Los abuelos de los almendrones
La Editorial José Martí y la librería Alma Mater, al cierre del verano durante el Festival del Libro y las Artes, ofreció al público una atractiva oferta de títulos para los más exigentes lectores.
De la colección Catalejo, se presentó el libro Los abuelos de los almendrones, de Alfonso Cueto Álvarez. Traemos a colación las palabras de presentación, que su editor, Jorge Fernández Era, expresara el 22 de marzo de 2018 en la librería Alma Mater.
Los abuelos de los almendrones
Si transporte es la acción y resultado de transportar, o el medio o vehículo destinado al traslado de personas, animales u objetos, tendremos que coincidir en que en nuestro país cualquiera de esas funciones posee una connotación especial. Desde mucho antes de que vengamos al mundo, los cubanos estamos predestinados a sufrir los embates de eso que se llama transporte público: pregúntenle si no a nuestras madres, que pagan por un cochecito el precio de un avión de primera clase, o tienen que adivinar un verdadero laberinto antes de hallar un asiento en nuestras guaguas que les alivie la carga de la inmensa barriga que somos todos durante nueve meses.
Acá no tenemos metros, y sí muchos kilómetros de calles antiamortiguadores capaces de aflojarle las bisagras al más pinto. Los trenes, si podemos llamarles como tal, no están diseñados para el espacio urbano, y los tranvías hace mucho que dejaron, para el recuerdo de una ciudad que los estrenó temprano, esos raíles que aún acompañan a los baches de no pocas avenidas.
Vaya, que el único traslado que nos es dado casi por la libreta, el que casi nunca falla, es el transporte hacia la eternidad, ese que nos asegura llegar a 23 y 12 en pocos minutos después de una vida empleando no menos de cuatro horas diarias en ir de aquí hacia allá o de allá hacia acullá.
Para aliviarnos el viaje, para facilitarnos rapidez y confort, se inventó el taxi, ese artilugio que en otras ciudades del orbe uno le hace una seña y se rinde a sus pies, pero que acá tiene el complejo de no ir a ninguna parte, o, para ser justos: ir a una sola parte. Y como casi nunca hay producto interno bruto para comprar carros nuevos, o los que se importan solo importan para el uso de los millones de turistas que nos visitan, los cubanos hemos echado mano a eso que el gracejo popular ha definido como almendrones, una suerte de museos rodantes que suelen andar, con mucha suerte, gracias a alguna mezcla de combustible fósil.
Almendrón puede ser lo mismo un automóvil de principios del siglo pasado, que otro llegado a Cuba poco antes de que una conga les dijera a sus constructores que esto era socialismo palante y palante. Cómo se las ha ingeniado el cubano para mantenerlos rodando será tema seguro de futuras enciclopedias, pero lo cierto es que desde el extranjero, con un reduccionismo rayano en lo ofensivo, muchos asocian a Cuba solo con esos autos-postales, que para nosotros devienen alivio ante el infortunio de nuestro transporte urbano, ese que un día está mal y otro peor.
Y para convertir a esos cachivaches en material de estudio se nos aparece este hombre que hoy tengo junto a mí y que dirigió, hace ya más de cincuenta años, la Empresa de Autos de Alquiler, que, si la memoria no me falla, fue conocida en la década de los sesenta, o funcionó en paralelo, no sé, con la Anchar, las siglas de la Asociación nacional de choferes de alquiler. Con un currículo premiado con tal distinción, era de esperar que Alfonso Cueto Álvarez deviniera el más grande estudioso del tema en esta isla estrecha y larga por la que circulan aún miles de autos norteamericanos con más de medio siglo de uso.
Yo, que tuve el honor de editar el volumen que hoy presentamos a los lectores, les puedo asegurar que no salgo del asombro ante su sapiencia automotriz, esa que es capaz de saber con exactitud desde el octanaje de cada modelo, hasta las dimensiones del chasis o el tipo de bombillo del intermitente. Y no lo digo porque me haya leído más de una vez estas páginas, sino porque lo comprobé en las amenas conversaciones surgidas al calor del proceso editorial.
Como bien dice Alfonso en la introducción de Los abuelos de los almendrones, "han quedado bautizados e inscritos en algún imaginado Registro Civil vehículos que al cabo de varias décadas de explotación se permiten aún, en pleno funcionamiento, ser exhibidos y brindar servicio por nuestras calles y avenidas".
Para hacer más exhaustivo su estudio, el autor nos remite a la continuidad, más allá de la década en que dejaron de entrar en Cuba, de cada una de las principales marcas que hoy ruedan por nuestras carreteras, y lo hace utilizando un testimonio gráfico profuso, alimentado en muchos casos por su propia cámara, desde la óptica del cubano común que desanda esta ciudad maravilla.
Hay que agradecer a la Editorial José Martí por la oportunidad que le dan al lector cubano y al que nos visita de sumergirnos en los vericuetos de una historia fundida con el sudor de los obreros norteamericanos y los mecánicos y choferes de la Isla. Ojalá en el futuro nos sea dado leer otros capítulos de tan fascinante relato; Alfonso Cueto Álvarez ya está manejando ese almendrón y tiene gasolina para rato.
Para terminar esta modesta, pequeña presentación de un libro grande, me permito leer, porque en su momento me la agradeció el autor, la nota de contracubierta que realizara para Los abuelos de los almendrones:
Los almendrones son uno de los tantos símbolos de la resistencia de un pueblo que ha tenido que inventar con lo que hay y lo que no hay para resistir el bloqueo económico impuesto por el gobierno norteamericano. Hoy están de moda. No hay visitante extranjero que renuncie a la tentación de retratarse junto a ellos y no se asombre de que esos automóviles con más de medio siglo de existencia sigan rodando por las calles cubanas gracias ―como bien dice Alfonso Cueto Álvarez― al arte y a la creatividad de mecánicos y chapistas cubanos.
Los abuelos de los almendrones es la ruta que nos propone el autor para conocer la historia de las diferentes marcas que circularon y aún circulan en la Isla. No pretenda encontrar el porqué de una denominación que nos remite a esa semilla tan demandada por la industria repostera, porque ello se pierde en los entresijos de la idiosincrasia popular. Simplemente acepte la invitación de Alfonso y móntese, pero, por favor, no tire la puerta.
Jorge Fernández Era
(Palabras en la presentación del libro Los abuelos de los almendrones, de Alfonso Cueto Álvarez, 22 de marzo de 2018, librería Alma Máter).
