así que tengo que irme. Busca alguien que te quiera, que el tiempo te está sentando mal.
—¡No te voy a dar las fotos!
—Si te sirven para masturbarte, bien por ti. Quédatelas.
Ya no solloza. Sonríe con macabra determinación y agita su celular en mi cara.
—¡Eres una puta! Tengo aquí todas y cada una de tus sesiones: con hombres, con otras mujeres, con animales…conmigo.
—Todos sabrán que eres mi perra entonces.
—Si cruzas esa puerta, todos tus amiguitos de Facebook las verán. ¿Dónde va a quedar tu dorado prestigio entonces? ¿A quién vas a engañar entonces?
—Hazlo. Me parece bien.
Nada puede interferir mi equilibrio. El balance es un talento que se adquiere con la práctica, así que este es el último acto que no quería hacer. Pero ni modo, hay que respetar las buenas costumbres: brilla el cuchillo por un momento fuera de mi manga y se apaga hundido en su cuello.
Entre mis cuentos ella aparece de vez en cuando, tendida mirando al cielo bajo el rosal. La recuerdo cuando de sus huesos florece algún pimpollo. Las fotos en papel ya no me dan para masturbarme en mi propia belleza, así que las quemé. He resuelto dejarlo todo como está: pongo el cartel “se vende” a la entrada de la casa y me voy.
Salgo a buscar un fotógrafo, pero antes me detengo a tomar un café.
