Libros de provincias
En Santa Clara se celebró, entre el 23 y el 25 de mayo pasados, un taller regional del llamado Sistema de Ediciones Territoriales (SET). Como ya no soy empleado de ninguna de esas instituciones, no me correspondía asistir y, en consecuencia, ignoro el contenido de lo tratado en ella. No obstante, mi condición de escritor, a la que durante dos décadas se le unió la de editor, me insta a volver una vez más sobre el tema de la producción editorial que se concreta, en nuestro país, en espacios de tierra adentro. Sumémosle también que es una problemática que me apasiona, más que todo por su importancia estratégica en la difusión de la cultura profunda en estos territorios donde la densidad institucional y los impactos y transacciones mediáticos se atenúan notablemente al compararlos con los que caracterizan a la capital.
En anteriores ocasiones he razonado sobre el tema, pero como ya pasó bastante tiempo desde la publicación de mis artículos: "Nosotros, los de la Riso"1 y "La Riso, diez años después"2, tanto la lógica de trabajo como las vías para concretar la producción de libros desde estos territorios ha cambiado de manera considerable. En concordancia con ello me complace comprobar cómo se vienen materializando muchas de las pautas que en aquellos textos proponía.
Considero justo reconocer que la constante actitud dialógica de las sucesivas direcciones del Instituto Cubano del Libro (ICL), unida a la ejecutoria de los más talentosos y agenciosos líderes de los proyectos implicados en el programa han rendido sus frutos a favor de asumir los cambios necesarios para que el entusiasmo inicial derivara en un estadio profesional más riguroso, equivalente a una plataforma nacional de edición donde, sin segregaciones reduccionistas de carácter geográfico, cobren cuerpo producciones de alto nivel literario y acabada factura editorial y poligráfica. La crítica, los liderazgos y el sentido de pertenencia han cumplido, quizás como en pocos casos de nuestra vida cultural, sus funciones dinamizadoras.
Me propongo, pues, detallar algunos de los que considero avances, pero también las posibles flaquezas en esta práctica descentralizadora que en el ya cercano 2020 arribará a sus treinta años de funcionamiento.
Pero antes de comenzar mi enumeración aclaro el dato anterior: contrariamente a lo que el discurso oficial reconoce, cuento el inicio del programa desde 1990, no desde 2000, porque fue en aquel momento que el ICL, como política oficial, instrumentó y apoyó legal y logísticamente el nacimiento de las casas editoras en todas las provincias. De entonces datan los primeros libros, así como los nombres y logos de la gran mayoría, todo a expensas de la concepción y articulación de una filosofía editorial y un coherente algoritmo de producción, comercialización y promoción. El reconocimiento de esas trayectorias –más que obviadas, soslayadas– constituye uno de los más insistentes reclamos de mis artículos anteriores ya mencionados, pues el jolgorio del momento expansivo, al que entonces se llamó "masificación", opacó ese segmento, de manera que ha quedado la impresión de que todo comenzó en 2000. No desconozco la generosa y justa decisión de la máxima dirigencia del país por dotar de infraestructura a los territorios del interior –con énfasis en los municipios– para promover la creación literaria que en ellos se daba, pero discrepo en el afán por atribuirle a ese momento el protagonismo fundacional.
A mi modo de ver, las cualidades que se le incorporaron al programa –de 1990 a la fecha, pero acentuado después de 2000– son las siguientes:
1. Consolidación de un grupo de casas editoras, entre las cuales destaco a Matanzas, Holguín, La Luz, Capiro, Sed de Belleza, y Ácana, pues son las que, en buena lid compiten con algunas de las llamadas "nacionales", y en no pocas ocasiones las superan en lo tocante a calidad de la edición, perfiles de diseño, trascendencia de los textos, gestión editorial, e impacto promocional y mediático.
2. Acertada decisión del Instituto Cubano del Libro de abrir la posibilidad de nuestras casas para el procesamiento de su producción (parcial o totalmente) en talleres de la industria poligráfica a través de las variantes de los llamados "Plan de Fondo de Población" y "Plan Especial". Aun conscientes de las limitaciones y desaguisados en que incurren esos talleres, el rumbo adecuado para el crecimiento editorial no puede desprenderse de su concurso, pues son los que disponen de tecnología y nivel de especialización que permiten, entre otras ventajas, hacer tiradas de significación para la cultura del país. Este desplazamiento hacia la industria constituye una tendencia que debía incrementarse, aunque aclaro que la producción semiartesanal en los talleres de la Risograph –cuyo peso específico disminuiría– debe continuar, solo que, como variante complementaria, reorientando cada día más su perfil hacia la revelación de nuevas firmas.
3. La expansión del conocimiento de los oficios editoriales a lo largo de toda la Isla permite que reconozcamos ya la existencia de una plataforma profesional de alta calificación en las distintas especialidades: gestión y administración, redacción, corrección, diseño, e incluso en el área de impresión y acabados, en este último caso paliando con ingenio las carencias tecnológicas.
4. Transparencia en la relación ICL-casas editoriales con sede en provincia, dada en la renuncia a cierta lógica centralista que operó en el primer lustro de los 2000. Como en su momento critiqué, existieron presiones sobre esferas donde el nivel de autonomía de las editoriales se corresponde con el conocimiento profundo de estas sobre la cultura de cada región. Se reclamaba a ultranza, desde el nivel central, la presencia de determinadas temáticas huérfanas, de territorios donde procedería más la labor pedagógica que la gestión editorial, de ciertas zonas autorales que hubieran podido prolongar aún más su tránsito por los dominios del movimiento de aficionados.
5. Diversificación notable de los catálogos, pues con la inclusión de firmas de alto reconocimiento, que aportan textos de gran valor, se rebasan los límites de la provincia para asumir la creación de todo el país, e incluso del área internacional. Esto ha permitido incrementar notablemente el prestigio y visibilidad de algunas de las editoriales que hoy nos ocupan.
6. Los notables avances –aunque aún insuficientes– en la interpretación de la ley de derecho de autor han hecho posible que se concreten remuneraciones atendiendo a jerarquías y trascendencia de los textos, así como a su posible impacto comercial.3
7. La instrumentación de un ya visible programa de reediciones y reimpresiones, cuyo principal apoyo –aunque no el único– es el premio La Puerta de Papel, amplifica el espectro promocional de los títulos más significativos.
Los aspectos que, a mi juicio, se deben corregir aún, pudieran ser:
1. Los aseguramientos para el procesamiento de los títulos no llegan a las editoriales en el momento indicado, de manera que se hace imposible distribuir la producción a lo largo del año y, en consecuencia, se procesa en torrente en pos de que tributen a la celebración de la Feria anual del libro. El cuello de botella provocado por esta deficiencia genera el fenómeno altamente negativo de la terminación parcial de los títulos (por lo general 100 ejemplares) para cumplir con los programas feriales, razón por la cual una buena parte permanece después, durante muchos meses, en estado larvario, con la tripa impresa y el acabado pendiente.
2. La industria poligráfica incumple sistemáticamente sus entregas, tanto en los títulos comprometidos como en las cubiertas de los que se procesan en la Risograph. En este último caso, sería bueno que el ICL mediara para que no dependa solo de la gestión de la editorial, en transacción directa con el taller, de modo que tenga salida a través de su dirección Técnico-Productiva como parte del convenio con la Unión Poligráfica. El objetivo es que el procesamiento de las cubiertas se asigne como carga a los talleres.
3. Cierta permeabilidad en el proceso de captación e inclusión de originales en los planes editoriales ha comenzado a validar, sobre todo desde intereses de instancias políticas, de otros organismos, o de supuestos autofinanciamientos, canales para la publicación volándose el criterio profesional de los consejos editoriales. Ello ha traído como consecuencia la aparición de títulos de muy dudosa calidad, unido a cierta actitud oportunista de autores que, al no clasificar con las lecturas especializadas, van en pos del espaldarazo que alguna instancia –o ventaja financiera– les pueda dar en su relación con las editoriales.
4. Los bajos salarios del sector, aunque se trate de un problema nacional, conspiran agudamente contra la estabilidad del personal técnico. No debemos perder de vista que, según los datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, Cultura ocupa el penúltimo lugar en el salario medio del país, y que dentro de esa esfera, los de la comunidad literaria son de los más bajos.
5. La pérdida del público asistente a las actividades de intercambio constituye un fenómeno que se agudizó con la proliferación de malos libros, excesivas actividades e intercambios pedestres que se instalaron en la vida literaria a partir de la expansión un tanto desmesurada. Es una situación que no se ha podido revertir, pero a la que no se puede renunciar aunque el protagonismo ganado por lo audiovisual y lo espectacular la acentúe.
6. La relación con la academia resulta prácticamente nula. Los libros y procesos de los territorios apenas son objeto de estudio y análisis en los centros educacionales de cualquier nivel. En la década de los noventa se alcanzaron intercambios de interés en esta dirección, sobre todo en la enseñanza superior. Las acciones del Festival Universitario del Libro y la Lectura (FULL) no dejan huellas profundas ni alcanzan el impacto esperado.
7. Se hace cada vez más urgente un despliegue intenso y ágil para incursionar en las variantes del ebook y el audiobook. Cada casa editora debía tener, además, un sitio web y expandir sistemáticamente sus proyectos por las redes sociales.
Soy consciente de que a mis razonamientos les falta el criterio de la práctica inmediata; que, además, lo analizado pudiera tener distintos comportamientos en algunos territorios, pero hasta donde alcanzo a ver, portan una buena cuota de generalidad. Si mis apreciaciones son inexactas, con gusto aceptaría las objeciones y correcciones siempre que no se intente demostrarme que hemos llegado, en nuestros territorios, al máximo de realizaciones para incorporarle nuevos valores y volumen a una cultura literaria que, ya camino a la descentralización que exige el desarrollo, hasta hace pocas décadas solo tenía un punto de consagración: la capital.
(Santa Clara, 27 de mayo de 2018)
Notas
1 "Nosotros, los de la Riso", en La Jiribilla, año IV, Nº 223, 13 al 19 de junio de 2005, disponible en http://www.lajiribilla.co.cu/2005/n223_08/223_10.html, fecha de consulta, 26 de mayo de 2018. El término Riso es un apócope de la marca de la impresora no profesional Risograph, equipamiento que en el año 2000, recibieron los proyectos editoriales con sede en provincia, existentes desde 1990, para procesar sus productos editoriales.
2 "La Riso, diez años después", en Cubaliteraria, publicado en cuatro partes entre 4 de diciembre de 2009 y 8 de marzo de 2010, disponible en http://www.cubaliteraria.com, fecha de consulta 26 de mayo de 2018.
3 La mayor inconformidad en este sentido es la nula aplicación de la Resolución 10/2008, que suprime el límite superior para la remuneración al autor literario por la publicación de un libro.
