Al poeta de Orihuela
El 28 de marzo se cumplen setenta y dos años de la desaparición física del poeta español Miguel Hernández. Hijo de campesino, pastor de cabras, fue una de las voces más auténticas de aquellos poetas que, coincidiendo con la generación de 1927 en España, han sido considerados sus epígonos. Al morir en la cárcel con apenas treinta y dos años ya había dejado publicados libros imprescindibles como Perito en lunas, 1933, publicado en Murcia; El rayo que no cesa, Madrid, 1936; Viento del pueblo, Valencia, 1937 y, por último, El hombre acecha, Madrid, 1939. Como puede advertirse por las fechas, la mayor parte de su producción poética se gestó y vio la luz en medio de la Guerra Civil española.
Luego de su muerte saldrían a la luz en 1951 en Alicante Seis poemas inéditos y nueve más. Un año después se publicarían en Madrid sus Obras escogidas y entre 1958 y 1960 respectivamente se editarían en Buenos Aires su Cancionero y romancero de ausencias que parece haber sido escrito en 1938 y sus Obras completas. Estos dos últimos títulos coinciden con la estancia argentina de Rafael Alberti, otra de las importantes figuras de la generación de 1927, quien fue uno de los que propició que estos textos fueran publicados.
En 1931 Miguel Hernández llegó a Madrid en su primer viaje a la capital española. Allí frecuentó la vida literaria de la capital, pero no logró insertarse en la misma. Lector infatigable, desde hacía mucho conocía a partir de sus libros a Alberti, Guillén, Aleixandre, Cernuda, Bergamín y otros con los que coincidió en aquellos difíciles días. Todos ellos, tiempo después, se convertirían en sus amigos, pero ahora solo eran siluetas que reconocía desde lejos. Fue en 1933 que se produjo su encuentro con Federico García Lorca, a quien le dio a leer su libro, Perito en lunas, que se imprimía entonces en Murcia. La relación con el autor del Romancero gitano fue decisiva en la medida que lo puso en contacto con otras grandes figuras del Siglo de Oro español, así como con sus ideas en relación con la poesía y la cultura popular.
En 1934 vuelve a Madrid. La capital ahora es un hervidero mayor de tensiones políticas. Esta situación no será una impedimenta para que su encuentro con otros poetas e intelectuales como Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre y con el poeta chileno Pablo Neruda. El Miguel Hernández que vuelve sobre sus pasos a la capital ya no es un desconocido para estos poetas. La obra del autor “Nana de la cebolla” es vista desde cada uno de sus libros como un grito, una luz centelleante en medio de tanta muerte, hambre y soledades. Había bebido como Federico García Lorca de lo mejor del romancero popular español. Las coplas fueron para Miguel Hernández una nueva manera de expresión poética que tenía sus raíces en lo más profundo y raigal del decir del pueblo español.
Su destino como poeta y como hombre estuvo marcado desde los primeros versos de “Vientos del puebla me llevan”: Vientos del pueblo me llevan. / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta. Así le sorprendió la muerte en la noche del 28 de marzo de 1942 en un frío calabozo donde trataron de callarle sus versos inútilmente. En los muros de aquella prisión dejaría este testimonio:
Adiós, hermanos, camaradas, amigos:
¡Despedidme del sol y de los trigos!
La imagen del poeta de Orihuela emerge hoy con la misma potencia telúrica con la que fue vivió. Así lo vio uno de sus biógrafos y así le seguimos viendo hoy:
Miguel Hernández tendrá siempre la edad que le otorgó su temperamento. Ningún evento aminoró nunca la inmutable juventud que trascendía de su rostro. Por más que le pesara, en ciertas ocasiones, algún sesgo de gravedad, un aire de gracia mitigará siempre sus penumbras. Río fresco casi siempre. Cara de luna llena.1
Notas:
1 Elvio Romero: Miguel Hernández:destino y poesía. Ed. Nacional de Cuba, La Habana, 1962, p. 76.
