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A los mambises del 68 y del 95

Astrid Barnet, 09 de octubre de 2018

(...) Los misterios más puros  del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cundo los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: !Ya sois libres! ¿No sentía, como estoy yo sintiendo, el frío de aquella sublime madrugada?... ¡Para ellos, para ellos todos esos vítores que os arranca este recuerdo glorioso! ¡Gracias en nombre de ellos, cubanas que no os avergonzáis de ser fieles a los que murieron por vosotras: gracias en nombre de ellos, cubanos que no os cansáis de ser honrados!

Palabras delirantes emitidas al inicio del discurso pronunciado por nuestro Héroe Nacional José Martí, en conmemoración del Diez de Octubre de 1868, en el Masonic Temple, de Nueva York, el 10 de octubre de 1887.1 Y, con ellas, el corazón vehemente de un hombre sincero quien, años después, esculpiría con extrema limpieza y profundizaría en las imágenes y enseñanzas de aquellos primeros pensadores de los cuales se nutrió --Varela, Luz y Caballero, Saco y Mendive--, hasta llegar a ser el continuador de otra revolución --tan grande pero más radical--, a la iniciada en el ingenio azucarero La Demajagua por un rico hacendado bayamés, y con ella sentar las pautas de la definitiva Guerra necesaria.

En aquellas primeras décadas del siglo XIX se discutía fundamentalmente el problema de la esclavitud. Y los terratenientes, los ricos, la oligarquía que dominaba en nuestro país, bien española o bien cubana, estaba poseída de un enorme temor a la abolición de la esclavitud; sus intereses como propietarios, sus intereses como clase, y pensando exclusivamente en función de esos intereses, los conducían a pensar en la solución de la anexión a Estados Unidos. Esa corriente tenía un fundamento de carácter económico: era el pensamiento de una clase que consideraba el aseguramiento de esa institución oprobiosa de la esclavitud por la vía de anexarse a Estados Unidos, donde un grupo numeroso de Estados mantenía la misma institución. Y como ya se suscitaban las contradicciones entre los del sur y del norte por el problema de la esclavitud, los políticos esclavistas del sur de Estados Unidos alentaron también la idea de la anexión a Cuba, con el propósito de contar con un Estado más que ayudase a garantizar su mayoría.

En aquel tiempo también se discutía el derecho a la propiedad de unos hombres sobre otros. Y al abolir aquel derecho, aquella revolución, llevaba a cabo un acto profundamente radical en la historia de nuestro país. A partir de ese momento, por primera vez, se crearía el concepto y la conciencia de la nacionalidad, a utilizarse por vez primera el calificativo de cubano dirigido con gran orgullo a todos los que levantados en armas luchaban contra la Metrópoli española.

¿Cuál era el entorno político, económico y cultural existente en los albores de la Guerra de 1868? ¿Quiénes fueron sus principales protagonistas/figuras dentro del contexto cultural?

El profesor doctor José Antonio Portuondo Valdor fue, sin lugar a dudas, uno de los intelectuales cubanos que más profundizó en el estudio e investigación de la historia y la literatura cubanas relacionadas con las contiendas independentistas de 1868 y 1895, y de cada una de las figuras que a ambas nutrieron. De su excelente texto La Cultura en 18682, seleccionamos algunos planteamientos.

Parte el doctor Portuondo en su trabajo de que fue la ausencia de unidad entre los cubanos la que realmente explica las razones por las cuales la Guerra de los Diez Años o Guerra del 68 estuvo confinada, en especial, a las provincias orientales:

(...) No era la misma la situación de los terratientes orientales y camagueyanos, tampoco la de los villareños, a la existente en la porción occidental, fundamentalmente en La Habana y Matanzas. En esas dos provincias se podía decir que la Isla casi se había incorporado al sistema económico capitalista a pesar de la subsistencia de la esclavitud. En las provincias orientales, en cambio, persistía un modo de producción y de vida de cierto patriarcalismo feudal. En La Habana existía un número mayor de ingenios azucareros, con un desarrollo técnico mayor, no así en el Oriente (Santiago de Cuba, Guantánamo, los situados en el valle del Cauto, y en la llanura camagueyana).

En el orden cultural, el autor menciona "un constante trasiego entre La Habana y Matanzas"; en referencia a las grandes figuras que rigieron dicho contexto menciona a Domingo del Monte entre los más destacados escritores del período romántico (en La Habana y Matanzas). En Oriente, Camaguey y Las Villas la situación no fue exactamente la misma a la de occidente. Santiago de Cuba es el centro de la vida cultural y donde aparecen las producciones del abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes. Puerto Príncipe es el centro cultural no solo de las publicaciones camagueyanas, sino también de lo que hoy conocemos como Oriente Norte, y de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, que vive en Las Tunas.

Las diferencias económicas y culturales no alteran, sin embargo, sustancialmente, la situación de las clases sociales. Existía una clase social hegemónica de grandes terratenientes azucareros en aquel momento histórico, en pugna con la clase de comerciantes españoles, que integrará después el funesto Cuerpo de Voluntarios; existía también una pequeña burguesía de profesionales  y burócratas en la que prendían las ideas libertadoras (...) La burguesía terrateniente trataba de hacerle comprender a la Corona española la necesidad de cambiar sus métodos administrativos y políticos, a fin de que Cuba se sumara a la Revolución industrial presente en el mundo entero (...) Existía una incipiente clase proletaria o artesanal, cuya porción más desarrollada y progresista la constituían los tabaqueros, primeros que se preocupan por el progreso intelectual, fundadores de las lecturas de tabaquería.

Entre aquellos lectores de tabaquería se incluyen el tabaquero asturiano Saturnino Martínez y dos cubanos: el mecánico José de Jesús Márquez y el profesor Manuel Sellén, este último figura olvidada por nuestra historia y quizás abrumada por la presencia de sus hermanos, los poetas Francisco y Antonio Sellén. Manuel Sellén, hombre de ideas separatistas, fue profesor en el colegio de Rafael María de Mendive. Es el Sellén que figura junto a Martí cuando este es detenido en casa de Fermín Valdés Domínguez, con motivo de la supuesta burla contra el Cuerpo de Voluntarios. Más tarde parte hacia España, donde publica un texto de Historia Universal, en cuyo último capítulo hace referencia a la Revolución de Yara. Dicho texto aparece publicado en 1877, año de su muerte.

Por otra parte, la tendencia de abolición de la trata de esclavos se presentará por vez primera durante las etapas reformistas por parte del economista Francisco de Arango y Parreño, quien recomendó la introducción de máquinas en los ingenios azucareros, además de redactar un proyecto de memorial, donde plantea la eliminación del prejuicio racial por la vía biológica, mediante el mestizaje natural.

Por su parte, Domingo del Monte y José Antonio Saco optaban por la abolición gradual e indemnizada de la esclavitud --el temor a lo ocurrido en Haití desatado en revolución, engendró un sentimiento de temor muy profundo entre los terratenientes cubanos y comerciantes españoles--. Del Monte logró comprar la libertad del poeta José Francisco Manzano, a quien le propone escriba su autobiografía la que fue traducida al inglés y divulgada por el mundo entero (en las llamadas producciones negreras), y va a proponer el tema de una novela sobre la esclavitud que desarrolló Anselmo Suárez y Romero.

La novela romántica Francisco, expone Portuondo en su artículo, es la típica novela llena de lágrimas, en la que predomina un espíritu filántropico pero no rebelde ni revolucionario. Francisco es un negro esclavo que muere a consecuencia de los maltratos físicos y morales, pero no tiene un solo gesto de rebeldía. Así pretende presentar el problema de la esclavitud el grupo de Del Monte (...) Todo lo contrario al mulato Plácido --peligroso a la vista de Del Monte--, quien escribe un soneto titulado "El Juramento", y algunas letrillas de intención satírica.

La presencia del tema negro en la literatura cubana es constante propuesta --atendiendo a las exigencias-- de la alta clase terrateniente y la pequeña burguesía de escritores como fueron los casos de José Jaciento Milanés, Ramón de Palma y Manzano, entre otros. No obstante, tiempo después, estos hombres comienzan a notar la trascendencia de otro poeta "nacido en la clase alta, pero sin intereses con ella", que sintió el ansia de libertad e independencia: José María Heredia. Es así como a partir de 1844, con la Conspiración de la Escalera (supuesta conspiración elaborada por el Capitán General de la Isla, para aplastar la rebeldía de los esclavos en sus dotaciones) "cesa toda referencia filantrópica del esclavo, al desaparecer el negro como tema literario".

El profesor Portuondo Valdor destaca que:

En todo este escenario no podía faltar una figura cimera de las letras cubanas e hispanas: Gertrudis Gómez de Avellaneda. De su escritura se ha desconocido, no solo en Cuba hasta hace pocos años atrás, sino también (y aún) en toda América, la novela Sab, contentiva de un enorme ingrediente de rebeldía del hombre negro contra sus explotadores. Sab jamás circuló impresa en Cuba, sino en manuscritos o en ejemplares venidos de España "muy subrepticiamente". Como obra típicamente romántica el protagonista de Sab, aunque se suicida, reclama su dignidad como hombre. No hubo otra mujer en España que alcanzara la estatura literaria de la Avellaneda cubana, tan siquiera los novelistas románticos más renombrados de la península como Zorrilla, Duque de Rivas o García Gutiérrez, la llegaron a lograr.3

 

Situación del intelectual cubano en 1868

En su texto, el doctor Fernando Portuondo califica a la situación del intelectual cubano en 1868 "de desconcierto total", y a ello une la situación político-ideológico y cultural existente, al analizar que "el movimiento ideológico se encontraba canalizado en tres vertientes: el integrismo, que tenía su vocero en el Diario de la Marina; el reformismo, cuyo órgano era el periódico El Siglo, y el separatismo, principalmente independentista, aunque se hallaban principios del anexionismo, presentes y activos al inicio de la Guerra de los Diez Años.

En 1868 fue publicada la oda "Al trabajo", del poeta Joaquín Lorenzo Luaces, donde se expresa la actitud de los intelectuales reformistas cubanos, su entusiasmo por las virtudes creadoras del trabajo libre y la revolución industrial", al igual que un poema dirigido a los mejores hijos de la intelectualidad de esos momentos, unidos a la clase hegemónica teerrateniente, con aspiraciones de desarrollar el país (...) Este mismo año será publicado el Libro de las Anacreónticas, de Enrique José Varona, en la Imprenta de Puerto Príncipe.

Otros escritores líricos que presentan sus títulos son: Francisco Javier Balmaseda, preocupado por el contexto bucólico, agrícola; José Fornaris, con Siboneístas (literatura siboneísta), además de redactar Elementos de Retórica y Poética, dirigidos a sus alumnos del Instituto de La Habana, de donde era profesor. Igualmente, el tema literario filantrópico sobre el negro esclavo, sojuzgado, de denuncia a la esclavitud, fue eliminado a partir de 1844 --como se planteó anteriormente--, para sucederle el tratamiento satírico, burlesco del negro, personaje constante del teatro bufo y de la poesía de Bartolomé José Crespo, que se firmaba con el pseudónimo de Creto Gangá, "precursor en ciertos aspectos, de la poesía mulata de Nicolás Guillén (...) El teatro culto desciende de calidad para estar de moda los bufos habaneros, que van a contribuir al desarrollo de la música cubana".

Al respecto, en su Historia de la Música en Cuba, Alejo Carpentier subraya "cómo fueron los bufos los que cambiaron la vieja tonadilla española por la música afrocubana que hoy disfrutamos (...) Algunas de las obras de estos autores bufos populares tuvieron tanto éxito que se continúan en segundas y terceras partes. Por ejemplo, un autor exitoso de las tablas, Francisco Fernández, escribió el 31 de agosto de 1868, una obra titulada Los negros catedráticos; luego escribió una segunda parte y, más tarde, en compañía de otro autor, El negro Cheché o veinte años después, como tercera parte de Los negros catedráticos. Los bufos expresaban en forma burlesca lo que no podía decirse en serio, para conformar una sátira muy hiriente de la sociedad cubana, a la par que planteaban ciertas críticas de carácter político. Recordemos el terrible hecho del Teatro Villanueva, en 1869, a partir de la puesta en escena de la pieza Perro huevero, aunque le quemen el hocico, de Francisco Valerio, cuando el Cuerpo de Voluntarios comenzó a disparar indiscriminadamente contra el público asistente: "¡Viva el país que produce la caña!", gritó alguien, y otra voz se escuchó: "Viva Cuba libre!"

Entre 1860 y 1868, el escritor Alfredo Torroella, escribe sobre temas obreros. En 1868 se lleva a escena su obra Amor y pobreza. En el caso de los ensayistas, reveladores de las posiciones de la clase intelectual cubana y, en especial, de la mujer y su vinculación laboral, se incluyen el camagueyano Emilio Santos de los Fuentes --inicialmente sacerdote hasta que llega a colgar después los hábitos--, un verdadero crítico de los problemas sociales; el santiaguero Emilio Bacardí, cuya obra abarca aspectos importantes de nuestra vida económica, política y cultural. Comentario aparte merece la primera edición del álbum de escritoras cubanas con la firma de Domitila García de Coronado, publicado mucho antes de que Ana Betancourt pronunciara su magnífico discurso ante la Asamblea de Guáimaro, haciendo votos por los derechos y la posición de la mujer en la vida económica y cultural.

Ensayos también, expositivos de la posición reaccionaria de la burguesía, son los de: José María Zayas, con su folleto Cuba, su porvenir, en el que trata de demostrar que la independencia de la Isla la conducirá a su ruina total; Enrique José Varona --aunque reivindicado después--, con La hija pródiga, en la que vierte toda su amargura producto del desastroso curso de la guerra de independencia en Camaguey; los dos tomos de Historia de Cuba, de Jacobo de la Pezuela, aunque ambos títulos reflejan hechos acaecidos hasta 1763.

Durante este año las revistas acaparan el interés general y es donde se refleja con más bríos las posiciones de la intelectualidad cubana. El doctor Portuondo Valdor hace hincapié en publicaciones como la Revista crítica de ciencias, artes y literatura, de Néstor Ponce de León y José de Armas y Céspedes; las publicaciones bibliográficas de Antonio Bachiller y Morales: la revista Ateneo de ciencias, industria y comercio, en la que colaboró Francisco Vicente Aguilera, Conde de Pozos Dulces, y La Aurora, primer periódico de los artesanos cubanos, que desaparece al estallar la contienda armada.

En relación con la música, las diferencias entre Oriente y Occidente se hacen cada vez más evidentes. El santiaguero Laureano Fuentes Matos, el más prolífico de los autores cubanos del siglo XIX, "mantiene un rigor neoclásico en La Habana, frente al frío academicismo neoclásico de Espadero, y comienza a imponerse la reivindicación romántica de ritmos e instrumentos populares, afrocubanos, impulsada por el norteamericano Louis Moreau Gottschalk, primero en llevar los instrumentos de percusión afrocubanos a una orquesta sinfónica (...) Sin embargo, el autor que acabará de dar sabor y color definitivos a la música cubana será Ignacio Cervantes, quien en 1868 y tras llegar triunfante a Cuba desde París, ofrece su talento como compositor y ejecutante al servicio de la causa independentista".

En el plano de las artes plásticas, el año 1868 también es prolijo en hechos y figuras contradictorias. En este sentido hay que rememorar al pintor Víctor Patricio de Landaluze quien, aunque enemigo acérrimo de la causa independentista --además de crítico de las lecturas en las tabaquerías y de las grandes figuras de la Guerra de los Diez Años--, como iniciador de la caricatura política aportó una galería de tipos populares "en la que tras el superficial pintoresquismo y exotismo románticos, alienta la presencia del aporte africano a la integración cultural cubana".

Así, y frente a las crecientes contradicciones de la gran burguesía terrateniente, se desarrollará y profundizará la conciencia y la unidad nacional, la que irá engendrando sus propios líderes populares, como es el caso de Antonio Maceo y Grajales, quien en una Protesta de Baraguá --y luego de producirse la llamada Paz del Zanjón sin lograrse esta--, afirmará de forma valiente e irrevocable al enemigo español que aquella sería tan solo una tregua, para continuar la lucha por la independencia y soberanía de Cuba. Sabido es cómo se desarrolló aquella guerra. Sabido es que muy pocos pueblos en el mundo fueron capaces o tuvieron la posibilidad de afrontar sacrificios tan grandes, tan increíblemente duros, como los sacrificios que soportó el pueblo cubano durante aquellos diez años de lucha. Ignorar esos sacrificios es un crimen contra la justicia, es un crimen contra la cultura.

Nuestro José Martí, con su pensamiento y acción revolucionarias, continuaría la gran gesta libertaria, a la vez que preconizaría el peligro de un enemigo muy cercano a nuestras costas dispuesto a expandir su garra imperial por los riquísimos territorios de nuestra América negra, mestiza y blanca. A todo este andar histórico se llegó a erguir una Generación, la del Centenario, junto a un líder único, Fidel, preclaro seguidor de las estrellas y enseñanzas de tantísimos luchadores independentistas. A los mambises del 68 y del 95, a todos, en este glorioso día, nuestro eterno agradecimiento por hacer realidad aquella esperanza forjada en los campos de Cuba Libre, de unidad, solidaridad y amor como Nación y Cultura.

(...) Lo que engrandece a Céspedes es no sólo la decisión adoptada, firme y resuelta de levantarse en armas, sino el acto con que acompañó aquella decisión —que fue el primer acto después de la proclamación de la independencia—, que fue concederles la libertad a sus esclavos, a la vez que proclamar su criterio sobre la esclavitud, su disposición a la abolición de la esclavitud en nuestro país (...) Esas banderas que ondearon en Yara, en La Demajagua, en Baire, en Baraguá, en Guáimaro; esas banderas que presidieron el acto sublime de libertar la esclavitud; esas banderas que han presidido la historia revolucionaria de nuestro país, no serán jamás arriadas.  Esas banderas y lo que ellas representan serán defendidas por nuestro pueblo hasta la última gota de su sangre".4

Citas:

1-Dicho discurso sería el primero de cinco emitidos en el Masonic Temple, de Nueva York, y en Hardman Hall, de Nueva York, durante los aniversarios de tan gloriosa fecha en 1888, 1889, 1890 y 1891.
2-La Cultura cubana II--Compiladoras: Sonia Almazán y Mariana Serra. Editorial Félix Varela, La Habana, 2006.
3-Ya en 1868, la Avellaneda ya está de regreso en España, luego de transcurridos algunos años de estancia en la Isla, donde ayudó a la labor de los poetas jóvenes, de mejoramiento del gusto literario, y realizó obras de caridad y de beneficencia.
4-Fidel Castro. Fragmento discurso con motivo de la Celebración del Diez de Octubre de 1968.
 

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