Raíces (y páginas) para volar
“Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”, acertaría Martí. Y ello sabiendo que plantar va más allá del mero acto de sumergir raíces en un puñado de tierra, que la paternidad trasciende la concepción y el libro ancla su fe en lo que tenemos para decir, y lo que digamos cuente.
Visto así, el libro podría ser, incluso, la planta y el hijo; la siembra y el parto. El legado.
El 31 de marzo de 1959 significó, para muchos en el país, el espacio en la tierra ansiando el árbol, el vientre fértil y el asidero impreso para la palabra urgente. La creación, en esa fecha y a sugerencia de Fidel, de la Imprenta Nacional de Cuba, supuso una respuesta a la necesidad de socializar el conocimiento, de poner más libros en todas las manos posibles, de hacer crecer a la gente al ritmo de la lectura. De trascender.
No por azar fue la suerte de que el primer título en ser publicado entonces resultase El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra, un ineludible de la literatura universal.
Y el halo que envuelve este 31 de marzo, Día del Libro Cubano, pareciera la página suelta que invita a la tinta, el esfuerzo que subyace a la impresión, las letras que abrazan a cualquiera, en cualquier tiempo.
Es el convite al libro nuestro: a leernos y repensarnos desde las voces y manos que hablan de un país… Un país que ha entendido en horas tempranas esa libertad de la que hablaba Octavio Paz, de la que pide raíces para volar y se alcanza después de perderse y encontrarse en muchas lecturas: “la libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces”… Y ese es el mismo país que, sabiéndose también libro, ha crecido como nación y —con él— su gente.
