Apariencias |
  en  
Hoy es martes, 3 de diciembre de 2019; 11:50 AM | Actualizado: 03 de diciembre de 2019
<< Regresar al Boletín
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 8 No 7 No 9 No 6 No 5 No 4 No 3 No 1 No 2
Página

Frank y Salinger habitan la pecera

Elaine Vilar Madruga, 22 de octubre de 2018

Es la metáfora del pez caníbal. Es la metáfora de un naufragio de la carne. El pez es engullido, picoteado, es flor de las aguas. Flor deshojada. Como también lo es el personaje que protagoniza el relato "No alcanzo a ver quién nos dispara". Hay ceguera. Existe una pecera vacía. Una pecera habitada pero vacía, llena de costras y recuerdos. Hay flechas, peces como flechas, como símbolos que nadan y se canibalizan en las aguas de este cuento que dispara sin ver.

El fondo de esta historia es múltiple. Está dotado de una línea melódica que se bifurca y se fusila. Late el iceberg, el famoso iceberg narrativo que solo exhibe un por ciento de su propia verdad mientras oculta, bajo las aguas de la pecera, su cuerpo enorme, de pez gigante, escoriado, escamado y roto. Ser escritor es el oficio más peligroso del mundo y así lo prueba Frank D. Frías: en su avance de asesino en serie, descuartiza los cadáveres de sus personajes y es preciso señalar que se trata solo una acción simbólica pues estos, como los peces, ya están muertos mucho antes de comenzar la carnicería. Lo que percibimos en este relato es solo el eco, lo que ha quedado luego de un brutal asesinato textual, un brutal asesinato poético, donde solo ha sobrevivido la escritura (desnuda y pulida, en su mejor forma).

Y así, entre vasos comunicantes, entre historias que se cruzan, entre momentos de la vida de un mismo personaje —persisto en esa idea, me niego al concepto de hacerlo plural— asistimos a un calidoscopio de imágenes, a un calidoscopio de instantes y memorias. La selección no es azar sino que parte del oficio constante de la escritura, de la selección inteligente y consciente que, en su distribución, permite que los lectores lleven a casa las sensaciones y el desconsuelo de saber que en esta carretera de la vida —en esta pecera de la vida—, todos somos náufragos.

Síntesis que incide en los grandes temas humanos, solo que aquí se ha apostado por el resumen, por la concreción de la línea melódica. Sin embargo, no se perciba esto como defecto, sino como ganancia: dos veces bueno si es breve.

Suena y persiste la banda sonora de Moline Rouge en el cine de la vida, sí, allí, en ese sitio donde somos contemplados o nos contemplan, donde las miradas violan; sí, allí, donde la música suena y ya no es una película relativamente hermosa, hecha de acuerdo a las costuras del melodrama, sino un grito; sí, allí donde una mujer de pelo naranja y su hija de piel blanca se parecen a Nicole Kidman, y donde el resto de la platea se disputa los roles de la película a mordidas, como los peces caníbales y territoriales del comienzo del relato.

El cuento es invadido por diversas corrientes, por diferentes instantes que coexisten en un mismo espacio, en una realidad bifurcada que no deja de ser una pero que, a su vez, sabe pluralizarse. Y en ese corte, en esa inmersión hacia las profundidades donde los más arquetípicos peces de la prehistoria nos esperan, es donde los pulmones del lector se preparan para la apnea, para la presión, para sobrevivir a las zonas oscuras del océano. Océano que —la buena literatura lo prueba— puede condensarse en el breve espacio de una pecera (o un relato).

El pez es, por momentos, también la metáfora de una infancia perdida, de una infancia que ya es inconquistable (como bien lo prueba la evocación final del cuento). Salinger se monta en el carrusel y nos grita, nos invita a abrir los ojos y entrar en el trigal, allí donde todos somos habitantes de las aguas: imagino a Frank, el vigilante del carrusel, el que protege a Salinger de la caída, el que lleva una gorra roja y un libro bajo el brazo. Imagino a Frank que dispara contra el pecho de un cantante. Imagino a Frank mientras termina este relato y descubre que la pecera se ha convertido en la Fosa de las Marianas. Imagino a Frank, el niño perdido y caníbal, a quien Salinger ha invitado al convite.

 

Frank David Frías Rondón. Escritor y guionista. Presidente del Consejo Municipal del Libro y la Literatura del municipio Plaza de la Revolución, entre los años 2007 y 2014. Colabora para el sitio Librínsula, perteneciente a la Biblioteca Nacional de Cuba. Ha obtenido los premios Ernest Hemingway, 2008; Alfredo Torroella, 2009; Félix Pita Rodríguez, 2009 y Calendario, 2013, todos en la categoría cuentos para adultos. Publicaciones: Una recta entre dos puntos negros (editorial Extramuros, 2008, y en coautoría con Ingrid Brioso Rieumont), Rigor Mortis (editorial Unicornio, 2009), La capital de los muertos (Atom-Press, USA, 2010), Ellas quieren ser novias (Abril, 2013) y Los malnacidos (Unicornio, 2017). Miembro de la UNEAC desde el año 2016. Conduce y dirige el espacio Entre palabras, habitual durante la Feria del Libro de La Habana, y en el cierre de las actividades de verano. 

 

          

 

 

 

                                         No alcanzo a ver quién nos dispara

El cadáver del pez gordo emergió desde la gravilla en cuanto empecé a limpiar el fondo de la pecera. Los otros peces parecieron no inquietarse mientras esa piel sin carnes ni ojos llegaba a la superficie. Lo habían devorado.
El día que decidí poner un acuario en mi apartamento el sol golpeaba con todo a la ciudad. Yo andaba por ahí, sofocado, con ganas de hacer algo diferente, y compré varios peces. Cuando tengo calor me gusta también meterme en un cine, ver una buena película. Me agrada entrar durante la tanda de las cinco y salir de noche, con menos calor, con gente mejor vestida, y caminar bajo las luces naranjas de la avenida 23.
Era el color de su pelo: naranja. La acompañaba su hija, que era tan blanca como su madre. A todas luces europeas, y me llamó la atención que entraran a un cine a ver Moulin Rouge, pero quizá les gustaba tanto como a mí, a pesar de su estreno años atrás. No tan atrás, más bien junto a ellas se sentó un tipo. La sala estaba casi vacía y contaba con mil quinientas butacas. No fue difícil entender que se trataba de un pervertido. Mil veces di con ellos en esa misma sala, haciendo lo suyo junto a alguna mujer sola.
No está sola —le dije a mi madre a través del teléfono—, la encontré con otro, ya te lo he dicho un millón de veces.
Colgó molesta y eso hizo que despertara por completo. Serví café en una taza y caminé hasta la sala. Los peces comían calandracas de la tarde anterior, después del incidente del pez muerto. Supuse que algo de comida evitaría el canibalismo, pero no fue así, con la taza detenida junto a mi boca, descubrí otro pez muerto. Este yacía sobre la gravilla y la carne de su estómago había desaparecido.
No es carne —le dije a la acomodadora—, son apenas maníes.
Lo siento, pero aquí adentro no se debe comer.
Le di los maníes con tal que se largara para seguir viendo el filme, más bien al tipo sentado junto a las europeas.
Otro hombre se dibujó en la oscuridad, justo detrás del pervertido. La mujer del pelo naranja parecía tener dificultades para seguir el hilo de la trama. Miraba al tipo junto a su hija, luego al otro que acababa de ocupar un asiento detrás de ellas. La hija también parecía nerviosa. Moulin Rouge continuaba ahí frente a nosotros con Nicole Kidman radiante y sensual.
¿Radiante? Querrás decir brillante —le rectifiqué al Piti.
Dejamos de mirar el sol. El mar formaba cortinas de espuma a lo largo de la playa, mientras nosotros intentábamos hacer un castillo. Nuestros padres charlaban no muy lejos, sin prestarnos atención, bebían. Ya casi terminábamos la última torre cuando apareció un niño obeso con gafas, y nos preguntó si podía jugar con nosotros.
No —contestamos al unísono.
Insistió en que le diésemos espacio, y fuimos inflexibles, y nos reímos de su cara gorda. Nos creíamos guerreros de nuestro castillo.
Es lo mejor —me aseguró el vendedor de peces mientras me enseñaba una castillo en miniatura.
¿Esto? —le pregunté sin dejar de echarle un vistazo al adorno por donde debía pasar la manguera para el oxígeno.
Se lo aseguro, en cuanto vean las burbujas se relajan y no se comen más entre ellos.
Llegué a casa e instalé aquello antes de encender el vibrador. Las burbujas comenzaron a explotar en la superficie, sin embargo a los peces pareció importarles un carajo porque cada uno continuó sumido en asuntos de peces: hurgar en la gravilla, morder las plantas, abrir y cerrar la boca de la manera más estúpida del mundo. Incluso la única hembra parecía mirar a los machos con odio.
Al pervertido no lo detuvo la mirada de la madre y siguió frotando su pene junto a ellas. Parecían aturdidas. No sé en qué hubiese parado la escena de no intervenir el tipo sentado detrás de ellos, de no haber cogido del cuello al pervertido, de sacudirlo. Y sin soltarlo lo arrastró fuera del cine. Nicole cantaba Come my way, y como yo estaba acostumbrado a esos intermedios, no tuve problemas para hundirme en la butaca y concentrarme por fin en la película, en ver lo que faltaba.
Faltaba otro pez, una escalar plata. Lo busqué por el fondo, entre las plantas, a lo largo del manto azul de gravilla, y cuando desplacé un caracol emergió con un par de huecos en uno de sus costados, como si dos asteroides lo hubiesen impactado, el resto de los peces iban de un lado a otro sin mirar las calandracas en el comedero. Se veían gordos, demasiado podría decir.
Yo no soy gordo —nos dijo el niño redondo que nos veía hacer nuestro castillo de arena. El Piti atacó de nuevo:
Estás requetegordo y no puedes jugar con nosotros.
Reímos y algo debió romperse dentro de él por que empezó a llorar, y poco a poco se alejó por la falda de la playa. A unos cincuenta metros le dio la espalda al mar y luego de subir un promontorio lo perdimos de vista más allá de unos cocoteros. Reímos de nuevo antes de seguir con el castillo. Se me antojó algo diferente y agarré un cristal verde, pulido de tanta agua, y quise darle una ventana al inmueble. Más allá de la ventana el duque intentaba violar a Satine, más acá, en su butaca, la mujer europea parecía aún nerviosa y su hija tomaba agua de una botella, rápido, casi sin respirar. Quizá hubieran recuperado la calma si el tipo que sacó del cine al pervertido, no hubiese regresado a su asiento y con su pene en la mano, le dijera algo a la mujer al oído, algo que yo no lograba escuchar. No vi más remedio que caminar hacia él. Lo tomé del cabello y lo sacudí como si quisiera saber si había monedas dentro de su cabeza. Huyó. La acomodadora no aparecía por ningún lugar. Me senté detrás de la europea y su hija, convencido de ver lo que quedaba de filme en paz, sin embargo madre e hija se incorporaron, enojada mamá, aturdida la nena. Quise explicarles que conmigo cerca ya no corrían peligro alguno, pero me escupió a la cara y me llamó algo que no entendí pero igual sonó desagradable. No moví un solo músculo, la saliva se deslizaba cerca de mis labios mientras ambas se alejaban. Poco a poco recuperé el aliento, y después de limpiar mi rostro con el dorso de la mano, me dirigí a la salida. Una vez cerca de la puerta de cristal ubicada en la salida noté que aún no había oscurecido, la gente caminaba sudada. La acomodadora tragaba maníes y aunque no supe exactamente si era mi paquete se lo arrebaté de las manos, y por vergüenza o susto, no dijo una palabra.
Abrí la puerta de mi apartamento y segundos más tarde la voz de mi madre se destacaba al otro lado de la línea:
Hazme caso, vuelve con Enma, estás muy flaco.
La cogí con otro, ya te dije. Regresé por unos papeles y estaban de lo lindo en el sofá.
No me lo creo —dijo—. Ese cuento lo he oído un millón de veces, es un maldito cliché.
Exacto, mamá, siempre es el mismo cuento, una y otra vez.
Colgó.
Llené una copa de vino y fui a sentarme en una silla, cerca de la pecera, solo quedaban dos peces. Pasarían unas semanas para ver un documental donde explicaban que hay peces que no se mezclan. Terminan devorándose los unos a los otros. Me hice del hábito de comer tarde, ver demasiado tiempo la tele, el teléfono. Lo observaba por largos períodos de tiempo. Al cabo de un mes solo quedaba un pez y como parecía haber regresado de una guerra le pregunté si estaba bien.
Me duele mucho —dijo el Piti mientras se frotaba la cabeza.
No vimos llegar la piedra. Me preocupé por mi seguridad y corrí hasta cerca de la orilla, donde tomé otra piedra. El Piti continuaba lamentando su suerte, había caído sobre el castillo y nuestros padres, de tan borrachos, ni siquiera se enteraban de nuestra situación. No pasó mucho tiempo para que mi vista diera con el niño gordo de las gafas, se alejaba, sin dejar de mirarme constantemente: reía.
Agarré al Piti del brazo y fuimos hasta el agua, allí le limpié la sangre en su cabeza y lloraba tanto que nuestros padres fueron avisados por alguien. Estaban alarmados y yo no lograba entender una palabra, mi vista seguía en la ruta que el niño había tomado. A mis padres les llevó mucho trabajo quitarme a mi amigo de los brazos, una vez que lo consiguieron intenté respirar más despacio, sentía un nerviosismo nunca antes experimentado.
No te preocupes —me dijo ella, es normal.
Acabábamos de casarnos, de llegar al hotel. Celebrábamos con sidra. Mi esposa no paraba de mirar su anillo, yo temblaba. Todo parecía perfecto y repitió:
No te preocupes, nunca voy a dejarte, y te daré un niño hermoso. Pero tú tampoco vas a dejarme, ¿verdad?
Nos metimos en la cama y mientras hacíamos el amor noté, a través de una hendija en las cortinas, que el sol descendía. Era una puesta de sol, quizá por la sidra pensé en ese instante que se trataba de un amanecer.

  


 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis
 
Página
<< Regresar al Boletín Resource id #37
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 8 No 7 No 9 No 6 No 5 No 4 No 3 No 1 No 2