Ejercicio 15: El Ramayana de Valmiki
Leer el Ramayana hoy sigue siendo uno de los placeres estéticos y cognoscitivos de los que ningún lector que se precie de tal debería privarse. Por desgracia pasado por alto, junto a su muy cercano Mahabharata, en los planes de estudio universitarios, los acercamientos más visibles a él resultan a través de dibujos animados, excelentes en su factura y fieles a la historia de la epopeya (al menos en las dos versiones que conozco), pero limitados para adentrarse en el universo cultural, religioso y poético que resulta esta obra maestra.
Mi experiencia personal impartiendo Literatura en la Facultad de Teatro del Instituto Superior de Arte de La Habana, me permite testificar un notable interés y un auténtico disfrute por parte de los alumnos, una vez que decidí incluir el Bhagavad Gita y el Ramayana dentro de las lecturas obligatorias del curso, y ponerlos a dialogar con otras monumentales creaciones de la antigüedad (la Epopeya de Gilgamesh, la Biblia, la Ilíada y la Odisea). Ya que estos últimos han sido más frecuentados por la academia cubana, y también por la crítica (es un decir), preferiría centrar mis apuntes de hoy en las piezas hindúes, y, de estas, básicamente en el Ramayana, cuya última edición por la Editorial Gene Nueva tuve el placer de prologar.
El Mahabharata (cuya concepción inicial podría datar del año 300 a.n.e., pero que fue objeto de numerosas variaciones sobre el año 300 de n.e.) es una de las piezas literarias más largas del mundo con sus alrededor de 200 000 versos, y aunque se atribuye su creación al sabio Vyasa, narrador de la trama y pariente de ambas dinastías en conflicto (los Kuravas y los Pándavas), no parece posible aseverarlo con exactitud. El tema de la obra alude a los hechos bélicos ocurridos entre dos ramas de la misma tribu, ambas descendientes de un antecesor, Kuru, y que luchaban entre ellas por la soberanía de Hastinapura (para muchos la actual Delhi). La más antigua de esas ramas conservaba el nombre genérico de Kuru, mientras la identificación de la más joven derivaba de Pandu, otro de los descendientes y padre de los cinco principales jefes. Esta epopeya está dividida en dieciocho parvas o libros, los cuales relatan los pormenores de la confrontación entre ambas facciones en el valle de Kurukshetra, ganada a la postre por los Pándavas. Con ese hilo conductor se narran multitud de historias paralelas, relatos de guerras, de lucha entre el bien y el mal, de enfrentamientos por la tierra, de amor, traición y venganza, de sabios, dioses y demonios; fábulas sorprendentes por esa fantasía especial presente en la creatividad india.
Sin duda, la mejor conocida se expone en el Bhagavad Gita (“El canto del Señor”), incluido en el parva VI del Mahabharata en forma de diálogo entre Arjuna (tercero de los príncipes pándavas) y Krishna (una de las encarnaciones terrenales del dios Visnú). Este pasaje se ubica justo antes del comienzo de la batalla de Kurukshetra y da testimonio de las dudas de Arjuna al ver entre las filas enemigas a tantos parientes y amigos y de su temor a cometer fratricidio. Ante su decisión de no luchar, Krishna, el conductor de su carro de combate, se revela como dios omnipotente y como expositor de varias vías para la liberación espiritual, y explica a su discípulo la naturaleza del alma y el camino verdadero para llegar al absoluto. Entre las doctrinas expresadas aquí hallamos muchas de las que constituyen la esencia de la religiosidad en la antigua India: la inmortalidad del yo del individuo (atmán) y su identidad con la deidad suprema (Brahman), el proceso de la reencarnación y la necesidad de renunciar a los frutos de la propia acción personal. Krishna reconcilia las afirmaciones opuestas de sacrificio y deber mundano, por un lado, con la meditación y renuncia por otro, a través de la devoción a un Dios que aparece en un breve pasaje bajo su forma terrorífica de día del juicio final antes de transformarse en la forma humana compasiva de Krishna. Pero el Bhagavad Gita no es solo una síntesis de las doctrinas de la antigüedad hindú ni un tratado del Yoga o unión mística con la divinidad, sino, además, un texto literario de estilo elevado y sublime, cuajado de comparaciones ingeniosas y de imágenes de alto valor poético, que aúna pasajes notables por su sencillez con otros de amplia majestuosidad y que nos trasmite un complejo pensamiento metafísico a través de imágenes de un intenso colorido y de descripciones hechas en un lenguaje rico en elocuencia e imaginación.
Similares características presenta el Ramayana, escrito originalmente en unos 50000 versos bajo la autoría de Valmiki, el Adi Kavi, es decir, el Primer Poeta o creador del sloka, forma poética por excelencia en que están cantados el Mahabharata y el Ramayana. Aunque su datación habitual se fija en el año 290, para algunos estudiosos antecede al Mahabharata, a pesar de que el núcleo fundacional de este sea anterior, pues se cree que una versión completa del texto era ya antigua y famosa cuando todavía el Mahabharata no había obtenido su forma actual. Otros historiadores piensan que la variante definitiva del poema fue compuesta por Valmiki en el siglo III de nuestra era apoyándose en las viejas baladas que se fraguaran hacia fines del siglo II de la era anterior.
El Ramayana está estructurado en siete kandas o libros que cuentan, más o menos de manera cronológica, los sucesos fundamentales en la vida de Rama, séptima encarnación de Visnú. El libro I, Bala Kanda (“capítulo de la infancia”), detalla su milagroso nacimiento, su vida temprana en Aiodhya, la muerte de los demonios del bosque a solicitud de Visvámitra y sus bodas con Sita (esta palabra significa “surco” en sánscrito); el libro II, Ayodhya Kanda (“capítulo de Aiodhya”), cuenta el sufrimiento de Dásharatha por la promesa hecha a Kaikeyi y el inicio del exilio de Rama; el libro III, Aranya Kanda (“capítulo del bosque”), describe la estancia de Rama en el bosque y el rapto de Sita por Rávana; el libro IV, Kishkindya Kanda (“capítulo de Kishkinda, el reino Vánara), nos relata cómo Rama se hace amigo del mono Sugriva y el ejército vánara (de antropoides) inicia la búsqueda de Sita; el libro V, Sundara Kanda (“capítulo hermoso”), es aquel en el que Hánuman viaja a Lanka y encuentra a Sita aprisionada y trae las noticias a Rama; el libro VI, Yuddha Kanda (“capítulo de la guerra”), narra la guerra entre Rama y Rávana y el retorno del victorioso Rama a Aiodhya y su coronación; por su parte, el libro VII o Uttara Kanda (“capítulo final”), refiere la vida de Rama y Sita después de su retorno a Aiodhya, cómo Rama echa al exilio a Sita, su posterior reencuentro, la muerte de Sita y por último la desaparición de Rama.
Debido a ciertas diferencias de estilo y a algunas contradicciones entre ellos y el resto del poema, algunos estudiosos consideran que buena porción del capítulo I y la totalidad del VII no pertenecen al texto original y fueron añadidos con posterioridad. Estos capítulos contienen la mayoría de las referencias mitológicas que se encuentran en el Ramayana y son los únicos que aluden al milagroso nacimiento y a la naturaleza divina del héroe. Son los que aclaran, además, las numerosas leyendas sobre Rávana que provocan la ira de los dioses y hacen que estos decidan buscar una manera de provocarle la muerte. Resulta curioso que a lo largo del resto de la epopeya jamás se alude a que Rama sea una encarnación de Visnú y todo el tiempo se cita a Indra (lo que induce a remontarnos a los Vedas) como la más alta deidad y a otros dioses como Yama, el dios de la muerte. Estos dos capítulos expresan, asimismo, las principales referencias a Valmiki como autor del Ramayana e iniciador de su difusión en la cultura hindú.
La edición cubana recoge básicamente el contenido de los capítulos II al VI del libro. Es, como podrá apreciarse, una traducción en prosa que mantiene la hermosura poética en el lenguaje y la entonación majestuosa y reiterativa que caracteriza a la epopeya junto a la presencia de fuerzas sobrenaturales que configuran la acción, las descripciones de batallas y otras modalidades de combate físico, la participación de un gran número de personajes y la abundancia de parlamentos. No debemos olvidar que la epopeya fue, al decir de muchos, la forma arcaica de la novela o que la novela se convirtió, con el paso del tiempo, en la epopeya de la modernidad. Por eso al leer el Ramayana en esa traducción la prosa nos ayuda a adentrarnos en el tema y el argumento, a compartir las peripecias de los principales héroes y heroínas y a comprender mejor la evolución dramática del poema hacia su desenlace. O sea, que estamos leyendo una especie de novela de aventuras en la que de continuo intervienen los dioses, la magia, los elementos fantásticos (animales que hablan, proezas increíbles de los héroes en pugna) y el amor, en la cual no se pierde la elegancia de los símiles o la sorpresa de la fricción entre las palabras propia del lenguaje de la poesía. No obstante, para una mejor comprensión de los hechos, me gustaría referir ciertos acontecimientos importantes presentes en el capítulo I y en el VII para que el lector se haga una idea completa del Ramayana y consiga redondear algunos detalles de la trama.
En el capítulo primero aparece la siguiente historia, relativa al poder de Rávana y al nacimiento de Rama. El insolente príncipe del mal, al ver que no podía competir en gloria con Visnú, pidió a Brahma que le concediese el don de ser invulnerable, que no lo mataran la espada o la flecha ni la fuerza de los dioses; solicitó hacerse inmune a la lanza de Indra, al dardo de Surya (el sol) que traspasaba la más densa oscuridad y enviaba sus mensajes a las estrellas y que los vientos desencadenados nada pudiesen contra él y sus ejércitos infernales. Una vez que Brahma, tras mucho cavilar, le concede sus peticiones, Rávana comienza a asolar la tierra y a los hombres, ya fueran sacerdotes o soldados, navegantes o labradores. Los mortales se hunden en el mal, la enfermedad, el odio y la muerte. Entonces Visnú, molesto ante los desmanes de Rávana, pide a Brahma que lo deje tomar forma humana, único elemento contra el cual el demonio no ha pedido protección, que él se encargará de detener a aquel que había pretendido engañar a los dioses y burlarse de su poder. Consentido esto, Visnú renace como Rama, hijo del rey Dásharatha de la ciudad de Aiodhya y comienza su largo viaje de formación para encontrarse con el maligno enemigo y hacer justicia.
Otro asunto importante que revela el Bala Kanda es la creación del sloka por parte de Valmiki. Recogido en la soledad de los bosques el sabio pedía inspiración a los dioses para que le ayudasen a cantar las proezas de Rama. Pero se sentía desconsolado. No sabía qué extensión, qué medida daría a sus versos. Le parecían infantiles y poco dignas de la majestad del asunto las canciones rimadas que conocía. El verso era pobre e insuficiente para entonar las inmortales gestas de su héroe. El poeta buscaba con ansiedad una estrofa que fuese igual al hombre; que tuviese vida y reflejase, como un cristal que no aprisiona la luz, todas las facetas de su alma. Mientras contemplaba el cielo sumido en estos pensamientos, pudo ver una pareja de aves posadas en la rama de un árbol, que dialogaban con sus trinos y copulaban. De pronto, el macho cayó herido por la flecha que le disparó un cazador y fue a parar, manchado de sangre a los pies del piadoso Valmiki. Conmovido por el dolor que debía de sentir la hembra del animal al verse abandonada, el poeta, sin quererlo, pronunció palabras en que lamentaba aquella muerte, y las acompañó de amenazas contra el matador. Después, Valmiki se dio cuenta de que su frase no había brotado en prosa de sus labios, sino en verso. Una corriente de poesía, en un ritmo desconocido hasta entonces, había salido de su boca. Y cuando, meditando sobre ello, regresaba a su cabaña, Brahma se le apareció y le anunció que, sin querer, había creado el verso perfecto, el sloka; y la deidad le mandó componer el divino poema de la vida y hazañas de Rama en aquella medida, que serviría luego para casi toda la épica hindú. El texto de ese primer sloka, una especie de copla con versos de dieciséis sílabas, en una traducción muy libre al español podría decir: “Salvaje de piel negra de la tribu nishada,/tu mala fama perdurará por eternos años,/pues a ese zarapito macho aniquilaste/mientras copulaba, engañado por el deseo”.
El Uttara Kanda, por su parte, evoca los años finales de Rama y Sita luego de su regreso a Aiodhya y de la asunción que hiciera el héroe del reino que estuviera temporalmente en manos de su hermano Bharata. Después de su coronación, Rama escucha entre las gentes de la ciudad opiniones negativas sobre cómo él había perdonado a Sita luego de ella vivir un largo período bajo el techo de Rávana. Más atento al parecer del pueblo que a su amor por Sita, Rama la destierra al bosque a purgar un pecado que en realidad no había cometido; pero Sita, fiel defensora del código machista de aquella sociedad en que la esposa era una sierva de su marido y de sus órdenes, acata el mandato y se va a la foresta donde recibe la acogida del ermitaño Valmiki. Allí trae al mundo dos gemelos, Lava y Kusha, hijos del rey que son criados por su madre y educados por el poeta en absoluta ignorancia de su identidad. Valmiki compone el Ramayana y los primeros oyentes, aprendices y recitadores del poema son los propios vástagos reales. Más tarde, durante la ceremonia del Ashwamedha yagna, o sacrificio de un corcel, a la cual asisten los jóvenes conducidos por el eremita, estos cantan el poema épico en presencia de Rama. Al llegar al fragmento del destierro de Sita, Rama se siente profundamente triste y Valmiki, para alegrarlo, hace venir a Sita. Esta invoca a la tierra, su madre, a recibirla en prueba concluyente de su inocencia y, de pronto, el suelo se abre y se traga el trono en que estaba sentada la reina, que baja hacia el reino de los muertos envuelta en flores y adornos propios de su recobrada investidura. Después de este penoso incidente, Rama conoce que Lava y Kusha son sus hijos, pero apenas puede disfrutar de esa paternidad, porque un mensajero de los dioses aparece para recordarle a Visnú que su misión bajo encarnadura humana ha terminado y que debe volver a su morada celestial. Con el ascenso del dios a los cielos culmina este canto y también el Ramayana.
Aparte de ser un texto de carácter religioso, este poema exacerba los valores humanos de la época (no siempre coincidentes, por supuesto, con los de la actualidad) a través de sus personajes: el padre ideal (Dásharatha), el sirviente ideal (Hánuman), el hermano ideal (Lakshmana y también, de algún modo, Bharata), la esposa ideal (Sita) y el rey ideal (Dasharata, Sugriva, el propio Rama). Principal sitio ocupan, entre esos valores, la devoción conyugal y la lealtad, que hacen, como insinué antes, que este libro también pueda ser leído como una curiosa novela de amor en la cual el héroe y la heroína enfrentan la voluntad familiar, las intrigas palaciegas, el destierro, la desesperanza, las tentaciones y hasta el rapto y la intromisión de voluntades extrañas en sus vidas y mantienen intacto su fervor mutuo y su honestidad, como también hicieran Penélope y Odiseo.
Según algunos, esta pieza épica recibió influencias de la creación homérica, que le había antecedido en varios siglos y cuyas referencias parecen encontrarse en menciones aisladas a los Yavanas (jónicos o griegos); según otros, que estiman espurias esas menciones, se trata de presumibles coincidencias en los motivos y las atmósferas de todas las epopeyas. De cualquier modo, resulta significativo apuntar las similitudes entre el rapto de Helena y el de Sita (aunque la primera huye con Paris por amor y la segunda es llevada por Rávana en contra de su voluntad), el asedio de Troya y el de Lanka o el episodio del arco de Odiseo en el banquete donde Penélope debe elegir esposo entre sus muchos pretendientes y la prueba a que es sometido Rama por Janaka, rey de Mithila y padre de Sita, consistente en manejar un enorme arco dejado en manos del soberano por el propio Siva y que ningún humano, hasta entonces, había podido emplear.
Esta monumental creación en lengua sánscrita ejerció, a su vez, una profunda y sostenida influencia sobre la literatura india posterior. Se conocen disímiles versiones del poema, bajo similar o distinto título, en las principales lenguas que componen el complejo cultural conocido como India: Kamban escribió una versión en tamil, Tulasi una en avadhi, Madhava Kandali una en asamés, Kritisava una en bengalí y Eluttacchan una en malayalam, entre muchas otras. Eso sin contar su presencia en pasajes y fragmentos de la obra de poetas como Kalidasa o Rabindranath Tagore y en la arquitectura y el arte indios y, además, asiático, una vez que el pueblo hindú comenzó a colonizar el sureste de Asia en el siglo VIII y estableció varios reinos. Gracias a esto, el Ramayana se volvió popular en el sureste asiático y se manifestó en la literatura y en la arquitectura de los templos, particularmente en Indonesia, Tailandia, Camboya, Laos, Malasia, Birmania, Vietnam y Filipinas. El Mahabharata y el Ramayana formaron, asimismo, la base del teatro en la India y en gran parte de Asia.
De forma posterior y paulatina, estas composiciones fueron influyendo, de manera directa o indirecta, sobre las principales literaturas europeas, y ya a finales del siglo XIX aparecieron las primeras traducciones y acercamientos críticos a ellas en las lenguas primordiales de Europa: el inglés, el alemán, el francés, el italiano y el español. Hoy, resultan ampliamente difundidas a través del teatro, el cine y las series televisivas, aunque todavía muchas personas en la India, incluso analfabetas, las siguen recitando de memoria como testimonio de su perennidad. No obstante, insisto, ningún camino como el de la lectura para saborear lo más a fondo posible estos tesoros provenientes del subcontinente indio.
