"Mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura"

Ernesto Guevara de la Serna, el Che, tuvo siempre una cercana relación con la literatura, primero como un lector voraz, luego escribiendo y considerándose a sí mismo como un “poeta frustrado”. Su admiración por el oficio de escribir quedó asentada en una carta dirigida a Ernesto Sábato donde confiesa que consideró el “título de escritor” como “lo más sagrado del mundo”.
Desde pequeño, según lo han documentado sus biógrafos, era un voraz lector.
En una carta fechada el 27 de noviembre de 1936, informa a su tía Beatriz: “Recibí tu carta, ya llegaron los libros de Salgari y los de Vigil”. Pasa luego a una petición: “Mandame los otros cuatro libros de la colección”. Para entonces, Tete, como es llamado cariñosamente por sus familiares, tiene ocho años de edad. A un mes de cumplir los diez años, escribe nuevamente a su tía solicitando lo siguiente: “Cuando pases por la calle Santa Fe averíguame si tienen Los misterios de la India, de Emilio Salgari”.
Ambas cartas muestran a un lector temprano que conoce lo que lee, que está desarrollando, en términos de Bourdieu, un habitus de lectura. Este proceso acarrea, de igual manera, la creación de una biblioteca propia. Un elemento que merece ser destacado es el tipo de literatura que adquiere y lee: novelas de aventura. De ahí que sus autores predilectos sean Salgari, Verne, London. Las aventuras que no logra vivir físicamente, debido al asma que lo acompaña desde los dos años de edad, tendrán vida a través de la lectura.
Esta le permite desplazarse en el plano de la imaginación, rompiendo así la inmovilidad física a la que le obliga la enfermedad. Existe un trato íntimo y entrañable con lo que lee. Como anota el ensayista cubano Julio M. Llanes: “el joven lector convirtió la lectura en un permanente viaje”.
Guevara creció en un ambiente familiar culto, que apoyó a la resistencia española contra el franquismo, lleno de ajedrez, bohemia, discusiones políticas y, por supuesto, literatura. Según su padre, cuando Ernesto “llegó a los doce años, poseía una cultura correspondiente a un muchacho de 18. Su biblioteca estaba atiborrada de toda clase de libros de aventuras, de novelas de viajes”.
Su relación con la literatura será, desde entonces, inquebrantable. Las lecturas que realiza, además de esas novelas de viaje, pasan por Quiroga, José Ingenieros, Cervantes, Neruda. Su madre “le enseña francés y lee a Baudelaire en su idioma original. Y El decameron de Bocaccio”. Ya en la juventud, junto a su amigo Alberto Granado “se apasionan con Santuario, de Faulkner”.
La lectura (particularmente el gusto desarrollado por las novelas de aventura en su infancia, y su inclinación hacia la poesía durante su juventud) se convertirá en un elemento que él mismo, muchos años después, definiría como uno de sus “vicios”. Existen, además, no pocas fotografías suyas, tanto en la Sierra Maestra como en las posteriores experiencias guerrilleras del Congo y Bolivia, leyendo en todo momento. Así, su ejercicio lector, su habitus desarrollado, lo conducirá a la senda de la escritura.
Como ha señalado Ricardo Piglia, el Che “escribe porque lee”. De esa manera, la literatura es gran parte de su mundo y el mundo se transforma en la literatura. Esa relación le despertará el deseo de convertirse en escritor con toda la carga que eso representa; es decir, asumir la creación literaria como modo de vida, fabular, inventar, hacer el mundo con las letras y relacionarse con este a través de ellas.
Tomado de "Ernesto Guevara y sus diarios de motocicleta. El viaje narrativo del Fúser hacia el Che", en Latinoamericanos
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