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(Re)significar el martirologio
 

Elaine Vilar Madruga, 06 de septiembre de 2018

La masacre, relato que hoy presentamos, se rige bajo el principio de construcción de la ironía. Ironía que se percibe en el discurso, en la construcción verbal polifónica —y muy barroca— que el autor nos propone como manera de (re)crear un universo que bebe de lo macondiano en sutiles formas y de lo cortazariano de manera más evidente, casi a modo de homenaje. "Las ménades", cuento de Cortázar, aparece aquí y allá como referencia a la cual Herrera Baullosa se ata como punto de culminación y clímax dramático de su propia historia. Sin embargo, su ruta es diferente. Diverso es su camino. Divergente es su propuesta.

Bien se percibe la influencia de lo poético que conforma parte del hacer literario del autor de "La masacre". Su lenguaje apuesta por búsquedas lingüísticas que, por momentos, pueden oscurecer la comprensión del discurso pero que, no obstante, mantienen la suficiente claridad como para permitir aferrarnos a un hilo conductor que enriquece la trama. La construcción de esta ciudad-isla, ciudad-convento, ciudad-orden religiosa es una baza de triunfo que permite exploraciones a cierto universo que, quizás, el escritor debería desarrollar en otros cuentos.

Punto y aparte merece la creación del personaje central, esta Santa, este cuerpo sacrificado, esta mártir hedónica y erótica, hasta cierto punto lánguida y activa en iguales dosis: Sandra Magín. El cuento es una racionalización literaria de la gula, especie de metáfora literaria constituida sobre la idea del pecado capital y, a la vez, sobre la idea griega del pharmakós y de la comunión caníbal (carne y cuerpo son consumidos por la gula, por el apetito erótico de la horda).

Una vez más, Herrera Baullosa construye con sutileza la ironía de comparar la entrega de la Santa —su sacrificio heroico y hasta cierto punto deseado, porque a pesar de todo es una mártir— con la idea judeocristiana de la última cena. Así lo advierte Juan 6, 54-56: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.” Y Eduardo Herrera Baullosa parece también afirmarlo. Cabría entonces cuestionarse hasta que punto se trata de un sacrificio hedónico de la Santa y no de una forma de asimilación y perdurabilidad en el cuerpo de otros. El autor da a entender ambos motivos y no elige ninguno, sino que permite que el lector construya su propia imagen de los eventos, lea entrelíneas y/o superficialmente, y elija qué tipo de comunión le place.

Podrían hablarse de otras lecturas, por supuesto: la lista de interpretaciones es infinita y solo culmina en la experiencia individual de cada uno de los lectores. ¿Será este cuento, acaso, una metáfora de la relación canibalística que se establece entre el autor y su obra, o entre el lector y el autor, o entre el lector y la obra? ¿Es Sandra Magín un símbolo que representa conceptos superiores, solo entrevistos en el texto? ¿O estamos frente a la disposición de un mundo que cruza la línea de lo real para adentrarse en el boscoso espacio de los signos?

Concomitante con el realismo, el autor utiliza el lenguaje, una vez más, como herramienta que le permitirá al lector darse cuenta que se halla ante una realidad otra, extraña y dotada de nuevas reglas, de una vida propia que el espectador tendrá que develar en cada línea de texto. Pinceladas del absurdo. Un toque, un pellizco de fantástico. Una realidad bifurcada. Dos corrientes paralelas que parecen transitar entre dos mundos distintos y que, sin embargo, se resumen y confluyen perfectamente en uno.

La idea del martirologio hedónico es uno de los momentos que, a mi entender, son cumbres en este texto. Pienso en Gian Lorenzo Bernini y El Éxtasis de Santa Teresa. Recuerdo el rostro de placer de la Santa ante la presencia del ángel barroco y su mundo de un dolor agridulce. De alguna manera, creo que Bernini y Herrera Baullosa comparten un sentido común, en denominador semejante que (re)significa el concepto del mártir y de la comunión con el otro, sea este ángel, flecha, horda o lector hambriento.


EDUARDO HERRERA BAULLOSA. Graduado de Medicina. Eduardo fue escritor de un programa radial especializado en arte lírico, para la emisora Habana Radio de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, por dos años. Luego integró el equipo técnico del Anfiteatro del Centro Histórico como asesor y asistente de dirección de teatro musical por seis años. Poeta y narrador. Fue miembro del grupo literario “Silvestre de Balboa”. Ha obtenido premios en diversos certámenes como el primer premio del concurso “Oscar Hurtado” en la categoría de poesía fantástica 2010, mención del concurso “Salomón 2009”. En 2011 fue finalista en la categoría poesía del concurso “Premio David” de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y jurado del concurso de poesía fantástica “Oscar Hurtado”. Su libro Despedida en La Habana como si fuera Ítaca, resultó Primer Premio del concurso internacional de poesía “El mundo lleva Alas”, que auspicia la editorial Voces de Hoy en Miami.

 

                    

 

 

                   La masacre

Han pasado dos siglos desde que Sandra Magín fuera devorada, milenios desde que un joven nombrado Jesús con su expiación desnuda, transformara los ojos de la Madre en escudillas y sus seguidores temblaran en la arena bajo el lirio y la palma de los ángeles. A pesar de la épica de los primeros cristianos, y la eterna entrega de Nuestro Señor, para los habitantes de aquella ciudad de mar no existiría otro cuerpo de veneración que el de la mártir devorada.
La historia comenzó con la aparición milagrosa de una niña regordeta en el torno del último convento de Semolinas Descalzas de la Ciudad del Mar. Las hermanas que la criaron pertenecían a la orden del Santísimo Salvador de Santa Sémola, y su carisma consistía en la fabricación de la Santa Pasta que alimentaba a los menesterosos. El monasterio había sido establecido un siglo antes de la llegada de la niña.
Una negra mandinga conocida como Sémola de las Mercedes fue su fundadora y primera abadesa. La orden no tardó mucho en ganar adeptos por lo que pronto se extendió por toda la isla.
A pesar del éxito alcanzado en sus orígenes, las Semolinas no lograron mantenerse unidas. Con la muerte prematura de la iluminada, la nueva abadesa modificó la regla y transformó la orden, subsistiendo dos congregaciones bien diferenciadas: las  Descalzas propiamente dicho y las Mecanizadas, estas últimas agrupaban a las seguidoras de la revolución, cuya aportación esencial consistió en sustituir el antiguo y laborioso método por otro más eficiente, de allí el nombre adoptado por las religiosas de la reforma. Hoy en día son mayoritarias.
Las religiosas tradicionales continuaron con la antigua costumbre de pisar descalzas el gluten para dar forma a los tallarines.
En un claustro Descalzo creció la pequeña Sandra. Años más tarde entraría como novicia de la orden y terminaría su corta vida devorada por los habitantes de la ciudad. 
Sana y muy bien alimentada, correteó entre la masa fresca y suave de la pasta, perfumada por los mil olores de las especies utilizadas en la preparación.
Su apetito era brutal y a pesar de ello no se le podría acusar de gula desmedida, pues el sentido natural de la compasión la llevaba a compartir sus macarrones con el prójimo hambriento. Nunca dejó de reír y supo reírse de sí misma cuando los habitantes de la ciudad se burlaban de su gorro frigio.
Compleja y mística, su entrega estaba dotada de la más profunda pureza: si calor era lo que faltaba al menesteroso, toda ella se transformaba en un sol nuevo y recién horneado, si sed se traslucía en su faz, todo un día de lluvia venido de no se sabía dónde lo inundaba.
Cuando se le tensó la redondez hiperbólica de sus formas juveniles, tampoco dudó en darlas sin límites si eran requeridas. El único saber de su existencia era el de brindar pasión hospitalaria. A pesar de venerar los prodigios de la novicia, las reverendas maternidades no aprobaban sus prácticas sexuales e intentaron detenerlas encerrándola en el campanario del convento. La severa disposición no logró nada en concreto,  pues la  joven nunca abandonó al prójimo sin su dádiva necesaria; apareciendo milagrosamente allí donde se le necesitara.
En su universo erótico el manantial aromático de sus carnes untadas de especias y el deseo del necesitado fueron maridaje perfecto: si el suplicante había sido vinicultor olía a queso fermentado, si era un boticario a ipecacuana o belladona, si una florista a jazmines, si un travesti a carmín y coloretes, si un monje al incienso más perfumado, en un infinito de combinaciones capaz de satisfacer hasta el último de los menesterosos. Podía ser pura en la pasión, sin perder la pureza de la pasión en sí misma. Cada jornada amatoria era entregada como la sagrada eucaristía.
Si en un inicio el portento que entregaba la beata fue del beneplácito y la admiración de sus coterráneos, con el pasar del tiempo la situación cambió. Mareados por el vaivén de su isla en el mar, dejaron de ser pacientes mendigos. El convento se transformó en un hervidero de almas hambrientas de placer que no esperaban a estar necesitadas para exigir limosna. Las Semolinas no alcanzaban a repartir la Santa Pasta que frenéticamente elaboraban entre tantos indigentes salidos de todos los rincones. Sin comprender lo que ocurría, pisaban día y noche la masa de sémola que se mezclaba con la sangre de sus pies.
Como no recibían más que fideos, porque la Santa solo obraba milagro en el necesitado y no en el codicioso. La muchedumbre se abandonó al frenesí imitativo de la auto satisfacción. La ciudad perdió su prístina forma para convertirse en una plaza donde todos y cada unos de sus habitantes no eran otra cosa que andrajosos mendigos. Falsos santos y santas proliferaron como esporas en panes podridos. La urbe trasmutó, y Sandra se tornó tan ajena como las mariposas al planeta Saturno. El ímpetu mimético y la avidez de gozo no eran otra cosa que ansias antropófagas. Con el deseo cincelado en el rostro, los habitantes, no podían disimular el hambre que los devoraba. Como pájaros embalsamados que rompen los alambres de sus falsos esqueletos, la observaban fumar y la imaginaban dorándose lentamente en el humo sazonado del tabaco. Los voraces moradores alucinaban con el cuerpo desmembrado de la novicia y el suculento banquete se paseaba rollizo por las calles de la ciudad.
En un principio se tomaron serias medidas para contener las dentelladas que le lanzaban los más osados. Intentando transformar el apetito en palabras, el consejo de los hermanos que regía la isla, decidió que toda alucinación relacionada con el anhelo de devorar, debía ser confesada públicamente.
De estas reuniones surgieron las más insólitas recetas: vísceras guisadas con frutas y glúteos horneados y gratinados con quesos importados; pastas caseras salteadas con dedos y párpados; extremidades cocidas al vapor teniendo en cuenta la nueva corriente de la cocina orientalista; todo un sin fin de exquisitas combinaciones eran dictadas diariamente. Se llegó a hablar de Sandra macrobiótica como última tendencia de la nutrición, no faltó algún que otro vegetariano no ortodoxo que propuso exquisiteces con los fluidos lácteos de la venerable novicia. Años más tarde las mejores y más revolucionarias recetas fueron recogidas en el primer libro culinario de la ciudad.
A pesar del entusiasmo inicial de la disposición, esta no dio los resultados esperados, pues los venerables hermanos del consejo citadino se contaban entre los más fervientes oradores.
Una tarde en que se realizaba el tradicional acto de contrición, un frenesí incontrolable se apoderó de la multitud. Muertos del hambre, se arrojaron  sobre las tapias del viejo convento. Los muros cedieron al primer embate. Las monjas corrieron a ocultarse en lo profundo del recinto y sus gritos simulaban cien mil pitos cumpleañeros. La joven Sandra, sentada en medio de la biblioteca fumaba sin imaginar que todo el griterío que escuchaba se originaba en el interior mismo del edificio y que era suscitado por el apetito vulgar de la chusma por su carne bendita. Preparados para el banquete la rodearon, Sandra giró el torso y los contempló extasiada mientras afilaban las  herramientas de corte. Sus delicados labios dibujaron la más enigmática de las sonrisas. Un sin fin de olores y formas brotaron de su cuerpo, y cada platillo imaginado durante las largas sesiones en la plaza, ahora tomaban forma real ante los ojos hambrientos de la perrería humana. En un  instante la magra obesidad fue reducida. Hedieron las mandíbulas afiladas, y chorros de saliva inundaron el refectorio y las celdas de las penitentes.  No se escuchó un solo gemido.
Tras la hecatombe la calma brillante se apoderó del recinto, y el sol lo violó todo sin reparar en géneros, sus dorados penes eyacularon torrentes de luz en las paredes.
A la mañana siguiente entre las ruinas del convento podía verse a las maternidades recoger como cuentas de un collar roto, los despojos de la Santa.

                        
 
        
      

 

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