El pupitre, el beso y el horizonte en el recuerdo
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Hay días en los que se necesita aferrarse a un trozo de niñez, en que se necesita una inyección de juventud para tupir de alegría los poros. Para volver a la raíz de la placidez… y de la inocencia. Para recordarse en la libertad de no temer a ser feliz siendo uno mismo.
Abril tiene esa buena costumbre de retrotraernos en el almanaque, de dejarnos a la entrada de una escuela en fiesta. Porque justo en su cuarto día celebra la fundación de dos organizaciones: la de Pioneros José Martí (OPJM) y la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). La primera llega hoy a su aniversario 57, la segunda al onomástico 56.
Y la fiesta recuerda el abrazo que se va tejiendo de abril en abril, y un tanto también los demás días del año. Porque lo importante, lo verdaderamente esencial, se diluye en una simple fecha y hace nimios los protocolos. Eso, después de todo, no va mucho con la edad en que lo espontáneo y lo sincero le ganan en el pulseo a las formalidades.
Como si el Amor de los Pupitres de Félix Guerra (Gente Nueva, 1998) se hojeara para todos, como si el tiempo se detuviese en un jardín escolar a la hora de recreo… Como si los motivos para celebrar se hicieran beso y perdiesen la mirada en la mejilla de maestra que se volvió horizonte, y después recuerdo.
Porque cuando te confían el futuro en tu sonrisa de niño y en tus manos de joven, el presente no es más que el resorte para crecer y lanzarte; para cultivar y hacerte fuerte; para vivir con la única preocupación de hacer divertido (que es hacer contar) cada momento. Incluso sin saberlo, como en esa frase con que alguien radiografió (acaso sin firmar) esos mejores años de la vida: "No nos dimos cuenta de que estábamos haciendo recuerdos, solo sabíamos que nos la estábamos pasando bien”.
