La infancia puede ser un mundo nuevo
No existe un mundo civilizado en tanto haya millones de niños
muriéndose de hambre. Pero junto con el hambre física,
hay otra hambre: los niños no alargan sus manos pidiendo sólo pan,
sino también libros. Las dos hambres están muy estrechamente unidas.
En noches de insomnio veo a millones de niños
que carecen todavía de libros,
si no ya —lo que aún es peor— con libros inadecuados en sus manos.
¡Cuán a menudo los niños leen libros
—incluso en la escuela— sin apenas rastros de paz y comprensión!
JELLA LEPMAN
Aunque parezca increíble, se plantea que hoy viven en el mundo 230 millones de niños que no existen, invisibles, niños sin identidad, de los cuales no se ocupa nadie, niños que no están registrados en parte alguna y a diario deambulan frente a la sociedad como una masa amorfa sin identificar, sin derechos, marginados, sin alguien que abogue por ellos o a quien inspiren compasión; víctimas que padecen del maltrato infantil, maltrato con infinitas aristas que les hieren y laceran y que a muchos adultos deja indiferentes.
Estos niños, desposeídos de todo derecho como personas, significan la peor expresión de un mundo hostil, enajenado y contradictorio, enajenado por el progreso paradójicamente embrutecedor de la especie humana y, contradictorio, porque mientras más avanzan la ciencia y el desarrollo, con ellos vienen mayores dosis de dolor, calamidad y barbarie, sobre todo para los niños indefensos.
En los focos bélicos, estos niños resultan los más desprotegidos, las mayores y proverbiales víctimas de los conflictos armados, los primeros que morirán de hambre, enfermedades, desilusión, desesperanza, hastío de una vida que nada les promete sino todo lo contrario. Son niños que sufren orfandad, abandono de sus padres que escapan de un bombardeo y lo pierden todo, que son secuestrados por truhanes que se aprovechan de ellos; niños para quienes no existe siquiera una posibilidad de redención.
Son niños que alguien obliga a portar armas, a matar a un semejante, a llevar mensajes de un costado a otro de las peores guerras, las más crueles y sangrientas e incluso a inmolarse en misiones suicidas que sustentan credos fundamentalistas que ni alcanzan a comprender.
Este es un mundo cruel para muchos niños. Las estadísticas dan asombrosas cifras que apenas me atrevo a citar por cuanto pueden pesar en el alma de cualquier persona sensible, pero vale recordarlas y tenerlas siempre presente. Es necesario que se comprenda y se luche contra la indefensión de esta infancia desvalida, cautiva de la maldad y el desorden social. Porque en un mundo donde los niños mueren de enfermedades, carencias, explotación de su energía como fuerza de trabajo o sometidos a violencia física y mental, parecería ocioso en verdad que se fuera hablar de la cultura, del poder redentor que podría tener en sus vidas un libro, una buena lectura. Si carecen de alimento, atención a su salud, derechos, ¿cómo pensaríamos que van a poseer libro alguno?
Para estos niños que hoy no tienen nada, siquiera el apego elemental a una existencia absurda que apenas consiguen entender por su rudeza y crueldad, ¿qué podría significar un libro?
De lo que precisamente no se apercibe la sociedad contemporánea es que estos niños podrán ser, a su vez —y sin posibilidad de redimirse— los azotes del futuro, pues quien en su niñez solo ha encontrado violencia, incomprensión, maltrato y olvido hasta del más elemental de sus derechos, cuando tras muchos tropiezos al fin consigue crecer se convierte, a su vez, en un ente violento, pernicioso y depredador que no ve otro modo de manifestarse para poder sobrevivir en un mundo que siempre se le hace más hostil.
Justo por eso el maltrato infantil, la violación de los derechos humanos, el establecimiento de un mundo subterráneo que invisibiliza a la infancia mientras más la expone a los ojos de todos, puede ser la peor lacra que la sociedad moderna de hoy legue a los habitantes del futuro. Sin embargo, será precisamente en este mismo planeta que hoy todos padecemos donde más nos empeñemos en construir para los niños una realidad paralela a través de los libros que se escriben y se publican para ellos.
No existe modo mejor de elevar la conciencia que la existencia de una literatura auténticamente comprometida con los derechos de los niños, una literatura alfabetizadora (de adultos incluso) que no solo les reivindique, sino que sea capaz de mostrar a esa persona mayor, insensible, ciega y acomodada, cuánto necesitan los niños de su cálida acogida en este mundo cruel.
Leer tiene que ser para los niños de hoy —que mañana serán personas adultas cuya ejecutoria guíen los pasos del futuro—, una praxis enriquecedora y no alienante o evasiva; un modo de crecer y no de empequeñecerse, de elevar sus necesidades espirituales y su cultura, su poder de comprensión de toda realidad posible e imposible.
Cuando la lectura produce entes sensibles, cultos y espirituales, se estará preparando mejor el mundo del futuro, pues los sentimientos que estos lectores-personas alberguen en su formación siempre serán de altruismo, tolerancia, solidaridad, respeto al prójimo, convivencia, paz y amor hacia los semejantes.
De personas inteligentes, lectoras, redimidas por la fuerza de la palabra siempre nacerán criaturas armónicas, constructivas, que nunca deberán ser reprimidas o coaccionadas de forma física o verbal.
Precisamente por eso la lectura debe devenir para todos una praxis emancipadora, que mucho se aleje de los mecanismos globales que pretenden dominar las ideas expandiendo una cultura enajenada en falsos valores, ajena a las realidades de tantos niños y pueblos del mundo, o del pensamiento, la capacidad de acción en pos de hacer de esta tierra un universo mejor, que pretenda ponderar la vida de la infancia durante mucho tiempo y con las mejores condiciones posibles.
Justo por esa misma razón, todos los escritores debemos ser guerreros en una lucha justiciera que redima a la infancia. Tomar conciencia del valor cultural de nuestra literatura, del reto que significa dignificar a través de ella a la sociedad civil de cualquier país debe ser la proa hacia la que enrumbemos nuestras historias.
Ha dicho Carlos Ruiz Safón que “Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron soñando con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte”. Es más que elocuente la frase para definir el entramado sutil que a través de la lectura se puede establecer entre autor, libro y lector, como vía de transmitir ideas, conceptos y valores.
A través de un libro, cada niño que tenga acceso a sus páginas debe descubrir, no solo un motivo de divertimento, una razón para el deleite y la instrucción, sino un arma que le permita cobrar conciencia de sus derechos en un mundo lamentablemente imperfecto.
El día que cuantos escribimos pensando en los niños —y no en nosotros mismos o nuestros más mundanos intereses— tomemos conciencia de ello, la sociedad universal comenzará a razonar sobre la conveniencia de entender, atender y proteger más a la infancia, no con discursos vacíos de sensibilidad, ni con leyes que nadie cumple o con vanas y fantasiosas promesas, sino con un real sentido de pertenencia, compromiso y dedicación ante un problema tan universal.
La célebre escritora inglesa Virginia Woolf dijo una vez: “El único consejo sobre la lectura que una persona puede darle a otra es no seguir ningún consejo; que siga sólo sus instintos, use su razón y llegue a sus propias conclusiones”.
Con ese principio, cuantos escribimos, promovemos, editamos o hacemos circular los libros para la infancia, con independencia de nuestros gustos o (dis)gustos, deberemos propiciar que la praxis lectora constituya un ejercicio cada vez más reivindicador para todas las infancias posibles, incluso para aquellos rescoldos de niñez que increíblemente subsistan en unos pocos adultos enamorados de su mítica e idealizada "edad de oro".
Cada autor sigue un camino. Cada lector encuentra el suyo. Cada libro fue escrito desde un sueño. Cada lector se sueña en un libro. Cada lectura es un reverdecer de nuevas experiencias, que no por conocidas dejan de ser trascendentes. Cada personaje niño que aparece en uno de tantos libros refleja una gran verdad, una verdad que lamentablemente a veces las sociedades modernas tratan de ocultar.
Nunca olvidemos que las palabras tienen un peso enorme, ya sean escritas o pronunciadas. Las palabras transmiten ideas. Las ideas rescatan principios. Los principios mueven causas. Las causas representan caminos. Los caminos abren puertas y nuevos horizontes. Entonces, solo dentro de los mejores libros pueden hallarse las certezas para edificar el concepto de que únicamente la infancia —y nadie más ni mejor que ella— pueda ser un mundo nuevo. Esos niños rebeldes, incomprendidos, iconoclastas y soñadores de hoy serán los dueños del mañana.
