Retos y perspectivas del libro en Cuba

Medio siglo de institucionalización del sistema del libro en Cuba garantiza una producción anual estable de unos 15 millones de ejemplares promedio, por casi 190 sellos editoriales, del Instituto Cubano del Libro, asociaciones, organismos e instituciones y de 16 provincias y un municipio especial. La Feria Internacional del Libro de La Habana, el acontecimiento más trascendente y popular del sector en la Isla, representa el espacio más aglutinador para visualizar cada año unas 500 novedades destinadas a todos los públicos.
En siglos pasados, e incluso hasta la primera mitad del siglo XX, en Cuba únicamente existían módicas ediciones de autor o algunas fomentadas por imprentas asociadas a la escuela privada y apenas se importaban libros de España o países latinoamericanos como Argentina. Con el triunfo de la Revolución en 1959, cuando Fidel Castro valora la educación y la cultura como una de las mayores conquistas del proceso, el fomento de las ediciones —masivas y de ínfimos precios— fue de las primeras medidas del estado. Tras la exitosa Campaña de Alfabetización de 1961, se emprendieron diversas cruzadas culturales, entre ellas las encaminadas a que el pueblo leyera más y mejor.
En el propio año que se declara a Cuba territorio libre del analfabetismo en América, ya el estado se preocupaba por el desarrollo de la cultura como elemento sustancial en la vida nacional, para enriquecer sus aspiraciones, inquietudes, necesidades; la cultura como fomento de valores en una nueva generación y, dentro de ella, desde esta época el libro siempre contó con su estímulo y prioridad.
El gobierno había promulgado el 31 de marzo de 1959 una ley mediante la cual se creaba una Imprenta Nacional y un año después, en marzo de 1960, al originarse un conflicto en los periódicos Excelsior y El País, cuyos dueños los abandonaron, durante una asamblea en su taller el comandante Fidel Castro anunció la decisión de convertirlos en los primeros talleres de la Imprenta Nacional de Cuba.
En esos años fue intenso el bloqueo en el área cultural. Alertado por los estudiantes con los que se reunía en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana, el comandante decide crear unas ediciones que —fusilando contenidos de libros extranjeros— palearan la necesidad de bibliografía especializada de tantos que se formaban en las aulas de cualquier nivel. Así surgieron las Ediciones R, hoy históricos incunables.
No existía un organismo que estableciera un método coherente para unir a los departamentos que editaban libros o las imprentas sumadas a esa cruzada y es entonces cuando Fidel llama a quien luego fue el primer presidente del ICL, el historiador Rolando Rodríguez, que colabora con él en este empeño. Según sus propias palabras, el Instituto del Libro se concibió para “tomar las riendas directas del sistema editorial y reencausarlo, incorporar las imprentas dedicadas a hacer libros y revistas y el comercio del libro, tanto las librerías como la importación y exportación de obras. Con todos esos elementos se constituyó el Instituto, que, para ejemplo del mundo, llegó a tener rango en Cuba de organismo de la administración central del Estado. En esos términos, fundidos todos los mecanismos y entidades del libro en una sola organización, se aprobó el 27 de abril de 1967 la ley que creaba el Instituto”.
Han pasado muchos años y el Instituto Cubano del Libro, que trata de vibrar con el acelerado ritmo que impone cada época, es hoy una entidad cultural puntera en el país. Tras la época del Período Especial y el colapso editorial, se restablece con la dinámica dada a través de la nueva concepción de las ferias anuales del libro en La Cabaña, el Plan Especial con el cual el estado financia libros de alta demanda, el incentivo a las editoriales de provincia a través de las máquinas risograph, que enriquecieron un sistema de ediciones ya existente desde los años 90.
El sistema del libro cuenta con años de experiencia, profesionales competentes, una excelencia editorial ganada por publicar lo mejor, busca reivindicar con la lectura al ser humano para mitigar esa oleada globalizadora que llega, incluso con las nuevas tecnologías, los medios digitales, que sin embargo pueden ser los mejores aliados para promover la lectura.
Consciente de su papel como rector de la política editorial nacional, el ICL traza sus objetivos estratégicos: desarrollar soportes digitales y el uso de las redes sociales, cumplir un programa de desarrollo para el libro, cumplir su estrategia comunicacional y desde el Observatorio Cubano del Libro y la Literatura, alentar un sistema estable de mediciones sobre demandas lectoras, políticas y series editoriales, el comportamiento de ventas en librerías, así como la verificación del funcionamiento de espacios para la lectura como pueden ser las bibliotecas públicas o escolares. Todo tiende a rescatar el valor social del libro y la literatura y promover la lectura con una visión que contribuya al enriquecimiento espiritual de la población.
Mediante la superación, investigación, búsqueda de nuevos caminos, se exploran vías para el desarrollo armónico de este sistema. Esta es una política que se funda en los pilares de potenciar el conocimiento a la mayor cantidad de personas, de darles opciones para un entretenimiento sano y que eleve su intelecto; una política que potencia la lectura como necesidad, no solo asociada a la instrucción sino a cada esfera de la vida.
Hoy Cuba cuenta con un fuerte sistema editorial, de unas 188 casas especializadas en las más diversas temáticas, edades, géneros y modalidades que garantizan una producción de entre 15-20 millones de ejemplares anuales. Siete editoriales pertenecen al Instituto, 22 al sistema de Ediciones Territoriales, en cada provincia. Cinco son de los jóvenes autores afiliados a la Asociación hermanos Saiz. El resto tributa a organismos del estado, asociaciones, universidades, etc. Todas luchan por brindar libros mejores, buscar sus públicos y potenciar una opción de lectura.
A la experiencia de estos años, para estas editoriales se suman nuevos retos, sobre todo hacer que cada libro llegue hasta su potencial lector, que el cubano encuentre en la lectura un momento de goce, una vía de elevar su intelecto, sus potencialidades y una forma de crecer y ser un mejor ciudadano. Los libros nos enriquecen porque enseñan a ver el mundo de una manera diferente. Mas, para conseguir que un libro cumpla sus funciones, Cuba se abre al mundo, intenta conocer cómo se trabaja en otros entornos, se actualiza para ser más exigente en sus políticas y su trabajo.
En un mundo que, como parte de la globalización, tiende a la concentración del sector editorial de grandes empresas que amenazan con destruir la singularidad de los pequeños, el libro resulta imprescindible para las personas. Es cierto que compite con las nuevas tecnologías, pero justo la meta debe ser hacerlas sus mejores aliadas. Lograr que estas tecnologías, tan usadas por los nativos digitales, sean portadoras de los mejores textos, de las más altruistas ideas.
Numerosos amigos del extranjero cada año nos acompañan en las Ferias del Libro anuales, se admiran de sus 500 novedades promedio, prestigian el evento, donan sus derechos para el pueblo o miles de volúmenes a las bibliotecas, son parte de la protesta universal contra el bloqueo. Nadie podría pensar que una pequeña islita del Caribe convocara a tantos a su cita, que no es un gran conclave comercial, pero sí un sitio del que cada quien regresa con un inagotable legado de saber, vivencias, emociones, proyectos altruistas y sueños renovados.
Otro evento trascendente es el Festival Universitario del Libro y la Lectura, que en el 2017 cumplió su primera década de vida y constituye uno de los hitos en la programación anual de eventos, como pueden ser las Lecturas del Verano o el Festival del Libro en la Montaña. Con estos programas, el libro viaja a las universidades, centros laborales, hogares de niños sin amparo filial, escuelas especiales y hasta a los hospitales para que la lectura sea un derecho de todos.
El libro en Cuba es una realidad tangible, palpable en cada nueva Feria. Contribuir a que siempre constituya esa puerta abierta al mundo para tantos lectores debe ser nuestro mayor desvelo. En una época llena de focos bélicos, desigualdades, intolerancia, poca aceptación de las supuestas diferencias, indolencia, egoísmo, se debe redimir el acto de leer. Un buen libro no cambia el mundo, ni siquiera a un solo ser humano, pero puede hacerle pensar… pensando se razona, se enjuicia, se valora y se toma una decisión, un camino. Se abandona lo cotidiano en busca de una estrella y se acaricia la corteza de un árbol. A su sombra se habla a solas con uno mismo y se sueña un futuro mejor. Ahí queda una historia, cuajada de cierta luz que ya no existe o del rocío que se apaga, esperando porque un día, alguien, se atreva a leerla. Alguien que, como nosotros, piense que leer-nos salvará…
