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¿Qué razones mueven a los escritores para niños?

CL, 01 de junio de 2018

Un conjunto de autores contemporáneos, cubanos y extranjeros, ya conocidos en Cuba por su obra comprometida con la causa de la infancia, responden sobre sus razones que los llevan a escribir para niños, adolescentes y jóvenes.

Cuando niña yo pasé muchos ratos de dolor, de tristeza, de rabia. Mi vida era bastante "normal", mi familia también, no me faltaba nada necesario. Pero desde lo cinco, seis años, yo miraba en mi entorno, reflexionaba, veía la hipocresía de los adultos que hablaban de una manera y actuaban de otra. Aun si eso no me tocaba directamente, veía la crueldad, la injusticia, la pobreza y pensaba mucho en eso. También me ponía preguntas "filosóficas": ¿Quiénes somos los hombres?, ¿por qué tenemos poder sobre los animales?, ¿de dónde llega un niño que nace?, ¿hay otro mundo antes de este?, ¿habrá otro después? Los adultos creían que yo era feliz, sin preocupaciones, que solo pensaba en jugar, en comer golosinas, y que si lloraba era siempre por un capricho y nunca por algo grave. Que los niños pueden sufrir "espiritualmente" solo lo encontraba en algunos libros. Así, cuando empecé a escribir, empecé a contar "de niños" que piensan y sufren. Nunca quería escribir "para niños", sino "de niños", para que los adultos supieran cómo es el ánimo infantil. No siempre las historias eran trágicas, muchas veces irónicas, pero el tema constante era la facultad de pensamiento y sufrimiento de los niños. La editorial tiene leyes económicas, y las historias de niños no interesan a los adultos, que casi siempre no quieren saber de eso. Mis libros fueron publicados en colecciones infantiles. Los niños lectores y adolescentes apreciaron mucho estos retratos "en serio" de su edad, y mis libros pronto tuvieron éxito. Así que siguieron publicados en "juvenil". Mas lo que yo solo quería era retratar unos personajes niños, para que los lectores, adultos o pequeños, vean cuan seria puede ser la vida de un niño.

(Bianca Pitzorno, Italia)

Escribo como si eso me salvara la vida, como si del otro lado alguien necesitara mi modo de entender la realidad, aunque luego eso no sea más que un trabajo rústico y común, pero al menos en ese momento siento que Dios y yo solo podemos construir ese mundo nuevo y alternativo. Necesito ese concepto para que la página en blanco no me abrume, para que el último verso llegue a ser alto, para que mis niños rían y tengan más esperanzas que yo... ah, la esperanza en mis circunstancias depende de esos atados de poemas, por eso hago lo indecible por salvar mi tiempo, sacrifico mis fuerzas para fundarme sueños y hasta dejo de obtener ganancias materiales para que ni eso me distraiga en este nuevo oficio que un día descubrí y que me ayudó a ver la vida con un propósito que no traicionaré a cambio de nada. Sé que soy un soñador, pero no soy el único.

(Jorge Luis Peña Reyes, Cuba)

Escribo para niños porque durante la infancia la lectura fue mi principal espacio de libertad, y creo que sigue siendo así para los niños y niñas de hoy. Creo que, más aún que la poesía, la literatura infantil y juvenil es un arma cargada de futuro.

(Carlo Frabetti, Italia)

Creo que en mi caso escribir para niños obedece tal vez al sentido de libertad tan amplio que tiene dicha literatura. La libertad es completamente ilimitada, y escribir es en cierto modo un acto de libertad.

(Gumersindo Pacheco, Cuba)

Escribir para niños y jóvenes cuando uno ya ha dejado de serlo y mejor conoce el lenguaje, es negarse a esconder la propia infancia y enseñarla sin pudor. Las personas crecemos como las matriuskas, esas muñecas rusas que van superponiéndose una sobre otra y que crecen sin dejar de ser nunca, en su interior, también la más pequeña, o sea, el niño que un día fuimos. Seguramente escribo y leo porque creo que la literatura es un juego de magia que me permite jugar a creer lo que no es cierto, a cambiar lo que no me gusta, a imaginar sueños o a espantar pesadillas. Para jugar a “si yo fuera tú”, que me parece el juego literario por excelencia. Y como la mayoría de los que me rodean son casi siempre niños y jóvenes, es decir, hijos o alumnos, entonces casi todos mis juegos literarios son infantiles. De sobra sé que jugar a la literatura con los lectores jóvenes requiere aprender a usar sus reglas, su lenguaje, sus intereses. Y que eso se consigue unas veces en las aulas, o en la sala de estar de casa, o en sus libros favoritos... Otras, en cambio, pienso que no es tan fácil como creen muchos adultos. Solo que yo lo intento en cada obra.

(Seve Calleja, España)

Siempre he creído que todo ser humano tiene una responsabilidad social, por ser miembro de un conglomerado y no un Robinson. Y en el caso de la gente que hace literatura para niñas, niños y jóvenes aún más, por cuanto llegamos a seres que aún no son totalmente autónomos, que están en proceso de formación y van a creer seguramente lo que le decimos y a seguir los valores que les proclamamos, obviamente de manera cifrada, ya que la literatura no es para dar enseñanzas sino para hacer pensar. Lo anterior hace que para mí la literatura para niños, niñas y jóvenes debe tener tres elementos fundamentales, que yo llamo la Triple E. Ellos son la Ética, la Estética y la Esperanza. Ética, desarrollar los grandes principios universales; Estética, ahondar en la relación de conformidad entre la forma y el contenido; y Esperanza, convocar a apreciar los grandes problemas de la vida y la sociedad actuales, pero de una manera hábil, convocar a superarlos, para lo cual el contacto con la literatura y el arte dan elementos fundamentales para entrever un mundo mejor. Además, esta literatura da una gran felicidad, pues llega, en principio, a seres que son espontáneos y premian o critican con gran honestidad la labor de quienes escribimos para ellos. La literatura y en especial aquella escrita para niñas, niños y jóvenes es un gran arcoiris con todos los colores de la libertad.

(Luis Darío Bernal Pinilla, Colombia)

Sabido es que no todos los escritores etiquetados como "para niños" escribimos para ellos. Aunque esto es muy difícil de deslindar, yo creo ser uno de ellos. Me he interesado en este aspecto y, después de investigar y razonar, he llegado a la conclusión de que la relación entre libro y lector está dada por los niveles de comunicación que se establezcan entre ambos, lo que no necesariamente está predeterminado por la intención del autor. Considero que hay una serie de elementos, formales y de enfoques de contenidos, que contribuyen a que se establezca la conexión comunicativa en el acto de la lectura placentera y voluntaria. En mi caso, considero que estos elementos facilitadores están determinados por una serie de razones personales: una de mis primeras y más fuertes vocaciones fue la de ser maestro; mi práctica profesional durante 20 años como psicólogo fue con niños y jóvenes; siempre fui tímido, lo que determinó que me relacionara socialmente de manera más fluida con niños, y quizás como rezago infantil tengo (en privado) una conducta lúdica y me divierte jugar y bromear. Todo ello hace que a la hora de expresarme a través de una escritura creativa y artística, esta espontáneamente se inscriba en el ámbito o círculo de lenguaje común con los niños y con lo que tienen de niño muchos adultos.

(Luis Cabrera Delgado, Cuba)

En verdad, no quise escribir para niños. Ni para jóvenes. No era algo que estuviera en mis planes. Pero un día pasó. Pasó porque una historia, en mi cabeza, me pidió ser escrita para otro público que no fuera adulto. Y lo tomé en serio. Y me puse a reflexionar sobre la responsabilidad, sobre la distancia que me separaba de mi infancia, sobre los contenidos y las formas. Después de mucho reflexionar, llegué a una conclusión: la única garantía que podía tener en territorio tan resbaladizo era la sinceridad. No intentar seducir, no intentar "enseñar", no salir en búsqueda de un "habla infantil". Simplemente escribir mis historias con emoción, con seriedad, siendo yo misma. ¿El resultado? ¡A saber!

(Marina Colasanti, Brasil)

Escribir para niños es volcarse por los caminos de Alicia, Tom Sawyer y Pinocho. Encantadores y difíciles vericuetos para encontrar una aventura, el amor, la desilusión, el nuevo periodo de la vida, las ambiciones, equivocaciones, la lucha contra la avaricia y el poder. Un niño, un animal, un objeto, pueden realizarse o luchar a brazo partido por su objetivo. Escribir para niños no tiene límites, es un camino trazado con migajas de pan. Construir un personaje y una historia para niños inolvidable es arte difícil, pero un reto. Es preciso dibujar un personaje y una historia divertida, creída, no didáctica, no impuesta, y que el lector, Mayor o Menor, vuele entre página y página y quiera amar, respetar, salvar la princesa, conocer el lugar más desconocido, tener el récord en lo más insospechado, descubrir el delito más terrible. Escribir para niños es intentar descubrir un resguardo personal.

(Yunier Riquenes, Cuba)

Mi propuesta de literatura infantil y juvenil tiene un compromiso profundo con la cultura universal, con un tesoro de tradiciones, símbolos y sabiduría que se ha ido paulatinamente olvidando en el diseño de las políticas educativas del mundo hispanoparlante. Considero muy importante que los niños y los jóvenes de España y Latinoamérica sean introducidos, por ejemplo, en el mundo grecolatino, porque es la base de nuestra cultura común. Y que esta introducción sea deleitable y construida con la riqueza poética de la hermosa lengua española, que es el puente mágico que nos mantiene unidos y cercanos culturalmente a españoles y latinoamericanos. Dice Gastón Bachelard que la filosofía es la ciencia de los orígenes deseados. En este sentido, intento que la literatura que dirijo a los niños y jóvenes regrese al presente con los tesoros encontrados en nuestros más puros, bellos y promisorios orígenes.

(María García Esperón, México)

Escribimos para niños y jóvenes por motivos muy personales que por su propio peso derivan en razones sociales. Escribimos para nuestra hija, para la niña que fue, para la joven que es. Para nosotros. Y, definitivamente, para ese lector juvenil que nos encuentre.

(Rebeca Murga y Lorenzo Lunar, Cuba)

Yo empecé escribiendo literatura general, es decir “para adultos”. De esto hace muchos años. Todo lo que escribía era hiperrealista. Casi naturalista, te diría. El realismo era una especie de cárcel literaria para mí. No podía, en esos textos, encontrar en el lenguaje nada más que lo que me servía para describir realidades. Cuando empecé a escribir para chicos se me abrió un abanico inmenso de posibilidades. Partir del plano real y de ahí pasar al plano fantástico sin perder el verosímil fue el primer gran descubrimiento. Encontré allí todo lo que el lenguaje me podía ofrecer, un campo exploratorio más amplio: el juego, la poesía, el disparate, el humor. Esa fue mi experiencia.

(Silvia Graciela Schujer, Argentina)

Escribo para que los jóvenes vean en la literatura la posibilidad de vivir e interiorizar otras vidas, de gozar con la palabra escrita, de ser capaces de amar la belleza, de convertirse en personas leales y críticas, de ayudarlos a encontrar su camino, perdiendo el miedo a tantos demonios que andan sueltos, y que desarrollen la capacidad de superar las adversidades. Por todo ello y por más cosas que nos envuelven, por todo eso, escribo. Sinceramente, me gustaría crear con mis libros una fuente eterna de sueños que saciara la sed que el ser humano necesita saciar para ser feliz.

(Antonio García Teijeiro, España)

Pienso que la infancia está sometida por los adultos. Estos mandan, deciden, idean la sociedad en la que vive el niño, para bien o para mal. Yo, como creadora, intento decir que la relación niño-adulto no es Dominante y Recesivo (como en la genética), sino un mutualismo.

(Mildre Hernández Barrios, Cuba)

De niño amaba los libros de la bibliotequita de la escuela, no por lo que decían, sino por las láminas que tenían; esas ilustraciones en color de hechos tan irreales como las mismas historias me acompañaron durante toda mi escuela primaria. Ese primer contacto se hizo más fuerte luego con el cine. Todos los domingos íbamos a la matiné de las 3. Y de nuevo esas historias me quedaban dando vueltas en la cabeza queriendo ser yo el protagonista. Siempre me atrajo este tipo de lecturas y de películas. Esa fue mi primera formación. El gusto luego se volvió pasión, la pasión oficio. Ya de adulto, mientras más leía, más me envolvían esos relatos, pero ya no quería ser protagonista, ahora quería ser el dueño, el hacedor de ellas. He dedicado toda mi vida a escribirles a los niños; es una deuda con mi niñez. Al fin y al cabo en el fondo sigo siendo ese niño que se emocionaba en la bibliotequita de la escuela primaria.

(Gerardo Meneses Claros, Colombia)

Escribo sobre los que no aparecen en los libros casi nunca: la mujer negra, el hombre negro, la niña negra, los viejos, los niños maltratados, las mujeres violadas, los hechos más dolorosos, los secretos más ocultos, las miserias más profundas, los odios más horrendos. En mis libros están los mal llamados “tema duros”, cosas que nos suceden y que es difícil hablar de ello. Hablo de racismo, de violencia, de santería, de padres borrachos y madres jineteras, de gente que se va en una balsa o de gente presa, de espiritismo, de esclavitud, de gente sin recursos, de la marginalidad, del abandono. El tema de la muerte, la soledad, el transcurso del tiempo, la separación, la desventura o la ternura de la vida son mis constantes. Mi propia vida ha estado llena de estos temas. Vengo de un hogar donde todas estas cosas han estado presentes. Si me pusiera a hablar de duendes y hadas no sería yo. Quizás algún día pueda hacerlo, pero no ahora. Escribo lo que he visto, lo que he experimentado. Si voy por un camino aparte o no, no me preocupa. Lo que importa es que estoy andando, avanzando, “rompiendo talanqueras”, como dicen los santeros.

(Teresa Cárdenas Angulo, Cuba)

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