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Poesía cubana actual: la distancia no es mi sitio

Luis Manuel Pérez Boitel, 21 de marzo de 2018

En ese divertimento con la palabra y en ese juego con la búsqueda formal, la poesía ha cubierto con su diversidad estilística en Cuba un dossier muy interesante en el contexto de estas últimas décadas. Ese constante diálogo con el presente, ese modo de buscar entre el conversacionalismo y las vanguardias un punto diferenciador entre cada provincia para asumir el hecho creador, ha consolidado un mapa peculiar donde intentar decirlo todo es un riego. El crítico Enrique Saínz hace una valoración muy particular y coherente sobre los años 1960-2000 en tanto “conviven varias generaciones de poetas y diversos estilos y preocupaciones conceptuales, con largos períodos de exaltación de las transformaciones político- sociales que se operaban en el país, búsquedas de un discurso otro que se adentrase en los conflictos y cuestionamientos de raíz existencial, superados ya los hallazgos y carencias de conversacionalismo, y finalmente la aparición de una poética de ruptura, erigida en buena medida frente al canon origenista y de tendencia social, atenta a zonas de la realidad que las poéticas precedentes no habían querido o podido ver, periferia, marginalidad, vacío, locura, sinsentido, ausencia de teleología”. Interesante valoración que el destacado ensayista realiza para ilustrar cómo en los últimos años en Cuba  ha existido un desplazamiento intencional que marcó Orígenes con la propia realidad cubana.

Lo cierto es que resulta muy difícil ofrecer una sentencia monolítica sobre el estado actual de la poesía en la Isla, para muchos incluso decadente, para ello tildan a los poetas como demasiado conversacionales, elementales, displicentes respecto al referente mediato o inmediato. En mi caso, me aferro a encontrar en la poesía esa llama sin tiempo, pues hay mucho más que decir, mucho más que hablar de nombres y apellidos, mucho más que ganar una plaza personal; se requiere hacer una valoración más plural y menos pragmática del hecho en sí. Esa dicotomía entre lo que va quedando en las publicaciones y la pluralidad de la entrega, nos ofrecerá mejores aristas para entender la salud de un género literario que hoy manifiesta solo una gran verdad: la necesidad del poeta de reafirmarse por encima de cenáculos y tendencias desde cualquier lugar donde se resida y donde la poesía, como define uno de los que se incluyen en el dossier, no busca un sitio. La distancia que hay entre los que escriben desde la Isla y fuera de ella, apunta inequívocamente a no encontrar un canon homogeneizante en tales predios, en una sociedad que constantemente está cambiando.

Esa redefinición, esa validez incluso en el ambiente neobarroco que se dibuja en América no es otra cosa que aupar en el mapa de la Isla la diversidad de tendencias, generaciones o promociones literarias que conviven junto a los creadores que se deleitan con ratificar el sentido de lo cubano, marcado por esa nostalgia que delatan los textos. Pero es precisamente en esos vericuetos del creador donde se disemina el hecho que se pretende validar, el orgiástico abanico que enriquece la cultura de la Nación.

Así los que se incluyen en este dossier, más que ser seleccionados por su cercanía, se aferran a esa distancia, a ese dejar pasar; para disfrutar en un deleite mayor los versos de estos poetas de la Isla.


 

DÍAS DE PLEGARIA

 A Jessica A. García Gil

Lázaro. O San Lázaro como pronuncia madre,
segura de la arrugada alcurnia prefijada al yeso
por artista de hoy, ahora,
hombre que sabe (o por lo menos intuye) ya concluyó la modernidad,
los tiempos del sano juicio, flores en el ojal,
esas cosas que desataron la independencia. O sea la guerra.
Lázaro. O San Lázaro como pronuncia madre,
postergando las vocales hacia el Este que no sabe hecho añicos,
segura de que el santo interpondrá algo inexpugnable
entre ella y la vicisitud. O las vicisitudes para mantener en orden
la regla gramatical.
Algo así como una lombriz de tierra
o la piedra de un templo azteca supongo.
No tenemos café.
No tenemos carne del animal que en la India consideran sagrado.
No tenemos. No tenemos, dice madre
ante la vela pésima o intemporal o volátil,
da lo mismo.
Es para el santo un momento inverosímil,
de esos que transcurren en las películas de antes.
Desde su alcurnia prefijada al yeso por artista de hoy
se pregunta cómo alguien que nació para llamarse Edith Wharton,
llamarse Tula Avellaneda, llamarse Diana de Gales,
llamarse Leonor Pérez se la pasa diciendo
no tenemos, no tenemos.
Prendo el tabaco exhibido  tras los insolentes mostradores
donde las dependientas no ganan para teñirse
como Dios manda.
Pido por Yakelin, su hernia del tamaño de un diamante falso,
de una carta de amor quizás.
Pido por mi hijo que será policía en Dovarganes,
lugar difícil, casi otro país u otro equinoccio
tejido por rudo epísteme.
Pido por Toni, su leucemia del tamaño de un diamante falso,
de una carta de amor quizás.
Lázaro. O San Lázaro muerto en Dos Ríos.
O en la Higuera.
O en la Ilíada.
O por dos instantes de cerveza pendenciera
que lo aislara unos segundos de la realidad.
Lázaro. O San Lázaro como pronuncia madre.

José Luis Santos (Santa Lugarda, 1968)

COSTUMBRES DE PTOLOMEO

Algo habrá visto el hombre
que ha salido en la noche a contemplar
sobre las azoteas destartaladas
el frío árbol del mundo

Algún destello vio perforar el solitario
las menudas cortinas que la niebla dispone

Algo habrá visto en lo alto
entre el abismo y las preguntas que a deshoras
rondan su sangre insomne

Alguna verdad le habrá revelado
el menudo vidrio de fuego que atraviesa
un instante lo negro
Una verdad solo para sus ojos
que aunque ignoramos
bien podría ser también nuestra
pero que por ahora
es solo su verdad
Alpidio Alonso Graú, (Venegas, Sancti Spiritus, 1963)

ÚLTIMAS MONEDAS (Díptico)

I/
buscábamos la piedra, aquel sitio del país
que se marchitaba a los pies
la cuerda marcaba el regreso y confiados
nos dimos a la juerga sin importarnos
la luz que se fue retirando en la crispadura
fuimos hacedores de milagros
contorsionistas en una feria sin preludio
todo intento goza de su quimera
del vértigo que produce la confianza
todo juego lleva un nuevo paquete de cartas
unas monedas. al desapercibir el hilo
perdimos la orientación de las galeras
y no hubo rey a quien sobornar
no hubo albor prorrumpiendo en la oquedad
pretendimos ser salvados desde un pozo innombrable
maquinando otro juego
cuando las monedas fueron retiradas
el silencio fue un instante
una reminiscencia que entrego a la noche.

II/
dimos las últimas señales por si alguien nos observaba
fue extenuante la esperanza
largos días de zozobra y mudez
vencimos los pocos recursos intentando hallar la salida
vernos de vuelta
recobrar la lucidez de aquel ego prorrumpiéndose sin avergonzarse
de una imagen distorsionada e irreverente
la confusión fue inevitable
toda palabra engendra música
todo asechanza acaba por desmentir al hombre.

ay de mi mano
intentando dibujar aquella cuerda, intentando jugar al cero
ay del ídolo cayendo en su perfección sobre el agua de mi boca.

hoy me propongo sostener el rito que conferimos a la  tarde
el vicio para subsistir sobre el país
que ya es un signo en medio del mar, un símbolo en el agua.

ay de mi mano que escribe estos horizontes
que dibuja otro cielo y otro nombre sobre estas palabras
que algún día tuvieron un sitio
para el otoño y quedaron allí
como un extraño mapa sobre la mano que tiembla
y escapa ante estas verdades que no diré más.

Ihosvany Hernández González (Ciudad de la Habana, Cuba - 1974)

LA DISTANCIA NO ES MI SITIO

Cómo sería estar lejos para siempre,
renunciar a ese mínimo espacio de la mesa de casa
a la que se acercan mis antepasados
a ocupar los sitios que ahora pertenecen a los hijos.
Cómo perderme ese instante en que mi mujer ordena la mesa,
que aún sigue oliendo a resina silvestre,
para que no falte lugar a los que no están
y pueden regresar a cualquier hora
de las muchas que posee,la noche.
Cómo serían mis sueños en paisajes desconocidos,
con todos los gajossecos apuntando a mi corazón,
que ya solo almacenaría recuerdos
imposibilitados de saltar los aros de fuego
porque en la lejanía han perdido veracidad.
Tendría la angustia de no saber relatar mi verdad
en otra lengua,
como quien no sabe regresar
al sitio en que tuvo un instante de sosiego,
o retorna de un largo viaje a una casa que ya no existe.
Sería mi culpa no aprender a escuchar
lo que se describe desde otra dimensión.
Ni encontraría a quién encargar el cuidado
de mis recuerdos y libros,
de preservar el nombre de las calles
en las que nunca me perdería,
de que no se derriben las casas a las que puedo acceder
más allá de cualquier puerta y ventana.

Arístides Vega Chapú (Santa Clara, 1962)

 

MUCHACHA SOBRE TINTA DORADA

Estoy sentado en el parque. La noche destroza las hojas oscuras,
va y vuelve hacia el sur. Mis dedos abanican animales de espuma.
A la luz de las farolas la muchacha se mece.
Las sombras esperan por ella.  Su cabello es dorado.
Dorado tal vez oscuro. Sus manos doradas danzan en la luz.
Ha llovido en Las Placetas. La noche va y vuelve hacia el sur.
La muchacha gira un poco. Puedo ver sus manos, sus ojos
por los que nadan pequeños peces de fuego.
La iglesia a la derecha cimbra. Cimbran las campanas
con el sonido del bronce en el que ha caído la lluvia.
Los pájaros ya no cantan. A la luz de las farolas la muchacha se mece.
La dibujo en índigo debajo de las ramas casi líquidas.
Sus ojos me buscan lentamente, me retan.
Dos mujeres y un niño pasan al puente del centro.
El niño se adelanta a las mujeres. Sube los peldaños.
La muchacha se aproxima. Levita, parece levitar.
Sus manos doradas danzan en la luz. Gira un poco
a la noche vacía. Las campanas se aquietan
derrumbadas por algún tren que estaciona. Las hojas
de los árboles achican las sombras. La muchacha se sienta junto a mí.
Es perfecta. Las ventanas como ojos la están mirando.
Los músicos de la glorieta ejecutan un blue.
Las tubas arden. Los músicos quedan petrificados.
Se escuchan los silbidos del tren que estaciona.
El niño baja los peldaños tensos por la luz.
Ella sin verlo gira un poco a la noche vacía.
En la jardinera palpitan los lirios. Las cigarras cantan,
saben que la muchacha es perfecta. Apenas respiro.
El tren arranca a marcha forzada al oeste.
Los músicos reclinan las tubas.
El niño se marcha con las mujeres. Se aquietan las campanas.
La noche destroza las hojas oscuras. Va y vuelve.
Oblicua, la muchacha eterniza. Sus manos son de laca dorada.
Los músicos que recesan la han descubierto.
Solo se podría comparar con las hojas.
Las sombras esperan por ella. Levita, parece levitar.
Gira un poco a la noche vacía. Sus manos doradas danzan en la luz.

Pedro Llanes Delgado (Placetas, Villa Clara, 1962).

AUNQUE VEAS ARDER LA NIEVE

1

A lo lejos mi casa
entre el canto que humillan las almendras.
Sola al fondo del grito
despertando, de pronto sin un eco,
en medio de otras flechas.

Escucha sin decir dentro del horizonte
como un dudoso trillo dibujado
después del anís y de la bestia.

Vestido de hinojos para una danza no oída
aprendo a torcerle el cuello al cisne
con tanta noche, tanta puerta que se desvela
en mi ayuda a arraigar mi vacío en el pan.

Voy a huir de sus campanas interiores.
Voy a huir de mis pasos por el miedo del mar.
Cantada a dos mejillas que abjuran el poniente,
suda un fondo de loto.
Mientras la multitud de la memoria
veda desplome manso,
explayarse casual por las plegarias.
Acodado en la humillación
vigilo la espiral insomne de mi naufragio,
pájaro tan minúsculo envuelto por las llamas
azules de su aullido.

A un golpe las distancias traen a esta boca 
todo aliento entendido antes que salte
agua de bruñir nombres
por la ventana, donde un niño a vuelo de pluma 
borra y escribe en el diario de Blake
como una doncella saliendo del baño, ahoga su fe
                                             en una espiga
para que cierre el paso, yantar de ángeles sordos.
Dentro de las columnas
se enciende la ceniza barrida y amada siempre
como bajo una alfombra, discernir tensos o cómodos
los padres sin atreverse a hablar
mientras sea la hora madura en lo alto.

En los fuegos anfibios por pacto de su ausencia
enyuga mi pupila,
mi esfera de equilibrista sobre el hilo del aire.
Porque cansa el temor al danzante que mira
perfecto en su derrota,
néctar jamás visto a través del muro.
Nuevo ocaso del agua nueva se escurre
en círculos concéntricos
por un filo imposible.

Jamás vuelvas a ser
el fondo de la casa
como quien sopla heridas de una conversación,
la llaga de un gran líquido
amargo y transparente,
un ojo de tormenta
más adentro, cerrándose.

2
Aunque veas arder la nieve de tus ojos,
cercanía exorbitante,
pubertad lacerada entre aguas de penumbra,
quema mis ecos, gástalos
antes que cicatricen como venas.

Espiral de la pérdida nunca podrá dejarme
ser los bronces y aullidos donde estoy de rodillas.
Frentes selladas por pequeñas muertes rápidas.
Jamás la cintura de mi inocencia
asciende a confundirse
con países proscritos en el agua,
falsos testigos que se culpan o reflejan
como apretados párpados.

Descubre el estallido, la claridad que crece
a partir de la ergástula repartida.
Amolda estas entrañas al guijarro
de otras tardes, al frío aislamiento.
La niebla de la flor que nunca di,
abierta junto al pozo donde llora
mi verdugo soñado por la alondra y el ruiseñor.

Desgaja, oculta el trueno vegetal
que desmiembra al verano.
Busca en contra de todas las cercanías del océano
el dado de tu sangre
girando por su propia oquedad desde el fondo.
Torre de espejos vista entre el rocío
y la uña de la paloma.  

3

He juntado a lo lejos
las tablas de mi casa, una a una,
de forma que no quede grieta para mi voz.

Entrarán a altas horas los carceleros tristes.

No creas. No te rindas. Nunca empañes
con tus sueños la viva tortura de la luz.

Francis Sánchez (Ciego de Ávila, Cuba, 1970.)

PALABRAS DE UNA POETA MENOR DE LA ANTOLOGÍA


yo no puedo, alejandra, escribir la noche.
como a ti me atormentan las palabras, el peso esencial
de las sílabas sobre la llaga abierta.
tú tomaste la ternura por el cuello
y yo ultrajo la rosa que me salva.
en sus aguas me diluyo sin llegar hasta el fondo.
el miedo me posee
y quisiera ocultarme como una niña
en el laberinto de los espejos,
en la semejanza esparcida por la lila que se deshoja
y la muerte de una mujer que la contempla.
también he de morir de cosas así
y nunca nadie suspirará ante esta revelación.
ahora tengo la misma edad en que lograste asir para siempre
las monedas del sueño, las monedas de oro del sueño,
la otra realidad donde el silencio es tentación y promesa.
expulsabas las estaciones de tus huesos
y parís te cubría con el humo del opio,
con los versos de octavio, con los años sesenta.

en 1993, yo juré con un grupo de amigos
arribar al nuevo milenio bajo la toureiffel
o morir intentándolo. no lo logré.  ninguno lo logró.
nuestros pasos de hoy día, son los pasos de sombras.
treinta seis años que apenas dicen, de la mosca,
sus huellas sobre la página en blanco:
la nulidad que me define.
me espanta la sencillez con que alcanzaste todo
tras una sobredosis de seconal.
seconal,
seconal...
palabra que apenas ahora encuentro hermosa
en su agudeza perenne,
un repique rompiendo todos los ventanales,
las luces de la ciudad,
imagen atada a las asociaciones imposibles
de tu cuerpo con el mío.

escribir la noche, escribir el alma con todos sus demonios,
el vacío de los ojos, el horror de la pérdida,
escribir al otro que dentro de sí nos huye.
escribir,
             escribirte,
                         escribirme...
cómo transmitir a la piel del tigre este temblor de cuerda floja,
las líneas de mis manos que saltan
y se enroscan alrededor de mi nuca,
la humedad de mis interrogantes, de los atardeceres
donde escuché en éxtasis el ruiseñor de teócrito,
trazo con rabia estas palabras. la rabia... cómo ofrendarla.
qué semejante soledad, amiga, nos signa con tanto ardor.
quisiera besar tus labios surcados por el aliento
de todas las imágenes hurtadas al fuego de la zarza,
acariciar la luz de tus pechos
bajo la noche que poseíste. quisiera lanzarme
desde la niebla de mi siglo a tu siglo no menos niebla, asistirte
con el resplandor del horizonte tras la tormenta,
en el cuarto oscuro donde ya nadie vendrá a rescatarnos.
los días son una red de triviales miserias.
comparte, alejandra, el frasco apretado contra el pecho,
las chispas de seconal olvidadas, la furia.
yo padezco como tú el mismo miedo,
como tú la misma esperanza.

Ileana Álvarez González (Ciego de Ávila, Cuba, 1966).









 

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