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Ejercicio 11: Las once mil vergas: una novela para esparcirse y reflexionar (no precisamente en ese orden…)
 

Jesús David Curbelo, 24 de abril de 2018

Acaba de aparecer por Ediciones Santiago una edición cubana de esta aplaudida y/o vituperada novela de Guillaume Apollinaire, que tuve el placer de traducir. Procedo aquí a compartir el breve prólogo que abre la misma, como un ejercicio de socialización y de publicidad para este clásico de las letras universales.

El hombre que fue el epicentro de las vanguardias poéticas por el impulso dado a la poesía con sus libros y con sus razonamientos sobre ella, Guillaume Apollinaire, resultó también un audaz erotómano que abrió para las letras francesas (y universales) el rescate de una línea de expresión literaria en la cual se articulan la iconoclasia y la crítica más feroz contra falsedades e instituciones (y valga la redundancia…) con un cáustico humor y una clara conciencia de defender la indisciplina de los sentidos como un camino para llegar a la libertad.

De formación autodidacta y a veces caótica, Apollinaire tenía un agudo raciocinio para identificar los monumentos que, en materia de arte y literatura, podían ayudarle a crear una plataforma desde la que proclamar los derroteros de su nueva estética. Así, siendo aún muy joven, leyó y promovió a algunos escritores malditos (Sade, Restif de la Bretonne, Andrea de Nerciat, Pierre-Corneille de Blessebois, Baudelaire) cuyas obras habían sacudido, en su momento, el pacato ambiente moral y literario de Francia.

Según sus biógrafos y estudiosos, el poeta escribió y publicó entre 1907 y 1908 dos novelitas eróticas bajo el seudónimo de G. A., con el propósito de ganar dinero. Yo no me atrevería a ser tan taxativo. Apenas un año después, en 1909, Apollinaire entrega a los hermanos Briffaut, para su Biblioteca de los curiosos (en la que él se ocupaba de dos colecciones: Los maestros del amor y El cofre del bibliófilo), una antología del Marqués de Sade. En esta, el antólogo establece una estrategia perspicaz: en vez de insistir en el escabroso “pornógrafo”, se dedica a repasar sus reflexiones morales y políticas, incluso en los fragmentos que incluye de La filosofía en el tocador, de la que prefiere el archiconocido panfleto “Franceses, todavía un esfuerzo…”, un recuento de las ideas del “divino marqués” acerca de la disolución de la monarquía, la alianza entre la iglesia y la corona, la familia como institución, la libertad total de las costumbres y la eliminación de la noción tradicional de crimen.

Desde el propio siglo XVIII Sade había sido un apestado. Apenas tres o cuatro inteligencias lúcidas y atrevidas del XIX se arriesgaron a comentarlo en sus textos (Baudelaire, Flaubert, Sainte-Beuve y Verlaine). Con Apollinaire se abre una nueva corriente de lectura que será seguida por Georges Bataille, André Breton, Jean Cocteau, René Char, Simone de Beauvoir y Roland Barthes, entre otros literatos, mientras que René Magritte y Man Ray lo trajeron a las artes plásticas, y Luis Buñuel y Pier Paolo Pasolini al celuloide.

Aunque la esencia de Sade también se puede apreciar en aquella antología porque Apollinaire sabe que tantos excesos y abominaciones son una manera de dar testimonio, por una parte, de la apertura mental de un creador que intuye cuánto importa el cuerpo como último espacio de libertad ante el acoso de cualquiera de los poderes imperantes (la religión, la ideología, la monarquía y la república, la familia, la escuela “políticamente correcta”), y por la otra, de una importancia concedida al hombre y sus sentidos en su papel de centro y motor del universo que ya andaba por los episodios de los gigantes rabelaisianos.

Si alguien percibe todo eso, y está escribiendo una poesía en la que ajusta sus cuentas con el simbolismo (en El Bestiario o el cortejo de Orfeo), para luego lanzarse hacia otras búsquedas, y además, ha sugerido y explicado al público la obra de Matisse, Van Dongen, Picasso, Braque, Derain, Dufy, Vlaminck, Delaunay o Derain, no puede —me gustaría pensar—, por el acto mercenario de ganar un poco de plata, escribir Las once mil vergas y Las hazañas de un joven don Juan. En estas ficciones subyacen las ideas nihilistas y emancipadoras en materia conceptual y formal que adornan las mejores páginas de los grandes autores arriba mentados, y publicarlas con seudónimo no debe haber obedecido al hecho de considerarlas piezas menores sino al de preferir evitarse algunos escándalos como los muy conocidos de algunos de esos predecesores.

La presente novela, a lo largo de sus nueve capítulos, narra la vida del rumano Mony Vibescu, poseedor de un oscuro título de hospodar (poco menos que un bedel para algunos), y sus aventuras en compañía de Culculine d’Ancône y otros libertinos personajes, hasta la muerte del joven, capturado por el ejército japonés, cuando es obligado a desfilar entre once mil soldados que lo golpean con baquetas (o vergas). Apollinaire había sido muy duro en sus artículos periodísticos con la Rusia zarista. Y esta pieza resulta un claro ejemplo de sus posiciones por el retrato que hace de los oficiales y soldados del ejército ruso y sus conductas en la guerra ruso-japonesa, del grado de corrupción y desmoralización en que han caído, máxime cuando son capaces de celebrar la sarta de crímenes y prácticas sexuales anticonvencionales que Mony y sus amigos suelen ejercer, y hasta elevan al “príncipe” rumano a la categoría de héroe.

El humor constituye un componente fundamental en esta obra. Uno de sus primeros indicios radica en los nombres de los protagonistas: Mony es un término para falo en idioma rumano, mientras que Vibescu, en argot francés, significa sexo anal. De tal modo, el antihéroe se llamaría algo así como Pinga Cogeculo, mientras que Culculine se compone de una combinación de la palabra culo y el apellido D’Ancône es un vocablo (enconner) que en jerga equivale a sexo vaginal. Asimismo, la mayoría de los demás personajes tienen apelativos de ese cariz,  llenos de alusiones sexuales mediante el uso de la paronimia y la paronomasia en francés, tal el propio título, que alude, como se verá en el pasaje correspondiente, a un chiste hecho por Mony sobre el martirio de santa Úrsula y las once mil vírgenes que la acompañaban (verge –verga— y vierge –virgen— suenan muy parecido en lengua francesa). Por supuesto, nada más alejado de una defensa de la virginidad hasta la muerte que la conducta de los hombres y mujeres pobladores de estas cuartillas, para quienes el camino de la muerte debe ser sazonado con todos los placeres imaginables. Y tal vez no resulte suficiente.

Irónica, mordiente, espeluznante a veces, Las once mil vergas recuerda los tiempos en que las exuberancias de la sexualidad eran un desafío a las leyes anquilosantes y una manera de proclamar cierta aristocracia de espíritu que incluía saltarse miles de convenciones y aspirar a una salvación paradójica a través del ejercicio de la emancipación. Hoy, cuando en virtud de la asonada neoliberal globalizada estamos en un mundo signado por el mercado, e igual se vende la ideología que la pornografía, convertida en una industria floreciente gracias al alto consumo, la lectura de esta novela poco podría asombrar. Sin embargo, la mojigatería burguesa, el doble rasero moral entre el decir y el hacer, se ha extendido a todo el planeta sin atender a geografías o sistemas sociales, junto con otras necesidades de la matrix que adocena, entretiene y gobierna, y esta obra tiene un hondo sabor subversivo que intimida y pone al descubierto los temores más hondos de hipócritas y timoratos. Leerla ahora, antes que asustar a las buenas conciencias, debería funcionar como un antídoto contra la vacuidad de tanta obscenidad seudo artística que nos envuelve y como un excelente prototipo de las funciones sociales y estéticas del arte y la literatura auténticos.

Desconfío, sin embargo, de la suspicacia receptora para con las obras que, a primera vista, parecen agredir la sensibilidad epidérmica del lector y sacarlo de eso que los psicólogos suelen llamar zona de confort. Por ello, en aras de curarme en salud, yo que he visto cómo es posible malinterpretar todavía al Kamasutra, a Boccaccio, a Aretino o a Bataille, me encomiendo a William Carlos Williams y a aquella frase (no demasiado exitosa, la verdad, si pensamos en el juicio en que se vieron envueltos el libro y su editor) con que cerró su prólogo a la primera edición de Howl: “Remánguense las faldas, señoras mías, que vamos a atravesar el infierno”.

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