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Cortar, no por lo sano

Ricardo Riverón Rojas, 27 de agosto de 2018

El espacio público (mediático u oral) constituye el legitimador inmediato por excelencia de las figuras y procesos involucrados en el amplio entramado de las acciones culturales desarrolladas en cualquier contexto.

Sobre esos pilares, construidos esencialmente por los intercambios arte-público más su reflejo en los medios, se expresan y alcanzan sustento total los procesos artísticos no literarios, atendiendo a que la naturaleza intrínseca de sus manifestaciones les permite la exposición íntegra de sus performance en esos formatos. La literatura, sin embargo, necesita también los réditos que aportan, más en profundidad y en un plazo más largo, las instancias editoriales. Ambas áreas configuran, en su mayor y más sólido segmento, la plataforma pública del proceso literario.

Las jerarquías literarias se estructuran sobre bases que le son exclusivas. La configuración de los espacios públicos para esta se concretan en un entramado multidisciplinario, de intrincados vericuetos. Deben sortear la veleidosa estancia del mercado del libro, así como la embrollada fuerza motriz de los concursos. En la actualidad, para mayor mal, la casi absoluta falta de crítica derivada de la escasez de espacios y la malsana actitud de la comunidad de analistas constituye un lastre que desdeña y aleja al posible lector: se valida (o devalúa) más en los corrillos que en los medios; la vida literaria aplasta a la literatura.

La conquista del lector, la crítica y la academia, emisores del veredicto final, más valioso y duradero, debían redondear el ciclo donde se diseña un coherente sistema de jerarquías literarias. El currículo que las alimenta tampoco se vence en pocos años, aunque, como en todo, las excepciones confirman la regla. Confío en el arte joven, pero la juventud no se debe manejar como criterio estético, algo de lo que no hemos estado libres.

Si desmontamos cada uno de los elementos que intervienen en la configuración de las jerarquías para el llamado a que los autores concurran a ferias (dentro y fuera del país), recitales, conferencias, jurados, antologías, programas de TV y radio, encuentros con estudiantes, empleos, premios, y lo hacemos a la luz institucional, sentimos el sistema atascado, entre otras cosas, a expensas de la falacia de una masividad que desbordó el saco de una mala literatura hecha por "genios". El panorama se torna confuso; el público actual rechaza al bulto todo lo que le ofrecen si trae el sello de lo recién creado. Lo mismo se escribe pensando en los propios intelectuales que se simplifican demasiado las fórmulas para atrapar al lector común. Determinadas temáticas reciben espaldarazos que no siempre se sustentan en la calidad sino en coyunturas.

Limpieza y transparencia son dos principios inviolables en la práctica institucional, y bien sabemos que no son presencia permanente. La burocracia literaria, que en cierto momento nutrió sus filas con intelectuales de fuerza y prestigio, poco a poco ha ido perdiendo ese concurso y los espacios vacíos en no pocas ocasiones los han copado personas ajenas a los principios que rigen el proceso literario. Nada es absoluto, ni ocurre de igual forma en todo el territorio nacional, pero la proporción crece en sentido negativo cuando la contrastamos con la que caracterizó a décadas anteriores.

Si atendemos a la densidad institucional y a la diversidad de tendencias centradas también en la mayor amplitud demográfica, no se configura de igual manera la política de promoción en la capital del país que en las ciudades del interior, sean capital de provincia o no, pues en la medida en que el viaje se profundiza hacia adentro, las acciones que las concretan disminuyen cuantitativamente, aunque no debían hacerlo en el orden cualitativo. Pese a los grandes esfuerzos que se han hecho, el fatalismo geográfico no es una dolencia superada del todo; en las periferias más profundas las ofertas son puntuales y escasas.

A mi modo de ver, las "capillas" vienen plantando un daño que no sé si se pueda revertir en algún momento. Bien sabemos que estas, trabajosamente y a veces sobre pautas extraliterarias, consolidan en nuestra dinámica un discurso de cierta trascendencia pública. Vienen a ser un equivalente de los grupos que en el pasado se formaban al margen de las instituciones, solo que en la actualidad, usan a su favor el poder de estas.

A su sombra se han concretado tráficos de influencias, canonizaciones extremas de figuras cuya gloria legítima irradia a los de su "escuela". En el ingreso o no a alguna de ellas intervienen afinidades (y animadversiones) de diverso tipo: sexuales, raciales, de género, de edad, de coincidencia estética, política, regional, personal, y otras. El manto protector de los mentores abre puertas y da lustre.

La aberración mayor, sin embargo, es su cara opuesta: el igualitarismo, que traza una ruta de mendaz justicia cuando, en la fluctuante praxis institucional, quienes deben contribuir al esclarecimiento hacen caso omiso de la autoridad de figuras legítimamente establecidas, y al amparo de dudosas colegiaturas, o sin colegiar nada, entregan el espacio público a figuras que no saben desenvolverse en el mismo; lo hacen a expensas del voluntarismo, o acogidos al azar, a veces halados por coyunturas apremiantes. A mi modo de ver constituye una marca de incompetencia en la administración de las instituciones que así operan.

Lo arriba enunciado es un fenómeno más frecuente de lo que suponemos. Tal lógica le abre las puertas a todo tipo de oportunismos, y también a las falsas consagraciones. Si en algún terreno se confundieron igualitarismo e igualdad, en algunos territorios, fue en el darle el mismo rango a toda persona que publicara un libro (o breve cuaderno) y en consecuencia entregarle, sin distinciones, los espacios públicos de comunicación oral y mediáticos.

Una institución promotora de la literatura debía caracterizar, atendiendo a jerarquías, no solo a los autores, sino también a sus espacios de intercambio y los formatos, y convocar, de acuerdo con su currículo, a cada autor al espacio y al formato que le corresponda. Deben existir, en los territorios, espacios y actividades de lujo y otros para iniciados. El tránsito para ir de los últimos a los primeros solo se puede rendir con el crecimiento sostenido del currículo.

No todos somos iguales, como mismo no lo son un médico recién graduado y un especialista de segundo grado. Pero como los currículos para escritores no se vencen en universidades, como los de medicina, la falacia igualitarista comienza a operar, a veces, cuando el aspirante a ser tomado en cuenta alcanza cercanía con alguna dirección institucional y la manipula a su favor (lo vi de cerca en la provincia donde vivo), o cuando los funcionarios que elaboran las programaciones no alcanzan a distinguir la diferencia y convocan por igual a trocha y mocha.

Hace mucho que no veía, en el territorio donde me desempeño como escritor, la omisión dolosa de autores de probada ejecutoria. Ello acaba de suceder, tanto en las ferias municipales del libro como en la gira de verano denominada "Con buen gusto". Cuando me percaté de que, pese a existir ejemplares de cinco de mis libros en librerías, no fui convocado a nada, me llamó la atención, pues no sucede eso conmigo frecuentemente, y pregunté; la respuesta que recibí es que habían convocado a quienes los municipios y poblados solicitaran. A otros colegas les sucedió otro tanto.

Dejar al total arbitrio de los territorios la presencia o no de un escritor me resulta una norma poco rigurosa, y pudiera conducirnos a la misma torcida programación de la música que, como denuncian constantemente los artistas de esa disciplina, se ha prestado a no pocas transacciones en beneficio de quien programa. Siempre que hay dinero de por medio, los criterios de política cultural se enrarecen.

La institución concebida para la promoción de la literatura con sentido profesional, al configurar un espacio público coherente para que sobre su plataforma actúen los escritores a tono con sus niveles de desarrollo debería observar de manera dialéctica, según pienso, al menos cuatro principios importantes:

1. Configuración de un orden jerárquico, derivado de las ejecutorias de los autores a lo largo de sus vidas, donde cuentan como créditos: libros publicados, premios obtenidos, opiniones de la crítica, presencia de fondo en medios culturales, calidad de sus pronunciamientos en intercambios profesionales e institucionales de carácter oral, aceptación por parte de los lectores, y otras.

2. Caracterización de sus espacios y actividades, como antes dije, y entregarlos en correspondencia con el nivel jerárquico alcanzado. Constituye también una relación dialéctica en la cual ningún estatus es vitalicio, pues se puede ascender o descender en función de la calidad de lo producido.

3. Posesión de una estadística coherente y puntillosamente actualizada sobre los resultados literarios de cada autor e interactuar con los territorios para que estos no se "enamoren" de figuras y priven a los autores, y a los lectores de determinado territorio, del intercambio enriquecedor y plural.

4. Renovación de peñas y tertulias (evitar las vitalicias, que se agotan) con convocatorias a concursos anuales para los proyectos de promoción que proponga cada persona interesada en materializarlos, incluso con un pago superior al de los espacios fijos actuales. Ello obligaría a una mayor creatividad, y contribuiría a la reconquista del público.

Finalmente, con estas reflexiones solo persigo llamar la atención sobre un proceder que, pese a la generosa inversión estatal a favor de la literatura, va consolidando un buen número de distorsiones. Debemos cortar, pero no por lo sano. Un grupo de autores se beneficia, otros se perjudican (no pienso solo en términos monetarios), pero el daño mayor lo recibe la cultura literaria.

Santa Clara, 24 de agosto de 2018
 

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