El unicornio de la filosofía

Marx no era marxista, como Cristo no era cristiano ni Buda budista. En carta al cubano Pablo Lafargue del 27 de octubre de 1890, Engels contaba que Marx le había confesado: "todo lo que sé es que yo no soy marxista". Entonces ¿qué era? Sencillamente, Marx era dialéctico. En efecto, él tomó el método de Hegel, no el sistema, y del método asimiló el núcleo racional, no la corteza mística. El problema es que, aunque aplicó su método dialéctico a la economía, jamás lo expuso. Por eso la Ciencia de la Lógica sigue siendo la Piedra Rosetta de El Capital.
Ante la ausencia de método, los seguidores de Marx optaron, de hecho, por convertir su legado en un sistema, es decir, a falta de dialéctica crearon el marxismo. Así, salvo honrosas excepciones, sus seguidores han terminado siendo marxistas, no dialécticos y, por tanto, han devenido la negación del maestro. Los marxistas no han hecho más que interpretar a Marx de diversos modos, mientras que de lo que se trata es de desarrollarlo.
Por eso, cuando a fines del siglo XX el socialismo europeo colapsó y muchos diagnosticaron la crisis del marxismo, se perdió de vista que el verdadero problema era la crisis de la dialéctica. Sin dialéctica no hay teoría revolucionaria. Ser fiel al espíritu de Marx no es ser marxista sino dialéctico. Pero ¿cómo ser fiel a algo que no se ha definido todavía?
¿Cómo se explica que, desde la muerte de Marx en 1883, ningún marxista -y los hay brillantes- haya sido capaz de parir una dialéctica? ¿Cómo es posible que la magnífica arquitectura de El Capital carezca de planos? ¿Por qué en Cuba nunca hemos publicado las obras completas de Marx y Engels? ¿Por qué, si Marx fue de su dialéctica racional al estudio del capital, nosotros hemos sido incapaces de hacer el viaje a la inversa? ¿Por qué en vez de marxismo no enseñamos dialéctica (de Marx) en nuestras universidades?
Mirando en perspectiva histórica, la dialéctica parece ser el Nessy de la filosofía porque los que hablan de ella no saben si existe, los que creen en su existencia ignoran qué es y los que cuentan haberla visto no pueden explicarla. Esta criatura divina -que hasta ahora resulta inexplicable, incognoscible e incluso inexistente- ha surcado misteriosamente todas las eras del hombre, y son escasos los grandes pensadores que no han invocado su nombre o reverenciado sus dones. Por eso, más que un monstruo de las profundidades, prefiero ver en ella al unicornio de la filosofía.
La aclaración de este asunto va más allá del propio Marx y alcanza la naturaleza del hombre. La dialéctica es consustancial al ser humano porque somos la única especie que conoce y transforma su mundo. Si no nos destruimos antes, como solía decir Carl Sagan, la humanidad escribirá su historia en tres tiempos: fuimos animales, somos humanos, seremos dioses. Tal conquista se la debemos a muchos hombres y mujeres extraordinarios y, sobre todo, a uno que en este 2018 cumpliría doscientos años. Uno al que sus enemigos apodaban Diablo Rojo, sus partidarios el Prometeo de Tréveris y al que yo, que apenas me considero su alumno, prefiero recordar como el Moro.
Ya es hora de que los cubanos, que hemos contado con pensadores originales desde que nacimos como nación, asumamos el reto de fundar una dialéctica, la nuestra. América es el continente síntesis y Cuba una isla en la que todas las matrices étnicas se funden en una sola. Aquí, ni el negro es afrocubano, ni el blanco es eurocubano: todos somos cubanos, vengamos de donde vengamos. Y esa fusión ha costado vidas. Por eso, para crear una dialéctica cubana no necesitamos mezclar de manera artificial la herencia europea, la asiática y la africana sino tomar conciencia de la mezcla que ya somos. En este mundo falso, no hay otra opción que ser auténtico.
(Cerro, 21 de marzo de 2018)
Foto tomada de Biblioteca
