Terror dibujado al óleo
Pues ahora se trata de Cerezas al óleo, segunda parte de una trilogía que integran aquella y otra obra suya en proceso llamada El noveno grimorio, todas interconectadas por los personajes protagónicos y su entrañable relación con el arte y la literatura, y que también se relacionan con los volúmenes de cuento El extraño crujir de las cosas mal dormidas I y II.
En este narrador tan particular lo primero que asombra es su poderosa imaginación y a la vez esa sabiduría inmanente en cada obra suya, que con habilidad de tejedor él hilvana a la perfección con una trama coherente y emotiva que desde las primeras páginas va atrapando al lector en esa misteriosa y potente red de la que ya nunca más podrá escapar.
Leyendo a Maikel nos sentimos frente a la vida misma, pues su gran oficio le permite ocultar todas las costuras que cada escritor utiliza en sus obras, que en su caso siempre resultan invisibles por su inigualable y convincente poder para trazar atmósferas, describir situaciones y delinear los atinados caracteres psicológicos de sus personajes, que desde el primer momento son tan convincentes que se les llega a odiar, amar o temer.
Maikel es un creador original, que no rechaza sus influencias de grandes autores, pero siempre consigue dotar a su narrativa de los incentivos suficientes para seducir a los jóvenes lectores, bueno, a lectores de cualquier edad por exigentes que estos puedan ser: utiliza un vertiginoso ritmo narrativo, tramas en diversos planos temporales (o narrativos) que se complejizan a medida que avanza el relato, diálogos breves y precisos, así como abundante información cultural que enriquece no solo el entretenimiento, sino la sapiencia de sus presumibles lectores.
Con elementos de novela gótica, de misterio, fantasía, terror y relato de crecimiento, Cerezas al óleo nos sumerge en el alucinante mundo al que un día llega su joven protagonista Ana, luego de que su madre es avisada de la gravedad de una pariente lejana: Galatea.
Llegar a Mansión Castillo y atravesar Monte Silencio será para estas mujeres citadinas toda una aventura inesperada que trastoca sus existencias, pues ya desde el camino comienzan a conocer las trágicas leyendas con que la tradición local matiza un pavoroso pasaje boscoso donde reposan las ruinas de un antiguo templo cristiano, en el cual se cuenta aparece una novia fantasma, víctima del incendio que destruyó su vida.
Como serpiente que se muerde a sí misma la cola, el libro nos va intercalando momentos presentes –en los que Ana comienza a sufrir una serie de pavorosas experiencias extrasensoriales al sentir ruidos, ver sombras, escuchar voces misteriosas y ser testigo de cómo unas aladas figuras cobran vida– al tanto que en fragmentos muy bien seleccionados, el autor nos avisa del mito creador de la vida según las más antiguas cosmovisiones de distintos puntos del orbe y también somos testigos de un casi críptico intercambio epistolar entre el antiguo propietario de tan siniestra mansión y su amigo y proveedor europeo Mauricio Tobeñas.
A medida que la acción avanza, el terror del relato se intensifica al hacerse más frecuentes las apariciones fantasmales, en tanto Ana debe permanecer sola en el vetusto caserón lleno de óleos, que su propietario el afamado pintor Fernando Castillo legara a la posteridad y una serie de horrores impensados cobren vida para poner los pelos de punta al más avezado lector.
Ana solo encontrará el camino de la verdad cuando por fin recibe el auxilio de una amiga inesperada, quien desea ser pintora algún día y frecuenta la casa desde hace varios años.
De modo sutil, el relato consigue llevarnos hasta esa mágica relación dialéctica que se establece entre la vida, la muerte y la inmortalidad y el deseo humano de trascender los límites que estas le imponen en su albedrío existencial.
Mientras con Ana vamos avanzando por los oscuros corredores de la mansión hechizada, por tantos años de olvido, amor incomprendido y dolor, entendemos que la eterna esencia del hombre es buscar su posteridad, sobrevivirse a sí mismo e inventarse soluciones impensadas ante lo inevitable del destino que en ocasiones le trasciende. Ubicado en las problemáticas juveniles, pues la joven protagónica ama, sueña, se desilusiona y a veces sufre del mal carácter materno, a la manera de los clásicos del género, Maikel consigue que nos identifiquemos plenamente con su heroína, quien lucha por sobrevivir al horror que no entiende y al que deberá vencer como única vía de salir airosa de tan dura prueba existencial.
Quienes gusten de este tipo de literatura encontrarán en Cerezas al óleo una obra que airosa emula con sus antecedentes en el género de terror gótico. En tanto que cualquier lector disfrutará de una trama seductora, inquietante, llena de lecciones éticas, y tras cuya lectura ya no conseguirá ver el mundo del mismo color. Este es de esos libros que nos marcan… y para siempre.