Raúl Roa, siempre presente en la impronta histórica, política y cultural de Cuba

“La Cubanidad, (…) es el fruto de fases diversas en nuestra formación (…) no consiste meramente en ser cubano por cualquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser (…) es esa compleja amalgama que conforma lo más profundo de la mentalidad cubana: alegre, fuerte, emprendedora, valiente. Siempre en el límite o sobrepasándolo”.
Así escribió el etnólogo, folklorista y hombre de inmensa cultura don Fernando Ortiz, quizás imaginando que esta Cubanidad conmovedora, pero firme, devastadora, intensa, fuese capaz de elevar la grandeza de este hombre. Y es que del Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, siempre habrá que hablar en tiempo presente y futuro, pues logró escribir ―o ha logrado escribir―, no solo sobre la historia de la diplomacia de la Cuba contemporánea, sino también cómo lograrla convocarla, resaltarla y hasta perpetuarla en tribunas internacionales, a partir de ese ingrediente muy propio del ADN y de la inspiración única de este pueblo: la Cubanidad.
El contexto para esta celebración, aniversario 112 de su natalicio, fue la sede de la Asociación Cubana de las Naciones Unidas (ACNU) en La Habana, gracias a la convocatoria realizada por su director Fermín Quiñones Sánchez y su grupo de trabajo. Así, amigos, colegas, exdiplomáticos, familiares, personalidades de la cultura cubana, trabajadores en general del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) acudieron a la cita, la que no solo los reunió a todos para la imposición de una ofrenda floral en el busto que se erige en su nombre ―al igual que los de otros recordados cancilleres latinoamericanos―, en el Parque de la Dignidad de la ACNU, sino también para evocar el infinito talento de un revolucionario; su energía, agilidad mental, su humor (en las buenas y en las malas) y, ante todo, su inefable poder de la palabra para hacer levantar de sus asientos a grandes auditorios –como lo hizo en numerosas ocasiones en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, y en tantos otros lugares de los cuatro puntos cardinales--, y defender, contra viento y marea, a la Revolución cubana, a su inolvidable líder Fidel Castro Ruz, y a la Cubanidad.
En esta oportunidad junto al numeroso auditorio reunido en la ACNU, lo rememoró en amplio anecdotario y en algunas facetas de su vida política junto a destacados líderes izquierdistas como lo fue el poeta y militante comunista Rubén Martínez Villena. Cada uno de los presentes ―al igual que otros en reseña de video-documental―, lo evocó a partir de la elocuencia de su verbo ―de sus bromas (de finísimo humor)―de sus certeras palabrotas las que Cervantes nunca amonestaría (¡Todo lo contrario!) sino que apoyaría por la defensa de causas justas y humanitarias; de su profundo amor a Ada, su esposa, y cómo aquella pluma de escritor y político quien magistralmente ―y muy joven aún―, describiese con lujo de detalles lo acontecido en diversas etapas de la Cuba neocolonial. Cuando la Revolución del Treinta se fue a bolina,-―como bien la supo calificar―, retomó su adarga (ya quijotesca), e invadiendo tiempo y espacio, se nucleó al lado de otra Generación ―la del Centenario y junto a su joven líder Fidel―, para tomar nuevamente las riendas de la lucha revolucionaria. De sus otrora colegas y amigos de contiendas estudiantiles y obreras de las décadas del veinte y del treinta él traía consigo, para resembrar, las semillas de la posteridad. Luchar contra lo que escribió, con sagacidad crítica, contra el poderío nacional de politiqueros, sietemesinos y de asesinos a sueldo: contra los pseudogobiernos, parlamentos, judicaturas, y la prensa entreguista. Todos, estratos sociales que “operan bajo la sujeción inmediata de la oligarquía, instrumento dócil, a su vez, de la dominación imperialista, que le otorga jugosa participación en sus dividendos y márgenes, y que estaba constituida por latifundistas, la gran burguesía industrial azucarera y la burguesía comercial española importadora; interesados todos por igual en el aseguramiento de la dependencia externa y del anti-desarrollo nacional (…)”.
Finalmente, el disertante destacó que el canciller cubano “siempre tuvo una profunda admiración por Fidel y la Revolución cubana; admiración que apoyó y defendió hasta los últimos momentos de su vida como diplomático y revolucionario sincero”.
Este es y será Raúl Roa, el eterno Canciller de la Dignidad de Cuba, de nuestra América, de las causas nobles y justas de muchas partes del mundo, y quien supo alzar la voz y el corazón de la cubanidad en las trincheras revolucionarias de la diplomacia antimperialista y de la lealtad martiana y fidelista. Raúl Roa García, siempre presente en el recuerdo de todos aquellos que le conocieron y, en especial, en la impronta histórica, política y cultural de nuestro pueblo.
